domingo, 26 de agosto de 2012

El Tenebrario de amor (Poesía)


Contraer noviazgo con la muerte quise
Amargas lágrimas se derramaron
En el principio de la vida, principio de muerte
Entre las tinieblas entes nos miraron

En este mundo donde cae la oscuridad
Pinos y heladas se mezclan con naturalidad
Siniestras tonalidades por abundar
Toda esperanza debemos abandonar

Dama fúnebre con cabellos castaños
Gloria escurriéndose entre tus pelos rizados
Labios misteriosos, gruesos y rebosantes
Por besarte muero, cuales lucen radiantes

Vistes de negro, trapos de noche
Entre destellos y estelas, oscuridad pasajera
Viene y va, jugando con nuestras vidas
Ilusión a un niño que vive, ante oscuridades recibidas

Espera con ansias, a que se cierren las cortinas
Para cuando muera el día, mis noches avecinas
Contigo tener, mis ansias placidas
Contigo tener, mis fantasías cumplidas

Ramo de rosas, de muerte descubierto
Sobre la mesa, sin vida y más que muerto
Esperanzas derramadas, atracción revelada
En tu deslumbrante figura, mi pálida esperanza apoyada

Muérdeme el dedo
En un castillo siniestro
Que la noche nos abrigue
Cuando las copas de sangre se levanten

Dame un beso de luna
Ante hoy pronuncio estas palabras
Agraciada dama ensombrecida
Misterio y dulzor naciente en tus pupilas

Abrázame a tu intriga
Cúbreme en tus caricias
Cielos nocturnos estrellados
En cementerios umbríos y desolados

En esta noche, te extiendo mi compromiso
En brisas que traen susurros, aguardamos
Por un encuentro y el secreto goce
En penumbra de luces solitarias
Seducido a la locura por un beso tuyo
Que arrebate mi juicio
Sellada en oscuridad la magia de la noche
Y te ofrezco estas líneas
Que con intención y sinceridad te regalo
Mantenidos en este silencio lapidario
Parte del tétrico amor es este tenebrario
Silenciosos que callan y mueren
Expresiones y confesiones
Que a seguida del viento vespertino vienen

Si estoy delirado en locura y vesania
Esta es la inspiración que el amor produce
En ciertas almas

DarkDose

 

lunes, 20 de agosto de 2012

Veinte de Agosto (Inspirado/Relato)

Francisco despierta este día, y sabe que será un día extraño. En cuanto al estado anímico, por lo menos.
Se siente lleno, pero lleno de un cercano y posible vacío. Las nubes pueblan los cielos, sin embargo se descubrirá una tarde azul. Parece una mañana normal. Él está tranquilo. Una mañana, perfecta para sumergirse en recuerdos, mientras va en el transcurso del bus. ¿Nostalgia? No, quería esquivar esa palabra.
Un día como este, la desgracia había nacido, volviéndose lo que era ahora, un recuerdo degradante, desalentador. Quizá ella había nacido en un hospital, de aquel extraño y lejano país, con aquel maldito acento dulce, en una blanca sala. ¿Cómo habrá sido su nacimiento? ¿Habrían tronado los cielos, en tempestad?
Y una vez salida del vientre, la habían nombrado. Nicole, recordaba Francisco con desagrado, un nombre, que entre remembranzas gratas, también traía desabridos momentos. Sentimientos, de lo que alguna vez pudo haber sido diferente, o mejor.
El veinte de Agosto. Un día odiado, y esperado. Pero ahora su ánimo se conservaba bien, en lo que llevaba del día. Podía empeorar, podía volverse más vulnerable. Pero se decidía a mantenerse como estaba. No quería que este, le resultara un día amargo.
Pasaba el tiempo. Generaba desagrado mencionar, y recurrir al nombre que se odiaba. Pero este era su nombre, y la única forma de conocerla, ante la amargura de Francisco, por un amorío, que no resultó. Y tiñó grises sus días.
En el transcurso de los años entonces, Nicole se fue convirtiendo en una bella flor. Aquella, que estaba tan sólo a instantes de florecer en una mujer, y sin embargo seguía conservando toda la plenitud de la juventud. Nicole era una chica hermosa, de Panamá. Su acento era reconocible, Francisco se había acostumbrado a escuchar su voz, en incontables historias que quedaban como memorias. Ella tenía unos hermosos hombros descubiertos, un cabello aclarado por la calidez del sol, castaños y desordenados, cayendo sobre ellos, y unos gruesos labios, que hacían no poder contener el deseo de besarla. Además, unos marcados ojos. Sinceros, profundos, dolidos, y en instantes, desleales. Pero que nunca parecían temerosos.
Llegó el veinte de Agosto, su cumpleaños por la mañana, en sus dulces diecisiete años por cumplir. Estaban bajo techo, pero se contemplaba el exterior. Ella permanecía sentada, y era el centro de la atención. Llegó la torta entonces, frente a ella. Se sentía hasta tímida. Luego del característico “feliz cumpleaños, Nicole”, apagó las velas avergonzada, y formuló su secreto deseo. Pero entonces, algo la frenó.
¿Por qué me detengo en un momento como este? Se preguntaba, con las solitarias velas apagadas ante ella, y sus familiares contemplándola. De pronto entonces, se mostró dudosa. Y sin querer, estuvo más tiempo de lo que se percató, observando la cubierta blanca de la torta. Entonces, inesperadamente, se le vino a la mente el rostro de Francisco, un lejano recuerdo. Y se desesperó.
Se mostró intranquila e inquieta. Después de tanto tiempo, en que creyó haberlo olvidado a él, volvía aquel recuerdo. Y entonces observaba, y no podía sacarlo de su mente. Y tomó consciencia por unos segundos, y todos la observaban, extrañados, y aún le faltaba pedir su deseo. Entonces pensó apuradamente. Tenía un deseo, pero se sentiría culpable. E inconscientemente, pronunció en su mente:
“Desearía que Francisco estuviera aquí a la noche, conmigo”, y entonces sintió gran amargura, y se quedó observando la torta, distraída. Y se la retiraron, y todos estaban atentos a su rostro de desconcierto.
La persecución
Llegó el anochecer, luego de un tranquilo atardecer que había sido el cumpleaños de Nicole. En general, había sido bastante grato. Había compartido mucho con sus amigos, porque era bastante sociable, cosa que a Francisco le generaba celos. Sin embargo, ella en el día entero no había podido sacarse la amargura, y difícilmente había podido disimularla. No podía distraerse del recuerdo de Francisco, que permanecía constante en su mente. Una época de ternura, que volvía a imaginar y a vivir, una y otra vez, siempre.
Entonces tras el anochecer, volvió a escuchar el deseo, en un lugar distante de su mente. “Desearía que Francisco estuviera aquí, escucharlo sólo una vez más”, y entonces se durmió. Cayó tendida sobre su cama, con fuerzas agotadas. Las horas pasaban rápido, su cumpleaños se había pasado rápido, como un día sin gracia. A Francisco, desde algún lugar, se le partía el corazón. Y ya no quería sentir más eso, quería detenerlo, quería ponerle un fin.
En la noche, Nicole entreabrió los ojos, cansada, débilmente. Toda su figura de marcadas, bien formadas curvas estaba tirada sobre la cama. Rato atrás, se había acostado, dejando las gruesas frazadas fuera de cubrirla, y había estado sobre el colchón, destapada, desganada. Con deseos de que el sueño le desvaneciera todo recuerdo. Sin embargo, cuando entreabrió los ojos, observó una silueta, un tanto borrosa, esperando entre la puerta. Y se desconcertó, y pensó que no estaba despierta del todo.
La silueta llegó hasta su lado. Relucía como un color blanco, pálido, cansador a la vista. Como Nicole observó que la silueta se le aproximaba, puso pies sobre el suelo y se levantó. Caminó media dormida, hasta la otra puerta, y se dispuso a abandonar la habitación, pero la silueta la seguía, aunque cuando Nicole se adentró más en un pasillo, ésta desapareció. Sin dejar rastro alguno.
Nicole caminaba sin rumbo; Sólo recorría su casa intentando despertar. Pensó en ir a remojarse el rostro al lavabo, pero debía cruzar más pasillos para llegar al baño. De pronto, s detuvo al sentir algo que caminaba cerca de sus descalzos pies.
Era una tarántula inmensa y negra, del tamaño de dos manos juntas, y hasta más grande, y peluda, que quería comenzar a subir por sus pies. Nicole, espantada, la pateó, alejándola, y rápida, tomó distancia. Se detuvo más en calma entonces, parando a respirar. Entonces oyó una voz.
-¿Le temes? –preguntó la voz. Que parecía volverse misteriosamente reconocible, pero escasamente.
Volteó, con algo de temor y extrañada. Al final del pasillo frente a una ventana, esperaba alguien. Los bordes de su figura se marcaban con el exterior, de noche. Nicole reconoció enseguida aquella mirada, y se estremeció. Pero ese alguien, llevaba una especie de paño negro que le cubría lo demás del rostro. Era Francisco, y tenía un aspecto más siniestro, confiado. Tenía ojeras marcadas, y sus ojos parecían desgastados, como si le faltaran muchas horas de sueño, o estuviera sediento de venganza.
-Francisco… Qué estás haciendo aquí… -titubeó Nicole, asombrada. Presa del espanto también.
-Nada importante, he venido a verte –respondió Francisco, y se le marcó una mirada de maldad. Descendió del marco de la ventana, y caminó hacia ella, con sutileza, con gracia y confianza. Estuvo frente a su rostro, y sintió su asustado respirar, y la trémula sensación de ella. Levantó una mano lentamente, y acarició los pómulos ruborizados de ella con suavidad, y sintió el temblar de su piel. Le reconfortaba sentir, aquella atemorizada calidez.
Nicole no cesaba de temblar, y lentamente fue retrocediendo. Volteaba a mirar: Aferrada en la mano de Francisco, había una cuchilla cuya hoja relucía a la luz de la luna. A estas instancias, Nicole sólo se pudo retirar, hasta que logró perderlo. Y avanzó por un pasillo de su casa, profundamente oscuro.
Aunque mientras avanzaba por el pasillo, Francisco volvía a aparecer una y otra vez sobre los marcos de la ventana, con la luna impecable y la misteriosa noche de fondo.
Entonces ella corría y se escapaba. Se comenzó a sentir agobiada, hasta que se detuvo. Y se puso a pensar. ¿Cómo Francisco en una tarde, había llegado desde una tierra tan lejana, su país, hasta el de ella, esta noche? ¿Cómo había podido hacerlo? A menos que fuera un sueño, una ilusión o una pesadilla. Nicole sólo quería volver a vivir la realidad pero, ¿Qué tal si ésta era la realidad? O una pesadilla… Sólo ansiaba vehementemente despertar…
Llegó hasta unos escalones. Tan sombríos y gruesos, que parecían abismales, y no tener fin. Toda su casa estaba a oscuras. Ya era más de la medianoche; ya había pasado su cumpleaños. Descendió por la vieja y polvorienta escalera, sintiendo sus anchos escalones crujir. Francisco se aparecía de marco en marco, a la luz de la noche, pero entonces no volvió a aparecer más. Nicole caminó, hasta llegar al vestíbulo. Allí, estuvo de pie, frente al gran cristal de una ventana, y observó la luna en su esplendor. Y suspiró, nostálgica en añoranzas. Y supo que la noche ya estaba muy avanzada.
Entonces, estuvo allí, recibiendo la pura luz. Los bordes de su silueta se iluminaban en blancura. Entonces, otra cosa extraída también relució intensamente, afilada. Y Francisco apareció tras ella, con el cuchillo en mano.
Nicole se espantó, pero no había alcanzado a voltear, ya era demasiado tarde. La cuchilla estaba atravesada, y salía por su vientre el filo, manchado en sangre nueva. El terror y el asombro se habían dibujado en el rostro inmóvil ahora de Nicole. Francisco tras haberla herido, la recibió entre sus brazos para no dejarla caer, mientras acariciaba sus cabellos.
-Siempre… Hubo una parte de mi ser, que anhelaba este momento, ¿Sabes? -Dijo Francisco, teniéndola entre sus brazos, acariciando sus cabellos con ternura. –Siempre quise poner fin a este amorío, que fue tan trágico para mí –añadió dolido, pero sin rastros de arrepentimiento.
“Ahora te he matado, mi amada. Me he llevado tu vida, pero era lo mejor que pude haber hecho, para darle tranquilidad y sosiego a mi consciencia. Los días sin ti me estaban torturando, y terminando conmigo. Pero tuve que arrasarte… Tu frialdad siempre se llevó mis fuerzas. Apenas tuviste un rastro de compasión, pero ahora yo, me he decidido, y he terminado todo, finalmente. En este, el día de tu cumpleaños, tú mueres, y yo vuelvo a ser el mismo, y puedo comenzar a vivir…”.
El rostro pasmado de Nicole se mantenía igual. Francisco todavía la tenía entre sus brazos, y así seguiría, hasta pasar la noche. El cuchillo había cumplido su cometido, y ahora estaba manchado de sangre, pero limpio de culpa. Una consciencia tranquila. El rostro de terror de Nicole no se desvanecería con nada, y era alumbrada por la luz de la impecable luna, afuera, entre los cristales. La noche continuaba, pero la visita ya había sido hecha. Ahora sólo podía quedar la lástima, de haber destruido este amorío. Y los anhelos se ahogaban. Ya con el tiempo, llegarían más 

DarkDose

 

sábado, 11 de agosto de 2012

Sacrificio (Inspirado)


Mi lápiz, de tinta negra que escribe posee una tapa negra también, que lo cubre, oscura, como la pluma de un cuervo caído. Anochece, pero es sólo una ilusión que cae por la ventana. La penumbra es voraz, y devora el horizonte, precipitándose a las esperanzas y arrasándolas. A mi lado, hay una mujer de fuego, con un cuerpo que parece llamar a la pasión, entre curvas calurosas. Sería como un cuervo internándose en las llamas, como la noche fundiéndose con el fuego…
Ríe, pero su sonrisa me asusta. Parece haber demasiada confianza en ella…
Afuera, el sol se dibuja, cubriendo todo con sus arcos de luz dorada. El día está radiante, tranquilo. Es aquel aire matutino, aquellas brisas sosegadas, con la capacidad de calmarme, relajarme. Ella posee cabellos intensos como una chispa de fuego. Me voy al cielo por unos momentos, mientras estoy aquí atrapado en la sala de clases. ¿Quién descifra mis palabras? ¿Son arrojadas al horno? Viven en mi corazón…
Veo labios gruesos ante mi mirada. Mi lápiz continúa fiel, como un cuervo en mis brazos. En momentos, me voy al grisáceo y apagado Tártaro, flamígero, cuando me abstraigo de este mundo. Soy feliz, mientras tenga para crear. Soy feliz, dentro del sacrificio.

DarkDose

 

viernes, 27 de julio de 2012

Sólo otra historia (Inspirado/Relato)


-Escribir sólo a lo que uno le apetece… Parece una buena idea, ¿No? Pues, ¿Qué hacemos cuando no estamos inspirados? ¿Dices que sólo he de llevar el lápiz a la hoja, ponerme a echar unas cuantas líneas, y por arte de magia me inspiraré? –le dijo bastante incrédulo. Parecía haber entendido, pero ahora demostraba, que no lo había hecho del todo.
-Pensé que habías captado la idea… -respondió ella con dificultad.
-Bueno, a medias. ¿Pero cómo escribir sin inspiración? Vaya, si ni siquiera me fluyen las palabras… ¡No me parece obvio, escribir sin inspiración! ¿Es que cómo escribir, si no se te ha ocurrido nada bueno?
-¿A qué le llamas bueno? –preguntó ella con interés, acercándose con una sonrisa pícara.
-Déjame pensar –contestó él, y se fue contra un rincón, donde se puso a meditar. Volvió a acercarse entonces, con una respuesta.
-Pues, algo bueno, vendría a ser algo que complazca a la gente, ¿No crees?
-¿Y por qué complacer a la gente? –le preguntó ella, siempre sintiendo que tenía la razón. Pero así era. Sus palabras a Narciso, lo hacían reflexionar.
-Si complaces a la gente, te dirán que lo que has hecho es bueno…
-¿Un escritor siempre debe estar complaciendo a la gente, no puede escribir lo que le apetezca, lo que disfrute? ¿No crees que complacer siempre a la gente, te limita? –preguntó ella usando una voz de autoridad.
-Bueno, Romina… Quizás en ese punto tienes razón. Pero todavía, ¿Qué sucede si no puedo escribir, si no tengo qué escribir? Creo que un escritor debe ser aplicado, con vocación, debe escribir cada día sin parar, debe escribir día tras día siempre algo. No debe pasar sólo un día en que no haya escrito nada, eso lo hace escritor.
-Allí tenemos varios puntos… -contestó ella- Bueno, dices que un escritor tiene que escribir siempre. ¿Pero si escribe cada día, y lo que escribe no es bueno como dices, no complace a la gente, estará mal? Y si está mal por lo tanto, estará escribiendo basura cada día… Y eso no es bueno por parte de un escritor… Eso no debería proceder de él. ¿Un escritor tiene que ser perfecto? ¿Ves acaso, cómo te contradices? Seguro tu meta es escribir cada día algo nuevo, pero si no tienes la inspiración cada día, no estarás haciéndolo bien, ni disfrutándolo… ¿Por qué no oyes mis opciones, mejor?
Aquella tan extensa respuesta, pareció secarle la cabeza a Narciso. Quedó dándole vueltas un rato al asunto, tenía mucho sobre qué pensar. “Escribir cada día… ¿Sería posible?” se preguntaba. “Pero si no tengo la inspiración cada día, no podría… ¿Acaso debería hacerle caso a ella?” Pero no siguió pensando, porque prefería escuchar la proposición de ella, de las opciones que quería hacerle escuchar.
-Pues dímelas –dijo-, no  tengo apuro alguno.
-Bueno –contestó Romina, y comenzó su discurso:
-Pues primero, como dices, tu meta es escribir cada día. Pero no siempre estás inspirado. ¿Pero sabes?, tengo la fuerte creencia, de que siempre puedes escribir, aunque no estés inspirado. Es tan simple, como dedicarte a hacerlo, y arrojar algunas líneas a lo que te gustaría escribir, algún tema que te parezca bastante interesante… ¿Ves cómo es más simple de lo que parece, y de lo que se ve? Recuerda que el escritor tiene control sobre sí mismo… La inspiración quizás es algo divino, que te llega desde el cielo, pero así como tú ves lo que quieres hacer con ella, también tú como escritor, decides qué escribir. Y siempre habrá un interés escondido, algo que quieres relatar, ya sea lo que veas día a día, inconscientemente, o lo que escuches por ahí. Siempre quieres relatar algo. Ahora, cuando estás con el lápiz, o con el teclado, ¿Por qué no escribir simplemente lo que te gusta, si te estás muriendo por escribir, y sientes que no estás inspirado? ¿No es eso lo que hace un verdadero escritor? Dime tú, ¿Acaso se le puede considerar escritor, a alguien que no escribe para sí mismo, sino que escribe para complacer a los demás, para que le digan que sus historias son buenas, y que por lo tanto se está exigiendo y presionando a sí mismo? ¿Eso es ser un escritor, escribir como contratado? ¡No! Un escritor siempre ha sido el que escribe lo que le dé la gana, el que disfruta haciéndolo. Y por eso sus historias o sus líneas maravillan, ¡Porque le salen del interior! Porque son anhelos o deseos escondidos, que él sí se atreve a contar, y tiene la facilidad para hacerlo, son historias que han surgido de él, que sabe cómo darles estructuras, y a todo le da su toque especial, que nadie se lo impone, sino que nace de él mismo. ¡Eso es ser un escritor! –dijo, casi gritándole al rostro, pero con bastante calma también, e intenciones de aclararlo.
-Vaya… -contestó él enmudecido, casi con lágrimas brotando de sus ojos.
-Un escritor, no es quien está aguardando por la inspiración, y por mientras se queda sin hacer nada… Un escritor, es quien ama escribir, quien ama tener siempre algo que contar, porque le nace desde dentro… Ese es un escritor, alguien realmente apasionado y vivo.
Tras un momento, él contestó:
-Estabas enardecida… Te emocionaste con este discurso, me has dejado varios puntos claros, ¿Sabes? Creo que me mantendré toda la noche pensando en esto, quizás hasta vaya a soñar contigo… No sabía que tuvieras aquel grandioso poder, de aclarar y confortar tan bien a la gente…
-No es nada –contestó ella sonriendo-, y si aún quieres tu inspiración, déjame darte un poco de ella ahora… A ver si esto te inspira –añadió con misterio. Se acercó a él, y se desabrochó el escote, descubriendo unos hermosos y redondeados pechos, que abalanzándose sobre su rostro, hicieron a Narciso sonrojarse. Entonces Romina volvió a decir:
-¿Quieres jugar esta noche? Te apuesto que mañana por la mañana, despertarás inspirado.
-Claro –respondió él, desprendiéndose de sus vestimentas-. Vamos a tener una probada, de aquella dulce inspiración, a ver cuánto me puedes inspirar… -dijo, acercándose al dulce cuerpo y tentador descubierto de ella. Y así estuvieron, toda la noche. Entre fogosos momentos, y la luz de la habitación, que de vez en cuando parecía irse a apagar, y que hacía un calor inmenso en el lugar, y que aunque la luz se hubiese apagado, no hubiesen quedado a oscuras, porque las ventanas estaban abiertas, y la calidez de su pasión encendía todo el lugar como una intensa vela, o un fuego avivado.

DarkDose

 

miércoles, 25 de julio de 2012

La Artesana del Dolor (Terror/Relato)

La tarde poseía un extraño tinte negro, un tanto fúnebre. Como si la desgracia poblara los cielos. Podían surgir varios vaticinios adversos, de los nefastos firmamentos. Una tarde tan apagada, sólo podía presagiar cosas malas. La ciudad se veía envuelta en un ambiente siniestro. Parecía que la tarde caería, cubriendo todo, y sumiría todo en tinieblas. Este tipo de cielos, gustaban a algunas personas. Especialmente a los brujos, y los que tenían gusto hacia lo oscuro.
La tienda esotérica humeaba. Los calderos despedían la humareda, ardiendo en pociones extrañas. El edificio era de madera húmeda y vieja. A través de la chimenea, la única abertura, salían aquellos vapores. Tenía apenas dos ventanas, teñidas en humedad, como una choza rústica, en medio de la ciudad. Adentro por supuesto, la oscuridad abundaba, y devoraba. Estaba repleta por los más misteriosos objetos, adornos y accesorios. Había desde las pociones más extrañas, collares y libros antiguos, hasta muñecos de tortura. Había un diverso repertorio. De todo lo que se podía encontrar había, en cuanto a los trabajos de la brujería.
En aquel preciso instante, una fina silueta abandonaba la tienda de esoterismo. El brujo que atendía, un sujeto joven, cubierto enteramente por una túnica negra, que tenía la mirada cubierta por un velo negro también, y que sus largos y lisos cabellos del mismo color, aparecían por los bordes de su sombrero puntiagudo, despedía a la cliente fingiendo afabilidad. Entonces, se sobaba las manos, y volvía a entrar a su tienda, sonriendo misteriosamente. En la espera, porque su clienta fuera a volver algún otro día, porque era clienta habitual.
Marilyn caminaba por las calles desprovistas de luz. Sólo algún farol, iluminaba a la distancia, y su apenas débil rayo de luz, recorría apenas los contornos de los muros sin vida. Llevaba aferrado contra su pecho, el nuevo muñeco que había comprado en la tienda esotérica. Hace días había estado practicando los métodos de tortura, mediante muñecos en la brujería. Necesitaba la foto de la víctima, y unos clavos especiales. Esta semana iría a intentarlo de nuevo, en su taller, bajo su habitación. Esperaba que el muñeco, resultase valer todo el dinero que había costado.
“Muchas gracias por su compra. Este muñeco es duradero. No te durará sólo una semana, como los otros. Estas monedas de oro que me has dado, valdrán la pena. Este muñeco merece su precio, te lo aseguro” le había aclarado el vendedor. Marilyn sólo esperaba, que aquellas palabras fuesen ciertas.
Pasamos a mencionar algunos detalles sobre nuestra peculiar chica, Marilyn. Marilyn era, una adolescente, de catorce años de edad. No tenía padres. Nadie se los conocía, ni jamás se les había visto. Todo el tiempo, su casa había estado abandonada. Nadie se explicaba, desde hace cuánto vivía en su hogar, ni de dónde había aparecido. La solían señalar por costumbre, como “la chica sombría que se paseaba por las calles”.
Marilyn, a pesar de su tétrico aspecto, era una chica bastante agraciada. Su mirada estaba llena de sombras, se delineaba los ojos exageradamente, al punto de que pareciesen rasgados en pintura negra. Pero de esta forma también, destacaban sus intensos e inmensos ojos marrones, como el tinte de la sangre derramada que ha estado mucho tiempo en un lugar. Su rostro era blanco y terso, parecía muy bien cuidado. Seguramente Marilyn no estaba preocupada de aquello, pero era un hecho, de que tenía un lindo rostro. Sus cabellos, eran rizados y dorados. Si se veía desde lejos, lo primero que se podía notar, eran unos dorados cabellos, unas ropas negras, y unas chispas rojas, que eran sus ojos. Si Marilyn buscaba espantar con su aspecto, lo conseguía. Pero no podía negarse también, que pese a lo sombría que era, tétrica, también era muy atractiva. Las miradas no lograban engañarse evitando verla. Volteaban hacia ella todo el tiempo. Más de alguno codiciaba lo que no podía tener. Más de alguno, se veía tentado a tantas sombras…
Por lo tanto, Marilyn era agraciada. Pero también era como una lágrima, de un cielo de tinieblas. Su personalidad era tan fría, que hería punzantemente. Una palabra hacia Marilyn, solía ser una palabra perdida. Si se decía que había ser sin sentimiento alguno, ese era ella. Estaba desprovista de los sentimientos más tiernos, como el amor, el cariño, o el apego. Por supuesto también, no conocía de compasión. Marilyn simplemente, no reaccionaba hacia el mundo de las personas que la rodeaba. Prefería poner una barrera ante ese mundo, e internarse en sus sombras. Nadie sabía tampoco, si lo hacía consciente o inconscientemente. Pero simplemente, aquella era su forma de ser. Bastante peculiar.
Marilyn iba pensando por las calles, y luego cuando llegó hasta su hogar, que debía darle un nombre al muñeco con el que iría a trabajar. Su hogar, era un infierno. Las palabras podían exagerar, pero si se ingresaba por primera vez a su hogar, aquel ambiente se percibía, aquel significado llegaba. Hacía un calor agobiador, y a veces era frío, como la Antártida. Pero siempre sus muros marrones, como las llamas, causaban aquel sentimiento de ansias, de desesperación. Todo el hogar estaba pintado de rojo, y sólo las sombras que entraban, hacían cambiar los colores a tonos más oscuros, más infernales aún. Aquel tremendo silencio dentro, era engañoso, era como si miles de gritos de demonios se oyesen, y a la vez, era como si no hubiese ruido alguno, tan desolador, que hacía creer que el mundo había muerto. Además, su hogar se había llenado de odio, agobio, rencor y desprecio todos aquellos años, y de todos los sentimientos negativos que existían. Aquella había sido la cuna de Marilyn, ese era su hogar. Y había nacido entre las llamas, entre la agonía, entre el rencor eterno, y en la cumbre de las sombras.
-Paul… será tu nombre –determinaba Marilyn, mientras depositaba al muñeco de trapo sobre una mesa. Tenía dos botones como ojos, y una boca cosida. Su expresión era entre una infantil felicidad, y una maldad escondida. Llegaba hasta lo siniestro. Marilyn había escogido a aquel muñeco, le había bastado sólo contemplarlo una vez (El más aterrador de la estantería), para decidirse a llevarlo, luego de varios días de ahorros. Era necesario mencionar, que en la tienda esotérica todo estaba a un muy alto precio, porque el brujo debía viajar a los lugares más escondidos, extraños, peligrosos y de pesadilla, para conseguir sus mercancías y otras cosas.
A mitad de la noche, la televisión estaba encendida. Se había cambiado a un canal, que a aquellas horas no funcionaba, emitiendo terrorífica interferencia. Sobre el sofá frente al televisor, había alguien, estaba Paul, el muñeco de trapo, muy acomodado. Había llegado por sí solo allí. Formaba una sonrisa, en su boca cosida, y su cuerpo caía casi contra el borde, apoyado contra una almohada. Seguramente había caminado por el pasillo, hasta llegar al sofá. Marilyn había salido, o estaba durmiendo. Lo más probable, es que había salido. El muñeco llevaba varias horas allí, en aquella posición. Era bastante atemorizante contemplarlo. En cualquier momento se levantaría, y se largaría a caminar.
Había una inmensa luna llena. Tan inmensa, que parecía no caber en el cielo, sin embargo, ajustaba perfectamente también. Sobre un muro, había un alma solitaria. Era un alumno de la escuela cercana, tenía por nombre Ismael. Llevaba una boina sobre su cabeza, y tenía un cuaderno en sus manos, que jamás abandonaba. Con el lápiz, iba creando líneas. Estaba sentado encima del muro, y a ratos, contemplaba el cielo y la luna llena para inspirarse. Le gustaba contemplar la ciudad de noche. Una brisa de pronto, quiso arrebatarle la boina, pero se la ajustó. Continuó observando, y apreciando. A ratos se decía cosas.
-Linda ciudad, linda de noche… En la noche todo es más calmado. No hay etapa del día que brinde más serenidad a mi ser, que en la noche… -y sonreía.
Vio una silueta pasar por las calles. Tenía las curvas de una mujer, bien marcadas. Vestía de negro, con unos trapos que parecían llegarle hasta los pies. Sus cabellos eran rizados y rubio oscuro, en la noche. Sus ojos marrones parecían centellear. Llevaba una vistosa y pura cruz de plata. Caminaba tranquilamente. Era Marilyn. Llevaba la mirada hacia el frente, como si no hubiera nada más a su alrededor. Ismael se ajustó la boina, subió su cuaderno, y observó curioso. Apegaba su mirada a las hojas, por si se le ocurría algo para escribir.
Sintió como si su cuerpo parecía encenderse. Era una agradable sensación. Aquellas llamativas curvas, aquel misterio, parecían encantarlo. No tenía idea de lo siniestra que era aquella chica, aunque parecía percibirlo inconscientemente. Pero estaba cegado por el atractivo que veía.
-Vaya, ¿Y quién es aquella chica? ¡Es muy atractiva! Mis ojos se van hacia ella… ¿Cómo es que nunca la había visto en la ciudad? –parecía esforzar los ojos para contemplar mejor. Tenía el cuaderno sobre el pecho. Comenzó a escribir un pequeño relato de sólo unas líneas, que hablaba de un ángel negro de cabellos rizados y dorados, que atravesaba las calles de la ciudad. En el relato entonces, él iba, le hablaba, y se la llevaba consigo. Pero en su realidad, no haría eso. Sólo se limitó a mirar desde el muro.
-Es bastante… No, no tengo palabras. No la había visto nunca, pero ha llamado más mi atención que toda persona a quien he visto en esta callada ciudad…
Los edificios de noche se veían serenos, los edificios que estaban dentro de las murallas. Marilyn se dirigía por las calles, hacia las afueras, donde los paisajes se volvían más oscuros. Y el exterior, hasta era peligroso. Había desapariciones de vez en cuando. Claro, ¿Quién no se perdía en la oscuridad, en el exterior, donde no había luz ni vivía el humano?
Como Marilyn continuó avanzando por las calles, y se perdió, llegando hasta los exteriores de la ciudad, Ismael descendió rápidamente del muro. Se sostuvo la boina mientras corría tras ella. La iría a seguir. Tenía el sentimiento, de que no quería perderla aquella noche, y quería averiguar más. Había una ligera niebla sobre los cielos.
Marilyn se dirigió hacia el cementerio, en las afueras de la ciudad. Hasta allí, al exterior, llegó Ismael, esquivando la maleza imperceptible por la oscuridad, y los árboles húmedos y viejos. Había mucha naturaleza, pero no había animales. No había nada de luz. Ismael a tientas, pisando con cuidado y casi a saltos, llegó hasta el cementerio. No vio a Marilyn, pero dedujo que ella había entrado allí, porque era el único rumbo en aquella dirección, y las puertas estaban abiertas hasta atrás.
Eran altas horas de aquella algo estremecedora noche. La temperatura estaba media, pero hacía más frío que calidez. Ismael se abrigaba bien, y recorría el cementerio, entre ligeros escalofríos por las tumbas. Pero se sentía más tranquilo, de lo habitual que era asustarse al pasearse por un cementerio. Estaba tranquilo, porque aquel ambiente en cierto modo, también le gustaba. Algunas noches venía, y se subía a los muros o alguna tumba, y observaba los árboles y los paisajes muertos, y comenzaba a describir. Pero claro, no era todas las noches. A veces había fantasmas, y eso sí que realmente le espantaba.
Como recorrió por varias horas, sin encontrar a Marilyn, comenzó a pensar en retirarse, muerto de sueño. Y cuando iba retrocediendo, contempló una tumba abierta. Vaya, ¡Qué hermosa le resultó aquella visión, dentro también de lo profundamente escalofriante que era! En la profundidad de la tumba, había una tierna figura. Estaba Marilyn; se veía muy hermosa. Su cuerpo que parecía delicado, de generosas curvas y belleza, estaba algo descubierto entre aquellos trapos negros que la envolvían, parecía acurrucada sobre la tierra, en la profundidad, y parecía dormir. Unos velos negros rodeaban su atractiva figura, con misterio. La rodeaban, como envolviendo a un ángel negro caído, de sus heridas, o simplemente, adornando su sensual cuerpo. Ismael deseó por un momento ser aquellos velos negros. Marilyn dormía, y respiraba tranquilamente.
Sin embargo, Ismael no supo qué hacer, y quiso retroceder, cuando contemplando hacia la profundidad, Marilyn despertó. Sus ojos se abrieron de un momento a otro, se sentó, y comenzó a levantarse, aferrándose a los bordes. Una vez fuera de la tumba, le dirigió una fría mirada a Ismael, carente de todo sentimiento. Quizás hasta despreciativa, pero no parecía aquella la intención. Marilyn entonces se retiró. Ismael estaba aterrado. Entre lo tranquilamente que ella dormía, no pensó que iría a despertar. Sin embargo, luego Ismael se quedó solo en el cementerio. Y se sintió en las nubes. ¿Estaba enamorado? No lo pensaba así. Pero maldición, ¡No podía sacar a Marilyn de su mente!
Una tarde, todo tuvo un brusco final. El suceso, comenzó a desarrollarse en la escuela. Pero previamente a esto, Ismael había intentando volver a ver a Marilyn por la ciudad. Pero no la veía en ninguna tarde, ni ninguna noche. Sin embargo, había averiguado dónde estaba su hogar. Muerto de terror, había entrado a la tienda esotérica. Allí, se las había ingeniado para sacarle aquella información al vendedor.
-¿Cuánto cuestan aquellos muñecos? –fue lo primero que preguntó, al observar los muñecos de trapo. Había venido sólo una vez antes. Había salido aterrado, al contemplar aquellos desfigurados y mortificantes muñecos. Hasta agobiantes.
-Cinco monedas de oro –respondió el vendedor-, No, ahora que recuerdo, los subí a ocho. Debo ir a una tierra de brujos a buscarlos; arriesgo mi vida.
Ismael se mantuvo pensativo.
-¿Qué le sucedió al de mediano tamaño, que siempre parecía contemplar a los clientes? –preguntó. Porque la única vez que había venido, sintió como si aquel muñeco se hubiese quedado contemplándolo tétricamente.
-Pues se lo llevaron –contestó el vendedor.
-¡No puede ser! –fingió asombro Ismael. El vendedor lo miraba con desconfianza- Lo que sucede –explicó Ismael-, es que iba a tener un ritual estos días… ¡Y necesitaba aquel muñeco!
El vendedor lo observó aún más extrañado. Pero estaba acostumbrado a las locuras de sus clientes. Le dijo:
-Si tanto lo quieres, ve y cómpraselo a la chica a la que se lo he vendido, ¿Si? A mí no me molestes.
-¿Cómo era ella? –preguntó Ismael. El vendedor se la describió de tal forma, que supo que era Marilyn. Cabellos rizados, trapos negros, una mirada sombría de ojos marrones…
-Mi mejor clienta –añadió. Parecía haberse fijado en su atractivo también, a pesar de lo avanzado de edad que tenía él. Tras el mostrador, no se avergonzaba.
-Pero… -dijo Ismael- Debo conseguir aquel muñeco a toda costa. ¿Sabes por casualidad, dónde puede estar el hogar de ella? –y entonces Ismael creyó que finalmente obtendría la información que quería. Como iría a esperar, el vendedor le dio la dirección.
-Puedes ir a buscarla, y ofrecerle dinero por el muñeco. Quizás te lo venda, pero ofrécele una buena cantidad. Ya te he dicho, su hogar está en la calle que da a la salida de la ciudad, donde por allí no pasa gente. Creo que a mi clienta como yo, no nos gusta la gente… -y le dirigió una obvia mirada de desprecio a Ismael. Éste, sin hacer nada más que dar las gracias, comprendió, y se retiró, cerrando la puerta y dejando la tienda sumida en tinieblas.
Entonces, ya había averiguado dónde estaba el hogar de Marilyn. Sin embargo, se paseaba diversos días por allí, y nunca la encontraba. Como su curiosidad lo venció, un día vio la puerta abierta, e ingresó. Los muros eran rojos. La televisión estaba encendida, era tarde, cuando ya se había oscurecido. Apenas estuvo dentro, había contemplado a aquel muñeco que le levantó los pelos de la cabeza del susto: estaba sobre el sofá, acomodado, contemplando la televisión. Pareció escucharlo murmurar:
-¿Qué haces en el hogar de mi ama? Despreciable humano.
Pero pensó que había sido sólo su imaginación. Más lo valía así… O se hubiera partido por dentro del terror. Caminaba, y el muñeco parecía observarlo. ¿Pero qué pensaba? Los muñecos no hablaban…
Recorrió el hogar de Marilyn. Esas no eran sus costumbres, y nunca se había adentrado en el hogar de otra persona. Pero, el impulso podía más. Aquel impulso, como un enamoramiento, por volver a apreciar aquella belleza y misterio otra vez. Sólo necesitaba ver a Marilyn una vez más, ¡Sólo una!, y se contentaría…
Pero el hogar era de bastante reducido espacio. La habitación de Marilyn estaba cerrada. Lo que le desconcertó, fue tirar de la puerta, y al comprobar que no abría, observó unas escaleras como escondidas a un lado. Descendió, y se encontró con un cuarto más cerrado, de más pequeño espacio. Era un taller. Sobre un muro, había una gran mesa metálica. Arriba de la mesa, varios muñecos de trapo, de distintos tamaños, con clavos atravesados hasta en los ojos, en los hombros y en sus vientres. Había una gran mancha de sangre sobre la mesa metálica. En el taller, había otras cosas como herramientas que parecían de tortura, sillas de acero y cosas así por el estilo. Había un gran olor a sangre. Había también una estantería, llena de libros, y con algunos cráneos de personas. ¿De dónde diablos ella había sacado todo eso? No quiso pensar que se trataba de una asesina. Como le aterró tanto, se vio impulsado a salir del lugar inmediatamente, pensando jamás volver…
Pero así como había transcurrido aquella tarde, al otro día, había asistido a la escuela. El día había estado normal y tranquilo. Cuán grande sería su sorpresa, sin embargo, cuando la tarde cayó otra vez, dejando la escuela parcialmente a oscuras, y cuando caminaba por un pasillo para retirarse hasta su hogar, contempló varias siluetas. Tres de ellas, parecían estar en contra de una. Se acercó, y desde el comienzo del pasillo contempló de qué se trataba.
Estaba asombrado. Marilyn estaba allí. Y frente a ella, había tres niños de grados más bajos. Eran más pequeños. Marilyn les prestaba atención, pero no hacía gesto alguno; sólo se limitaba a mirarlos. Aquellos tres niños parecían ser familiares. Entremedio de ellos, había uno casi arrodillado, temblando y tapándose la cabeza. Los otros dos increpaban duramente a Marilyn, y la desafiaban.
-¡Sabemos que eres una bruja, o quizás hasta una muerta! –Le decía el primero, exasperado- ¿Qué le has hecho a nuestro pequeño primo, lo has maldecido? ¡Se ha sentido todo el día mal! Y dice que de sólo verte, ¡Siente un gran terror!
-Sí, está seguro de que tú le has hecho esto –decía el chico al otro lado, furibundo.
Marilyn no contestaba nada, se reservaba sus respuestas. Ismael pensó que debía intervenir, pero luego, rechazó aquella idea. No sabía cómo iba a reaccionar Marilyn, si es que él se entrometía.
-No deberías tener derecho a pasearte por estos pasillos, con esa apariencia… -volvió a decir el primero, con bastante desprecio, frunciendo las cejas.
Los chicos luego, se vieron más dominados por sus iras, y con los estantes de respaldo tras ellos, comenzaron a arrojar libros y manzanas a Marilyn, que habían en los compartimientos. Ismael pensó, que no debía meterse en problemas. Le daba temor, pensar que si interfería y tiraba al piso a aquellos tres chicos, Marilyn apenas le agradecería el gesto. Por lo que pensó, que sería mejor retirarse, y lo hizo, y abandonó la escuela. Pero Marilyn sin embargo, no iba a quedarse así. No dejaría que aquellos libros y manzanas se estrellaran contra ella como si nada. Caminó, con total tranquilidad, ignorando completamente a los ensañados estúpidos chicos, y como por arte de magia oscura, las manzanas y los libros arrojados a ella le rebotaban, se desviaban, pasaban por el lado, pero jamás le daban. Los chicos observaban atónitos. Comprobaban, que aquella ser, no era para nada normal.
Ismael a la salida, llegó hasta el buzón de la escuela. Volteó a observar los contornos sombríos del edificio, su gran sombra. Vio a Marilyn saliendo, por el pequeño sendero, a la salida de las puertas del establecimiento. Caminaba siempre, como lentamente, como sin vida, como si no tuviera algo que le importara. Ismael con lástima abrió el buzón: Allí, estaba repleto de cartas de amor, que le había escrito todo este tiempo a Marilyn. Ella ni siquiera se había molestado en sacarlas. Él sentía que se le partía el corazón, pero debía reponerse luego de todas formas, igualmente.
El brusco final de aquella historia, de aquel encuentro con el destino, cuando Ismael se vio como flechado y cautivado, aconteció a la tarde siguiente. El día había transcurrido normal. Observaba a escondidas a Marilyn en los recreos. ¿Desde cuándo iba ella en su escuela?, se preguntaba. Pero los chicos el día de hoy, no habían molestado para nada a Marilyn. Es más, ni siquiera habían venido. Era como si hubieran desaparecido.
El cuaderno de Ismael se había llenado de líneas a Marilyn. Como aquella tarde transcurrió lenta, y sin demasiado interés, se retiró de la escuela, directo con rumbo a su hogar. Sin embargo, algo de lo que luego se iría a arrepentir, lo hizo voltearse, y tener deseos de ver a Marilyn. Aquella tarde, debía verla, sí, por última vez. Y sólo entonces, comenzaría a olvidarla. Porque sabía que con ella, no había camino alguno, que no había esperanza por tomar. Con ella, no había oportunidad, por muy hermosa que fuera.
Llegó hasta el hogar de Marilyn. La puerta, estaba eternamente abierta una vez más. Sobre el felpudo de entrada, que decía “Infierno” en vez de bienvenida, estaba tirado Paul, el muñeco de trapo. La noche había caído. Estaba la luna llena. Ismael no tenía nada más que hacer. Se dirigió hasta la entrada del hogar, y recogió al muñeco entre sus manos. Estaba algo aterrorizado, el muñeco otra vez parecía contemplarlo. Y estuvo seguro, de que murmuró ahora:
-¿Qué haces, has venido a ver a mi dama? ¿Quieres encontrar una muerte? ¿O quieres ver las horribilidades que ha causado ella? Si vas a entrar, contemplarás.
¿Qué diablos?, pensaba. El muñeco era capaz de formar todo un discurso. Ismael pensó que había perdido bastante la cordura, que estaba volviéndose loco, para imaginarse al muñeco hablar así de estructuradamente. Lo tiró con violencia contra el suelo, e ingresó al hogar, de golpe entonces. No le interesaba que no hubiera nadie, como que hubiera estado Marilyn. Después de todo, su propósito era verla.
Pero… aquello fue lo peor que se le pudo haber ocurrido. Porque recorrió el hogar, y una vez más, se vio en el deber de bajar hacia el sótano. Allí estaba la puerta del taller. No estaba entreabierta; estaba cerrada, pero no asegurada con llave. Tiró el pomo lentamente, sin saber lo que iría a develar, lo que le iría a esperar. Abrió lentamente, aumentando el suspenso.
-¡Dios mío, Marilyn! –gritó del espanto al llegar hasta el taller. Allí estaba Marilyn. ¿Habíamos mencionado sus pasatiempos? Sí, Marilyn era algo parecido a una bruja. Pero llegaba más allá de eso. Le encantaba causar dolor. Estaba allí, realizando torturas en su taller, embrujos, y encantamientos. Allí pasaba la mayor parte del tiempo. Oh sí, ¿Habíamos mencionado el nombre de los tres chiquillos, que pretendían discutir y fastidiar a Marilyn?
Por cierto, ellos también estaban allí. Pero en una forma diferente. Ismael observó con horror. Paul bajó las escaleras, y llegó caminando hasta el taller, para ponerse de pie entre la abertura de la puerta, y observar, y reír malévolamente, divertido, con su boca cosida. Marilyn estaba frente a la mesa metálica. Sobre ella, había tres muñecos colgados, de tamaños casi reales. Las luces estaban encendidas, pero justo en aquel momento, se había cortado la luz en la mayor parte de la ciudad. Los muñecos llevaban inscripciones a sus pies, que por cierto, eran los nombres de aquellos tres chicos. “Manuel el del medio, Iván, el pequeño atemorizado por Marilyn como por un mal de ojo, y Gonzalo, el mayor”. Marilyn los había disecado. Les había arrancado la piel, y las había puesto dentro de la de los muñecos de trapo, que habían servido como moldes. Estaban atravesados por muchas agujas, en las partes más sensibles de sus cuerpos. Agujas tan grandes, como un brazo, gruesas y afiladas de tal manera, que era doloroso verlas. Los muñecos parecían botar lágrimas del sufrimiento. Marilyn simplemente volteó, observó a Ismael, y le dijo:
-¿Qué haces molestando aquí? Puedes retirarte, estoy haciendo mi trabajo.
Ismael estuvo paralizado por el terror. Lentamente, caminó retrocediendo, contemplando aún la escena pasmado, y llegó hasta la puerta. Un escalofrío no lo dejaba en paz. A través de la puerta entreabierta, Paul, el muñeco de trapo, le aferró una pierna. Y en su otro brazo, tenía un cuchillo de cocina. Ismael aterrado, dio un gran salto, y corrió por las escaleras, y salió atropelladamente del hogar. Corrió por las calles, y no se detuvo. Nunca más volvería allí. Y para retenérselo, gritaba mientras corría sin aliento:
-¡No volveré allí, no volveré allí! ¡Jamás pondré pie en aquel infierno!
Y todo había sucedido, porque se había fijado en Marilyn. Y había llegado más allá de donde debía llegar. En el mundo, y en aquella ciudad, no todas las personas son normales. A veces, ángeles negros o personas que parecen provenir del mismo infierno, caminan entre nosotros. Marilyn era alguien especial. Marilyn causaba el sufrimiento, es lo que hacía. Marilyn era, una artesana del dolor.

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La Estación de Bus (Inspirado/Relato)

Era un día tranquilo, todos los días eran así. Por la mañana, en la Estación de Bus, donde iban los jóvenes, a tempranas horas del día. Eran apenas las diez, cuando iban camino a los servicios de comedores, a tomar desayuno. No siempre se iba a la estación a abordar un bus, de hecho ellos nunca lo hacían. Quedaban de acuerdo para ir al lugar, sólo como punto de reunión, y pasar la tarde agradablemente. Ya era un destino establecido; siempre se reunían allí. El grupo estaba conformado por tres amigos de la infancia, que jamás se separaban. Drake, era el mayor, un chico con gusto por la música ruidosa, que permanecía bastante serio. Lucía, la chica del grupo, unos meses menor que el primero, era de clase alta, vivía en los sectores más acomodados, pero no abandonaba sus fieles amistades. El tercero, Pedro, era un chico modesto y normal, bastante amistoso, que tampoco jamás se separaba de sus amigos, y era bastante fiel a ellos.
Pasaban frente a la boletería, pero no la necesitaban. Entonces seguían su camino hacia las escaleras mecánicas, donde tomaban un atajo hacia los comedores. Pedro iba bastante fatigado. Sentía la hambruna en su estómago quemar. Llevándose una mano, mientras caminaban agobiado, dijo:
-Vaya, esta hambre me mata. ¿Alguien trae suficiente dinero? Creo que ordenaré dos bandejas llenas…
Observó a Drake entonces de lateral.
-Traigo unas monedas… -contestó Drake sin esbozar expresión alguna, con la mirada al frente.
-Si les falta dinero, yo pondré lo que necesitan, no se preocupen –respondió Lucia sonriendo bastante amigable. Jamás permitía que se pasaran, en cuanto al dinero que necesitaban. Pero si faltaba apenas algún centavo, ella lo ponía. Después de todo, se sentía casi obligada a ser atenta con sus amigos, pues les tenía un gran cariño y siempre había sido protectora.
Buscaron una mesa, y se acomodaron. Llegaron las bandejas entonces. Drake se perdía con la mirada, más allá de las ventanas, donde caía la mañana en su envoltura blanca, como niebla. Afuera el clima estaba un poco frío, pero en los comedores había calefacción. Él como siempre, estaba un poco separado, Lucía y Pedro tenían las sillas juntas. Pedro había ordenado dos hamburguesas inmensas, que ahora devoraba. Drake tenía su bandeja frente a él, pero la hacía a un lado; después de comer algunas patatas fritas, ya no se sentía con hambre ni con ánimos.
-¡Vaya comida! –expresó Pedro luego de haber terminado, con el estómago más que lleno. Lucía miraba con atención a Drake, que parecía distraído. Estaba perdido en sus pensamientos.
-¿Y ahora qué haremos? –preguntó Pedro. Drake continuaba abstraído. Respondió, casi sin prestar atención:
-No lo sé, creo que ahora vamos a los videojuegos.
-Bueno –contestaron ambos.
Llegaron hasta los videojuegos, o se iban acercando, pero Drake continuaba con una incómoda sensación, que no expresaba en su mirada. Sentía como, si la oscuridad se fuer a apoderando de un rincón de su mente. Veía como si su vista se nublara, pero esto lo desconcertaba. Se preguntaba por qué sentía esto, entonces recordaba. Cada vez que sucedía algo lo bastante malo, él era lo bastante sensible como para presentirlo. Siempre había tenido aquella cualidad, que guardaba en silencio. Era como una especie de cualidad, de sentir con anterioridad el augurio de lo que iría a suceder. Y ahora, después de tantos años sin despertar, esta sensación se sentía más intensa. Algo muy malo estaba a punto de suceder, pero, nada parecía enlazar. ¿Por qué sucedería algo malo? Estaban en la estación del bus, donde raramente pasaba algo, y estaba en su grupo de confianza, con sus amigos. Pensaba quizás, si se iría a equivocar alguna vez. Pero su estremecedora sensación jamás le había mentido.
La última vez, había sido cuando pequeño. Él debía haber tenido unos diez años. Estaban en navidad, junto al árbol decorado. Sus padres habían salido por los regalos, de compras. Entonces, él se había quedado a solas con su pequeño primo, de unos cinco años. Recordaba que estaban jugando, y entonces, aquel oscuro vaticinio lo dominó. La incómoda sensación se apoderó de él, sin saber qué ocurría, ni por qué sentía aquello. Pero lo cierto, es que se había paralizado, y se había distraído de la realidad, y no podía continuar jugando con su primo. Al lado de ellos, había una chimenea. Su primo había estado jugando con unos coches de juguete. De pronto, la sensación se intensificó, y sólo alcanzó a contemplar, a su primo de pie, balanceándose con los coches en mano, como si hubiera estado mareado. Segundos después, estaba ardiendo ya dentro de la chimenea. Oyó el estruendoso abrir de las puertas, y entraron las siluetas de sus padres. Sacaron con prisa desesperada a su primo desde la chimenea, y allí acababan sus recuerdos. Lo único que tenía en mente, es que la sensación la había sentido antes, y así se había desarrollado.
Lógicamente, en aquel momento le había dado un inmenso escalofrío ver arder a su primo en las llamas de la chimenea. Pero ahora, aquellos recuerdos parecían lejanos. Estaba demasiado alejado de la realidad, y sentía cómo sus amigos le hablaban y lo remecían, y él no contestaba. Entonces, como un cable a tierra, tuvo que reaccionar, para volver a estar consciente.
-¡Drake! –lo remecía Pedro- Tenías la vista ida, ¿Qué te sucedía?
Drake titubeó.
-¿Yo? Eh, nada…
-¿Estás seguro? –le preguntó Lucía preocupada. Drake asintió, entonces ambos comenzaron a calmarse.
Pero volvió a abstraerse en sí mismo. Escuchaba luego, como si estuviera a bastante distancia, a Pedro con silenciosa voz murmurando:
-Lucía, ¿Tienes dinero para más fichas?
Estaba jugando a un videojuego. Drake contemplaba la pantalla, y sentía como si las luces le hiciesen doler los ojos. Sintió como si sus pupilas se adentraran en la pantalla, y se comenzó a sentir cegado. Le dolió la cabeza fuertemente, hasta que comenzó a declinarse, y cayó al suelo, desfalleciendo. Seguidamente, contempló los rostros borrosos de sus amigos, ante su mirada, intentando ayudarlo.
Despertó, desorientado, perdido en algún lugar. Lo rodeaban montones de cables, y las máquinas de videojuegos emitiendo luces y sonidos, pero ya no había nadie allí. Todo el lugar estaba abandonado. Recorrió, saliendo de aquella sección, pasando por los comedores, pasillos, y otros lugares, comprobando también que toda la estación estaba abandonada. A través de las ventanas del segundo piso, contemplaba hacia afuera, mirando que todavía pasaban automóviles, y todo transcurría con normalidad. Pero si iba hasta las puertas de entrada de la estación, éstas estaban cerradas. No había salida, y estaba atrapado en el sector.
Era una pena. Aquel juego de luchas le gustaba bastante, pero se había sentido demasiado mareado como para reaccionar. Ahora desconocía qué había sucedido. Toda la estación estaba vacía. En sus sueños alguna vez, había anhelado, cómo había quedado vacía, sólo para él. Pero la realidad era muy distinta a los sueños; ahora era escalofriante. Porque en el fondo, no había personas. Y como no las había, estaba solitario ahora y nada funcionaba.
Recorrió la estación. Pasó por los corredores, y por el sector donde partían los buses. Todos los buses estaban allí, sin embargo, no había movimiento alguno. Parecía que todos habían llegado ahora, para estar distribuidos en hilera. Parecía que alguien los había dejado así. Pero ahora, hasta el último rincón estaba abandonado. Drake ya comenzaba a sentir escalofríos. ¿Cómo podían haber desaparecido todos de un momento a otro?
Pasó por unos de los corredores, que llevaban hasta unas amplias escaleras, que conducían al segundo piso principal. Había una silueta, retorciéndose a un lado. Parecía tener un bolso. Drake, desconcertado, avanzó lentamente con cautela. Creyó distinguir aquella sombra. Con voz bastante dudosa, murmuró:
-¿Lucía, eres tú?
La sombra se volvió rápidamente hacia él, y se le precipitó encima. Drake extendía sus brazos, para retener los de ella, que se apegaba a él, y le observaba el rostro, que estaba distinto. Tenía sangre en su boca. Y se acercaba a su rostro, dando furiosos gruñidos. Drake de pronto, estaba quedándose sin fuerzas, pues recién venía despertando del desmayo, y estaba algo cansado. La silueta de Lucía, algo distorsionada en apariencia, parecía empeñada en hacerle daño. De pronto, Lucía se quedó quieta, con una mirada furiosa aún, y Drake sin fuerzas, también quedó inmóvil. Bruscamente entonces, Lucía acercó su rostro al de él.
Lo besó. Fue un beso profundo. La lengua de Lucía, se desplegó desde su boca, como una víbora, y se escurrió entre los labios de Drake, alcanzando suya lengua. Apretaba sus labios contra los de él, con furor. Drake sintió un gran calor. Lucía tenía todo su cuerpo encima contra él, y lo tenía atrapado. Lo continuaba besando y moviéndose, y así pasaban varios minutos. No se despegaba de él. Drake ya comenzaba a sentir sus labios y su lengua cansada.
Finalmente Lucía se alejó, y se saboreaba la saliva que le había quedado entre los labios con la lengua. Drake sentía que aquel beso le había llegado hasta lo más profundo de su ser. Observó cómo, Lucía aún llevaba su bolso, pero estaba bastante destartalado. Tenía un rostro deformado por la ira ahora. ¿Qué diablos le había pasado? Se preguntaba.
-¿Lucía, qué te sucedió?
Pero Lucía no contestaba. Sólo emitía gruñidos. Drake entonces la tomó firmemente por el brazo, y pensó en sacarla de allí. ¡Qué iban a pensar sus padres! Se horrorizaba. Pero Lucía oponía resistencia. Tiró firmemente de su brazo, hasta quedarse libre. Y entre gruñidos extraños y miradas de ira, se alejó, escondiéndose entre la oscuridad. Drake se resignó a seguir entonces.
-Debo estar bastante drogado como para estar teniendo un sueño así… ¡Ya sé! Me he quedado dormido en los comedores de servicio… ¿Hace cuánto que no me drogaba? ¿Qué demonios me he metido dentro? –se preguntaba eternamente, mientras se internaba en la luz verdosa que provenía de la estación de buses. El terminal.
Caminó un tiempo más, entre gruesos cables y plataformas verdosas. Tantas veces había venido al terminal. Antes, solía venir con su familia. Luego de haber crecido, solía venir habitualmente con sus amigos. Tenía algo de fatiga, porque no había comido nada en los comedores. A la distancia, contempló finalmente a Pedro, cuando ingresó a otro sector. Allí estaba, con ojos que parecían estar por salírsele, con la mirada pegada a la pantalla del videojuego. Estaba jugando aquel juego de luchas, que le agradaba a ambos. Drake se acercó curioso.
-¿Qué diablos estás haciendo? –le preguntó.
-¿Tienes más fichas? –le preguntó Pedro frenético y saltando.
-Vaya, estás mal amigo… -observó con deterioro Drake.
-¡Dame más fichas! –exclamó Pedro, y se abalanzó sobre él, tirándolo al piso- Sé que tienes más fichas, por ahí –añadió. Le comenzó a registrar los bolsillos de la chaqueta.
-¡Quítate de mí, imbécil! –respondió alterado Drake, y le dio un puñetazo que lo hizo retroceder. Le rompió las narices. Pedro insistía:
-¡Se me acabará la partida! Necesito más fichas… -y se volvía a lanzar contra Drake. Lo iba a devorar. De pronto, abrió una descomunal boca. ¿Qué demonios?, se preguntaba Drake. ¿Desde cuándo podía abrir tanto su boca? ¿Qué le estaba pasando a la realidad, que se veía trastornada?
Le dio un nuevo puñetazo, para hacerlo retroceder. Pedro se abalanzaba sobre él y le quería clavar los dientes. Pero Drake supo que no había caso. Sacó una moneda de su bolsillo, y se la arrojó.
-Ahí tienes una ficha –le dijo.
-Gracias –respondió Pedro entusiasmado. Pero luego la observó, y se decepcionó-. Oye, esto no es una ficha, ¡Es una moneda!
-Pues… -titubeó Drake- No tengo más.
-¡No importa! –respondió Pedro fuera de sí, sonriendo perturbadamente, y le dio las espaldas, retirándose apresurado. Añadió:
-Con esta moneda tomaré el bus, ¡Sí! Y me largaré de este lugar… Ya tengo un poco de hambre, quiero llegar a mi hogar.
Drake lo miró impresionado. El pobre había perdido toda la cordura. A través de una ventana, lo vio subirse a uno de los buses que estaban ordenados en hilera. No supo cómo rayos lo hizo, pero Pedro encendió el motor, y partió, echando marcha atrás. Partió, tan atropelladamente, que chocó contra los portones de lata, y los echó abajo. Pero no salió del terminal. Los destrozos de los portones impedían que saliera el bus. Se quedó allí, pataleando y sollozando, una vez debajo de la máquina, como un desquiciado.
Drake avanzó. Ahora el último que faltaba por volverse loco, era él al parecer. ¿Qué rayos había pasado en el terminal? Primero Lucía, luego Pedro… Continuó avanzando. Llegó hasta la planta más alta. Allí, había un techo altísimo, que sólo se alcanzaba con la mirada, y estaba lleno de cristales que daban la vista afuera. Allí, solía haber tiendas. Ahora estaban todas cerradas. No había persona alguna.
Llegó Lucía hasta el lugar, sedujo a Drake hasta un rincón, y comenzó a besarlo nuevamente, acariciándole el rostro y subiéndole la pierna descubierta por sus caderas. Drake no podía evitar no sentirse estimulado. Aquellas caricias de Lucía, lo incitaban. Pero de alguna forma, su lengua, como la de una víbora, le causaba repulsión.
Lucía llevó su mano, hasta aquella parte de Drake. Y pretendió hacerle una caricia. Pero Drake se asustó, y alejó su mano rápidamente. Lucía era su amiga, ¿Qué le pasaba?
Ella lo miró decepcionada, y se alejó. Se perdió con su bolso por el terminal, y su sombra se desvaneció a lo lejos. No volvió a aparecer.
En la altura, hasta donde llegaba el techo, Drake levantó la mirada. Porque se había sentido observado. A medida que recorrió este nuevo lugar del terminal, y avanzaba, contemplaba hacia arriba. Y veía unos grandes bultos negros. De pronto, de aquellos cuerpos, se desprendieron unas grandes alas. Y se desplegaron, y comenzaron a batirse. Y las figuras se desplazaron por sobre su cabeza. Drake estaba atontado.
-¿Gárgolas? –se preguntó extrañado. Tenía algo de espanto. Las gárgolas pasaban por encima de él y con sus garras hacían el intento de pasarle a llevar la cabeza. Querían desgarrársela, o degollarlo. Drake se sintió en peligro. Corrió hacia un lugar seguro, y continuó observando a las gárgolas revolotear.
-Mamá, te extraño… -se dijo de pronto. ¿Por qué había dicho eso? ¿Por qué extrañaba a su familia? Estaba volviéndose loco.
-Vaya, esta vez sí que me metí algo bien fuerte… -se decía, refiriéndose a las drogas.
Una gárgola, mucho más despierta que las otras, pasó por encima de él, descubriéndolo en su escondite, y le desgarró la cabeza con las garras de sus pies. Saltó un chorro de sangre. Sin embargo, Drake no había sentido nada, pero se inclinó hacia el suelo, arrodillándose. Entonces sintió un intenso dolor. Pero era como un mareo, un mareo según él, que pensaba que le habían causado las drogas. Pero no recordaba haberse drogado aquella mañana.
-¿Y si esto es un sueño? –se preguntaba.
Como sea, pero Drake supo que cayó inconsciente luego de que la gárgola le desgarró la cabeza. Entonces, despertó en otro lugar del terminal, y ya estaba de pie. Se contempló, y se llevó una mano a donde había sido herido: Ya no tenía herida alguna, ya no sangraba. A lo lejos, oía a Lucía y a Pedro viciarse en la máquina, en el juego de luchas. Drake comenzó a caminar. ¿Empezaría todo de nuevo?
¿Por qué estaba atrapado en el terminal? Tenía algo de sueño. Y estaba mareado. Sea lo que sea, que estaba convencido que se había echado, nunca lo volvería a hacer. Pero cada vez volvían a ocurrir, y volvían de nuevo a ocurrir más sucesos extraños en el terminal. Y si desfallecía, volvía a empezar. Estaba atrapado en lo mismo, en un lapso infinito. No había caso en sentir terror, porque sabía que no iría a despertar.
¿Pero cuándo su realidad se había transformado en esto?
A lo lejos vio a Lucía junto a Pedro besarse apasionadamente. Quizás, él iría hasta donde Lucía, y la desnudaría. En cierta forma, quería aprovechar esta experiencia que se iría a hacer eterna. Su alma, su consciencia o su mente estaban atrapados en el terminal por siempre. Sí, desnudaría a Lucía y probaría su cuerpo. A Pedro lo podía hacer a un lado. Luego de que se cansara, podía empezar otra vez. Y si las criaturas de su imaginación delirada, también lo mataban, despertaría de nuevo, otra vez en algún otro lugar, del mismo lugar.
-Ah… -dijo con desgano. Qué aburrido. Si iba a estar allí por siempre, por lo menos, debía hacerlo divertido, debía hacerlo grato. Llegó hasta donde Lucía y la violó. Pedro lo observaba, con ojos que parecían a punto de estallarle.

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