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domingo, 29 de junio de 2014

Aquí nos comemos a los invitados

Sólo les dijeron que se trataba de un reality show. Iban con esa idea en mente cuando se dirigieron allí. La noche anterior se efectuó una llamada a múltiples números. Cada uno descolgó el teléfono. “Te buscábamos. Participa con nosotros, tenemos una millonaria recompensa”, fue la frase que los atrajo. Luego se les citó al lugar. En grupo caminaron media hora por terrenos desconocidos, hasta hallar en lo profundo del bosque una cabaña negra. Ni rastro había de los supuestos organizadores. “¿Será aquí?”, se preguntaron. El más tímido, Aldo, ante la puerta, hizo sonar la aldaba, una argolla oxidada con cabeza de toro. Nadie respondió, así que por unanimidad decidieron pasar.

Los seis integrantes no podían distar más entre sí. Estaban Aldo, el chico taciturno, quien aceptó la invitación porque precisaba del dinero para visitar a una chica en otro país. Sor Viveka, una monja rusa que había entrado sosteniendo el rosario mientras murmuraba rezos. Sus amigas la habían estimulado a probar la experiencia. Magdalena, “Magda”, una chica pelirroja algo inquieta, agresiva, a la que le gustaba pasar por cosas que la dejaran fuertemente marcada, sucesos impactantes. Los únicos que no se diferenciaban eran dos gemelos, cuyos nombres no quisieron decir, que pasaban pegados. El último, Paulo, un pintor español, era el más arisco y soberbio del grupo.

Al principio se mantuvieron juntos. Estaba oscuro y los interruptores no funcionaban; únicamente por las ventanas entraba leve luz al vestíbulo. Pero conforme pasaron los minutos, se disgregaron. Aldo se internó en un pasillo, entró a una habitación para inspeccionarla, y al retornar a la puerta notó que en la parte superior había un hilo con una campana plateada. Siguió el hilo y se dio cuenta de que se extendía por la casa, con muchas campanas más. A la vez el resto de los participantes hizo el mismo descubrimiento. Cada uno sintió la forma de éstas con sus manos, recorriéndolas, cuando, desde algún lugar, se oyó el tañido de otras. Asombrado cada uno a su manera, corrieron de vuelta al vestíbulo, donde comentaron la experiencia. Aldo preguntó quién había sonado las campanas.

—Juro que yo no he sido —añadió.

Sor Viveka, agitada, profirió un rosario en su idioma, lo cual fue intranquilizador.

Aldo pasó la mirada por cada integrante. Los gemelos negaron con la cabeza. “Yo tampoco fui”, dijo Magda. Paulo no respondió. En cambio, alzó la mirada y comentó:

—Ya que ninguno de nosotros ha sido, propongo que investiguemos dividiéndonos en parejas. —Luego volteó y reflexionó sobre si quizá podía conseguir la recompensa resolviendo el misterio de las campanas.

Magda aferró firme el brazo de Aldo, los gemelos se adelantaron y Paulo quedó junto a sor Viveka. A Aldo no le hubiera agradado la idea de acompañar a la monja, pues parecía estar loca. Magda se veía algo ruda, pero era mejor que nada. Los dos atravesaron pasillos, la cabaña se alargaba más, pensaban que quizá estaban en una extensión de ésta, no sabían hasta dónde iban a llegar. Era tarde, aunque desconocían la hora, no se veía un reloj en toda la casa. Ingresaron a un dormitorio con una cama de dos plazas, se tendieron y, debido al cansancio, cerraron los ojos. Durmieron treinta minutos. Al despertar, escucharon las campanas sonando ruidosamente.

—¿Quién diablos las hace sonar? —preguntó Magda sentada al comienzo de la cama. En ese instante vieron una forma transparente a través del espacio de la puerta entreabierta. El latido se les aceleró. Era una mujer de blanco. Los vigilaba. A lo lejos percibieron un grito de sor Viveka. La silueta de la puerta desapareció y, sobresaltados, se dirigieron a ver qué ocurría.

Paulo llegó a un sótano. Se separó de sor Viveka cuando ambos cruzaban un pasillo, y de una puerta apareció una mano verdosa que cogió a la monja por la parte trasera del velo y la arrastró consigo. Entonces él corrió espantado. Al verse aterrado por la soledad y la desorientación, siguió un único camino, descendió unas escaleras y se vio allí. Halló frente a él unas grandes puertas de madera. Las abrió, se adentró al fondo de un cuarto oscuro, registrando por si había algo de interés, y en ese instante se encendió una luz a su espalda. Al darse vuelta vio, atónito, a un oso negro con enormes garras y un collar de antorchas. La bestia se le abalanzó, y Paulo, al verla casi encima de él, supo que nada podría hacer.

Cuando Aldo entró al sótano, sólo encontró los huesos de Paulo sobre sangre seca. La boina y la bufanda le permitieron identificar que se trataban de sus restos. Salió horrorizado, llevando la bufanda y subió la escalera. Al hallarse en el corredor llamó a Magda, pero nadie contestó. Casi se le salió el alma cuando una mano tocó su hombro. Al girarse la encontró, era ella. Suspiró del alivio, pero se recostó contra la pared, respirando con dificultad, debido a que padecía problemas cardiacos. Magda tampoco se veía normal.

—Alguien me perseguía —expresó, mirando atrás.

—¿Quién? —preguntó Aldo.

—No lo sé, no vi a nadie. Pero oí pasos.

Las campanas otra vez. Se desconcertaron ante su confuso escándalo, que producía reverberación. Aldo volvió a sentir la agitación en su pecho. Se taparon los oídos y siguieron cualquier dirección, el estruendo les llegaba de cada parte, hasta que se comenzó a escuchar distante. Se detuvieron frente a una pared con un ancho retrato. Aldo concentró la vista en la pequeña letra de la placa: “Doña Catherine (1852 – 1914)”, se leía. Era una señora de rígido aspecto, cabello castaño con moño, ojos grandes y vestido negro. Por su expresión de autoridad, dedujo que era la ama de casa. Al mirar por mucho rato el cuadro, sentía una extraña vacilación, como si dichos ojos se clavaran en los suyos.

—Murió hace cien años… —observó.

—¿Es que acaso esas campanas nunca se callan? —protestó Magda, ante el repiqueteo incesante.
Estalló un trueno iluminando la casa. Asustados, los jóvenes emprendieron una carrera. Llegaron a un corredor, y pararon de golpe al atisbar que al final los aguardaba un espectro femenino, entre la penumbra. Era la señora del cuadro. Levantó lentamente su brazo izquierdo, y tocó las campanas sobre su cabeza, colgadas del hilo que recorría todo el pasillo. El molesto sonido, rompiendo el silencio absoluto, otra vez perturbó sus sentidos. Sin ver, cubriéndose los oídos, ejercitaron sus piernas sin descanso, sin detenerse ante nada, en la más plena oscuridad. Finalmente, Aldo evitó chocar contra un muro gracias a su mano. Una lámpara de pie en un rincón alumbraba un poco, e hizo a Magda venir, para que examinaran algo que tenía enfrente. Era una placa dorada, decía:

“Invitado, hay un cuarto a cada lado. El de tu izquierda es el Cuarto de los sentidos. Al entrar te verás invadido por una plaga de tarántulas negras que subirán por tu cuerpo e intentarán cubrirte. Sólo manteniendo el dominio de ti mismo, cuando se hayan apoderado de ti, evitarás que te den una mordida mortal y podrás salir. El de tu derecha es el Cuarto de la determinación. A este cuarto entrarás con tu compañera y la salida estará sellada. Encontrarán una escopeta para ambos. Quien asesine al otro conseguirá la libertad. Ésta es la única forma de salir de la cabaña, todos los demás caminos están bloqueados. Haz tu decisión, la recompensa está cerca.”

—Qué hacemos —titubeó Aldo.

—Ésta es la decisión más imposible de mi vida, pero ni modo, ¡entremos al de la determinación! Las arañas me parecen una verdadera pesadilla —comentó Magda.
Aldo abrió la puerta y pasaron a un cuarto oscuro. De súbito, se encendió la luz y se vieron rodeados por seis bultos con forma de cuerpos. Había una silla con una mancha de sangre y una escopeta. Magda miró bajo los bultos y advirtió que eran cadáveres, por lo demás, recientes.

—Es extraño, son justo el número que éramos al entrar acá, seis personas —dijo. Ambos conjeturaron que dichos muertos podían ser víctimas que pasaron antes por el Cuarto de la determinación, o que simplemente era una coincidencia de mal agüero. Magda tomó la escopeta para examinarla, y apuntó a Aldo.

—No lo vas a hacer… —vaciló él, estremeciéndose.

Magda tenía el dedo puesto en el gatillo. Sin embargo, tras unos segundos bajó el arma junto a la mirada.

—Tienes razón —dijo.

Se la entregó al joven, quien dio un suspiro de alivio, pero quiso hacer igual para desquitarse del miedo que su compañera le había hecho pasar. Levantó el cañón, apuntó, dedo en el gatillo, y Magda se quedó quieta, sin expresión. Iba a detenerse, cuando una fuerza extraña le movió el dedo; tras el disparo, vio saltar violentamente contra el muro los sesos de Magda. Impactado a más no poder, sintió la puerta desbloquearse, arrojó la escopeta y salió llorando.

Diez minutos pasaron. Se halló solitario en la oscuridad, y reflexionó que sólo quedaban él y los gemelos. Los demás debían estar muertos. Estaba seguro de que estos herméticos gemelos habían desaparecido, hasta que vio el reflejo de ellos en una ventana. Escuchó que le susurraban: “Te observamos”. Con pavor desvió la vista y los reencontró en otra ventana, luego en otra. Y siempre oía “Te observamos”. Sin ser consciente de lo que hacía llegó a una puerta, pasó por ella, avanzó sin cesar, y reconoció hallarse fuera de la cabaña, por fin. Hizo su camino por una tierra desconocida con un bosque a los lados. Divisó una rústica casa, que tenía chimenea, y se sintió abatido, porque no esperaba haber salido de un lugar para entrar a otro. Aunque, por lo menos, esta casa lucía acogedora. Llevando los hombros caídos llegó a la entrada, tocó, y al no recibir respuesta, no vio problema en entrar.

El ambiente era cálido, no se había equivocado en eso. Los muros eran escarlata, había decoración y todo parecía indicar que estaba en un hogar normal en medio del bosque. Aunque algo le infundía un aire extraño. Le produjo escalofrío encontrar en la mesa a una familia de cuatro integrantes, inmóviles, como estatuas. Estaban manchados de sangre, no respiraban, y delante de ellos, en la mesa llena de diversos platos, había trozos de carne con aspecto de partes… humanas. Pasmado, Aldo no pudo quitar la mirada, y de pronto, quien estaba a la cabecera, el padre, se movió. Los otros miembros despertaron y miraron al joven con rostros inquietantes. Aldo, sintiendo la sangre helársele, retrocedió a la puerta, que estaba cerrada. La atemorizante familia dio signos de querer aproximársele.

Una semana después corrieron rumores de que una mujer había recibido una gran suma de dinero. Al correo del convento llegó una carta, dirigida a una de las monjas. Era para sor Viveka, una amiga se la llevó, la suma constituía la recompensa por ganar el desafío del supuesto reality: salir con vida, ése era el verdadero desafío. Quiénes estaban detrás de todo, nunca se supo. De todas formas, la monja no se encontraba en condiciones de gastar el premio, pues quedó trastornada, debido a dicha experiencia; por lo que fue destinado a un orfanato. De Aldo no hubo noticia. Quizá se quedó a “cenar” con aquella peculiar familia…


DarkDose

jueves, 17 de octubre de 2013

La Musaraña (Inspirado/Relato)

El agua se filtraba por los tejados y caía en forma de gotas, por los bordes de la casa. Una leve luz aclaraba la habitación. Desde el exterior provenía el susurro del viento y el de las lejanías. La humedad reinaba por el alrededor. Yo estaba de pie observando a través de la ventana, viendo el apagado crepúsculo del final de un momento, del final de los días. Di un suspiro y volví a la protección del centro del cuarto. Estaban Belinda y Eliana cerca de la luz, tomaron asiento en el vestíbulo. Éramos encerrados por una sensación de vana comodidad. Fue entonces, cuando llegó la primera carta de La Musaraña.
Había día soleado en la ciudad. Había venido con mis amigas Belinda y Eliana, que me insistían para que fuéramos al centro comercial. “Cristián”, rogaban. Me tenían atrapado del brazo, cruzamos la calle. Me desprendí de ellas y eludí la pretensión diciendo: “No podré, tengo otros compromisos”. Me miraron extrañadas, finalmente nos disgregamos en una intersección de calles.
Continué caminando y me encontré con un sujeto que pasando por mi lado dijo algo raro: “El cielo es color mostaza”, expresó, y lo dejé seguir como quien evita a un loco. Y todo lo demás fue así. Descubrí a un segundo individuo que no hizo más que cruzar frente a mí para oírlo decir “Los pingüinos están calientes”. Otro tipo pasó y expresó “Las suelas de los zapatos están desgastadas”. “El firmamento está lleno de platillos voladores, las comidas vegetarianas son mejor, el horno está encendido, el perro se come su cola”, y un sinfín de cosas más. No lo podía creer. Todos decían algo distinto. Estaban desvariados.
Una mujer tenía encima de su traje de ejecutiva una placa con el nombre de “Patricia”. Avanzaba, diligente, llevaba un teléfono celular y habló: “La reunión es a la hora de las nubes. Pero no, no me cabe el calzado. ¿Vamos a cenar tacos esta tarde? Muy bien, adiós”. La mujer terminó la llamada. Quedé atónito. Tras escuchar aquello, ideé en mi cabeza que todo se trataba de una confabulación por parte de las personas de hablar en claves secretas. Pero deseché aquella idea. En la ciudad estaban trastornados.
Proseguí mi ruta. El cielo se había despejado en un azul. A través de la acera industrial llegué al frente de un imponente edificio alargado recubierto de celestes cristales diáfanos. Miraba hacia su altura. Mientras, la gente estaba hablando estupideces a mi alrededor. Ingresé al edificio, las puertas automáticas dejándome pasar. Debía descubrir lo que estaba sucediendo.
Pasé por una recepción donde estaba lleno de secretarias tras sus puestos comunicándose sin cesar incoherencias a través de sus audífonos de transmisión. Hablaban desordenado, también estaban afectadas por el efecto que trastornaba a todos en la ciudad, que yo desconocía. Me aventuré por aquel pasillo de trabajadoras sin ser centro de la mayor atención; a paso rápido atravesé.
Habiendo descendido en un aparato llegué a un sótano lúgubre de madera vieja donde en el centro había una enorme máquina que escupía bocanadas de humo y hacía escándalo. Era una máquina central. Alrededor de ésta se paseaba un clásico científico de larga bata blanca y un abundante cabello ceniza desgreñado, que parecía sumido en sus cavilaciones firmes y hacía maquinaciones con las manos, yendo de un lugar a otro.
Había un gato de color café como el mismo laboratorio clandestino, encima de una mesa, que me dio una mirada siniestra. A causa de intuición supe que aquella máquina central operando con incesante alboroto era la responsable del tormento de la gente de la ciudad y de que se trastocaran sus palabras. Sobre un muro agrio reposaba una placa de cobre que rezaba: Eduardo Espinoza. Era el nombre del científico, lo cual se comprobaba además por medio de otra placa minúscula que llevaba en su uniforme. El científico se acercó hacia mí en medio de una trepidante sensación, abrumado mi ser por un recelo creciente en mi interior. Entonces en dicho momento el laboratorio se esfumó. Me desaparecí.
Transcurrió un día y volví a estar dentro del hogar. De las flores en el exterior brotaban lágrimas, el atardecer incendiaba lo que restaba del día. Acomodado en el oscuro sofá de cuero sorprendí a mis dos amigas entrando a la sala. Belinda y Eliana se atosigaban con las palabras. Me levanté a contemplar a través de la ventana. Eliana acudió a mi lado, y presionando su mano contra el cristal en un suspiro desgastante, me dijo:
— ¿No te parece romántica la sutil lluvia que cae?
En efecto, la ventana estaba húmeda. Había una febril llovizna en medio del contraste del lánguido atardecer mojado. Aquella sensación era irreemplazable. Belinda luego dijo:
—Las estrellas en la noche me vuelven soñadora.
Entonces tuve la certidumbre de que lo incipiente era real. “Ellas también lo estaban”, me dije con terror. Era algo ineludible. Maldita chatarra de máquina y miserable científico desvariado, troné para mis adentros. Belinda y Eliana se soltaron en un extenso discurso de incoherencias sin filtro. También habían sido afectadas.
—Pero no importa por qué cauce pase el río, el cielo siempre estará estrellado. Quita tus zapatos —dijo Belinda.
—Si tan sólo las naciones lejanas estuvieran al alcance… No modifiques el camino. Cuidado con la mariquita. La tierra a la tierra. Tiene blando corazón —añadió Eliana.
“Mi muy estimado receptor:
Es perceptible el agobio que te causa el desorden en las palabras. Sólo una cosa te puedo decir: lo hago con un propósito. Un deseo que tengo desde hace mucho tiempo. Desde hace varios años soy científico, remontándose a mi juventud. Siempre me daba rabia cuando las personas hablaban expresándose en interminables y confusas representaciones de ideas que no tienen ni orden ni fin. Me exasperan dichas cosas. Es por eso que les desordené sus propias ideas. Les impuse orden entregándoles un caos lingüístico. Ahora sus lenguas se traban al hablar; ahora sólo expresan despropósitos. No pienso detener esto, ni aunque usted se derrumbe en exhortaciones. Una vez que el mecanismo empieza a funcionar, ya se vuelve algo implacable. Los engranajes en marcha, mi laboratorio operando, nada se puede hacer. Salvo una cosa: deseo que vengas a visitarme esta noche. Prometo por las estrellas que con tu venida consideraré la situación. Qué dice, ¿prefiere vivir por la eternidad en un mundo donde las personas hablan cabezas de pescado?
Se despide cordialmente, el doctor Eduardo Espinoza
La Musaraña”.
“Ya veo por qué se dice La Musaraña”, medité. “Es un engendro”. Llegué hasta la puerta abierta y escuché una voz decir:
—Busca en el cementerio del patio—. “Busca respuestas”, añadió el timbre desconocido. “¿Y qué respuestas?”, pensé, si no había nada.
Esa tarde arribé al laboratorio del doctor. Sobre la mesa estaba un sobre con mi nombre escrito: “Bienvenido, Cristián”, decía. El científico extendió sus brazos y se acercó hacia mí en un saludo efusivo.
—Bienvenido al laboratorio, estaba esperando que llegaras —dijo pronunciando mi nombre. Se me aproximó como si hubiera sido un antiguo conocido. Lo empujé hacia delante y lo evité, con cierto asco. Viéndose para nada afectado continuó cordial y me invitó pasar a una mesa de hielo con un vaso rosado encima. Su gato volvió a mirarme con recelo. Seguí a La Musaraña y me ofreció trago de dicho vaso. En ese instante recordé la máquina central echando vapor, y una intrínseca tensión creció entre ambos. Me vio con ojos desconfiados, y me lanzó un ataque. El vaso se ladeó, el contenido rosado derramándose. Corrí hacia la máquina del estupor, divisé la palanca y la jalé hasta atrás, rompiéndola. Entonces me acordé de mi enemigo y la contienda en desarrollo, y volví y nos trenzamos en agarrones. El gato, enfurecido saltó de la mesa, aterrizó encima de mí y me hizo estragos la espalda. Pero estaba demasiado distraído en la lucha con La Musaraña. El científico, pese a su aspecto senil, se manejaba en los golpes, y me enviaba varios que con suerte no me rompían la nariz, me pasaban por el lado del rostro. El vaso contenedor del líquido rosado definitivamente se esparció, y la mesita tambaleándose. Estaba agarrado de las mechas con el científico. Nos decíamos improperios. Me regaló un rodillazo en los genitales, y finalmente lo tumbé al suelo de un certero puño en el centro de la cara. Cayó duro como un muerto; sólo faltaba el ataúd. Entonces me desaparecí, antes de que el remordimiento interviniera donde no tenía nada que hacer.
Cuando llegué al hogar resoplando, me encontré a Eliana.
—Eliana, cómo estás —le dije.

—Estoy bien —contesta, y me sorprendo de que hubiera hilvanado bien las palabras. El orden había vuelto a ser normal. Después mis amigas me volvieron a incitar para que fuésemos al centro comercial. Era de noche. Tras un rato Belinda tuvo la idea de ordenar pizza. Estaba satisfecho. Lo importante era que había derrotado a La Musaraña.















DarkDose

domingo, 6 de octubre de 2013

Bosque en susurros (Suspenso/Relato)

—Y tú, Ana, qué estás haciendo aquí —pregunta Ricardo con los ojos fijos en las llamas.
La fogata ardía débilmente. Estaban en un bosque umbrío, reunidos en un círculo. Habían tenido entretención relatándose historias de terror. Ana, tomada de la mano de su pareja, Brian, respondió:
—No lo sé, Brian me ha traído a este lugar.
Ricardo, ajustándose las gafas con el dedo, denotando expresión lóbrega, inclinándose hacia ella de a poco, le dice:
—Pero no sabes dónde te has venido a meter. En este sitio abundan los cuentos horripilantes; hiciste mal en llegar hasta aquí. Los espíritus, fantasmas y todo lo relacionado con ultratumba habitan acá.
Ana aprieta la mano de Brian, en busca de protección. El novio, apenas la mira de reojo sin tomarle importancia. Era un joven de diecinueve años, tosco, cabeza rapada, con ornamentos de acero en cada oreja. No era alguien atento en su trato. Las chicas suelen sentirse atraídas por el menos indicado.
—Brian, por qué me hiciste venir a este bosque —interroga, apretándole la mano, con mirada reprensora.
—Te dije que sería genial —se defiende Brian—. Además, accediste a que aquí estaríamos mejor, porque no te parecía adecuado hacerlo en el automóvil.
Claro, aludir al sexo evadido. Una prueba de la falta de tacto de él.
— ¡Brian! —contesta Ana, ofendida. Luego permanece con su rostro ensombrecido, contemplando el fuego.
—Estas mujeres son sensibles —musita para sus adentros Brian.
Ricardo, queda perplejo ante la confesión. Deduce: eran una pareja que sintió el deseo de tener relaciones sexuales al lado de la autopista, pero, impedidos por cierta razón, a iniciativa de él habían llegado a este rincón forestal, donde el silencio hacía de cómplice.
Por dicha causa —a pesar de que no realizaron su voluntad—, el azar los topó con los demás, que ya habían permanecido con la fogata.
Estaban Catalina, una pelirroja oriental, carácter sumiso, de veintidós años, y Byron, el cuñado de Ana. El resto del grupo lo conforman los tres que ya han sido introducidos.
De pronto, Ana, aprisiona del brazo a Brian, para sentir que es suyo, le insta:
—Tengo la necesidad de caminar. Vamos, demos un paseo.
Brian cede a los ruegos de Ana para evitar una molestia. Ricardo los ve levantarse, fija sus ojos a través de las gafas en ellos, dice:
—Tengan mucho cuidado en este bosque, las historias son reales, los rumores tienen su origen…
Ana lo observa con ojos aterrados, Brian la tira de la mano. Entran a través del paso de los árboles.
Minutos más tarde, Ana está contemplando unas lápidas rosáceas en la tierra frente a ella. Éstas abundan por el lugar. Brian continúa tomado de su mano, y mira los epitafios, con indiferencia total.
Ana empieza a temblar. Está muy asustada. Un hálito de viento, como un ser invisible, ha acariciado su espina dorsal, la recorre un escalofrío. Se erizan sus pelos. Presiona fuerte la mano de su novio, como si fuera a arrancársela. Brian se molesta. Ana siente presencias, la mirada fija en las lápidas, dice:
—Veo círculos trasparentes sobre estas piedras…
Las esferas bailan, recorren, fluctúan. Brian las cree mentira, no las puede divisar.
En este encuentro espiritual estremecedor que tiene Ana, siente agobio y deseo de correr, fustiga a su pareja para que se retiren. Lo incita, empuja, solloza en exhortaciones y plañidos. Brian se detiene para reprenderla. Pero en ese instante, algo llama la atención de Ana, que ha volteado.
Una voz gutural y ancestral surge de las entrañas de la tierra, las lápidas, y con una potencia inusual junto a un tono amedrentador, que hace temblar el suelo, advierte:
—Retírense de aquí si no quieren sufrir una horrorosa muerte.
La pareja ahora consciente del peligro se dispone a correr. Una sombra deforme con largas garras emerge desde las hojas desperdigadas, adopta figuras espeluznantes y los persigue. Mientras huyen ven a dicha oscuridad filtrarse entre árboles, acechándolos.
Cuando finalmente pierden el rumbo y la entidad los ha extraviado, Ana siente el pecho hinchado, respira con dificultad, está jadeante. Increpa a Brian por última vez:
— ¿Ahora sí crees que es buena idea venir a este lugar? Todo por las ansias insatisfechas de tener relaciones sexuales…
Él calla, indignado. Ana suelta su mano y se sienta en la tierra, decepcionada. Brian divisa algo pero no alcanza a advertirle.
—Qué es esto… —dice Ana espantada. Observa su mano, tiene una sustancia viscosa adherida. La ha puesto encima de un lomo suave, húmedo, incómodo. Aguantando la consternación atisba dos gusanos gigantes a cada lado. Cubiertos en tierra, bombean, son repudiables, en la boca poseen un círculo de sangre. El instante se paraliza, Ana está petrificada de terror.
Ella se incorpora, Brian le tiende una mano. Alcanzan a descubrir entre las dos criaturas un cadáver en putrefacción. Huyen, se internan entre los árboles en carrera desesperada.
Aparece Ricardo por un lado del camino, solamente para recordarles: “Se los dije”. Él también se une al escape pues el bosque está frenético y furioso.
Entonces encuentran a Catalina y Byron, quienes habían sido abandonados en la fogata. Los cuatro corren deprisa, los árboles atrás emiten sonidos extraños, el lugar está embrujado. Catalina tropieza y pide ayuda. Una tarántula negra comienza a subir por su pantorrilla. Ella y Ana dan un grito de horror, Brian patea al arácnido, Catalina se levanta y no pierden tiempo.

En la huída, empiezan a perder las esperanzas. Han avanzado mucho y no encuentran vía afuera. Es un camino estrecho sin final. Una lágrima desciende por la mejilla de Catalina, Ana se aferra a Brian, ¿encontrarán una salida de el bosque?

DarkDose



















Comentario: un relato de suspenso tal como indica el título, en el cual quise intentar una nueva técnica de escritura.

viernes, 27 de julio de 2012

Sólo otra historia (Inspirado/Relato)


-Escribir sólo a lo que uno le apetece… Parece una buena idea, ¿No? Pues, ¿Qué hacemos cuando no estamos inspirados? ¿Dices que sólo he de llevar el lápiz a la hoja, ponerme a echar unas cuantas líneas, y por arte de magia me inspiraré? –le dijo bastante incrédulo. Parecía haber entendido, pero ahora demostraba, que no lo había hecho del todo.
-Pensé que habías captado la idea… -respondió ella con dificultad.
-Bueno, a medias. ¿Pero cómo escribir sin inspiración? Vaya, si ni siquiera me fluyen las palabras… ¡No me parece obvio, escribir sin inspiración! ¿Es que cómo escribir, si no se te ha ocurrido nada bueno?
-¿A qué le llamas bueno? –preguntó ella con interés, acercándose con una sonrisa pícara.
-Déjame pensar –contestó él, y se fue contra un rincón, donde se puso a meditar. Volvió a acercarse entonces, con una respuesta.
-Pues, algo bueno, vendría a ser algo que complazca a la gente, ¿No crees?
-¿Y por qué complacer a la gente? –le preguntó ella, siempre sintiendo que tenía la razón. Pero así era. Sus palabras a Narciso, lo hacían reflexionar.
-Si complaces a la gente, te dirán que lo que has hecho es bueno…
-¿Un escritor siempre debe estar complaciendo a la gente, no puede escribir lo que le apetezca, lo que disfrute? ¿No crees que complacer siempre a la gente, te limita? –preguntó ella usando una voz de autoridad.
-Bueno, Romina… Quizás en ese punto tienes razón. Pero todavía, ¿Qué sucede si no puedo escribir, si no tengo qué escribir? Creo que un escritor debe ser aplicado, con vocación, debe escribir cada día sin parar, debe escribir día tras día siempre algo. No debe pasar sólo un día en que no haya escrito nada, eso lo hace escritor.
-Allí tenemos varios puntos… -contestó ella- Bueno, dices que un escritor tiene que escribir siempre. ¿Pero si escribe cada día, y lo que escribe no es bueno como dices, no complace a la gente, estará mal? Y si está mal por lo tanto, estará escribiendo basura cada día… Y eso no es bueno por parte de un escritor… Eso no debería proceder de él. ¿Un escritor tiene que ser perfecto? ¿Ves acaso, cómo te contradices? Seguro tu meta es escribir cada día algo nuevo, pero si no tienes la inspiración cada día, no estarás haciéndolo bien, ni disfrutándolo… ¿Por qué no oyes mis opciones, mejor?
Aquella tan extensa respuesta, pareció secarle la cabeza a Narciso. Quedó dándole vueltas un rato al asunto, tenía mucho sobre qué pensar. “Escribir cada día… ¿Sería posible?” se preguntaba. “Pero si no tengo la inspiración cada día, no podría… ¿Acaso debería hacerle caso a ella?” Pero no siguió pensando, porque prefería escuchar la proposición de ella, de las opciones que quería hacerle escuchar.
-Pues dímelas –dijo-, no  tengo apuro alguno.
-Bueno –contestó Romina, y comenzó su discurso:
-Pues primero, como dices, tu meta es escribir cada día. Pero no siempre estás inspirado. ¿Pero sabes?, tengo la fuerte creencia, de que siempre puedes escribir, aunque no estés inspirado. Es tan simple, como dedicarte a hacerlo, y arrojar algunas líneas a lo que te gustaría escribir, algún tema que te parezca bastante interesante… ¿Ves cómo es más simple de lo que parece, y de lo que se ve? Recuerda que el escritor tiene control sobre sí mismo… La inspiración quizás es algo divino, que te llega desde el cielo, pero así como tú ves lo que quieres hacer con ella, también tú como escritor, decides qué escribir. Y siempre habrá un interés escondido, algo que quieres relatar, ya sea lo que veas día a día, inconscientemente, o lo que escuches por ahí. Siempre quieres relatar algo. Ahora, cuando estás con el lápiz, o con el teclado, ¿Por qué no escribir simplemente lo que te gusta, si te estás muriendo por escribir, y sientes que no estás inspirado? ¿No es eso lo que hace un verdadero escritor? Dime tú, ¿Acaso se le puede considerar escritor, a alguien que no escribe para sí mismo, sino que escribe para complacer a los demás, para que le digan que sus historias son buenas, y que por lo tanto se está exigiendo y presionando a sí mismo? ¿Eso es ser un escritor, escribir como contratado? ¡No! Un escritor siempre ha sido el que escribe lo que le dé la gana, el que disfruta haciéndolo. Y por eso sus historias o sus líneas maravillan, ¡Porque le salen del interior! Porque son anhelos o deseos escondidos, que él sí se atreve a contar, y tiene la facilidad para hacerlo, son historias que han surgido de él, que sabe cómo darles estructuras, y a todo le da su toque especial, que nadie se lo impone, sino que nace de él mismo. ¡Eso es ser un escritor! –dijo, casi gritándole al rostro, pero con bastante calma también, e intenciones de aclararlo.
-Vaya… -contestó él enmudecido, casi con lágrimas brotando de sus ojos.
-Un escritor, no es quien está aguardando por la inspiración, y por mientras se queda sin hacer nada… Un escritor, es quien ama escribir, quien ama tener siempre algo que contar, porque le nace desde dentro… Ese es un escritor, alguien realmente apasionado y vivo.
Tras un momento, él contestó:
-Estabas enardecida… Te emocionaste con este discurso, me has dejado varios puntos claros, ¿Sabes? Creo que me mantendré toda la noche pensando en esto, quizás hasta vaya a soñar contigo… No sabía que tuvieras aquel grandioso poder, de aclarar y confortar tan bien a la gente…
-No es nada –contestó ella sonriendo-, y si aún quieres tu inspiración, déjame darte un poco de ella ahora… A ver si esto te inspira –añadió con misterio. Se acercó a él, y se desabrochó el escote, descubriendo unos hermosos y redondeados pechos, que abalanzándose sobre su rostro, hicieron a Narciso sonrojarse. Entonces Romina volvió a decir:
-¿Quieres jugar esta noche? Te apuesto que mañana por la mañana, despertarás inspirado.
-Claro –respondió él, desprendiéndose de sus vestimentas-. Vamos a tener una probada, de aquella dulce inspiración, a ver cuánto me puedes inspirar… -dijo, acercándose al dulce cuerpo y tentador descubierto de ella. Y así estuvieron, toda la noche. Entre fogosos momentos, y la luz de la habitación, que de vez en cuando parecía irse a apagar, y que hacía un calor inmenso en el lugar, y que aunque la luz se hubiese apagado, no hubiesen quedado a oscuras, porque las ventanas estaban abiertas, y la calidez de su pasión encendía todo el lugar como una intensa vela, o un fuego avivado.

DarkDose

 

miércoles, 25 de julio de 2012

La Artesana del Dolor (Terror/Relato)

La tarde poseía un extraño tinte negro, un tanto fúnebre. Como si la desgracia poblara los cielos. Podían surgir varios vaticinios adversos, de los nefastos firmamentos. Una tarde tan apagada, sólo podía presagiar cosas malas. La ciudad se veía envuelta en un ambiente siniestro. Parecía que la tarde caería, cubriendo todo, y sumiría todo en tinieblas. Este tipo de cielos, gustaban a algunas personas. Especialmente a los brujos, y los que tenían gusto hacia lo oscuro.
La tienda esotérica humeaba. Los calderos despedían la humareda, ardiendo en pociones extrañas. El edificio era de madera húmeda y vieja. A través de la chimenea, la única abertura, salían aquellos vapores. Tenía apenas dos ventanas, teñidas en humedad, como una choza rústica, en medio de la ciudad. Adentro por supuesto, la oscuridad abundaba, y devoraba. Estaba repleta por los más misteriosos objetos, adornos y accesorios. Había desde las pociones más extrañas, collares y libros antiguos, hasta muñecos de tortura. Había un diverso repertorio. De todo lo que se podía encontrar había, en cuanto a los trabajos de la brujería.
En aquel preciso instante, una fina silueta abandonaba la tienda de esoterismo. El brujo que atendía, un sujeto joven, cubierto enteramente por una túnica negra, que tenía la mirada cubierta por un velo negro también, y que sus largos y lisos cabellos del mismo color, aparecían por los bordes de su sombrero puntiagudo, despedía a la cliente fingiendo afabilidad. Entonces, se sobaba las manos, y volvía a entrar a su tienda, sonriendo misteriosamente. En la espera, porque su clienta fuera a volver algún otro día, porque era clienta habitual.
Marilyn caminaba por las calles desprovistas de luz. Sólo algún farol, iluminaba a la distancia, y su apenas débil rayo de luz, recorría apenas los contornos de los muros sin vida. Llevaba aferrado contra su pecho, el nuevo muñeco que había comprado en la tienda esotérica. Hace días había estado practicando los métodos de tortura, mediante muñecos en la brujería. Necesitaba la foto de la víctima, y unos clavos especiales. Esta semana iría a intentarlo de nuevo, en su taller, bajo su habitación. Esperaba que el muñeco, resultase valer todo el dinero que había costado.
“Muchas gracias por su compra. Este muñeco es duradero. No te durará sólo una semana, como los otros. Estas monedas de oro que me has dado, valdrán la pena. Este muñeco merece su precio, te lo aseguro” le había aclarado el vendedor. Marilyn sólo esperaba, que aquellas palabras fuesen ciertas.
Pasamos a mencionar algunos detalles sobre nuestra peculiar chica, Marilyn. Marilyn era, una adolescente, de catorce años de edad. No tenía padres. Nadie se los conocía, ni jamás se les había visto. Todo el tiempo, su casa había estado abandonada. Nadie se explicaba, desde hace cuánto vivía en su hogar, ni de dónde había aparecido. La solían señalar por costumbre, como “la chica sombría que se paseaba por las calles”.
Marilyn, a pesar de su tétrico aspecto, era una chica bastante agraciada. Su mirada estaba llena de sombras, se delineaba los ojos exageradamente, al punto de que pareciesen rasgados en pintura negra. Pero de esta forma también, destacaban sus intensos e inmensos ojos marrones, como el tinte de la sangre derramada que ha estado mucho tiempo en un lugar. Su rostro era blanco y terso, parecía muy bien cuidado. Seguramente Marilyn no estaba preocupada de aquello, pero era un hecho, de que tenía un lindo rostro. Sus cabellos, eran rizados y dorados. Si se veía desde lejos, lo primero que se podía notar, eran unos dorados cabellos, unas ropas negras, y unas chispas rojas, que eran sus ojos. Si Marilyn buscaba espantar con su aspecto, lo conseguía. Pero no podía negarse también, que pese a lo sombría que era, tétrica, también era muy atractiva. Las miradas no lograban engañarse evitando verla. Volteaban hacia ella todo el tiempo. Más de alguno codiciaba lo que no podía tener. Más de alguno, se veía tentado a tantas sombras…
Por lo tanto, Marilyn era agraciada. Pero también era como una lágrima, de un cielo de tinieblas. Su personalidad era tan fría, que hería punzantemente. Una palabra hacia Marilyn, solía ser una palabra perdida. Si se decía que había ser sin sentimiento alguno, ese era ella. Estaba desprovista de los sentimientos más tiernos, como el amor, el cariño, o el apego. Por supuesto también, no conocía de compasión. Marilyn simplemente, no reaccionaba hacia el mundo de las personas que la rodeaba. Prefería poner una barrera ante ese mundo, e internarse en sus sombras. Nadie sabía tampoco, si lo hacía consciente o inconscientemente. Pero simplemente, aquella era su forma de ser. Bastante peculiar.
Marilyn iba pensando por las calles, y luego cuando llegó hasta su hogar, que debía darle un nombre al muñeco con el que iría a trabajar. Su hogar, era un infierno. Las palabras podían exagerar, pero si se ingresaba por primera vez a su hogar, aquel ambiente se percibía, aquel significado llegaba. Hacía un calor agobiador, y a veces era frío, como la Antártida. Pero siempre sus muros marrones, como las llamas, causaban aquel sentimiento de ansias, de desesperación. Todo el hogar estaba pintado de rojo, y sólo las sombras que entraban, hacían cambiar los colores a tonos más oscuros, más infernales aún. Aquel tremendo silencio dentro, era engañoso, era como si miles de gritos de demonios se oyesen, y a la vez, era como si no hubiese ruido alguno, tan desolador, que hacía creer que el mundo había muerto. Además, su hogar se había llenado de odio, agobio, rencor y desprecio todos aquellos años, y de todos los sentimientos negativos que existían. Aquella había sido la cuna de Marilyn, ese era su hogar. Y había nacido entre las llamas, entre la agonía, entre el rencor eterno, y en la cumbre de las sombras.
-Paul… será tu nombre –determinaba Marilyn, mientras depositaba al muñeco de trapo sobre una mesa. Tenía dos botones como ojos, y una boca cosida. Su expresión era entre una infantil felicidad, y una maldad escondida. Llegaba hasta lo siniestro. Marilyn había escogido a aquel muñeco, le había bastado sólo contemplarlo una vez (El más aterrador de la estantería), para decidirse a llevarlo, luego de varios días de ahorros. Era necesario mencionar, que en la tienda esotérica todo estaba a un muy alto precio, porque el brujo debía viajar a los lugares más escondidos, extraños, peligrosos y de pesadilla, para conseguir sus mercancías y otras cosas.
A mitad de la noche, la televisión estaba encendida. Se había cambiado a un canal, que a aquellas horas no funcionaba, emitiendo terrorífica interferencia. Sobre el sofá frente al televisor, había alguien, estaba Paul, el muñeco de trapo, muy acomodado. Había llegado por sí solo allí. Formaba una sonrisa, en su boca cosida, y su cuerpo caía casi contra el borde, apoyado contra una almohada. Seguramente había caminado por el pasillo, hasta llegar al sofá. Marilyn había salido, o estaba durmiendo. Lo más probable, es que había salido. El muñeco llevaba varias horas allí, en aquella posición. Era bastante atemorizante contemplarlo. En cualquier momento se levantaría, y se largaría a caminar.
Había una inmensa luna llena. Tan inmensa, que parecía no caber en el cielo, sin embargo, ajustaba perfectamente también. Sobre un muro, había un alma solitaria. Era un alumno de la escuela cercana, tenía por nombre Ismael. Llevaba una boina sobre su cabeza, y tenía un cuaderno en sus manos, que jamás abandonaba. Con el lápiz, iba creando líneas. Estaba sentado encima del muro, y a ratos, contemplaba el cielo y la luna llena para inspirarse. Le gustaba contemplar la ciudad de noche. Una brisa de pronto, quiso arrebatarle la boina, pero se la ajustó. Continuó observando, y apreciando. A ratos se decía cosas.
-Linda ciudad, linda de noche… En la noche todo es más calmado. No hay etapa del día que brinde más serenidad a mi ser, que en la noche… -y sonreía.
Vio una silueta pasar por las calles. Tenía las curvas de una mujer, bien marcadas. Vestía de negro, con unos trapos que parecían llegarle hasta los pies. Sus cabellos eran rizados y rubio oscuro, en la noche. Sus ojos marrones parecían centellear. Llevaba una vistosa y pura cruz de plata. Caminaba tranquilamente. Era Marilyn. Llevaba la mirada hacia el frente, como si no hubiera nada más a su alrededor. Ismael se ajustó la boina, subió su cuaderno, y observó curioso. Apegaba su mirada a las hojas, por si se le ocurría algo para escribir.
Sintió como si su cuerpo parecía encenderse. Era una agradable sensación. Aquellas llamativas curvas, aquel misterio, parecían encantarlo. No tenía idea de lo siniestra que era aquella chica, aunque parecía percibirlo inconscientemente. Pero estaba cegado por el atractivo que veía.
-Vaya, ¿Y quién es aquella chica? ¡Es muy atractiva! Mis ojos se van hacia ella… ¿Cómo es que nunca la había visto en la ciudad? –parecía esforzar los ojos para contemplar mejor. Tenía el cuaderno sobre el pecho. Comenzó a escribir un pequeño relato de sólo unas líneas, que hablaba de un ángel negro de cabellos rizados y dorados, que atravesaba las calles de la ciudad. En el relato entonces, él iba, le hablaba, y se la llevaba consigo. Pero en su realidad, no haría eso. Sólo se limitó a mirar desde el muro.
-Es bastante… No, no tengo palabras. No la había visto nunca, pero ha llamado más mi atención que toda persona a quien he visto en esta callada ciudad…
Los edificios de noche se veían serenos, los edificios que estaban dentro de las murallas. Marilyn se dirigía por las calles, hacia las afueras, donde los paisajes se volvían más oscuros. Y el exterior, hasta era peligroso. Había desapariciones de vez en cuando. Claro, ¿Quién no se perdía en la oscuridad, en el exterior, donde no había luz ni vivía el humano?
Como Marilyn continuó avanzando por las calles, y se perdió, llegando hasta los exteriores de la ciudad, Ismael descendió rápidamente del muro. Se sostuvo la boina mientras corría tras ella. La iría a seguir. Tenía el sentimiento, de que no quería perderla aquella noche, y quería averiguar más. Había una ligera niebla sobre los cielos.
Marilyn se dirigió hacia el cementerio, en las afueras de la ciudad. Hasta allí, al exterior, llegó Ismael, esquivando la maleza imperceptible por la oscuridad, y los árboles húmedos y viejos. Había mucha naturaleza, pero no había animales. No había nada de luz. Ismael a tientas, pisando con cuidado y casi a saltos, llegó hasta el cementerio. No vio a Marilyn, pero dedujo que ella había entrado allí, porque era el único rumbo en aquella dirección, y las puertas estaban abiertas hasta atrás.
Eran altas horas de aquella algo estremecedora noche. La temperatura estaba media, pero hacía más frío que calidez. Ismael se abrigaba bien, y recorría el cementerio, entre ligeros escalofríos por las tumbas. Pero se sentía más tranquilo, de lo habitual que era asustarse al pasearse por un cementerio. Estaba tranquilo, porque aquel ambiente en cierto modo, también le gustaba. Algunas noches venía, y se subía a los muros o alguna tumba, y observaba los árboles y los paisajes muertos, y comenzaba a describir. Pero claro, no era todas las noches. A veces había fantasmas, y eso sí que realmente le espantaba.
Como recorrió por varias horas, sin encontrar a Marilyn, comenzó a pensar en retirarse, muerto de sueño. Y cuando iba retrocediendo, contempló una tumba abierta. Vaya, ¡Qué hermosa le resultó aquella visión, dentro también de lo profundamente escalofriante que era! En la profundidad de la tumba, había una tierna figura. Estaba Marilyn; se veía muy hermosa. Su cuerpo que parecía delicado, de generosas curvas y belleza, estaba algo descubierto entre aquellos trapos negros que la envolvían, parecía acurrucada sobre la tierra, en la profundidad, y parecía dormir. Unos velos negros rodeaban su atractiva figura, con misterio. La rodeaban, como envolviendo a un ángel negro caído, de sus heridas, o simplemente, adornando su sensual cuerpo. Ismael deseó por un momento ser aquellos velos negros. Marilyn dormía, y respiraba tranquilamente.
Sin embargo, Ismael no supo qué hacer, y quiso retroceder, cuando contemplando hacia la profundidad, Marilyn despertó. Sus ojos se abrieron de un momento a otro, se sentó, y comenzó a levantarse, aferrándose a los bordes. Una vez fuera de la tumba, le dirigió una fría mirada a Ismael, carente de todo sentimiento. Quizás hasta despreciativa, pero no parecía aquella la intención. Marilyn entonces se retiró. Ismael estaba aterrado. Entre lo tranquilamente que ella dormía, no pensó que iría a despertar. Sin embargo, luego Ismael se quedó solo en el cementerio. Y se sintió en las nubes. ¿Estaba enamorado? No lo pensaba así. Pero maldición, ¡No podía sacar a Marilyn de su mente!
Una tarde, todo tuvo un brusco final. El suceso, comenzó a desarrollarse en la escuela. Pero previamente a esto, Ismael había intentando volver a ver a Marilyn por la ciudad. Pero no la veía en ninguna tarde, ni ninguna noche. Sin embargo, había averiguado dónde estaba su hogar. Muerto de terror, había entrado a la tienda esotérica. Allí, se las había ingeniado para sacarle aquella información al vendedor.
-¿Cuánto cuestan aquellos muñecos? –fue lo primero que preguntó, al observar los muñecos de trapo. Había venido sólo una vez antes. Había salido aterrado, al contemplar aquellos desfigurados y mortificantes muñecos. Hasta agobiantes.
-Cinco monedas de oro –respondió el vendedor-, No, ahora que recuerdo, los subí a ocho. Debo ir a una tierra de brujos a buscarlos; arriesgo mi vida.
Ismael se mantuvo pensativo.
-¿Qué le sucedió al de mediano tamaño, que siempre parecía contemplar a los clientes? –preguntó. Porque la única vez que había venido, sintió como si aquel muñeco se hubiese quedado contemplándolo tétricamente.
-Pues se lo llevaron –contestó el vendedor.
-¡No puede ser! –fingió asombro Ismael. El vendedor lo miraba con desconfianza- Lo que sucede –explicó Ismael-, es que iba a tener un ritual estos días… ¡Y necesitaba aquel muñeco!
El vendedor lo observó aún más extrañado. Pero estaba acostumbrado a las locuras de sus clientes. Le dijo:
-Si tanto lo quieres, ve y cómpraselo a la chica a la que se lo he vendido, ¿Si? A mí no me molestes.
-¿Cómo era ella? –preguntó Ismael. El vendedor se la describió de tal forma, que supo que era Marilyn. Cabellos rizados, trapos negros, una mirada sombría de ojos marrones…
-Mi mejor clienta –añadió. Parecía haberse fijado en su atractivo también, a pesar de lo avanzado de edad que tenía él. Tras el mostrador, no se avergonzaba.
-Pero… -dijo Ismael- Debo conseguir aquel muñeco a toda costa. ¿Sabes por casualidad, dónde puede estar el hogar de ella? –y entonces Ismael creyó que finalmente obtendría la información que quería. Como iría a esperar, el vendedor le dio la dirección.
-Puedes ir a buscarla, y ofrecerle dinero por el muñeco. Quizás te lo venda, pero ofrécele una buena cantidad. Ya te he dicho, su hogar está en la calle que da a la salida de la ciudad, donde por allí no pasa gente. Creo que a mi clienta como yo, no nos gusta la gente… -y le dirigió una obvia mirada de desprecio a Ismael. Éste, sin hacer nada más que dar las gracias, comprendió, y se retiró, cerrando la puerta y dejando la tienda sumida en tinieblas.
Entonces, ya había averiguado dónde estaba el hogar de Marilyn. Sin embargo, se paseaba diversos días por allí, y nunca la encontraba. Como su curiosidad lo venció, un día vio la puerta abierta, e ingresó. Los muros eran rojos. La televisión estaba encendida, era tarde, cuando ya se había oscurecido. Apenas estuvo dentro, había contemplado a aquel muñeco que le levantó los pelos de la cabeza del susto: estaba sobre el sofá, acomodado, contemplando la televisión. Pareció escucharlo murmurar:
-¿Qué haces en el hogar de mi ama? Despreciable humano.
Pero pensó que había sido sólo su imaginación. Más lo valía así… O se hubiera partido por dentro del terror. Caminaba, y el muñeco parecía observarlo. ¿Pero qué pensaba? Los muñecos no hablaban…
Recorrió el hogar de Marilyn. Esas no eran sus costumbres, y nunca se había adentrado en el hogar de otra persona. Pero, el impulso podía más. Aquel impulso, como un enamoramiento, por volver a apreciar aquella belleza y misterio otra vez. Sólo necesitaba ver a Marilyn una vez más, ¡Sólo una!, y se contentaría…
Pero el hogar era de bastante reducido espacio. La habitación de Marilyn estaba cerrada. Lo que le desconcertó, fue tirar de la puerta, y al comprobar que no abría, observó unas escaleras como escondidas a un lado. Descendió, y se encontró con un cuarto más cerrado, de más pequeño espacio. Era un taller. Sobre un muro, había una gran mesa metálica. Arriba de la mesa, varios muñecos de trapo, de distintos tamaños, con clavos atravesados hasta en los ojos, en los hombros y en sus vientres. Había una gran mancha de sangre sobre la mesa metálica. En el taller, había otras cosas como herramientas que parecían de tortura, sillas de acero y cosas así por el estilo. Había un gran olor a sangre. Había también una estantería, llena de libros, y con algunos cráneos de personas. ¿De dónde diablos ella había sacado todo eso? No quiso pensar que se trataba de una asesina. Como le aterró tanto, se vio impulsado a salir del lugar inmediatamente, pensando jamás volver…
Pero así como había transcurrido aquella tarde, al otro día, había asistido a la escuela. El día había estado normal y tranquilo. Cuán grande sería su sorpresa, sin embargo, cuando la tarde cayó otra vez, dejando la escuela parcialmente a oscuras, y cuando caminaba por un pasillo para retirarse hasta su hogar, contempló varias siluetas. Tres de ellas, parecían estar en contra de una. Se acercó, y desde el comienzo del pasillo contempló de qué se trataba.
Estaba asombrado. Marilyn estaba allí. Y frente a ella, había tres niños de grados más bajos. Eran más pequeños. Marilyn les prestaba atención, pero no hacía gesto alguno; sólo se limitaba a mirarlos. Aquellos tres niños parecían ser familiares. Entremedio de ellos, había uno casi arrodillado, temblando y tapándose la cabeza. Los otros dos increpaban duramente a Marilyn, y la desafiaban.
-¡Sabemos que eres una bruja, o quizás hasta una muerta! –Le decía el primero, exasperado- ¿Qué le has hecho a nuestro pequeño primo, lo has maldecido? ¡Se ha sentido todo el día mal! Y dice que de sólo verte, ¡Siente un gran terror!
-Sí, está seguro de que tú le has hecho esto –decía el chico al otro lado, furibundo.
Marilyn no contestaba nada, se reservaba sus respuestas. Ismael pensó que debía intervenir, pero luego, rechazó aquella idea. No sabía cómo iba a reaccionar Marilyn, si es que él se entrometía.
-No deberías tener derecho a pasearte por estos pasillos, con esa apariencia… -volvió a decir el primero, con bastante desprecio, frunciendo las cejas.
Los chicos luego, se vieron más dominados por sus iras, y con los estantes de respaldo tras ellos, comenzaron a arrojar libros y manzanas a Marilyn, que habían en los compartimientos. Ismael pensó, que no debía meterse en problemas. Le daba temor, pensar que si interfería y tiraba al piso a aquellos tres chicos, Marilyn apenas le agradecería el gesto. Por lo que pensó, que sería mejor retirarse, y lo hizo, y abandonó la escuela. Pero Marilyn sin embargo, no iba a quedarse así. No dejaría que aquellos libros y manzanas se estrellaran contra ella como si nada. Caminó, con total tranquilidad, ignorando completamente a los ensañados estúpidos chicos, y como por arte de magia oscura, las manzanas y los libros arrojados a ella le rebotaban, se desviaban, pasaban por el lado, pero jamás le daban. Los chicos observaban atónitos. Comprobaban, que aquella ser, no era para nada normal.
Ismael a la salida, llegó hasta el buzón de la escuela. Volteó a observar los contornos sombríos del edificio, su gran sombra. Vio a Marilyn saliendo, por el pequeño sendero, a la salida de las puertas del establecimiento. Caminaba siempre, como lentamente, como sin vida, como si no tuviera algo que le importara. Ismael con lástima abrió el buzón: Allí, estaba repleto de cartas de amor, que le había escrito todo este tiempo a Marilyn. Ella ni siquiera se había molestado en sacarlas. Él sentía que se le partía el corazón, pero debía reponerse luego de todas formas, igualmente.
El brusco final de aquella historia, de aquel encuentro con el destino, cuando Ismael se vio como flechado y cautivado, aconteció a la tarde siguiente. El día había transcurrido normal. Observaba a escondidas a Marilyn en los recreos. ¿Desde cuándo iba ella en su escuela?, se preguntaba. Pero los chicos el día de hoy, no habían molestado para nada a Marilyn. Es más, ni siquiera habían venido. Era como si hubieran desaparecido.
El cuaderno de Ismael se había llenado de líneas a Marilyn. Como aquella tarde transcurrió lenta, y sin demasiado interés, se retiró de la escuela, directo con rumbo a su hogar. Sin embargo, algo de lo que luego se iría a arrepentir, lo hizo voltearse, y tener deseos de ver a Marilyn. Aquella tarde, debía verla, sí, por última vez. Y sólo entonces, comenzaría a olvidarla. Porque sabía que con ella, no había camino alguno, que no había esperanza por tomar. Con ella, no había oportunidad, por muy hermosa que fuera.
Llegó hasta el hogar de Marilyn. La puerta, estaba eternamente abierta una vez más. Sobre el felpudo de entrada, que decía “Infierno” en vez de bienvenida, estaba tirado Paul, el muñeco de trapo. La noche había caído. Estaba la luna llena. Ismael no tenía nada más que hacer. Se dirigió hasta la entrada del hogar, y recogió al muñeco entre sus manos. Estaba algo aterrorizado, el muñeco otra vez parecía contemplarlo. Y estuvo seguro, de que murmuró ahora:
-¿Qué haces, has venido a ver a mi dama? ¿Quieres encontrar una muerte? ¿O quieres ver las horribilidades que ha causado ella? Si vas a entrar, contemplarás.
¿Qué diablos?, pensaba. El muñeco era capaz de formar todo un discurso. Ismael pensó que había perdido bastante la cordura, que estaba volviéndose loco, para imaginarse al muñeco hablar así de estructuradamente. Lo tiró con violencia contra el suelo, e ingresó al hogar, de golpe entonces. No le interesaba que no hubiera nadie, como que hubiera estado Marilyn. Después de todo, su propósito era verla.
Pero… aquello fue lo peor que se le pudo haber ocurrido. Porque recorrió el hogar, y una vez más, se vio en el deber de bajar hacia el sótano. Allí estaba la puerta del taller. No estaba entreabierta; estaba cerrada, pero no asegurada con llave. Tiró el pomo lentamente, sin saber lo que iría a develar, lo que le iría a esperar. Abrió lentamente, aumentando el suspenso.
-¡Dios mío, Marilyn! –gritó del espanto al llegar hasta el taller. Allí estaba Marilyn. ¿Habíamos mencionado sus pasatiempos? Sí, Marilyn era algo parecido a una bruja. Pero llegaba más allá de eso. Le encantaba causar dolor. Estaba allí, realizando torturas en su taller, embrujos, y encantamientos. Allí pasaba la mayor parte del tiempo. Oh sí, ¿Habíamos mencionado el nombre de los tres chiquillos, que pretendían discutir y fastidiar a Marilyn?
Por cierto, ellos también estaban allí. Pero en una forma diferente. Ismael observó con horror. Paul bajó las escaleras, y llegó caminando hasta el taller, para ponerse de pie entre la abertura de la puerta, y observar, y reír malévolamente, divertido, con su boca cosida. Marilyn estaba frente a la mesa metálica. Sobre ella, había tres muñecos colgados, de tamaños casi reales. Las luces estaban encendidas, pero justo en aquel momento, se había cortado la luz en la mayor parte de la ciudad. Los muñecos llevaban inscripciones a sus pies, que por cierto, eran los nombres de aquellos tres chicos. “Manuel el del medio, Iván, el pequeño atemorizado por Marilyn como por un mal de ojo, y Gonzalo, el mayor”. Marilyn los había disecado. Les había arrancado la piel, y las había puesto dentro de la de los muñecos de trapo, que habían servido como moldes. Estaban atravesados por muchas agujas, en las partes más sensibles de sus cuerpos. Agujas tan grandes, como un brazo, gruesas y afiladas de tal manera, que era doloroso verlas. Los muñecos parecían botar lágrimas del sufrimiento. Marilyn simplemente volteó, observó a Ismael, y le dijo:
-¿Qué haces molestando aquí? Puedes retirarte, estoy haciendo mi trabajo.
Ismael estuvo paralizado por el terror. Lentamente, caminó retrocediendo, contemplando aún la escena pasmado, y llegó hasta la puerta. Un escalofrío no lo dejaba en paz. A través de la puerta entreabierta, Paul, el muñeco de trapo, le aferró una pierna. Y en su otro brazo, tenía un cuchillo de cocina. Ismael aterrado, dio un gran salto, y corrió por las escaleras, y salió atropelladamente del hogar. Corrió por las calles, y no se detuvo. Nunca más volvería allí. Y para retenérselo, gritaba mientras corría sin aliento:
-¡No volveré allí, no volveré allí! ¡Jamás pondré pie en aquel infierno!
Y todo había sucedido, porque se había fijado en Marilyn. Y había llegado más allá de donde debía llegar. En el mundo, y en aquella ciudad, no todas las personas son normales. A veces, ángeles negros o personas que parecen provenir del mismo infierno, caminan entre nosotros. Marilyn era alguien especial. Marilyn causaba el sufrimiento, es lo que hacía. Marilyn era, una artesana del dolor.

DarkDose