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miércoles, 1 de enero de 2014

Matrimonio en cenizas (Suspenso/Relato)

En una tarde de verano de Abril del 1997, Amelia Baltazár, en medio de una ostentosa celebración llevada a cabo en un parque público atiborrado de invitados y comida, contrajo matrimonio con Gilberto Thompson, el empresario del año según la revista “Tiempos”; un hombre de buena presencia, carismático y formal, ante cuya sonrisa perfecta las damas caían rendidas. Gilberto parecía una excelente elección. (¡Más aún, si las señoritas de la cuadra lo deseaban!) Los parientes de la joven se acercaron a felicitarla efusivamente. Parecía un cuento de hadas. Cuando llegó el momento de que el novio pasara el anillo por el frágil dedo de la prometida, adoptó una mirada seductora que derritió al público de las bancas y rompió corazones. Sí, era un galán moderno y Amelia estaba satisfecha.
La luna de miel que pasaron fue acalorada y llena de recuerdos hermosos. Ocurrió en el último mes de verano; el destino fue una estancia bajo los cielos crepusculares del Caribe, costeado por los ingresos de él. Era deseo de Amelia ir; toda su infancia soñó con visitar la región; visualizaba el día en que se haría realidad. Viajaron en avión, y al llegar a la estancia comprobaron que estaba junto a la casa de un adinerado escritor, al que Amelia admiraba y le pidió el autógrafo. Junto a Gilberto pasó las mejores semanas de su vida: se bañaron por las tardes en aguas transparentes, recolectaron conchas en la orilla y asistieron a largas ferias que encendían la noche.
—Gilberto, eres el hombre de mi destino —le dijo ella una noche mientras descansaba con la mano depositada sobre el pecho de él.
—Estoy para ti.
Amelia Baltazár Champiñón se consideraba una mujer corriente. Nunca tuvo vicios y creció en un ambiente familiar acogedor, de buenas costumbres, aunque su carácter era retraído. En la escuela fue de pocas amigas, y tras cursar estudios superiores en una prestigiosa universidad se graduó de abogada, carrera que ejerció desde joven. Sus padres eran humildes pero disponían de una gran suma de fondos en el banco acumulada por John Vasconcelos, su padre, tras toda una vida de granjero. Amelia consiguió un puesto de trabajo de medio tiempo como secretaria en una conocida empresa de telecomunicaciones, “Thompson redes”. El resto de los días laboraba como abogada. En este lugar conoció al apuesto hijo del dueño, aunque un tanto ingenuo, Gilberto Thompson, que solía pasearse por su puesto y charlar.
Al principio le pareció el típico hijo de empresario, que vivía entre comodidades y pretendía caer bien a todos, por eso empezó a evitarlo y a tomarle el pelo; pero Gilberto no era así. La convenció de lo contrario. Pronto fue aceptándolo más; él le amenizaba las tardes de trabajo llevándole tazas de café y chocolate; hasta un ramo de flores una vez. Amelia no hacía más que sonreír ante el gesto y acaso sonrojarse. Gilberto le declaró su amor en la oficina. De allí en adelante, Amelia accedió a citas frecuentes que concretaban al término de la rutina.
Tras la luna de miel y asentarse definitivamente en un soberbio apartamento, llegaron a sus vidas dos hijos, Tomás y Lucas; niños inquietos que hacían desmanes a toda hora. Tomás era de cabello negro y personalidad inocente como el padre, mientras que Lucas era rubio y de ojos azules como de plástico. Fueron autores de la primera alarma de incendios en el edificio; los carros de bombero y la gente alborotada se apiñaron afuera y todo terminó en un gran jaleo.

Gilberto había abandonado muchas amistades debido al compromiso, además salía poco de casa. Sus antiguos camaradas trataban con asiduidad de comunicarse con él. Una tarde se dirigió a hacer unas compras a las tiendas locales y encontró al grupo. Estaban en el interior de un bar, atentos a una carrera de caballos en el televisor de la entrada. Saludó y ellos lo invitaron al instante a la mesa, donde le dejaron un puesto privilegiado para ver la competencia y le ofrecieron tragos. El dependiente miró desde la barra, limpiando con su paño el interior de un vaso cervecero.
—Lo siento, no bebo —dijo Gilberto con timidez volviéndose a ver la carrera.
—Vamos, Gilberto; no me digas que tu mujer te tiene con correa al cuello —exclamó un imprudente.
Pareció titubear un momento.
—Bueno, dame una.
—Cantinero —dijo un amigo girándose confiado y guiñando un ojo—. Ya sabes.
—¡Sale una Pilsen! —voceó el encargado y la lata de cerveza corrió por la barra hacia su destino. El amigo la tomó, la destapó produciendo el refrescante sonido y la dejó en manos de Gilberto, a quien se le hacía agua la boca.
—Por Gilberto —propuso alzando la lata, acompañado por los demás— y su feliz matrimonio. —Entonces lo incitaron a beber con las miradas sobre él.
—Bueno, por esta vez —contestó con aplomo y se llevó la lata a los labios. Ah, aquel exquisito y agrio sabor de la cerveza… No lo había probado hacía diez años. Sintió un leve calor en su interior, los camaradas aprestaban más cervezas. Se quedó mirando la pantalla; el caballo rojo, que se llamaba “Rocinante Recargado”, dejaba al resto atrás. De pronto se le apagaron las luces.
Al despertar balbuceó:
—Vamos Rocinante, tú puedes, porque eres el mejor. — Estaba rodeado de cuatro latas de cerveza vacías, tenía el rostro ruborizado ante el júbilo de sus amigos, completamente borracho. Intentó apoyar el codo sobre la barra pero resbaló dándose un porrazo.
—¿Y cómo te llevas con Amelia? —preguntó uno. Se oía como a la distancia.
—De lo mejor; yo a mi mujer la quiero más que todo en el mundo —replicó; parecía que se esforzaba al hilvanar las palabras.
Risas.
—¡Mira cuánto has bebido! Si te viera tu padre, el empresario Rodrigo Thompson, en ese estado… ¡Se desmayaría de vergüenza! —expresó el de la voz que resaltaba.
El cantinero siguió puliendo el vaso. Miraba divertido; “Ay, esta juventud…”
Afuera caía una llovizna que salpicaba las calles. Los amigos lo sacaron del bar apoyándolo en sus hombros. Había olvidado comprar la mercadería. Por otro lado, era evidente que no podía irse a casa solo, por lo que, a pesar de que sus amigos se rieron de él todo el rato debían ayudarlo a llegar.
Lo abandonaron a la entrada del apartamento. Vaciló mientras observaba la esfera de luz de un farol. Luego, con un ligero temblor de ebrio contempló las ventanas. Se acercó a la puerta y comprobó que estaba cerrada. Decidió rodear el edificio y entrar por una de las ventanas. Entonces vio el rostro de Lucas apoyado tras el cristal. Parecía confuso.
—Hijo, ábreme la puerta —murmuró. Había recobrado algo de conciencia.
Amelia descansaba en el dormitorio. El otro hijo también dormía en un profundo sueño y sólo el pequeño Lucas andaba de pie en pijama tras haberse levantado para ir al baño. Los golpes del padre en el cristal de la planta baja importunaron el sueño de Amelia, se acomodó en el colchón con una expresión de molestia.
Gilberto no conseguía entrar; pese a las reiteradas señas que hacía Lucas se quedaba de pie indeciso y lo examinaba con intriga. Todas las ventanas estaban cerradas. Debió tomar una piedra, romper una parte del cristal y quitar el pestillo. Al verlo entrar por la oscuridad del zaguán el hijo se asustó; parecía un monstruo de otra dimensión, enorme y borracho. Se oyeron unos pasos en la escalera.
Amelia descendía turbada. Tommy venía tras ella luego de despertar por instinto. La joven llevaba un huracán en su interior: cómo era posible tal atrevimiento del marido, pensaba. Primero, que interrumpiera su sueño; segundo, que llegara a estas horas de la noche y quizá en qué estado. Se sentía descontrolada. Lo iba a matar, estaba segura.
Un relámpago estalló  iluminando por un segundo la tez de Amelia; ambos niños se aferraron a las cortinas en un intento por esconderse.
Ahora que recordaba, su esposa siempre había tenido un problema de celos. Cuando él venía tarde a veces del trabajo, y considerando el deseo que su ser despertaba en las mujeres, Amelia no hacía más que verlo llegar para recriminarlo con dureza. Hace tiempo habían ido juntos a una terapia de parejas para el control de la ira, y en los días siguientes Amelia hizo esfuerzos por controlar la rabia. La reprimió por mucho tiempo. Pero, pese a todo, sabía que ella podía dominarse. Estaba todo bien.
Amelia reflejaba un brillo malicioso en los ojos. Se acercó al marido y forcejeó con él ante el susto de los niños. Éste no se explicaba por qué ella reaccionada así, siendo que en sus discusiones nunca acudían a las manos. Escuchó con desconcierto los cargos que le espetaba su mujer:
—Cómo te atreves a desafiarme así, desgraciado. No puedes pretender entrar a estas horas —musitó con vivo rencor.
—Si ahora me iba al dormitorio —se defendió.
—No, nada de dormitorio —gritó ella y le dio una sonora palmada. Parecía un animal enjaulado. Gilberto se llevó con incredulidad la mano a la mejilla lastimada. Amelia percibió el aliento de ebrio y se exacerbó.
Para él era una injusticia. Se indignó y quiso dirigirse al dormitorio, pero su mujer lo tomó por los hombros y le hundió un rodillazo en los testículos que provocó el pavor de los hijos. Sufrió un dolor insuperable, se sostuvo la parte dañada y Amelia lo arrastró hasta las habitaciones del fondo mientras los pequeños habían desaparecido para marcar agitados el número de la ambulancia.
Gilberto estaba inconsciente como un muerto, y ella lo metió con brusquedad en el ropero para colgarlo de la corbata en la barra de acero. Vestido de terno gris e impregnado por el olor del alcohol, palideció y la lengua se le asomó por los labios. Amelia, ojerosa, contempló satisfecha su cometido mientras se chocaba las palmas de arriba abajo, cuando una sirena se escuchó y una luz roja de emergencia invadió el cuarto.
Los operarios irrumpieron en el edificio, encontraron a los niños y siguieron escaleras arriba. Llegaron a la habitación, ante una mujer de aspecto normal que los veía, y hallaron el delito que había cometido. Retiraron al hombre del armario salvándolo de asfixiarse, y Amelia se les enfrentó arrojando manotazos, frenética, por lo que la redujeron y amarraron a la camilla. La trasladaron a la planta baja, donde le hicieron los primeros auxilios al esposo y se fueron con ella al manicomio. Una hora más tarde Gilberto despertó. El edificio estaba abierto. Con la corbata descolocada y el rostro encendido se sentó a llorar junto a sus hijos.
Los meses sin su esposa se le hicieron fatales, pero mantuvo en secreto su ausencia. En la puerta se acumularon cartas de familiares; también en ocasiones fueron a visitar y él les dio excusas poco convincentes. Se hundió en la culpabilidad y tristeza, no sabía cómo consolar a sus hijos y mantener el círculo familiar. Desconocía cómo explicarles la situación de su madre; él mismo pagaba los cheques que traía el correo para el tratamiento en el manicomio. En una carta el doctor le comunicó que su mujer padecía un trastorno muy violento y estaba asegurada con camisa de fuerza. La noticia era para derrumbar a cualquiera.
A la mañana siguiente freía huevos en la cocina para el desayuno; tenía desaliñado aspecto, la corbata amarrada en la cabeza caía por su sien y sus ojos mostraban poca esperanza. Llevaba la arrugada camisa blanca del trabajo al que no iba hace días. Bebió de una lata de cerveza mientras la radio a su lado comenzó a transmitir:
Les informamos que esta mañana, la reja del manicomio (…) ha aparecido con una abertura, desde donde tras romper su camisa de fuerza ha escapado de su confinamiento la paciente Amelia Baltazár Champiñón, diagnosticada con un alto grado de peligrosidad. Recomendamos a quienes viven por los alrededores del edificio tomar precauciones cerrando ventanas, puertas, y…
Incrédulo apagó el aparato. Temblaba y no lo podía disimular. Por instinto corrió la cortina y miró a la calle. No, nada. Ni un alma. Luego, remecido por el sentido paterno descendió con lentitud las escaleras para comprobar el estado de sus dos protegidos que jugaban en la planta baja.
El vestíbulo estaba desordenado, la oscuridad cubría cada rincón. Tommy y Lucas habían desaparecido, dejando sus caballitos de juguete en la alfombra. Se apresuró a apartar cortinas para asegurarse de que las ventanas estuvieran cerradas y también las puertas. Sabía que la fugitiva esposa podía venir a visitarlo. ¿Pero dónde estaban los niños? Si les sucedía algo él se moría. Afuera se nublaba; un espeso nubarrón cubría el cielo y la luz gris se filtraba en el salón creando un ambiente descolorido y siniestro.
De pronto sintió sus brazos aferrados y la boca cubierta por un paño. Se volteó con ojos inyectados en sangre y descubrió tras él la sombra colorada de Amelia. Trató de liberarse, pero su esposa lo empujó para estrellarlo escandalosamente contra el ventanal. Quedó aturdido, con la cabeza ensangrentada asomada a la calle, y dio una patada hacia atrás para alejar a su agresora.
Amelia convulsionada de ira se le acercó a arañarle la cara. Gilberto le retuvo firmemente los brazos, ella luchó hasta soltarse y, jadeante, lo miró con saña. Entonces levantó una lámpara de gas a su lado; “¡No!”, gritó el marido estirando su mano, y ella con un grito histérico arrojó la lámpara al suelo. La alfombra se encendió. Amelia le lanzó un zarpazo mientras la humareda surgía y él la esquivó para subir por intuición las escaleras. En el dormitorio levantó a los dos niños drogados, descendió a zancadas y salió por la puerta de la cocina con una patada. Los vecinos llamaron a los servicios de emergencia que llegaron en pocos segundos. Vio cómo el carro de bomberos arrojaba un chorro de agua al edificio. Vino la ambulancia, entregó a los dos niños y volteó.
La humareda turbia era como niebla. Tosió tratando de ver con dificultad. De forma inesperada, desde la pared de humo emergió Amelia, una hoguera viva; lo abrazó y le clavó las garras en el brazo derecho, quemándolo hasta que la piel se empezó a derretir y se lo arrancó de un tirón. Gilberto rugió y contestó con un puñetazo de izquierda, que para fin de todos los males le separó la cabeza de los hombros. Ésta cayó solitaria rodando. Los brazos resbalaron de él y se desplomaron junto al cuerpo con un ruido sordo. Gilberto, tambaleándose, débil por la energía perdida y el ahogo también dio de espaldas contra el concreto. Cerró los ojos.
Un bombero forzudo lo tironeó para despertarlo. Gilberto lo miró; el funcionario dio palmadas afectuosas en su hombro. Se incorporó para llevar la vista al apartamento. Las llamas eran controladas. La capa gris iba en retirada.
—Tus hijos estarán a salvo —dijo el bombero, sonriéndole.

Gilberto agachó la mirada y cruzó las piernas; vio cómo se llevaban los restos de la esposa en una camilla. Ahora esperaría a que sus hijos se recuperaran, para vivir la tranquilidad que le brindaría la muerte de Amelia en el término de su matrimonio en cenizas.

DarkDose










01/01/2014: Este relato fue concebido tras leer el libro "Mientras escribo", de Stephen King, el cual, aparte de dejarme algunas enseñanzas incluía un ejercicio para realizar un cuento proponiendo una temática base. Éste es el escrito resultado. 

domingo, 6 de octubre de 2013

Bosque en susurros (Suspenso/Relato)

—Y tú, Ana, qué estás haciendo aquí —pregunta Ricardo con los ojos fijos en las llamas.
La fogata ardía débilmente. Estaban en un bosque umbrío, reunidos en un círculo. Habían tenido entretención relatándose historias de terror. Ana, tomada de la mano de su pareja, Brian, respondió:
—No lo sé, Brian me ha traído a este lugar.
Ricardo, ajustándose las gafas con el dedo, denotando expresión lóbrega, inclinándose hacia ella de a poco, le dice:
—Pero no sabes dónde te has venido a meter. En este sitio abundan los cuentos horripilantes; hiciste mal en llegar hasta aquí. Los espíritus, fantasmas y todo lo relacionado con ultratumba habitan acá.
Ana aprieta la mano de Brian, en busca de protección. El novio, apenas la mira de reojo sin tomarle importancia. Era un joven de diecinueve años, tosco, cabeza rapada, con ornamentos de acero en cada oreja. No era alguien atento en su trato. Las chicas suelen sentirse atraídas por el menos indicado.
—Brian, por qué me hiciste venir a este bosque —interroga, apretándole la mano, con mirada reprensora.
—Te dije que sería genial —se defiende Brian—. Además, accediste a que aquí estaríamos mejor, porque no te parecía adecuado hacerlo en el automóvil.
Claro, aludir al sexo evadido. Una prueba de la falta de tacto de él.
— ¡Brian! —contesta Ana, ofendida. Luego permanece con su rostro ensombrecido, contemplando el fuego.
—Estas mujeres son sensibles —musita para sus adentros Brian.
Ricardo, queda perplejo ante la confesión. Deduce: eran una pareja que sintió el deseo de tener relaciones sexuales al lado de la autopista, pero, impedidos por cierta razón, a iniciativa de él habían llegado a este rincón forestal, donde el silencio hacía de cómplice.
Por dicha causa —a pesar de que no realizaron su voluntad—, el azar los topó con los demás, que ya habían permanecido con la fogata.
Estaban Catalina, una pelirroja oriental, carácter sumiso, de veintidós años, y Byron, el cuñado de Ana. El resto del grupo lo conforman los tres que ya han sido introducidos.
De pronto, Ana, aprisiona del brazo a Brian, para sentir que es suyo, le insta:
—Tengo la necesidad de caminar. Vamos, demos un paseo.
Brian cede a los ruegos de Ana para evitar una molestia. Ricardo los ve levantarse, fija sus ojos a través de las gafas en ellos, dice:
—Tengan mucho cuidado en este bosque, las historias son reales, los rumores tienen su origen…
Ana lo observa con ojos aterrados, Brian la tira de la mano. Entran a través del paso de los árboles.
Minutos más tarde, Ana está contemplando unas lápidas rosáceas en la tierra frente a ella. Éstas abundan por el lugar. Brian continúa tomado de su mano, y mira los epitafios, con indiferencia total.
Ana empieza a temblar. Está muy asustada. Un hálito de viento, como un ser invisible, ha acariciado su espina dorsal, la recorre un escalofrío. Se erizan sus pelos. Presiona fuerte la mano de su novio, como si fuera a arrancársela. Brian se molesta. Ana siente presencias, la mirada fija en las lápidas, dice:
—Veo círculos trasparentes sobre estas piedras…
Las esferas bailan, recorren, fluctúan. Brian las cree mentira, no las puede divisar.
En este encuentro espiritual estremecedor que tiene Ana, siente agobio y deseo de correr, fustiga a su pareja para que se retiren. Lo incita, empuja, solloza en exhortaciones y plañidos. Brian se detiene para reprenderla. Pero en ese instante, algo llama la atención de Ana, que ha volteado.
Una voz gutural y ancestral surge de las entrañas de la tierra, las lápidas, y con una potencia inusual junto a un tono amedrentador, que hace temblar el suelo, advierte:
—Retírense de aquí si no quieren sufrir una horrorosa muerte.
La pareja ahora consciente del peligro se dispone a correr. Una sombra deforme con largas garras emerge desde las hojas desperdigadas, adopta figuras espeluznantes y los persigue. Mientras huyen ven a dicha oscuridad filtrarse entre árboles, acechándolos.
Cuando finalmente pierden el rumbo y la entidad los ha extraviado, Ana siente el pecho hinchado, respira con dificultad, está jadeante. Increpa a Brian por última vez:
— ¿Ahora sí crees que es buena idea venir a este lugar? Todo por las ansias insatisfechas de tener relaciones sexuales…
Él calla, indignado. Ana suelta su mano y se sienta en la tierra, decepcionada. Brian divisa algo pero no alcanza a advertirle.
—Qué es esto… —dice Ana espantada. Observa su mano, tiene una sustancia viscosa adherida. La ha puesto encima de un lomo suave, húmedo, incómodo. Aguantando la consternación atisba dos gusanos gigantes a cada lado. Cubiertos en tierra, bombean, son repudiables, en la boca poseen un círculo de sangre. El instante se paraliza, Ana está petrificada de terror.
Ella se incorpora, Brian le tiende una mano. Alcanzan a descubrir entre las dos criaturas un cadáver en putrefacción. Huyen, se internan entre los árboles en carrera desesperada.
Aparece Ricardo por un lado del camino, solamente para recordarles: “Se los dije”. Él también se une al escape pues el bosque está frenético y furioso.
Entonces encuentran a Catalina y Byron, quienes habían sido abandonados en la fogata. Los cuatro corren deprisa, los árboles atrás emiten sonidos extraños, el lugar está embrujado. Catalina tropieza y pide ayuda. Una tarántula negra comienza a subir por su pantorrilla. Ella y Ana dan un grito de horror, Brian patea al arácnido, Catalina se levanta y no pierden tiempo.

En la huída, empiezan a perder las esperanzas. Han avanzado mucho y no encuentran vía afuera. Es un camino estrecho sin final. Una lágrima desciende por la mejilla de Catalina, Ana se aferra a Brian, ¿encontrarán una salida de el bosque?

DarkDose



















Comentario: un relato de suspenso tal como indica el título, en el cual quise intentar una nueva técnica de escritura.