jueves, 19 de julio de 2012

Blanda Carne (Terror/Relato)


-Entonces… ¿Quieres ser mi novia? –le preguntó Patricio. Luciana estaba frente a él, en la banca, observándole a los ojos. Tenía un fresco aroma a frutilla, en sus cabellos rociados por el sol, de tinte naranja. Sus ojos eran amarillos, como el brillo de la miel. Sus brazos estaban adornados en pulseras, y su figura era delgada, y curvilínea. Patricio se mantenía expectante. Sus cabellos eran negros, y su rostro era, como el de un enfermo. Tenía unas marcadas ojeras, por no dormir nada por las noches.
Luciana estaba observando sus tan marcadas ojeras del cansancio. Patricio se percataba, y entre el nerviosismo por sus ansias, le mencionó el porqué de éstas.
-No he dormido nada por las noches, porque las he pasado enteras escribiéndote cartas de amor, y otras cosas. Tu pensamiento ha ocupado todas las horas que debía disponer a mi descanso… Además, ya sabes, de mis pasatiempos…
Luciana pensó, mientras recibía los rayos del sol en su terso rostro. Sí, sí sabía de los pasatiempos de él. Le gustaba estar hasta altas horas de la madrugada, en su antigua computadora, que era lenta, y se dedicaba en aquellas noches, a visitar sitios paranormales, a leer historias de terror, y ver fotos atemorizantes de fantasmas, o llenarse de cosas tétricas la cabeza. ¿Por qué Patricio tenía, aquella afición por el más allá? No lo sabía, y se lo preguntaba a menudo. Pero las ojeras marcadas que tenían, parecían ir con sus aficiones. Porque ahora, tenía el rostro de un muerto.
Sin embargo, no era un chico horrible. Era bastante normal, y una persona buena. Eso Luciana lo sabía, y por eso habían compartido una agradable relación por tanto tiempo.
Varias noches Patricio la había invitado a pasar con él, viendo en su computadora aquellos sitios de terror. Luciana había rechazado hasta ahora, por falta de tiempo, pero le intrigaba la idea.
Volviendo al tema de la proposición que Patricio le extendía, Luciana meditó, y respondió dudosa:
-Bueno, Patricio… Es difícil… Siento que no te puedo dar una respuesta por ahora, y… -y al contemplar el rostro de Patricio, tornándose preocupado y hasta desilusionado, Luciana agregó:
-Pero bueno, creo que te puedo tener una respuesta para esta tarde, ¿Si? Sólo mantengámonos juntos –y le sonrió.
Patricio también sonrió. Por ahora, estaba complacido, no podía esperar mejor respuesta. El ligero aroma a frutilla que emanaba de los cabellos de Luciana, lo enardecía. Ahora quería pasar lo que restaba de la tarde con ella, por lo que le propuso:
-Bueno, gracias, estaré esperando aquella respuesta… ¿Te apetecen algunas golosinas? Allí, en la confitería de la esquina.
-¡Claro! –respondió Luciana, bastante animada. Conocían bien el lugar, allí vendían variadas sabrosuras y delicias.
Llegaron hasta la esquina, rociada de atardecer. ¿Por qué a ambos, les gustaba tanto esta etapa del día? Los relajaba. Les gustaba pasar su tiempo en el parque, lo que restaba del día, hasta que llegaba el atardecer. Ahora, estaban bastante tranquilos.
Llegaron hasta la confitería, y Patricio ordenó unas donas, acarameladas que comieron con bastante agrado, bastante dulces. Una vez terminabas, caminaban con la bolsa, con las donas que restaban, mientras las iban comiendo por el camino. El día iba perfecto, hasta que la calle pareció quedar solitaria, sólo con ellos, transitando por ella. La calle estaba vacía y anaranjada. El día iba de lo más apacible, hasta que un evidente grito de dolor, los desconcertó y los hizo quedarse inmovilizados.
El grito desgarrador, se había perdido a la distancia. Parecía el grito de un hombre. Luciana asustada, exclamó:
-¿Y eso qué fue? –y se apegó a Patricio.
Patricio, liderando el camino, avanzó por la estrecha y solitaria calle, hasta que llegaron frente a las verjas de un hogar. Allí, contemplaron dos figuras. Eran dos personas, en la mitad de sus edades, maduras y de piel gruesa, de colores oscuros, como torturadas por el sol. Tenían rostros bastante huraños. Lo que les sorprendió, fue ver que uno de ellos, el hombre, porque la otra era una mujer con un ancho paño de cocina colgando de sus caderas, tomó a un indefenso gato de pelaje negro con mezclas blancas, y por el cuello lo azotó contra la cubierta de un gran tronco, que antes había sido un árbol que fue talado. El pobre animal sintió como si su cráneo hubiese crujido, ante el costalazo. Entonces, el hombre exclamaba con ira:
-¡Me ha mordido! ¡Mira mujer, que casi me ha abierto el brazo! -. El hombre tenía una herida en el brazo, con sangre fresca brotando de ella. El gato parecía haberle clavado los colmillos, pero la herida no era demasiado abundante, sin embargo, le había enfurecido el alma.
Entonces, Patricio sabiendo lo que podría venir, le tapó los ojos a Luciana, cuando contempló al hombre extrayendo un hacha. Y apoyando con fuerza al gato sobre el tronco, dejó caer el hacha bruscamente, degollándolo. Hubo un silencio, luego de que el animal muriera, y entonces el hombre estalló en carcajadas, y su mujer continuaba refunfuñando hacia el fallecido animal. Era atroz. Luego, las dos figuras, entraron a su hogar tranquilamente.
Patricio junto a Luciana estaban asombrados, estremecidos y aterrados. ¿Cómo era posible, tanta crueldad hacia un animal? Y aquella crueldad, parecía hacérsele habitual a aquellas dos personas. Luciana comenzó a desesperarse, pero Patricio pareció en vez, estallar de ira. La bolsa de las donas cayó al suelo.
-¡Es que no pueden hacerle eso a un indefenso gato y hacerlo pasar como si nada! ¡Ni siquiera sabía que estas personas vivían por aquí en esta calle, y son unos asesinos!
-Ya calma Patricio, será mejor no meterse en esto –señalaba Luciana angustiada, entre lágrimas.
-¡No, Luciana! ¡Debemos averiguar qué sucede allí! –repuso Patricio tenazmente, y la arrastró por el brazo. Cruzaron los jardines, y entonces llegaron hasta la casa.
-¿Quiénes se han imaginado que son estos tipos? Tienen el acento de nosotros, pero el aspecto de unos despiadados extranjeros con costumbres malignas… Vamos a entrar a su hogar –dijo Patricio, y llevó a Luciana suavemente ahora por el brazo, tranquilizándose. Y tras la puerta del hogar entreabierta, contemplaron la oscuridad, pero ingresaron.
Dentro, había más oscuridad, pero luego fue disipada por la luz del sol, que entraba por un patio trasero. El misterio era grande. Patricio junto a Luciana avanzaron, hasta llegar a dicho patio. Lo que vieron, les estremeció hasta lo más profundo del alma.
En el patio de atrás, estaba el mismo hombre viejo, ahora sobre una mesa añeja, y estaba comiendo. En su plato, había una porción de carne, que era una pierna humana, que parecía haber sido arrancada hace tiempo, pues tenía un aspecto de descomposición. El hombre con sus dientes amarillos y podridos, arrancaba pedazos, y los engullía. Patricio sintió ganas de vomitar atrozmente, al contemplar esto.
Más allá del viejo, estaba la mujer, con su paño de cocina sobre sus caderas manchado en sangre, y un hacha a un lado de ella. Se alzaba, y como quien cuelga ropa en los cordeles, ella colgaba un material; pero no era ropa, era cuero, cuero animal o humano. Patricio y Luciana se estremecieron del horror, y Luciana quiso escapar. Pero ante el temor, Patricio también tenía una inmensa ira. Tras una jaula, había un montón de animales atrapados: Gatos, gallinas, perros, zorros… Y a lo largo de todo el patio había cuerpos de estos animales, degollados, y la sangre esparcida sin compasión. Patricio avanzó, y como hizo, el hombre lo observó, y se levantó de su mesa emitiendo gruñidos, dejando la pierna humana a un lado y caer a los suelos, entonces, avanzó hacia él.
La mujer también había volteado, y lo perseguía, con el hacha en mano. Aquellos extranjeros, parecían una aberración de la especie humana, parecían una cruel raza de gente inhumana. Patricio temblando, sintió a Luciana tras él, rasgarle las espaldas para que se retiraran. Pero Patricio no podía retroceder, estaba controlado por el temor y la ira. Como las figuras avanzaban, se desesperó, sin saber qué hacer, pero sabiendo que debía hacer algo.
A un lado de él, había una vieja escopeta, la cual tomó, y disparó, escandalosamente. Al tiempo del estallar del disparo, unas aves sobre los cables en las calles, volaron a la vez, perdiéndose a lo lejos, y señalando que algo estaba sucediendo. El disparo llegó hacia el hombre, y luego apuntó a la mujer, y también, le metió una bala por la frente, volándola. Entonces, en la atrocidad de lo que había sucedido, Luciana en un gemido tiró a Patricio hacia atrás.
-¡Escapemos! –gritó, y lo arrojó contra ella, para perderse por las oscuridades del hogar y buscar las puertas de salida. Patricio volteó una vez más, para contemplar y oír los lastimeros sollozos del hombre, que lloraba, desquiciadamente, iba hasta el cuerpo de la mujer, que quizás era su esposa, y comenzaba a devorarla, arrancando sus partes y echándoselas a la boca como el trozo de carne, que había estado comiendo. La sangre entre sus podridos dientes amarillos, su rostro descompuesto, su acostumbrada crueldad… eran algo horrible de ver. Patricio sintió cómo las lágrimas se asomaban entre sus ojos, por lo horrible que veía.
Llegaron hasta el patio delantero, donde estaba la verja y la salida a la calle. Allí, estaba el cuerpo del gato, sin cabeza, caminando desorientado y buscando un rumbo, como si se negase a abandonar su vida. Aún sin cabeza, continuaba moviéndose, hasta que cayó muerto. Esto, los entristeció a ambos. El animal no podía haber hecho nada, ante quienes le arrebataron la vida, y por unos segundos, había recobrado la vida quizás. Pero esto era imposible, sin embargo, su cuerpo se había retorcido. Patricio y Luciana se preguntaban si estaban viviendo una locura.
Salieron de aquella atrocidad de hogar, abandonando lo horrible, y volvieron a las calles, y el atardecer, los volvió a iluminar con naturalidad. ¿Qué diablos recién había sucedido? ¿Ahora volvían de golpe a la realidad? ¿Cómo olvidarían esto?
Caminaron apesadumbrados. No había nada qué decir, ni qué sentir. ¿Sus vidas nunca volverían a ser igual? Pero aún estaban vivos. Ahora querrían llamar a la policía.
-¿Cómo vivir, después de esto? –Acertó a decir finalmente Patricio-. Fue todo tan repentino, que creo que estábamos soñando.
 -Sí, estábamos soñando, nos quedamos dormidos sobre una banca del parque –respondió Luciana, sonriendo, con lágrimas de horror entre sus ojos.
-Quizás… Ojalá hubiese sido así, espero despertar…
-La vida sorprende… A veces parece un sueño… ¿Pero estamos viviendo en esto? –Se preguntó Luciana- Hay que continuar…
Patricio intentó sonreír, pero estaba temblando por dentro, y traumado por lo que había visto. Con una dolorosa voz, que también pretendía mostrar naturalidad, dijo:
-Aún estoy esperando la respuesta, de la proposición que te hice…
-Sí, y acepto –respondió Luciana. Sin embargo, volvió el rostro hacia el atardecer, para dejar caer sus lágrimas. Patricio la tomó por las manos, y ella lo observó.
-Olvidaremos esto, créeme –le dijo mientras continuaba mirándola directamente a los ojos-. La vida sigue, y nosotros debemos seguir también… Ahora vamos a buscar a la policía-. Y agregó:
-Y ahora por lo menos, a pesar de lo que he visto, tengo un motivo más fuerte para sonreír…
El atardecer estaba en su esplendor, mientras ambos tomados de las manos, se dirigían apresurados a la estación de policía más cercana, para dar constancia de lo horrible que habían contemplado en ese día.

DarkDose

 

El Tormento Bíblico (Inspirado/Relato)

Aquellas eran tierras, donde el Señor moraba desde el cielo, resguardando a los hombres y guiándolos por el camino de la luz, el camino que salvaría sus almas. Sobre la extensa colina sagrada, camino hacia la cumbre residía un pequeño poblado, de modestas chozas. Aunque los hombres, en ciertas etapas de sus vidas, se desviaban muchas veces del santo camino que el Señor desde los cielos les tenía destinado, la vida era apacible y tranquila. Los rebaños eran abundantes, los habitantes eran alegres en el poblado, en la ruta a la cumbre de la montaña. Cada rayo del sol mañanero, anunciaba la presencia del altísimo sobre las nubes, y los llenaba de paz. Los que se sentían más preparados de espíritu, partían un día por el sendero dorado rociado de cálido sol, hasta donde terminaba, en la cima de la montaña, y se decía que se perdían, porque habían ido a hablar con el Señor, y que no volvían sino años después.
En el tranquilo poblado, vivía Jacobo, un chico joven que vestía harapos, que cada vez debía salir apresurado de su hogar, para ir a buscar el pan para las mañanas, y el alimento de la tarde. Comían casi la totalidad del día pan. Su hogar era humilde, los muros eran de fría piedra, y era de reducido espacio. Su madre era amable, protectora y cariñosa, y tenía una hermana menor, y una mayor. Jacobo era feliz con su vida en el tranquilo pueblo, y le agradaban aquellas tierras, sin embargo, aquello no impedía que cada mañana debía salir con prisa, para hacerse con el alimento, siendo ésta la rutina habitual.
Jacobo también tenía un padre. Su nombre era Jeremía. Ambos, procedían de aquellas tierras santas, cuando el Señor mantenía constante comunicación con sus profetas elegidos, y que en un tiempo más decidiría enviar a su hijo a la tierra, para sufrir el martirio por parte de la humanidad. Eran tiempos bíblicos; pero una faceta de ellos, que poco se mostraba: eran tiempos tranquilos. No había guerras, había cosecha abundante, había felicidad en los rostros de la gente. Todo corazón parecía alegre.
Jacobo era un chico de cabellos negros, rostro sucio por el abundante polvo en las tierras, y ojos verde intensos, algo escondidos entre su cabellera. Era un chico sano y modesto. Sin embargo, su padre, escondía algo de lo que su hijo sospechaba, pero jamás le decía: era un ladrón, algo que contrastaba con la buena conducta y enseñanzas que había impartido a su descendencia. Lo hacía por necesidad, quizás. O también quizás, tenía algo de maldad en el interior de su corazón. Sea cual fuese la razón, sí necesitaba robar, para abastecer de alimento a su humilde familia, porque el pan que traía Jacobo no alcanzaba, y en varias oportunidades lo había reprendido seriamente por esto.
En una ocasión, el padre de Jacobo, Jeremía, había salido una tarde desde su hogar, muy escondido, pasando desapercibido por los caminos, escondiéndose entre los muros de las chozas. Y como una sombra entre los muros, eludiendo los rayos del sol, había llegado a rodear las puertas del templo. En aquel lugar, se adoraba a Dios con gran pleitesía, y era costumbre que estuviese lleno a todas horas, por lo que tras las puertas de entrada, se había erguido un improvisado mercadillo, donde vendían de todo tipo de alimentos para el hogar, y se comerciaba en abundancia. Se adentró entre las puertas, desapercibidamente, haciéndose a un lado de los guardias. Se internó entre los toldos, y las mesas levantadas con mercadería y víveres, y entre los comerciantes de cabezas cubiertas, comenzó a echarse alimentos y frutos disimuladamente a los bolsillos. Uno de estos comerciantes lo vio, y alertó en un grito.
-¡Se está robando los alimentos de las mesas! ¡Que alguien le deje caer un palo encima!
Alarmado, Jeremía había partido apresurado a escapar. Se escabulló entre las inmensas puertas de entrada, hechas de madera que pesaban una tonelada. Pero hasta el patio de las ventas del templo, llegó el sacerdote Herodoto, de muy mala fama, reconocido por su duro trato hacia los infieles y los blasfemos. Llevaba una cuchilla para cortar carnes y verduras que había recogido de una mesa, y que no dudó en arrojar al malhechor con una certera puntería. Parecía un acto cobarde, porque de haber acertado aquel cuchillo, hubiese tendido a Jeremía sobre el suelo, cubierto en su propio baño de sangre. Pero en aquellos tiempos, a eso se le consideraba justicia. Sin embargo, Jeremía, hábilmente, y con una suerte entre segundos, logró esquivar la cuchilla, que desgarró la parte del manto en su hombro. Se le cayeron algunas verduras de la bolsa, pero continuó corriendo, sin aliento, escapando hacia su hogar para entregarle los alimentos a su familia.
Días después de entregados los alimentos, Jeremía desapareció, porque los comerciantes y los sacerdotes en el pueblo lo estaban buscando. Desapareció, como el viento, y no se le volvió a ver más, dejando a su joven hijo Jacobo, a cargo de su familia como todo un hombre.
Pero pasó el tiempo, y a Jacobo no se le veían ni las narices; Sólo llegaba hasta su hogar para entregar el pan del día, y desaparecía, apresurado. Se perdía más allá de hasta donde llegaba la vista; entre una hilera de las últimas chozas, al comienzo del pueblo. Había una razón: Allá, tenía a una amiga, la iba a visitar a su choza, su nombre era Rosa y se conocían desde hace unos días, pero sentían como si se conociesen desde siempre, como si incluso, hubiese compartido la infancia juntos.
Rosa junto a Jacobo se comprendían muy bien juntos. Tenían una bonita amistad, incluso parecían ser el uno para el otro. Todo pareció quedar comprobado, que era así, cuando Jacobo dormía en su alcoba, y contempló un rayo de luz entrar, iluminando su habitación escasa de claridad. Allí, sorprendido, oyó la que creyó la voz de Dios. Sus ojos se le cerraron pesadamente, y tuvo una visión, mientras el Señor le hablaba:
-Jacobo mira, ella es mujer ideal. Con ella crecerás, y con ella contraerás matrimonio.
-Pero cómo, si apenas la conozco –había respondido Jacobo. Llevaban poco tiempo siendo amigos y compartiendo cosas. Sin embargo, la voz de Dios había desaparecido. Jacobo estaba esperando tener una nueva experiencia. Dios le había mostrado la figura de Rosa, aún como una infante.
Sin embargo, los días siguientes, cuando Jacobo volvía a salir apresurado de su hogar para verse con Rosa, comenzaba a observarla mejor, distinguiendo sus detalles y sus rasgos. Rosa no era una belleza, sin embargo, había algo muy atrayente en ella. Quién sabe, unos rasgos, como sus labios, no excesivamente grandes, pero generosos, muy bien formados, que parecían dignos de besar, que atraían al deseo. Sus ojos, que no parecían acorde al tamaño de los labios, pero aquello también le daba un toque especial, sus pupilas tenían un profundo color café, en los cuales Jacobo al observar, se podía perder. Había un misterio en ella, atrayente. Su belleza, no acostumbrada, llamaba mucho la atención, porque no era habitual en la región ver a una niña con aquellos rasgos: Piel muy clara, unos ojos que no se distinguían bien si eran azules o verdes, y un cabello pelirrojo con rizos, que a veces estaba polvoriento, pero tenía una muy hermosa intensidad natural. Jacobo, conforme pasaba el tiempo y la iba observando mejor, se sentía más atraído. Estaba seguro, que aquellos rasgos, si ahora la hacían mediamente atractiva, en el futuro, la convertirían en una digna, bellísima mujer hecha y derecha.
Llegó un día, en que cuando se juntaron a la sombra de las ruinas de un muro, de una choza que se había desmoronado con el tiempo, Rosa había estado sentada apoyada contra la pared, y había traído un extraño libro. Jacobo, muy curioso, había preguntado, ansioso por develar aquellas líneas.
-¿Qué es eso? –Preguntó- Parece ser grueso y tener más líneas que un pergamino… Me pregunto qué contendrán sus líneas, es un libro muy extraño…
Jacobo llevaba sus manos a la cubierta. Rosa se lo arrebatada, impacientándolo, y lo sostenía entre sus manos, retirando el polvo, y leyendo el título. Jacobo asombrado, escuchaba aquel título, que le sonaba como una extrañeza:
-“El libro de las profecías y los augurios grises” es el nombre, bastante largo si me dejas apreciar –señaló Rosa-. Lo he estado ojeando en mi hogar… Tiene algunos vaticinios que parecen desgracias, me pregunto si lo que dice será cierto… Quizás es un libro del Señor.
-No, Rosa, parece algo blasfemo insinuar eso… ¿Crees que el Señor nos dejaría caer un libro a nuestras manos? Aunque si fuera así, este libro estaría lleno de desgracias cercanas a ser cumplidas…
-Como sea el asunto –respondió Rosa-, vamos a ojearlo; no puedo esperar a descifrarlo.
Estuvieron un buen rato, pasando la mirada por varias profecías, mientras la tarde iba avanzando. El calor del transcurso de la mitad del día, iba desvaneciéndose, siendo sustituido por una helada, que venía conforme al apagamiento de la tarde, que llegaba a estremecer sus pieles. Las horas pasaban, así como las páginas que ellos intentaban descifrar. La mayoría de las profecías estaban ininteligibles. Jacobo y Rosa comenzaban a perder las esperanzas.
-No las podemos descifrar… Están en un lenguaje muy antiguo, o muy complicado, pero no le veo sentido a estas palabras –observó Jacobo. Sin embargo, los ojos de Rosa centellearon, cuando detuvieron la página, en una profecía, que sí podían entender. Eran bastantes líneas, que sí tenían un sentido, dispuestas en narrativa. Jacobo acercó la mirada, con curiosidad, y Rosa abrió aún más el libro, para que pudiesen distinguir completamente. Ambos sintieron un escalofrío. La profecía, parecía bastante desalentadora. No perdieron tiempo, y se dedicaron a descifrarla:
“Estaba el hombre, sobre el campo, en las colinas. Aquel, que se había llenado de maldad, que había podrido su corazón. Dios entonces, desde los cielos, estaba enfadado. ¿Por qué los hombres decidían tomar el mal camino? El hombre había robado, había pecado. Y todos, allá abajo en la colina, también habían pecado alguna vez. ¿Es que el diluvio no les había lavado la consciencia? Ahora Dios debía darles una nueva reprimenda… Debía desaparecerlos de la tierra, pero sólo debía desaparecerlos de ese lugar, porque los hombres, en otras tierras, algunos tomaban consciencia, otros tenían maldad. Pero éstos, eran los que más cerca estaban del cielo, sobre su colina. Y a sabiendas, que estaban cerca de Dios, y eran bendecidos por habitar en la colina sagrada, igualmente traicionaban su pleitesía, infamándolo estando cercanos a su mismo cielo.
Dios entonces, les mandaría un tormento, que sacudiría sus almas por la eternidad, hasta que los desvanecería de aquellas tierras. La reprimenda era bastante severa, pero la justicia divina jamás era cuestionada, así como la despiadada justicia del hombre, que tampoco oye ruegos. Sin embargo, el Señor, tras efectuar el suceso que tenía planeado, en su reino, separaría a los hombres de aquel lugar arrasado por su mano, en buenos y malos, para impartir justicia divina, llevando a los malos al infierno, y a los buenos a su reino, para habitar con él, y separarlos de todo dolor.
Entonces, los cielos se irían a abrir, y de ellos, nublados enteramente, surgiría un inmenso tornado, tanto, como un mundo, que llegaría ferozmente rompiendo los cielos, abriendo todo a su paso, y que con su gran inmensidad, aterraría los corazones de los hombres, tanto, que los podía hacer caer de un infarto.
Aquel devastador tornado, atronador, recorrería los cielos, descendiendo cada vez  más, hasta tocar tierra; y allí, con su fuerza tal, sería capaz de arrastrar montañas, separarlas de la tierra, y llevárselas. Nada quedaría en pie. Los hombres volarían por los cielos, hasta desarmarse. La colina se levantaría por el firmamento, y se perdería, llevado más allá de donde llega la vista, por fuerzas divinas. El tornado envolvería todo en su manto, y lo desaparecería todo. Nada quedaría, en el desastre más grande y abismal que el hombre jamás llegaría a contemplar.
Sin embargo, entre todo este destrozo, sólo sobrevivirían dos. Que eran quienes Dios había elegido para vivir, mediante revelaciones. El tornado llegaría a la colina, y arrasaría el pueblo, en un lapso de tan sólo unos días”.
Era oficial: Jacobo y Rosa ya no se podían sacar los escalofríos con nada. Y la peor parte de aquello, fue cuando Jacobo se fue a dormir, y retorciéndose sobre su cama, tuvo una visión. No podía estar tranquilo, no podía conciliar el sueño, sólo soñaba tormentos, y se desesperaba. Dios le mostró una imagen.
En la contemplación que tuvo, estaba él, en algún lugar. La voz de Dios le hablaba entonces, le decía:
-Jacobo, entre toda esta devastación, has sobrevivido, hijo. Y has llegado, para sobrevivir con tu compañera. Éstas son las ruinas, de lo que el Tornado llegó para arrasar.
Jacobo observó, los estragos que había dejado el Divino Tornado. Sólo había ruinas, por donde fuera que mirase. Estaba desesperado. Desde entre las ruinas, se levantó una mujer, grande y hermosa, que era ella, como la había imaginado que sería al crecer, con toda su belleza que se había determinado con el tiempo. Era Rosa, con sus detalles y rasgos, formados y hermosos. Su cabellera pelirroja rizada caía por el manto blanco y transparente que cubría sus pechos. Ella se levantaba desde entre los escombros, y él la veía de espaldas. Todo estaba arrasado, y el clima estaba gris. Aquel desastre, había dejado el tiempo luego de la justicia divina que Dios había traído.
La visión terminó entonces. Jacobo continuaba retorciéndose sobre su cama, sin poder dormir. Era una noche tormentosa, y no iría a dormir.
El día entero siguiente, su tiempo fue ocupado completamente en pensamientos y divagaciones que acudían a él, sobre razones y causas, sobre su padre, el estado en que estaba, que había desaparecido hace unos días. Una piedra aterrizó violentamente sobre la tierra a un lado de él, arrastrándola. La recogió, y comprobó que traía un trozo de papiro envolviéndola, escrito.
“Cuando encontremos a tu padre, Jacobo, lo llevaremos ante el pueblo, para presentarlo desnudo, ante la multitud. Y allí, por su mano sucia que robó, lo colgaremos, y lo vamos a desollar, y degollar, para que pague por todos sus crímenes. Así es la justicia de hombre, así es nuestra justicia, y pagará, por su crimen, por ensuciar nuestro pueblo con sus robos a nuestros alimentos, que conseguimos con esfuerzo.
El cuerpo de Sacerdotes del templo
Nuestro mayor, Herodoto”.
Jacobo se estremecía con tristeza leyendo aquella carta, y pensaba que, como decía la profecía, él también aborrecería el comportamiento del hombre en la tierra, si estuviera en el lugar de observarlo siempre. Porque el hombre estaba bastante corrompido, tomando un muy mal camino, y aunque fuese una atrocidad, casi se veía obligado a aceptar que Dios debiese enviar un tornado gigante, a limpiar todas aquellas blasfemias.
La tarde transcurrió, con lentitud, entre pensamientos, y a la vez también se fue rápido. Jacobo había ido hasta el lugar de Rosa, pero ella ahora no estaba, y él ahora estaba apoyado contra las ruinas de la muralla, apesadumbrado, mirando el atardecer esfumarse, con las esperanzas que se le habían ido. ¿Dónde estaría su padre? Se preguntaba, porque sabía que en algún lugar debía estar, y su familia cada vez se volvía más pobre; y ya no había pan para llevar al hogar. Los sacerdotes irían a perseguir a su padre, hasta encontrarlo. Jacobo sabía que había quedado como el hombre de la casa ahora, a su corta edad, pero sabía que su familia terminaría hundiéndose, porque no podía abastecerla. Estaba amargado, contemplando días que ya no parecían tener luz alguna de esperanza.
Los cielos se volvieron más helados, y grises, y las sutiles brisas de pronto comenzaron a soplar. Jacobo levantó la mirada, viendo los cielos nublados. Era un presagio, uno terrible. Su hogar carecía de techumbre. Por las noches, podía contemplar los cielos, salpicados en estrellas. Pero ahora, los veía grises, soplando furiosamente brisas a lo lejos. Jacobo estaba preocupado. De pronto, pensó en Rosa; Hoy no la había visto, ¿La volvería a ver?
Se abrigó con sus propios brazos, envolviendo su cuerpo, porque las frías brisas de la tarde gris lo comenzaban a entumecer. Se encogió en un rincón, y allí quedó, protegiéndose entre sus brazos, reposando sobre un muro. Entonces, las brisas se comenzaron a oír cada vez más fuerte, y su corazón palpitaba, atemorizado. Una ráfaga de viento, se azotaba contra el muro, en furiosos golpes, como si lo fuese a derribar. Jacobo estaba asustado, y se puso en estado de alerta. Entonces, ante su asombro, el muro cedió a las acometidas del viento, y se vio arrojado invadiendo su mismo hogar, estrellándose contra otro muro y haciéndose pedazos. De pronto, Jacobo se había quedado desprovisto de sus paredes, y espantado, se incorporó y salió corriendo de su hogar.
Corrió, a todo lo que daban sus piernas, por el estrecho camino del pueblo, rodeado de diversas chozas, apenas conteniendo el aliento, sintiendo que el corazón se le saldría del pecho. Todo su cuerpo le dolía, pero no importaba, sólo debía escapar. Tras un gran recorrido, sentía cómo las brisas se iban amontonando, y sentía aquel ruido de destrozos, y de crujir de materiales, cuando las brisas se escurrían entre los hogares, y los partían escandalosamente por dentro, arrasándolos. Jacobo no se sentía con el valor de voltear. Después de tanto correr, llegó hasta el final del pueblo, donde iban apareciendo las últimas chozas. Allí, acababa el camino, y el sendero de tierra terminaba en una bajada, que era el descenso de la gran colina. Jacobo estaba asustado. Estaba al borde del precipicio, y finalmente se decidió, a voltear y contemplar los estragos. Lo que pudo contemplar, que se había ido desenvolviendo mientras él escapaba, le heló el cuerpo, le estremeció el alma, y lo dejó atónito:
Los cielos, parecían haberse abierto en dos. Y de ellos, había surgido un fenomenal tornado, tan inmenso, que abarcaba los cielos, tan extendido, como la tierra misma, que llegaba arrebatadamente, alcanzando los suelos, y asolaba absolutamente todo a su paso, despiadadamente. Al hacer contacto con cualquier material construido por el hombre, lo desvanecía en segundos, en destrozos imperceptibles. Engullía árboles, devoraba personas, y era tal su desmedida presencia y fuerza, que tal como describía la profecía, sin exagerar en detalle alguno, era capaz de arrancar montañas, tomándolas y llevándoselas lejos, perdiéndolas en el cielo. El firmamento estaba estridente. La colina de pronto se levantó, elevándose como si fuese a ser desprendida de la tierra. Jacobo estaba perplejo, y por el gran temor no podía moverse. El suelo bajo sus pies temblaba. Veía cómo el tornado destrozaba todo el pueblo tras de él, a la distancia, y se mantenía allí, devastando todo. Pero él, al final del pueblo, parecía estar seguro pero atemorizado, y sólo esperaba que la gran furia de los vientos no lo fuese a alcanzar, y se decidiese a venir por él.
Una luz clara, proveniente desde los cielos abiertos, lo iluminó, como dándole una señal. Sin embargo, el pecho de Jacobo estaba intranquilo, con su corazón latiendo agitadamente. Entre los destrozos que veía volar por el cuerpo del tornado, distinguió una silueta humana en sombras, ser sacudida y elevada escandalosamente, entre gritos de dolor y desesperación. Creyó distinguir aquellos gritos, como los de su padre. Pero no estaba seguro, aunque sabía que sí podía haber sido muy posible, y que su desgraciado y desdichado padre hubiese tenido aquel fin.
La luz clara que iluminaba sus pies, pareció desplazarse, y se fue a iluminar a las cercanías del pueblo, donde comenzaba la catástrofe. Siguió la luz con la mirada, nervioso, y contempló con horror. Para un joven de edad como él, era bastante difícil aceptar aquella inverosímil realidad, y se llevaba todas sus fuerzas. La luz le mostró, entre la devastación, una joven figura, que también huía, desesperada. Era Rosa, continuaba en el pueblo, bajo el arrasamiento. Pero él se preguntaba desesperado, por qué ella no había salido. Si la iba a buscar, podía verse elevado hacia los cielos, hasta desintegrarse completamente, hasta volverse sólo partículas y morir.
Estaba agitado. Le faltaba el aire, sin embargo, se decidió, y corrió con todo lo que sus piernas le daban, hacia el pueblo. Atravesó el estrecho camino, viendo las chozas ya vacías, sin persona alguna viva, sin gente ya existiendo. Rosa ya se veía cercana, pero el tornado, que abarcaba toda la vista, de un tamaño abismal, parecía verse en el mismo frente, tan cercano como la muerte. Eran los vientos de la muerte. Jacobo avanzó, decidido, pero tan estremecido por el temor, que creía que lo iba a atacar un infarto, que arrebataría su desgraciada vida.
Llegó, sin embargo, y la luz de la claridad jamás lo abandonó. Entre todos los trozos volando y las desmedidas ráfagas de viento, sin ver demasiado, extendió su brazo, sabiendo que aquella podía ser la última oportunidad. Una mano lo recibió, y tiró, recibiendo a Rosa entre sus brazos. Ambos entonces, levantaron la mirada, y contemplaron la misma devastación ante sus ojos, la fuerza y la ira de la naturaleza, de las profecías, y del mismísimo Señor desde las nubes, ejerciendo su justicia. El tornado, en todo su esplendor, estaba frente a ellos, aplastando y comiéndose el pueblo, con millones de imponentes ráfagas de viento conformándolo, moviéndose hambrientas, imponiéndose con su furia y su presencia, devastando cielos y tierra.
Hubo un momento, en el que pensaron que morirían. Pero la luz que les guio el camino proveniente de los cielos abiertos en dos, y sus piernas que no dejaron jamás de reaccionar, aunque estuviesen cansadas, les permitieron llegar entre el temor, sin que percibieran demasiado, hasta el final del pueblo, una vez más. Y en un abrir y cerrar de ojos, en unos segundos, el tornado en su culminación se esfumó, abandonando las tierras y volviendo a los cielos, que se abrieron y cerraron para tragárselo. Entonces, entre lágrimas, contemplaron la más grande ruina. El pueblo se había reducido a trozos, a fragmentos, y a esperanzas devastadas. Con una melancolía inmensa, ya podían decir, con el pecho vacío, que ya no quedaba nada.
Años más tarde, Jacobo había comprobado cómo la profecía se había cumplido, y Rosa se había transformado, en aquella mujer que sus rasgos de una belleza singular, irían a conformar. Era bella, y la había tomado por mujer. Tiempo después, se habían casado, con la luz del Señor iluminándolos. Aunque la esperanza se veía lejana de volver a nacer en sus pechos, ambos podían formar una sonrisa en sus rostros, sabiendo de aquel horror de pasado, que jamás se iría a desvanecer. Pero que por lo menos, continuaban despertando cada día, sabiendo que volverían a vivir, un nuevo mañana.
Habían quedado juntos, y la colina había estado a punto de ser arrancada de los suelos. Numerosas montañas habían desaparecido, y gran parte de las tierras habían sido borradas. ¿Volvería alguna vez, el furioso e impetuoso tornado? Pero esta clase de historias, no se mencionan en la biblia, porque en aquellos tiempos, ni siquiera aún había sido escrita.

DarkDose

 

Cruz Roja (Inspirado/Relato)

Un ensueño, un deseo por abrazar la vida. Vertiendo mi inspiración en mi relatar favorito, en momentos que fantaseo, en estar contigo, en esta abrigadora eternidad. Los edificios se alzan a lo lejos, el sol cae débil. Mi mirada se va más allá del horizonte. ¿Sabes en quién pienso? Los sabes, estoy pensando en ti, en cada momento. De la noche al día, te has vuelto mi inspiración. Tu sonrisa, es lo que despierta a mi alma, me eres tan suave, tan tierna, tan dulce… que me siento cautivado, soñado despierto en mis ilusiones.
De aquellas cartas que ansío escribir, te dedico una cada día. En mi pensamiento, hay mil cartas, que te dedico en mis simples palabras, sinceras. En el sobre, está escrito tu nombre. Cuando el atardecer cae, me invade un tierno dulzor. ¿Por qué, despiertas las ganas de vivir en mí? Como un sabor de caramelo en mi boca, sonrío, sintiendo tu presencia tras mío. También en el frente, en mis sueños, en todo lugar. Eres un mundo para mí, este mundo somos ambos.
Como la sangre que corre por mis venas, me representas a la sangre. En un sentido de vida, es que me representas tantas cosas… Las podría juntar todas: los hermosos atardeceres, el chocolate en tus ojos, tus cabellos color fuego o sangre, un montón de significados. Eres el impulso, que me lleva a pensar en todas estas cosas, a sentirme inspirado, y a dedicar estas líneas. Hoy estuve pensando, ¿Qué sería de la vida sin la inspiración? ¿Qué sería de la vida sin el romance? Soy un romántico, y preciso de mi inspiración, de mi flor, de mi musa, para regalarle las hermosas palabras que vienen a mi mente cada día. Tú estás en mi mundo, eres a quien deseo apreciar siempre. Mis pensamientos vuelan a ti en todo momento. Eres dulzor, eres una caricia, eres una hermosa ave surcando los cielos… Tantas palabras que puede surgir, sólo por lo que provocas en mí. Eres la intensidad de una llama, eres la luz abrigadora de esperanza a mis ojos.
En pleno atardecer, estuve soñando en mis fantasías. De pronto, me visualicé caminando por una calle, ancha, de pavimento acariciado por los rayos del sol. La ciudad estaba teñida de un agradable naranja, y ningún alma a excepción de la mía, transitaba por allí. Entonces, vino un coche, a toda velocidad, surgiendo de algún lugar entre la lejanía. Mi corazón latía agitado, con un gran sentimiento, sintiendo el cariño por ti. Entonces, el coche viene a toda velocidad. Nadie lo maneja, quizás algún alma que se esfumó con el atardecer, pero ahora el asiento delantero estaba vacío. El coche, no se detiene ante nada, y en medio de la extensa calle, me arrolla, entre las tiendas vacías, y la ciudad en atardecer, sin ninguna persona más en ningún lugar, en el reducido espacio que pertenecía a mi fantasía.
Un charco de sangre queda sobre el suelo, que se desvanece rápidamente. Me levanto, y el coche está detenido, destrozado, con humo saliendo desde su parte frontal. Me observo un brazo, y no estoy sangrando, pero me siento lastimado. Siento un intenso ardor, casi imperceptible a veces, pero que volvía dolorosamente a ratos. Camino, lastimado, sintiendo como si también hubiese debilitado mis piernas. Llego, arduamente, hasta una enfermería, con una gran cruz roja marcada, que dejaba entrar todos los abrigadores rayos del sol por la ventana. Sonrío, con esperanza, y ingreso.
Ella estaba allí.
Paso, y me recuesto sobre el impecable colchón para atender a los pacientes, sólo había un colchón, y sólo había un paciente, que era yo. El espacio era bastante reducido, y sólo había una pequeña mesa, con un florero y una hierba. Tendido, algo débil, llega la enfermera. ¡Cuán deslumbrante era la enfermera! ¡Era ella, la dama de mis inspiraciones, la más hermosa en el mundo, ella era la enfermera! Sonreí, bastante aliviado, y ella llegó hasta mí, para curar mis heridas.
-Muchas gracias… -señalé, conmovido.
Ella sonriendo amablemente, toma mi brazo, que no está sangrando pero se siente herido, y lo venda, suavemente. Como por arte de inspiración entonces, todo dolor en mi brazo desaparece. Y más tranquilo, y sin dolor alguno, me quedo sobre la camilla, esperando. Bastante aliviado, con los ojos cerrados y en paz. Ella me observa un largo rato, con sus ojos cafés, como deliciosos chocolates. Me observa, con una sonrisa, con un profundo cariño, con bastante ternura. Yo continúo durmiendo, hasta que despierto un segundo.
-Dame tu mano –le digo sintiendo bienestar, y le alcanzo mi mano, y ella me da la suya. Con su mano tomada entonces, dejo mi brazo ahora aliviado sobre mi pecho, y me pongo a dormir, sabiendo que ella se quedaría allí, haciéndome compañía, en un eterno atardecer, que nunca se iría.
Cesando en mis fantasías, vuelvo a la realidad, con un bienestar inmenso, una sensación muy agradable. Mi pecho está contento, el atardecer brilla tras de mí, siempre acompañándome: es una de las cosas que más me inspiran. ¿Te he explicado, dulce dama, lo que simboliza para mí aquella etapa del día? Los cálidos rayos de sol te abrigan, suavemente, con cuidado, como si quisiesen abrigar tu piel, brindándote una gran tranquilidad. Para mí, tú simbolizas el atardecer, porque causas un efecto parecido en mi relajado cuerpo. Eres tranquilidad, sosiego, bondad, amor… Hay tantos sentimientos, pero el más grande, es que estoy enamorado de ti.
Como el tiempo pasa, continúo en mis fantasías. Sólo quería que sepas, que tú eres, aquella dama que me brinda tranquilidad, que sana mi mundo de toda herida. Este detallado y simple relato se llama, cruz roja.

DarkDose

 

sábado, 14 de julio de 2012

Cuatro Tormentos (Terror/Relato)

Todo había comenzado una tarde de verano, cuando me desvelaba por las noches, llevando varios días seguidos sin dormir. Me quedaba hasta tarde aprovechando las vacaciones de la estación, estudiando con gruesos libros sobre el escritorio. Fue cuando estaba cansado, y las ojeras se marcaban en mi rostro, que acomodándome sobre la cama, sin jamás encontrar una adecuada posición, me levanté ligeramente apoyando mi espalda contra la almohada, casi sentándome sobre el colchón, y abriendo mis resecos ojos de par en par, observé un ser que me estaba acompañando en mi habitación.
Una sombra extraña, con un bulto sobre su espalda, y su rostro irreconocible por lo oscuro de su silueta flotante, yacía a un lado de mi puerta, apuntando directamente hacia mí, e inmóvil. Al principio pensé que se trataba de una imagen sin vida, que en cuanto yo pestañeara, desaparecería. Pero la fantasmagórica sombra oscura continuaba allí, observándome, y tuve la sensación incluso de sentir su respiración. Me cobijé con las sábanas, y comencé a tiritar. Cada segundo se me hizo eterno, acompañándome de un gran terror. Pero la sombra jamás se iba, y estaba bloqueando la puerta, mi única vía de escape, siendo que la ventana al lado mío estaba herméticamente cerrada. Y de romperla con mis propias manos, no me iba a atrever.
Mientras seguía pasando el tiempo, la sombra continuaba allí, observándome eternamente, pero siempre desde el mismo lugar, sin hacer algún movimiento. Tuve que ahogarme con mi terror toda aquella noche, escondido bajo las frazadas, sin poder cerrar un ojo, hasta que llegó el día siguiente, y el alba con su luz salvadora iluminó mi habitación. Sólo entonces, la sombra terrorífica había desaparecido. Y estuve tan agradecido que había llegado la luz del día, que me vestí muy rápido, para salir afuera a la luz del sol, donde me sentiría protegido antes de que fuera a caer la noche.
El día de ayer, tras aquella experiencia, me sentía profundamente aterrado y amenazado, de que aquél ser fuese a volver. Pero decidí pensar el tiempo que me quedaba de día, para que se me ocurriese algo que hacer antes de que llegase la noche. Y para relajarme, decidí ir a algún restaurant del centro comercial a pedir una hamburguesa, y calmar mi hambre mientras me fuese a sentar a la mesa a descansar. Cuando salí de mi hogar, vi sobre la vereda al frente, a una chica que fue mi novia por un tiempo, pero que sus extrañas conductas me comenzaron a causar escalofríos. En sus tiempos libres en la oscuridad de su habitación, se decía de ella que solía practicar brujería, y visitaba cementerios a altas horas de la noche, por lo que la desconfianza que me comenzó a surgir luego de escuchar aterradoras historias y rumores que surgían sobre ella, me llevó a terminar la relación. Tras lo cual, ella me tomó un profundo rencor, y no me volvió a hablar en días. Y pues, al verla allí pasar frente a mí, la observé disimuladamente, sin que ella me viera. Realmente tenía el aspecto de una bruja, con su pálido rostro y su oscuro ropaje. Entre su brazo llevaba un libro extraño, muy viejo y grueso que me causó curiosidad. Ella continuó caminando, y se perdió por donde quedaba su casa. Recordé en tiempos de escuela, cuando pasaba frente a la biblioteca y de reojo observaba por el costado de la puerta, viendo muchas veces a ella leer los libros más extraños en las estanterías, y se decía también, que aquellos libros trataban sobre temas ocultos.
Me alegré unos segundos de haber terminado aquella relación, pero luego pensé que quizá la mayoría de las cosas extrañas que me sucedían, se atribuían a ella, pues a muchos chicos en la escuela los había maldecido, y con el odio que se decía tenía hacia mí, era una extrañeza que yo aún continuase vivo.
Llegué hasta el centro comercial, y entré a uno de los restaurantes. Pedí mi hamburguesa, y me senté a comer, distraído mientras observaba el menú que me habían dado, echándole un vistazo a otras cosas que servían. Cuando llevaba la mitad de mi alimento por comer, sorprendido observé como ella misma, que había visto en la calle minutos atrás, ingresaba al restaurant, ordenaba algo, y se sentaba a unas mesas de distancia a comer. Inmediatamente pensé que ella me había estado siguiendo, pero no estuve seguro, porque tampoco se había dado cuenta de mi presencia, y parecía no verme aún. Luego de un rato, dejó de comer, y depositó el grueso libro polvoriento sobre su mesa, y comenzó a leer. Yo alejé la vista, y me distraje mirando la televisión que estaba puesta en altura, sobre uno de los muros, mientras ingresaban más clientes, ordenaban, y se sentaban a comer. Me llamó la atención unas noticias que iban pasando. Se trataba de que había ocurrido un asesinato  -observé atónito-, que había sucedido a unas casas de la mía, y aún más estupefacto comprobé, que la casa que veía en la televisión pertenecía a ella, que estaba a poca distancia mía, concentrada en su libro, hasta que levantó la mirada levemente, observó la televisión, y yo temblé, deseando que no me fuera a ver. Pero ella no se percató de mí, y al ver la noticia, se perturbó enseguida –era obvio-, porque el crimen había sucedido en su casa. Se levantó entonces, dejando olvidado el libro sobre la mesa, y se retiró. Minutos después de ver que no volvía, me acerqué cauteloso, con algo de miedo, llegué hasta su mesa, tomé el libro entre mis manos, y volviendo hacia mi mesa abrí su gruesa tapa, para comenzar a leer, tras hacer volar el polvo de un soplido. Había pocas cosas entendibles, y otras que estaban en un idioma antiguo. Una página en la que me detuve, me llamó la atención:
“Los Cuatro Tormentos.
Cuatro espíritus que volverán a la vida a buscar venganza, a arrebatar la vida de una persona que haya hecho mal, a pedido de quien los haya convocado. Estos espíritus son cuatro, quienes por nombre llevan:
El Duende Amarillo: Una criatura pequeña, que viste ropas amarillas, como indica su nombre,  y que le gusta mancharlas de sangre. Es tan escurridizo que la víctima jamás logrará atraparlo, sin que le termine provocando profundas heridas con objetos cortantes, hasta darle muerte. Y luego bañarse en su sangre.
La Máscara Sedienta: Un ser del más allá, que también posee una profunda obsesión por la sangre humana. Es una máscara maldita con poderes sobrenaturales, de la cual se dice que su sed jamás ha sido satisfecha. Y flotando de un lugar a otro en las noches, busca a sus víctimas para beberse su sangre, y dándoles muerte, al dejarlos sin ella, o poniéndoles terribles maldiciones para facilitarse el proceso.
El Guardián del Limbo: Siendo este el mismísimo guardián del lugar donde oscilan las almas humanas, para ir hacia el cielo o el infierno, se dice de él que posee una inmensa figura, con una joroba en su espalda y que en ocasiones hace aparecer una hoz de la nada, para rebanar a sus víctimas, con quienes es extremadamente violento y tortura hasta la muerte. Se dice que sus fuerzas son incomparables para cualquier ser humano.
La Sombra del Atardecer: Este ser sobrenatural, es el último de los cuatro tormentos, y a excepción de los otros, que sólo aparecen por la noche, esta sombra se dibuja flotando luego de la caída del ocaso. Su silueta aparece sobre el horizonte, y trae muerte inmediata a quien lo vea, o en ocasiones, se confunde con el viento para aparecer tras los que tienen la desgracia de encontrarse con ella, para despojarlos de sus extremidades y terminar dejando sus cuerpos desmembrados y bajo tierra. Su aparición es señal de una muerte segura.
Los Cuatro Tormentos pueden ser invocados para en un lapso de cuatro días, terminar causando muerte al condenado con la maldición de quien los invoque. Pero para el ritual de traerlos a nuestro mundo, se requiere dar muerte y ofrecer la sangre vertida del ser más querido, o el propio vientre materno. “
Cerré el libro espantado, tras verla ingresar nuevamente viniendo hacia mí. Me aterré, y no pude decir nada. Ella sólo murmuró:
-Esto es mío. No lo toques- y me arrebató el grueso libro para sostenerlo entre sus brazos. Luego se retiró. Quedé temblando por lo que había leído, y confundido, me retiré del lugar.
Iba pensando, mientras caminaba. El día se había ido rápido, para traer paso a la siniestra noche, y que mis pesadillas comenzaran de nuevo. Estaba rogando no ver la sombra de nuevo a un lado de mi puerta a la hora de irme a acostar. Cuando pasé por el umbral de mi casa, repentinamente vino un revelador pensamiento hacia mí, y me aterré cuando se me ocurrió aquello. Todo estaba ligado, y verdaderamente, sentí que iba a morir.
Era obvio, pensé. El asesinato en su casa, el libro que ella cargaba, el hechizo de los cuatro tormentos, la sombra en mi habitación… Todo indicaba, que el hechizo había sido invocado en contra mía, y ella quizás había cometido una locura, asesinando a alguien en su familia, para llevar a cabo el ritual. Ahora estaba hecho, y aquella noche comenzaría todo. Me aterré más que nunca en mi vida, y tuve el miedo más grande de irme a dormir.
Pensé que perdería la cordura. Estaba aterrado a la puerta de entrada de mi hogar, sin poder moverme. Pero entonces pensé; que todo podía haber sido simple coincidencia, o ¿Por qué iba a invocar los cuatro tormentos contra mí? Quizá porque me odiaba… Pero quizá también aquel resentimiento contra mí lo había perdido con el tiempo… Estaba confundido. Pero debía irme a dormir. Caminé hacia mi habitación y me acosté. Ojala todo hubiese sido una pesadilla, quizá aquella noche podía dormir en paz… Y olvidarme de todo al despertar.
No podía cerrar los ojos. Y si lo hacía, me sumergía en un mar de pensamientos y recuerdos.
Los tiempos con ella habían sido momentos hermosos… No podía decir que jamás hubo momentos malos, pues su carácter si era algo extraño, y muchas veces se enojaba bastante con las cosas. Pero los recuerdos si habían sido bastante tiernos, y por más que no entendía las circunstancias del hoy en día, aquellos momentos quedaban en mi memoria, como las largas tardes de ambos contemplando el día pasar en las bancas del parque…
El sueño no llegaba. Me levanté de mi cama y me dirigí hacia el salón de la casa, caminando por la oscuridad, disipada levemente por la luz blanquecina de las ventanas. Cruzaba de allí para acá, como un sonámbulo, en una larga espera porque el sueño me llegase. De pronto llegué a una ventana, y me puse a contemplar las calles. Vacías, como aquella misma noche.
Entonces a través del cristal, que daba la vista hacia la puerta de la entrada de mi casa, vi allí una pequeña silueta, de baja estatura. Imaginé enseguida que era algún pequeño niño, de corta edad, que a pesar de que no lograba ver sus ropas, parecía estar mendigando a aquellas horas. Por lo que conmovido, me volteé, y volví luego con un trozo de pan. Pero volviendo a mirar a través de la ventana, comprobé desalentado, que el pequeño ya no estaba a la puerta.
-¿Pero qué ha sucedido? –me pregunté. Observé las calles por cada rincón. Continuaban vacías, y no andaba ningún pequeño a aquellas horas.
De pronto, un ruido tras mío me hizo voltear ligeramente, a medida que el ambiente oscuro y las avanzadas horas de la noche iban contribuyendo a que el terror comenzase a sentirse en mi ser. Había alguien tras mío, estaba seguro, pero me causaba un profundo miedo que iba creciendo el voltear. Alguien me observaba, estaba parado justo atrás mío.
Volteé finalmente, decidido. Y había una silueta tras mío. Pensaba que era el pequeño que había estado afuera, y me preguntaba cómo era que había hecho para entrar a mi hogar. Pero sin embargo, era la misma silueta, pero no era un pequeño. Sino que era alguna especie de ente, cubierto en sombras, y de bajo tamaño. Se quedó allí rígido, terroríficamente y contemplándome, y con la atención con la que me miraba allí sin hacer ningún gesto, comenzó a sacudirme el terror. Hasta que lentamente me fui moviendo, para luego salir escapando lo más rápido que pude.
Llegué hasta la cocina. Pero el mismo ser, había ya llegado allí antes. Y ahora la luz de las ventanas me permitía ahora verlo. Le di una mirada, y tenía apariencia de duende. Esbozaba una  maligna sonrisa, y de una encimera recogía un enorme cuchillo de cocina para cortar carnes. Vestía ropas amarillas que parecían sucias con viejas manchas de sangre, y llevaba un gorro largo y puntiagudo que le caía por la espalda, del mismo color. Su rostro era una mezcla de verde y gris, y sus ojos parecían rojizos también como la sangre. Me clavó su terrorífica mirada, hasta que me hizo temblar. Y entonces corrió a mí. Yo desaparecí al instante corriendo hacia el salón de mi casa una vez más.
Estuve escondido bajo una mesa, y oí unas risillas. Venía acercándose, empuñando el gran cuchillo. Lo estaba observando de soslayo, cuando súbitamente, desapareció de mi vista. Y me invadió el terror. Recorrí cada rincón de la casa con la mirada, pero no lo encontraba.
De pronto, un terrible ardor me arremetió la pierna. Me llevé una mano enseguida hacia la herida, y entre el estupor, lo vi entre mis piernas, con medio cuchillo atravesado en una de ellas. Lo alejé enseguida de una patada con la otra pierna que aun tenía bien, y obedeciendo a mis impulsos tomé su cuchillo caído, y actué rápido como un animal en peligro: Le atravesé el cuchillo en el rostro dejándolo clavado al piso. Soltó una última risilla, y su cabeza quedó bañada en sangre. Murió entonces el sádico duende, y yo quedé respirando, desesperado y jadeante, mientras sentía que me desmayaría del dolor.
Más tarde volví a la cocina, para buscar unas vendas y parar el sangrado,  que de no haber sido así, probablemente habría muerto. Por suerte, la cuchilla sólo me había atravesado la carne, sin llegar al hueso. Aquella noche era obvio que no podría dormir, y quedé más cansado que nunca, hasta que esperé por el amanecer para asomarse.
Ya era algo que se veía venir, ella había invocado los cuatro tormentos contra mí. Y el primero, había acechado en mi casa ya aquella misma noche.

Llegó el día siguiente. Tenía que hacer algo, antes de la caída de la noche. Pero estaba tan aterrorizado, que no me atrevía a salir de mi casa, pero también sólo tenía deseos de atrapar a mi antigua novia entre mis garras, para detener todo aquello. El terror me dominaba.
“Vamos a ver si hoy sobrevivo… Si tendré la misma suerte” Pensaba. Pero a qué suerte me refería, si me habían maldecido. Qué podía tener de bueno aquello, estaba condenado, en el lapso de aquellos días, a posiblemente morir sin poder evitarlo.
El temor me sobrecogía. Finalmente me decidí a poner pie fuera de mi casa. Pero una vez sobre el suelo de tierra a la entrada, recibiendo los rayos del sol, me detuve, y me pregunté a dónde iría. La caída del anochecer me atormentaba, era algo que llegaría inevitablemente. Y mientras, debía pensar en algo, buscar algún modo de detener el tormento… Que caería en a noche…
Mis pasos me fueron conduciéndome de pronto sin un rumbo aparente. Sólo necesitaba despejarme, y abandonar el terror anterior. El sol iluminaba cálidamente, alejando de mi cuerpo los escalofríos sentidos la noche anterior, pero no lo lograba… Porque de sólo pensar en el terror que había sentido me volvía a estremecer entero.
Caminé y crucé la calle, hasta llegar a la acera de enfrente. Caminé entonces dejándome llevar por la hilera de casas, hasta que llegué a una esquina. Y vi una señalética que me hizo saber, que estaba tan sólo a unas casas de la de ella. Ella no se encontraría allí, estaba casi seguro. Su casa había estado abandonada hace días.
Cuando estaba llegando, recordé el crimen del día atrás. No podía creer el horror de sólo pensar que ella hubiese estado detrás de todo, pero la idea cada vez me parecía más acertada, luego de los extraños acontecimientos y los tormentos que me habían acechado. Y aquel extraño libro que cargaba bajo su brazo… No cesaba de producirme una sensación de inquietud.
¿Qué clase de texto sería? Quizá algo con un profundo conocimiento de la más nefasta brujería, o los más horrorosos rituales…
Sea cual sea su contenido, cuando llegué frente a su casa, sentí una sensación como si el olor a sangre del crimen cometido llegara hasta mis narices desde mucha distancia, como si saliese de las ventanas. Pero la casa se veía totalmente vacía. Es más, podía hasta haber pensado que se habían mudado, que ella ya ni siquiera vivía allí. Pero sé que no era así. Había días en que la continuaba viendo entrar y salir de la casa.
Sin pensar demasiado, me adentré. Me impulsó el deseo de averiguar realmente de dónde provenía todo lo que me estaba sucediendo.
Recorrí la casa ajena, con mi apetito por descubrir la verdad. Las habitaciones estaban vacías, todas, y todo estaba demasiado desordenado. Tras recorrer los pasillos, llegué a la última de las habitaciones, que al parecer era la de ella, por el decorado bastante oscuro y macabro. Y lo que más me sorprendió, fue ver  sobre el centro en el suelo, una gran mancha de sangre y rastros de suelo dañado: Lo supe, allí había sido cometido el crimen. ¿Pero a quién demonios le había dado muerte?
Un sonido en la puerta me desconcertó, y alertó. Volteé rápidamente, y sin creerlo, la vi a ella, en el marco de la puerta, observándome con un rostro de profundo resentimiento.
Avanzó sin decir palabra, con una frialdad y un odio que llenaban toda la habitación. Llegó hasta mi lado, y se quedó contemplando la marca de sangre sobre el piso. Yo estaba aterrado, y mis ojos observaban nerviosos.
De pronto, puso la mano sobre mi pecho, e hizo fuerte presión, empujándome y haciéndome a un lado. Y con una voz llena del más puro odio, me susurró:
-Vete enseguida de aquí.
Lentamente, pensé en retroceder. Pero debía obtener mis respuestas, debía decir algo. Pero el profundo terror me dominaba, y estaba paralizado del miedo. Mi cuerpo no respondía. No podía articular palabra. La intensa ira que ella emanaba me afectaba y me poseía entero. Estaba aterrado, no podía moverme.
Su mirada infernal me comunicó que debía retirarme cuanto antes pudiera. Abandoné mis deseos de conocer las respuestas, motivado por un intenso miedo, y retrocedí, paso por paso, hasta encontrarme fuera de la habitación, y luego sobre la calle, a las afueras del hogar. Entre el desespero, observé que no había conseguido nada. Y mi tormento crecía.
Liberado luego de aquella incómoda y estremecedora situación, caminé unos momentos recibiendo el sol de la tarde, decidiendo un rumbo, cuando terminé en el mismo restaurant del día anterior, abatido sobre una mesa, con la cabeza escondida entre mis brazos y torturándome con mis pensamientos y la duda de qué me iba a proponer a hacer. Habían pasado las horas. Como no pedía nada, se acercó uno de los empleados y tuve que ordenar un vaso de helado, que apenas probé. Luego, cansado, comprendí que ya estaban cerrando, porque la gente se comenzaba a ir. Y con angustia, contemplé como la tarde se iba, y luego por una ventana, vi a la luna surgir, y el terror me invadió.
Caminé hasta mi casa… Impulsado por fuerzas extrañas. No tenía para dónde ir, y era desesperante saber que mi propio hogar era mi perdición…
Cuando ya rozaba la medianoche, en mi cuarto deambulando, me paré frente a una ventana de paso, que daba a la casa siguiente, la de los vecinos. A un lado de la verja blanca, una visión me llamó la atención: Allí había un tipo. Más que un tipo, por lo increíble que parecía, era una cabeza flotante, o por lo menos eso era lo que alcanzaba yo a ver. Y sus formas eran extrañas. Parecía, una máscara, teñida de blanco, y con unos ojos malignos, que flotaba suspendida en nada. Su mirada volteó hacia mí, y me paralicé del terror. Unos segundos después, desapareció, y me desapegué de la ventana.

De pronto, me había propuesto ir a averiguar de quién se trataba, qué era lo que yacía flotando a un lado de la verja, que seguramente había sido una visión pasajera, o alterada a mis ojos por el terror en mí ser. Seguramente sería, algo que ni siquiera había estado allí.
Pero al llegar a la puerta de la cocina de salida, giré la manilla y no abría. Estaba cerrada. Afuera la noche se dibujaba, y no podía salir a mi patio. Estaba atrapado en mi casa.
La brisa helada me estremecía el cuerpo. Tras forzar, me resigné a la idea de que a través de la puerta, no se podía salir. Entonces miré hacia las ventanas, y volví luego con un hacha que guardaba en el desván, para romperlas y salir por allí. Ya no podía aguantar un minuto más dentro de mis propias paredes.
En un instante, el retumbante sonido del rompimiento del cristal sacudió mi casa. Un fuerte hachazo, y la herramienta quedó clavada en el trizado vidrio. Sin embargo, no rompió del todo. Extraje el hacha con fuerzas, desenterrándola, y cuando la tuve en mis manos y volví a observar el vidrio, me paralicé: Alguien me observaba; un rostro flotante, una máscara.
Comprendí. Había comenzado un nuevo tormento. La máscara como quien entra por su casa, ingresó, flotando, y esbozando una siniestra sonrisa, y con sus ojos que tenían una profundidad incierta, como un precipicio, y que de pronto se tornaban brillos rojos malévolos que destellaban con intensidad, acabando con la cordura. Desesperado, lancé varios hachazos al aire, pero la bastarda máscara los esquivaba una y otra vez, sin dejar de sonreír con aquella sonrisa que me revolvía la cabeza. De pronto, creí haberle dado un buen hachazo. Pero resultó que mi hacha se había clavado contra el muro, y sentí a la condenada máscara aparecer tras mi espalda, luego un intenso ardor, una herida, como si unos colmillos se hubieran clavado en mi lomo. Entonces caí desmayado, y vi un baño de mi propia sangre recibirme.
Recuperé unos segundos la consciencia, y no vi a la máscara, pero tenía toda la certeza de que estaba siguiéndome cada paso, como si fuera invisible. Subí las escaleras con espanto y debilitado, observando mis propias gotas de sangre caer y teñir los peldaños. Uno por uno, llegué hasta el segundo piso, entré a mi habitación, y me desplomé sobre la cama, agotado y sintiéndome que iba a morir.
Entre los mareos, porque estaba bastante aturdido y mareado, observaba mi sangre sin cesar de fluir, manchando toda la sabana, y en el techo de mi habitación, la máscara que había entrado y ahora flotando, rondaba mi cabeza. Me levanté yéndome hacia los lados, con terrible falta de sincronía, y salí al pasillo. Sentía como la maldita máscara a mis espaldas, continuaba drenándome la sangre, y de pronto, un fulgor púrpura la rodeó, y estalló en chispas. Y enseguida, yo quedé paralizado, como presa de algún encantamiento. No me podía mover, y me desesperé, mientras mi vida se iba con mi sangre drenada, y yo sin nada que poder hacer.
Pero miré mi zapato, y estaba rozando el primer peldaño en bajada; estaba tan cerca, que con el más leve movimiento, yo me podría haber ido escaleras abajo. Hice todos mis esfuerzos, hasta que logré moverlo una insignificancia, y mi pierna resbaló por las escaleras, haciéndome rodar cuesta abajo. Sobre el suelo, terminé estropeado, pero me levanté como pude, sintiendo que mi cuerpo no iba a resistir. Y cuando la máscara venía flotando por las escaleras, en descenso, corrí hacia los muros resbalándome, pero habiendo alcanzado a tomar el hacha, y me estrellé entre donde surgía el muro y el suelo, y cuando la máscara llegó hacia donde mí, levanté mi brazo, y de un feroz hachazo la partí en dos. Entonces la contemplé destruida, y a mi cuerpo lo azotó el dolor más terrible que pude experimentar.
A pesar de toda la agonía, suspiré, observando por la ventana la noche como transcurría en silencio. La máscara se desvaneció por los aires, en una extraña brisa oscura que se iba como el humo, hacia las alturas y saliendo afuera de la casa. Estaba tan adolorido, que no podía moverme, y quedé allí tirado, cuando perdí el conocimiento y mis ojos se cerraron con brusquedad.
En aquellas últimas instancias, la luna se marcaba intensa sobre la noche, en el esplendor de su figura ovalada, reposando, desprendiendo su luminiscencia sobre la oscuridad, reflejándose a través de mi ventana, mientras yo, miraba con ojos cansados, abatido, sin poder resistir un segundo más.

Llegó el amanecer del día siguiente. Desperté con una inmensa sensación de debilidad, y mi cuerpo pesaba, sobre una camilla blanca con algunas manchas rojizas. Había estado bastante mal, una bata azul cubría mi cuerpo desnudo. A un lado, en la camilla siguiente, estaba mi ropa sostenida contra el borde. Extendí mi brazo, y observé con lástima, como un delgado conducto transportaba la sangre de una aguja clavada en mí, y venía desde una bolsa llena de ella. Sabía que había perdido mucha sangre, y si no hubiese sido por aquella bolsa que me la donaba, estaría tendido, desmayado, y quizá muerto.
Busqué con la mirada algún rastro de compañía, pero nadie estaba cerca. Estaba en un hospital desolado, y comencé a sentir lástima de mi estado. Lentamente, esperé unos minutos en los cuales me adormecí. Pero luego desperté para extraerme las agujas que reposaban en mí, y desprenderme de aquella camilla, casi yéndome al suelo por lo debilitado. De la camilla de al lado, cogí mi ropa y me comencé a vestir. Estaba desgastada, por las noches anteriores. Varias veces, pensé que me desmayaría y me estrellaría la cabeza contra el suelo, mareado a tal punto estaba.
Sin embargo, debía seguir, debía salir de aquel hospital en que me tenían abandonado. Recorrí los pasillos, bajé la escalera llegando a la entrada principal, y no había personal. Un aire matutino fresco entraba por la ventana señalándome que el día estaba instalado afuera. Pero el recinto me agobió, y quise salir lo más rápido posible, porque me causaba una gran sensación de soledad.
En el camino por las calles, como la niebla cientos de pensamientos acudieron a mí cubriéndome, pensamientos sobre la noche anterior, sobre todo lo que me había sucedido, y también el pensamiento sobre si habría de morir. Quizá hubiera muerto en el hospital, como también podía morir en aquel momento tirado sobre el concreto. Estaba tan débil, que mi caminar generaba lástima. Me tambaleaba de un lado a otro, y no había ninguna persona siquiera por las calles para sentir piedad por mí; nadie pasaba. Recorrí las calles sobrellevando mi dolor.
Cuando pensaba que la ciudad estaba abandonada, la caída de la noche fue encendiendo las luces del mundo vespertino, y numerosas canteras y bares fueron abriendo. Instintivamente, me llevé mi palma al bolsillo, y sentí el rozar de algunos billetes. Aún tenía dinero, y me sorprendía que no me lo hubieran extraído de mis ropas mientras estaba en el hospital, estaba seguro que las enfermeras que me habían atendido eran gentiles.
No quería ni pensar en la noche de ayer. Caminé, hasta llegar a las puertas de un bar. Entré, sacando mi dinero, y pretendiendo en aquella noche borrar todas las cosas horribles que me habían sucedido de una vez, y perderme en los confines de mi inconsciencia, para dejar de percibir aquel aterrador mundo en que se había convertido el mío ante la caída de cada noche.
-¿Qué se va a servir? –preguntó amablemente el cantinero.
-Deme lo más fuerte que tenga, por favor –le dije con un rastro de lástima en mis palabras. Extraje el dinero y lo puse sobre la mesa. Lo recibió y se marchó, dirigiéndome una mirada de curiosidad. Seguramente había percibido en la mía, lo devastado que estaba.
Cuando estaba quedándome dormido sobre la barra, reposando entre mis brazos, llegó, sin decir más palabra y depositó el vaso con trago a un lado mio, y se marchó. Apenas desperté, y observé el vaso un largo rato, y comencé a pensar. No bebí tras varios minutos, y pensaba un montón de cosas, tales como;” ¿Qué estaba haciendo allí?, ¿Habría percibido el camarero que sólo era un adolescente aproblemado y aterrado queriendo escapar de su desesperación?”. Claramente no lo había percibido. O quizás sí, pero lo había dejado pasar. Pero el momento transcurrió, y mi vista se tornó borrosa. Mi cabeza pesaba sobre la barra y me caía adormecido entre mis brazos. Escuchaba las voces de la gente desvanecidas hablar, y observaba las copas frente a mí mecerse. Estaba mareado, y pronto, el sueño comenzó a invadirme, sin más remedio.
Más tarde, sentía cómo me empujaban. Había despertado, y unos guardias me sacaban fuera del bar, para dejarme sobre la acera. El trago me había hecho efecto, y me había quedado durmiendo en el lugar hasta que había cerrado. Sin más opción, me levanté, y comencé a caminar por la vereda, con las manos en los bolsillos. La noche transcurría lenta, y veía el horizonte y los edificios a lo lejos. No sabía dónde estaba…
Observé unas sombras de pronto, luego otra más, que caminaba por la vereda de al frente. Era la sombra de una chica. Enseguida, se me vino el recuerdo de ella, mi antigua novia, que había conjurado los Cuatro Tormentos contra mí, estaba seguro, que sostenía aquel extraño libro y parecía odiarme…  Su nombre, que aun podía mencionar, y que hasta el día de hoy me causaba escalofríos, Rina, retumbaba en mi memoria… Ahora cada vez que la veía, aquel nombre se clavaba en mi cabeza… Tanto tiempo pronunciándolo con tanto cariño, y ahora sucumbiendo ante el más grande terror al recordarlo…
Pero aquella silueta no era Rina, mi antigua novia. No era nada más que una chica en la noche, que se perdió luego entre otras calles. Había sentido la necesidad de llamarla primero, para comprobar si era ella. Pero su paso rápido la alejó de mí, hasta que quedé de nuevo caminando por la vereda, hacia adelante, con las manos en los bolsillos, sin rumbo, abandonado, y con mi desgracia.
Un terror me sacudió; escuché a alguien seguirme. Volteé, y no había nadie. Pero un gruñido pareció entrar por mis oídos y estremecerme por dentro; un gruñido, demoníaco, con la voz más horrorosa. Pero volteaba incesantemente, angustiado, y allí no había nadie. Me puse a caminar hacia adelante nuevamente, y entonces, entre una separación entre dos edificaciones, en un rincón de la vereda, entre la oscuridad, se escondía alguien inmenso cubierto por una gran capucha. Un rostro verdoso, con vellos, un grande y alargado mentón bajo unas aterradoras fauces, y unos ojos negros como abismos con unas chispas blancas en ellos, me observaba atentamente. Aterrado como si hubiera visto mi peor pesadilla, volteé, y me dispuse a correr lo más rápido que podía. Pero una huesuda mano saliendo de la manga de la túnica, me sostuvo por el abrigo firmemente, y no me dejó moverme. Entonces, escuché el susurrar del filo de una inmensa hoz, que rozó los vientos cortándolos, y pasando por un lado de mi cabeza, que alcancé a esquivar luego de haberme agachado. Tras esto, la mano huesuda me soltó por unos segundos, y corrí. Corrí con todas las fuerzas que tenía, la corrida más veloz de mi vida. No supe siquiera cómo, pero en unos cuantos segundos, me encontraba a bastantes calles de distancia, sin poder respirar.
-Dios mío… -pronuncié. Caminaba, recuperando el aliento. Iba por los suelos de arena de una playa, que había sido acariciada por el atardecer con los rayos del sol. Pero ahora la luna, se alzaba como una gran luz blanca, iluminando el oscuro mar y adentrándose en él. Era una visión siniestra, y adonde fuera que mirase, veía más oscuridad. Estaba aterrado hasta lo último de mí ser…
Recorrí bastante distancia en la playa, caminando intranquilo, volteando cada segundo con un rostro de espanto, para comprobar si es que alguien me seguía. Pero tras bastante rato, no ocurrió nada más. Llegué a pensar que luego de la borrachera y mi sensación de abandono y tristeza, había terminado teniendo una visión demoníaca que al fin y al cabo, había sido imaginada.
Aún no sabía dónde estaba, pero algo era seguro, estaba demasiado lejos de mi hogar. Por las interminables arenas de la playa, encontré una cabaña. Estaba abandonada, y no tenía puerta. Me adentré, y observé una chimenea apagada. Pero no había casi amueblado ni otras cosas, y parecía haber sido dejada sola hace años. Me puse a un lado de la ventana, y comencé a observar la costa. En aquellas instancias, la noche ya había pasado, y el sol comenzaba a salir. Observé el amanecer desde allí, de pie sobre los suelos de madera de la cabaña, ya no había nada que hacer.
Sin embargo, el terror me paralizó. De pronto, el sol se detuvo, antes de salir. Y la visión llena de luz de la costa, pareció comenzar a verse más lejana. Surgió una oscuridad alrededor de la cabaña, y comenzó a envolverla, atrapándome. Quedé bajo una cortina de tinieblas, y entonces, alguien me hacía compañía. Entró, aquel ser, que había visto antes cuando caminaba por las veredas. Yo estaba desesperado, y no podía abandonar la cabaña, la oscuridad más completa la cubría y me tenía encerrado. El ser caminó hacia mí, y se quedó contemplándome, mientras con sus fauces, esbozaba una aterradora sonrisa.
-¡Aléjate de mí! –grité. El ser pareció percibir mis palabras. Su horrible mirada se tornó furiosa, y respondió, ante mi asombro, pues era el primero de los tormentos que me había ofrecido sus palabras:
-Ha llegado tu hora –dijo simplemente. El miedo me invadió. Aquel de los Cuatro Tormentos, parecía el que más se asemejaba a un demonio, de una forma monstruosa, y estaba consciente de mis palabras. Avanzó, mientras extraía su hoz. “Es el Guardián del Limbo” me dije aterrado…
-El cielo ni el infierno te pertenecen. Sin embargo, estás invitado a mi limbo. Y el lugar que te pertenece, es el lugar más horrible de toda la existencia; el purgatorio, donde sufrirás una eternidad y pagarás por todos tus pecados. Pagarás por haber destrozado el corazón de quien me ha convocado, pagarás, por un tiempo indefinido. Experimentarás el más grande dolor –declaró, y extrayendo su hoz, marcó una gran abertura sobre los suelos de madera. La rotura se fue abriendo más, hasta que un gran abismo se abrió. Y creyendo yo que alucinaba, con mis ojos idos, contemplé como un juego de luces y un vórtice verde que llevaba a un mundo nauseabundo se dejaron contemplar con gran intensidad. Entonces, montones de manos de muertos se alzaron, rasgando el suelo, y entre horrorosos gritos de furia y de sufrimiento, intentaban llegar hasta la superficie. Entre el vórtice, se podía observar las profundidades del purgatorio, y se podían ver los elementos de tortura, las tierras secas, y los cadáveres por doquier, y la pestilencia se oía a cantidad de distancia… El miedo apenas me dejaba respirar, y mi cuerpo no se movía. El sólo contemplar aquel lugar me llenaba la cabeza y el corazón de horror.
-Bienvenido seas a mi limbo –gruñó, y me extendió su gran hoz, para rebanarme por la mitad y echarme dentro del agujero. Pero alcancé a esquivar, por una suerte de angustiosos segundos, pero entonces, me vi atrapado. Estaba acorralado contra la muralla, y frente a mí, estaba el vórtice abierto, y tras él, estaba el Guardián del Limbo con su hoz y su enorme figura de gigante, bloqueando mi paso. No tenía para dónde escapar, mientras la hoz se mecía, en intentos por rebanar mi carne y cortarme en dos pedazos.
Sin poder hacer nada más, salté, abalanzándome contra el Guardián. Su cuerpo me recibió, y me embistió, lanzándome hacia el abismo del vórtice. Pero con una pierna alcancé a sostenerme de un rincón, y mi cuerpo quedó a medio balancear de caerse. Entonces el espectro se avanzó sobre mí, y las manos que venían del vórtice me intentaban hacer prisionero. Por las ventanas de la cabaña se observaba la completa oscuridad, y toda clase de espectáculo de luces de otro mundo, en su mayoría verdosas, desfilar en una horrible pesadilla.
A punto de caerme, logré balancearme con mis últimas fuerzas, y esquivé al espectro y me desprendí de las manos que me aseguraban. Entonces, llegué hasta la otra mitad de la cabaña, y tuve más espacio para correr. Me lancé contra la puerta, pero estaba cerrada. Pateé, y le di golpe de puños, tiré desesperadamente del pomo, pero nada sucedía. Llegué hasta una ventana, y observé afuera la oscuridad. Sentí deseos de lanzarme, pero de pronto vi, como justo debajo de la ventana surgían toda clase de espinas y seres deformados que jamás pensé que iría a ver, salidos de la más aterradora pesadilla, con agujas en sus extremidades y en sus cabezas, aguardando a que yo me lanzara. Retrocedí espantado, y el Guardián del Limbo me arrojó su hoz para matarme. Esquivé, y se clavó abruptamente sobre el suelo.
Sin duda hasta ahora, era uno de los Cuatro Tormentos que más parecía imposible de abatir, y el más armado, el más peligroso, y hasta el más consciente. El más amenazador, entre otros terrores. Avanzó con su inmensidad y su manta oscura que lo cubría, y llegó hasta mí, estando a un lado de su hoz. En aquel punto, las gotas de sudor caían por mi frente, desesperado. Bajo su manga, dejó ver su huesuda mano, y mientras el vórtice tras él estaba que estallaba, ardiendo de deseos por tragarme, él extendió su huesuda mano con intenciones de apresar entre ella mi cráneo para quebrantármelo. Pero me hice rápidamente a un lado de la mano que se dirigía a mi cabeza, y entonces el Guardián lleno de furia, se lanzó contra mí, con toda su inmensidad. Primero cayó sobre mi pierna, rompiéndome el pie por completo al aplastarlo. Deje oír el grito del dolor más grande en mi vida, y aunque era insoportable, y pensaba que iba a morir, y no podía resistir más dolor, extendí mi brazo a un lado, tomé la hoz, la giré, y antes de que cayera con su gigantesca figura sobre mí, le clavé la hoz sobre el estómago, atravesando la tela de la gruesa manta que lo cubría. Abrió sus grandes fauces para vomitar sangre, dejándome el rostro cubierto en ella, y de no haber sido por la hoz que lo retenía, clavada en él, habría caído encima de mí, destrozándome. Pero observé entonces, y la hoz lo había atravesado por completo. Rápidamente, cesó de moverse, y había muerto casi al instante.
Los suelos comenzaron a cerrarse, y el vórtice había continuado por unos segundos allí, ansioso por tragarme y despidiendo sus luminiscencias, hasta que desapareció mientras el suelo sobre él se cerraba y volvía a estar como antes. Mis ojos se vieron casi cegados cuando la oscuridad que rodeaba la cabaña de golpe se esfumó, y por las ventanas se pudo contemplar el amanecer con el sol sobre las aguas, en toda su intensidad. Me salieron lágrimas por el esfuerzo de mis ojos ante aquel cambio tan repentino, pero también con una pizca de felicidad. Sin embargo, mi pie estaba destrozado, deformado, y sangraba. Parecía haber muerto, sentía  un gran ardor, pero casi ya no lo podía mover, de hecho, no podía usarlo para caminar, y era un estado lamentable, casi sentía que tenía el hueso roto descubierto tras la piel desgarrada…
Caminé con el pie que aún me quedaba bien, y tambaleándome. Me apoyé sobre la ventana, y observé el día pasar por unos minutos. Faltaba el último de los tormentos, y yo aún no estaba muerto… Y quizás qué me esperaba, pero el terror sembrado en mi ser no iría a ser remplazado con nada, y estaba aterrado. Me preguntaba qué guardaba aquel bello amanecer, que me traía algo de paz, pero un terror porque se fuera a esfumar y me trajera nuevamente la oscuridad. Contemplaba y pensaba, que en lo que quedaba de día, debía detener todo o esperar mi inevitable muerte. Contemplaba, mientras sin poder evitarlo, aquel tranquilo atardecer serenaba mi aterrado y estremecido corazón…

¿Cuánto faltaba? No lo sabía, ni tampoco tenía deseos de saberlo… Sólo pensaba hasta cuándo más se extendería aquel terror, aquella agonía interminable… Y que el paso de los tormentos me había dejado una cicatriz imborrable, un horror dentro de mi corazón, un miedo, una ansiedad que me perseguiría hasta el último de mis días. Aquellas últimas noches habían sido una pesadilla, y ahora aguardaba por el inminente sueño final, en donde todo habría de terminar, o mi vida sería la que acabaría terminando.
El día continuaba transcurriendo. El sol me daba directamente hacia el rostro con sus rayos. Mi silueta era lastimosa, dibujándose como una sombra caminando a lo largo de las arenas de la playa, a punto de desmoronarse y recorriéndolas hasta el fin. Finalmente, comencé a dejar la playa atrás, y sus arenas comenzaban a desaparecer, y el sol que alumbraba mi camino, se fue trasladando a un lado para irse quedando atrás. Los primeros edificios que fueron apareciendo, me dieron una señal de esperanza, había llegado a la ciudad.
Caminé pasando por un lado del restaurante en el que había comido al segundo día. Miré el edificio desde lejos, sin intenciones de entrar, para no tener un encuentro indeseado. Pero sin embargo, los recuerdos acudieron a mí. Más tarde, estaba tan sólo a unas calles de mi casa. Pero vi la puerta, y no quise entrar. Pensaba que en aquel momento, el último lugar en el que quería estar, era mi hogar. Se me hacía una tortura y un lugar agobiante.
Por las calles, llegué hasta una esquina conocida, la esquina donde estaba la casa de ella. Avancé un par de casas, hasta encontrarme frente. La cinta policial de precaución continuaba allí, pero estaba cortada. La traspasé, y llegué hasta la puerta. Respiré profundo, respiré la soledad del hogar, e ingresé. Había un apestoso olor a muerte que me recibió.
Avancé por la sala principal, subí al segundo piso, y el intenso aroma desagradable a sangre y muerte, me condujo hasta su habitación. Al ingresar allí, como en una vez anterior, vi una gran mancha de sangre. Pero me horroricé, porque sobre la mancha de sangre, había un cuerpo que apenas se podía percibir, debido a que estaba totalmente cubierto, en forma desmedida, en la sangre. El cadáver estaba ahogado en ella. Y el olor nauseabundo, era insoportable. Pero avancé, tapándome las narices y con un malestar, y a pesar de lo difícil que era percibir el rostro y algo más que sus extremidades, era el cuerpo de una mujer. Sobre su vientre, tenía aún clavado un cuchillo con sangre fresca. Yo estaba quedando sin cordura; el cadáver, era probablemente la madre de Rina, mi antigua novia… Y lo más seguro, es que ella la había ofrecido como sacrificio, sin piedad alguna, a juzgar por el gran desparrame de sangre y lo horrendo del crimen… Pero la había ofrecido, y la había asesinado para invocar aquella maldición sobre mí, que me perseguía hasta aquellas instancias, condenando mi existencia, haciéndola una sufrida e insoportable pesadilla que debía cargar.
Me retiré de su casa. Caminé por las calles y los edificios me comenzaron a angustiar, me parecían como gigantes que se irían a abalanzar sobre mí para aplastarme y matarme, que también me encerraban en su gran hilera. La ciudad me comenzó a desesperar, lo único que quería ahora, era estar en un espacio abierto, libre, y vivir quizá, el último de mis atardeceres…
Me alejé bastante. Por los alrededores de la ciudad, llegué a espacios más abiertos. La hierba surgía por doquier, los lagos, y los árboles rociados por la luz del atardecer, aquel atardecer final, que me alertaba los nervios.
Estuve un buen rato, de pie en medio de aquella frescura, respirando aire limpio, mientras pensaba. Pero el ambiente tranquilo y calmo a más no poder, contrastaba con las horrendas sensaciones que despertaban dentro mio, y se revolvían como la marea: Estaba aterrado, y por aquello, apenas me podía mover.
De pronto, sentí que mis ojos me engañaban nuevamente, sin embargo, sabía que era real. Ante mis pupilas, estaba ella, a una distancia de mí, también de pie, sin haberse percatado una vez más de mi presencia. Alarmado, intenté moverme, y correr hacia ella. Todos mis sentidos estaban despiertos. Sin embargo, en cuestión de segundos, su figura se esfumo. Y yo mirando hacia el horizonte, tuve una de las visiones más fugaces y espantosas. Y fue una sensación extraña, como si no hubiera sucedido, pero a la vez sí. Como si mi mente se hubiera fusionado con aquellos paisajes en aquel momento, me había abstraído en mi propio ser. Pero lo que vi, fue aterrador…
Vi a aquella sombra, aquella alargada sombra, que se estiraba como un espectro de pesadilla, estiraba sus extremidades y su cabeza era como un hilo oscuro largo como sus brazos y la cola en la que flotaba. Era como un fantasma oscurecido, con una forma abstracta, deforme. Era una silueta espantosa, que se dibujó entre la línea donde caía el atardecer y el anochecer, la oscuridad y la luz, y entre aquel plano, se deformó, tomando cientos de formas en un solo segundo. Sentí como en aquel instante mi mente se hacía pedazos, y sentía que caería de rodillas, porque mi cuerpo no daba más. Ante aquel punzante doloroso tormento, cerré mis ojos. Y después de haber hecho eso, la sombra pareció desaparecer, para transportarse justo atrás mio. Abrí mis ojos, y miré, con una mirada desesperada, rayando en la locura, con sudor de miedo, pálido. La miré, la sombra estaba atrás mio, y entonces también vi a Rina, caminar por aquellos paisajes, alejándose con prisa. Mientras mi mirada observaba, en el horror, me sentí perder altura, y una de mis piernas caía, también otro de mis brazos se esfumaba. Grité, y rodé, escapando.
Me desplacé por los suelos, arrastrándome. La sombra había desaparecido, y volvía a aparecer cada tanto, para seguirme. Un brazo y una pierna mía, habían sido ambos amputados, y lo más extraño era, que no sangraban en cantidad alguna, pero el dolor era tan intenso que me hacía desear haber muerto, y me hacía la realidad la experiencia de agonía más grande. Rodé, con lo poco de pierna que me quedaba aún, y apoyándome con el brazo restante, y me desplacé por los suelos que iban en bajada, hasta que fui llegando poco a poco a un terreno más plano, y los edificios comenzaban a aparecer. Me incorporé, y fui dando saltos con mi pierna destrozada, apoyándome de árbol en árbol, mientras contemplaba, a la Sombra del Atardecer tras de mí, perseguirme incansablemente.
Llegué finalmente a la ciudad. Le había perdido el rastro a mi antigua novia, y la busqué desesperado por toda la ciudad. No veía gente alguna, porque mi visión ya parecía distorsionada, pero escuchaba sin embargo los gritos de horror ante mi aspecto, y la gente que comenzaba a correr alocada e ida de si misma. Todo era un horror, la ciudad se había transformado en una sofocante desviación de la realidad, la agonía y el dolor hacían arder mi cabeza, ya no podía resistir más, quería morir, y la Sombra del Atardecer me atormentaba siguiéndome atrás…
Mi mirada de pronto se desvió, y a un lado, apenas con el borde de la pupila, alcancé a contemplar, aquella silueta, que me causaba desesperación, y también era la causante de todas mis pesadillas y de que mi vida se hubiera convertido en un horror. Allí, entre una hilera de tiendas, en una de ellas, estaba Rina, sobre el mesón, comprando artículos al vendedor, e intentando pasar desapercibida de mí seguramente. No perdí más tiempo. Me dirigí, con mi cuerpo desfigurado, e ingresé a la tienda violentamente, azotando las puertas de vidrio. El vendedor anciano me miró con espanto, y en el suelo, sin saber de dónde había salido, encontré un cuchillo. Lo empuñé, y sorprendí a Rina por la espalda, sosteniéndola y presionándole de pronto el cuchillo contra el cuello. Entonces, el atardecer comenzó a iluminar la tienda, bañándolo todo en su intensidad naranja, y la Sombra del Atardecer entraba lentamente por el umbral, trayendo mi muerte consigo. Yo grité, y estuve desesperado. El vendedor continuaba contemplándome atemorizado, y Rina sentía su cuello presionado contra mis brazos y el cuchillo, sin saber lo que ocurría. Entonces, cuando mi mano sintió los deseos de hundir el filo del cuchillo en el cuello de ella, grité por una última vez, antes de hacer lo que iría a hacer, acabar con su vida;
-¡Me has condenado!, pero aún sigo vivo, y si has invocado a éstos seres macabros de otro mundo para que destrocen mi cuerpo, ¡Te arrastraré al infierno conmigo para que pruebes las llamas en tu carne!... ¡Maldita seas!
Entonces, desgarré su cuello con el cuchillo. Un fluir de sangre roja saltó y se mezcló con mi rostro, empapándome. El cuchillo recorrió sus carnes, abriendo sus nervios, y cortando su piel. Degollada, cayó al piso, entre un río de sangre que acogía a su cadáver, sobre el suelo. El vendedor tras el mostrador sacó una escopeta, y se voló los sesos, haciendo que sus entrañas empaparan los vidrios de la tienda, que se había transformado en un infierno. Continué de pie, observando el crimen que había cometido, observando mi cuchillo lleno de sangre, satisfecho, por haberle dado aquella atroz muerte. Sin embargo, no se comparaba a todo lo que ella me había hecho pasar, y el vacío en mí era más grande, y luego, una sensación parecida al arrepentimiento… Ella me había sobrepasado, el infierno que me había hecho pasar no era comparable con nada, era el peor horror en mi existencia. Sin embargo, continuaba contemplando su cadáver, su cuello ensangrentado, y su sensación de dolor. Experimentaba placer, mientras un escalofrío me recorría el cuerpo, y sentía la presencia atrás de la Sombra del Atardecer acercándose a mí, para darme la muerte que me había estado esperando… Porque al fin y al cabo, por aquella razón habían sido convocados los Cuatro Tormentos…

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