jueves, 25 de julio de 2013

Iglesia (Fantasía/Relato)

Miraba todos los días a la vecina. No tenía cómo decidirme a hablarle. Tampoco tenía tema alguno. Simplemente la miraba, y me resignaba a ello. Mi boca era incapaz de abrirse frente a ella, e incluso con tan sólo imaginarme al estar frente a ella, temblaba entero…
Era yo un chico tímido, sin nada destacable. Lánguido, óseo, alargado, sin gracia alguna, con una cabeza rapada y unos ojos enfermizos. Era el típico engendro, el que todos señalaban, al que a todos les caía bien por considerarme inofensivo, y el que siempre callaba. El que llevaba la simpleza dentro de él.
Mas, sin embargo, hacía una semana que yo había visto maletas frente a la nueva casa mirando a la mía. Hacía un rato que estaba en venta, y la habían comprado. Era una casa bonita, sencilla, pero de una madera lustrosa, como de un árbol fino. Y atrás se extendía un patio trasero amarillento con maleza seca. Yo siempre había soñado vivir en esa casa, pero nunca me había sido posible. A veces me paseaba por ahí esperando entrar. Pero como siempre estuvo en venta, me mantenía alejado, hasta que la compraron.
Entonces se trasladó allí una familia. Estaban con cara como de gente que preguntaba por direcciones. Parecía una familia de gringos; todos eran colorines. Había unos dos niños que tenían el cabello tan corto como yo. El padre también era colorado y tenía una expresión formal; la madre parecía blanda y suave en el trato, con una cara compasiva. Pero, entre ellos, lo que vi como una luz angelical me sorprendió desde ese instante, y me dejó anclado en esa visión: había una niña colorina, con pelo amarrado como cola de caballo, con unos ojos como de serafín, cristalinos azules, que llevaba un vestido largo y descolorido con flores amarillas, y en sus muñecas tenía unas argollas doradas como el resplandor del sol. Me cautivé. Desde ese momento nunca me atreví a dirigirle la palabra, ni siquiera para saludar a los nuevos vecinos. Pero quizá la mirada absurda de tonto que le dedicaba, le hubiera llamado secretamente la atención, cuando me hubiera mirado sin que yo me hubiese dado cuenta.
Yo era un tímido. Me acomplejaba por cualquier cosa. Mis padres no me ayudaban mucho, seguramente también me consideraban tonto. Una vez fui a comprar el diario al quiosco, y por accidente me encontré con ella allí. No le dirigí ni palabra, pero nos dimos una casual mirada de reconocimiento, y entendí que ella comprendió que soy su vecino. Fue lo más fugaz del mundo. Porque cuando recibí el periódico ella ya se había ido. Esas miradas que comunican todo, me hizo saber en sus ojos, que ella ya sabía que teníamos algo en común, muy distante: que éramos vecinos.
Hacía mucho sol esos días. En el patio trasero de su casa tenían una piscina, al parecer, donde yo escuchaba todo el día el chapotear y el ruido de los niños. Ella nunca se bañaba. Por lo menos, cuando pasaba por el lado de su casa y veía un borde de la piscina, con los niños, nunca la vi a ella. La veía a menudo salir de su casa todavía con sus vestidos largos, ésas eran las únicas ocasiones en que la veía. Más tarde la veía a través de las ventanas, jugar cartas a la mesa con sus padres. Me la imaginaba en noches de navidad, todavía haciendo eso. Se veía muy bonita jugando a las cartas a través del vidrio de la ventana. Se veía muy bonita, y yo miraba como enajenado…
También otras veces la veía andando en bicicleta. Al parecer, a veces solía ser muy activa.
Un día me decidí. Fui con todas las fuerzas del mundo a su encuentro, en la esquina de mi casa, y la invité a comer a un restaurante. Sorprendida, me dijo que sí, pero quedaba la duda entre nosotros de que no nos conocíamos, y me dijo que no me conocía, pero que sabía que éramos vecinos. En ese momento yo estaba diferente. Temblaba por dentro, pero me salía un vozarrón de hombre, por pura fuerza de voluntad. Le dije que era cierto, que no nos conocíamos. Pero igualmente me dijo:
—Sí, acepto —. Y nos fuimos al restaurant, siendo que le había dicho que, en todo caso, nos demoraríamos poco, por lo que no le ocuparía demasiado tiempo de la tarde.
La tarde anterior yo le había mendigado por dinero a mis padres, casi de rodillas. Hasta que mi padre me soltó el fajo de billetes, y le agradecí fervorosamente. Le había mencionado que era para invitar a una chica a salir, a la vecina, y eso había contribuido a que me pasaran el dinero. Me habían mirado incrédulos, y después, cuando mi madre se hubo retirado, mi padre me dijo, refiriéndose a la vecina: “Vete con cuidado, no la conoces.”. Y en aquel momento me pareció más que todo una advertencia supersticiosa.
Esa tarde cuando caminaba con ella por la calle me sentía algo nervioso. Sentía como un temblor en mi estómago. Era muy temprano para las maripositas; más bien eran puras ansias. Pero ella..., me atrevo a decir, en tan sólo aquellos insignificantes segundos caminando: “Y era simpática.”. Porque lo era, en verdad, aunque la charla no hubiese fluido, aunque yo me sintiera como un ser de hojalata que no era capaz de abrir la boca porque mi nerviosismo me tenía petrificado. Desde temprana edad había tenido problemas de inseguridad. No era algo de siempre, y no surgía muy seguido, pero a veces me pasaba. Yo no me preocupaba, porque soy un ser simple. Pero recuerdo que en la escuela me pasaba. Me sentía inseguro, y acababa haciendo puras estupideces.
 Ahora no sé si a medida que había crecido me había vuelto más tonto o más distraído, al punto de que no me diera cuenta de la sencillez e ingenuidad en mis acciones. Como ir caminando al lado de ella, y no decir una palabra, y sin embargo tener en mente que aquella era una cita y que la iba a llevar a un restaurant. ¡Y vaya acompañante más divertido era yo!; por supuesto, lo digo sarcásticamente. Nada más aburrido que tener un compañero de camino que no habla nada, y está todo el rato pendiente de los gestos del otro, inseguro, temblando. No sabía nada de charlas entretenidas. A veces abría la boca en mi casa, para decir cualquier tontera, pero era porque realmente lo estaba diciendo, y a mis padres les daba risa. Cuando realmente estaba expresando uno de mis pensamientos, les hacía gracia, como si la tontera habitara en mí.
Pero para qué ser tan duro conmigo mismo, si al final la bondad que irradiaba mi corazón se traspasaba a mi exterior, y yo creo que eso era lo que despertaba la compasión y la simpatía por parte de mis pares. Ella me sonreía. Me lo hacía todo más fácil. Caminaba conmigo interesada, con un ligero entusiasmo. ¿Por qué me iba a merecer yo aquella amenidad? Quizá había despertado su buena observación de mí desde el momento que nos mirábamos como vecinos, nos descubríamos, como seres uno al frente del otro desde nuestros patios.
Me metí la mano al bolsillo. Tenía algunas cuantas monedas. Fantaseé como si fueran de oro; claro, así hubiera podido comprar lo que quisiera. Pero tan sólo eran unas cuantas. Suficiente para caber en mi palma, y para pagar una modesta orden de comida.
Llegamos. Había una estructura blanca que era el restaurante, y en cuyo interior se veían las mesas y el suelo a cuadros rojos y blancos. En el frente de la estructura había un gran letrero, aparecía el dibujo de un pollo, y señalado en letras grandes y rojas decía el nombre del local de comida rápida, para ser más precisos; “Kentucky Fried Chicken”. Una cadena de comida rápida norteamericana. Sonreímos, ilusionados, al vernos camino a entrar. Íbamos por el borde de la calle, donde a cuyo lado crecía la fresca hierba de los prados que se extendían hacia los lados. Al final de la calle estaba mi antigua escuela primaria. Allí los pinos sobre la hierba pegada a la reja que la cercaba se mecían al viento suavemente, y ver su estructura grisácea me hacía recordar tiempos de antaño, de infancia. Había algunos niños escolares jugando; pero nosotros volvimos la vista; lo que nos atañía ahora era el restaurante Kentucky Fried Chicken.
Entramos. En el salón comedor estaban las mesas rojas plásticas ubicadas junto a la ventana. Vi pasar a una mujer por el amplio salón. Llevaba una falda que le llegaba hasta los tobillos, tenía cabellos esponjosos y castaños y caminaba decididamente con su hijo tomado de las manos. Ése niño yo lo conocía, vivía a unas casas de la mía. Y ésa era la Señora Bernarda, estricta con su hijo, que lo llevaba a lo largo del restaurant seguramente buscando la salida, luego de que hubieran comido. Fuimos a pedir la comida con mi vecina. Ordenamos, tomé las bandejas y nos fuimos a sentar. Quedamos junto a la invernal ventana.
Me comí los pollos fritos, al igual que ella, probamos patatas fritas y empanaditas de queso, también bebiendo Coca-Cola. Las bandejas comenzaban a quedar vacías, y nuestras hambres satisfechas. Cuando todavía quedaba algo de comida esparcida por ellas, y todavía nos quedaba por comer, rellenábamos el tiempo mientras con una charla. Ella de pronto me decía:
—A propósito, no me sé tu nombre. Yo me llamo Fernanda, ¿y tú? —me dijo con una amistosa sonrisa, cerrando sus ojos tiernamente.
—Yo soy Luis —le respondí, y era como si recién nos diéramos cuenta de que éramos vecinos, porque como que nos dábamos una mirada reconocedora nueva. Al momento en que cerró sus ojos con una chispa de encanto, pude ver también como una chispa de un montón de pecas que adornaban justo la mitad de su nariz, y se esparcían por allí hacia los lados. Se veían tan ricas en su rostro, daban ganas como de comerlas, como de comerle la cara a ella, tan linda que era.
Los ojos angelicales que tenía, cristalinos, se fijaban con insistencia, como dos discos trasparentes de una iris luminosa. Pestañeaba de repente, y eso parecía acentuar sus ojos. Terminamos de comer y recogimos las bandejas, y las fuimos a desechar. Después salimos de Kentucky Fried Chicken, dejando allí sus mesas plásticas rojas, sus cuadrados del piso, su mesa de atención y sus deliciosas comidas, y todo ese ambiente como solitario pero agradable donde uno quisiera quedarse una eternidad.
Pero ya; este recuerdo no se irá haciendo tan largo porque ahora viene la parte de la iglesia, mi favorita de recordar, y la final. No mencioné que ella iba a la iglesia; pero sí, iba, con su familia, todos los jueves, y viernes y domingos. El sábado también por la mañana, pero eso no hace falta decirlo. Una tarde ella me invitó a la iglesia. Pero esta vez no iba su familia: íbamos solos. Su familia, en cambio, estaría ya en la iglesia, porque nunca se perdían una sola reunión. Pero qué importaba eso, si estarían concentrados en lo suyo y no pondrían atención a otras cosas.
Entonces yo intuí que ésa era mi oportunidad. Y aquellos días se me había estado disipando un poco la inseguridad, aunque no del todo. Pero hacerle invitaciones a ella me había hecho sentirme más cómodo, así como hacerle charla. Esa tarde me vino a buscar cuando faltaba poco para las cinco, y el sol, estaba en el horizonte como decidiendo para entrarse y bañar todo, con su última débil luz. El aire estaba limpio. Respiraba y me llenaba los pulmones. Salí de mi casa y ella me esperaba a la puerta. Allí permanecimos de pie hasta que me dice “Vamos.”, le contesto que está bien y comenzamos a caminar en la dirección.
Cuando llegamos a la rústica iglesia de madera barnizada y colorada, el atardecer la llenaba. Las puertas estaban abiertas, y las bancas esperaban, vacías. El barniz es exquisito. Avanzamos, y nos sentamos en la primera banca que encontramos. La gente todavía no entraba a la iglesia, parecía como si estuviera dispuesta sólo para nosotros.
En esa iglesia se cantaban las canciones, yo me ponía a escuchar el coro, la gente se subía a la segunda planta, en los días de reunión colmaban las bancas, las puerta siempre permanecían abiertas dejando entrar el atardecer, y éste siempre bañaba la iglesia, como un eterno baño naranja que se daba, con una sensación que movía al sueño y al bostezo. La tranquilidad del ocaso. La iglesia del atardecer. Tapizada en barniz, era otra sensación de la cual estaba llena la iglesia también. Todo parecía ser de barniz. Tenía la sensación de entrar a un lugar completo de madera cuando ingresaba, y así era. Pero madera lustrosa, refinada, perfumada; cómoda. Me sentía como en un segundo hogar. Y qué mejor que con el cálido acompañamiento de mi angelical compañera, estando allí, con sus vestidos tradicionales, fiel asistente de la iglesia. Estaba allí, estábamos en secreta confidencia, amena; ella no decía nada, como comprendiendo mi silencio; en vez de eso miraba hacia la elevación donde se ponía el Pastor que daba la palabra, donde estaban las plantas de lindas flores y donde, arriba, había una gran cruz de madera. Allí ella estaba mirando fijamente, con una sonrisa interior en su rostro.
Pero todo pasó tan rápido. De pronto, abruptamente la realidad se me deformó completa. Las gentes habían ingresado por las puertas abiertas, y junto con ellas, la familia como gringa de mi vecina. Pero, como contemplaba, repentinamente unas llamas surgieron y como que se suspendieron en el aire, y se quedaron mirándonos desde arriba dentro de la iglesia, oscilando ante nosotros. Y esas mismas llamas fueron las que se encargaron de cubrir todo lo demás en la iglesia, los asientos, el suelo, el balcón; todo. Después miré hacia la gran cruz que estaba ubicada al frente. Seguía allí, pero, en cambio, ahora había una persona crucificada en ella, con sus ropas, sin heridas aparentes, pero igualmente sufriendo. Tras mirar un rato me di cuenta que era yo; yo mismo estaba reflejado en aquella cruz, y estaba viéndome, asombrado.
Fernanda desapareció. La vi por última vez alejarse, y se perdió en la invisibilidad de la iglesia. Luego yo salí cuando me di cuenta que el atardecer estaba quemando el lugar.
Una semana después me volví a encontrar con mi vecina. La volví a invitar a Kentucky Fried Chicken, pero esta vez ubicado en otro lugar, más irreal. Mientras íbamos camino en el auto la lluvia caía y empañaba el vidrio, y todo el paisaje estaba grisáceo. Allí había como una torre, tras la cual las translúcidas ventanas dejaban ver lo que había adentro. Había globos multicolores que se elevaban por los aires, y los niños se divertían jugando e intentando atraparlos. Recordé tiernamente mi infancia, y me estremecí con un remezón de inspiración. Continuamos con el auto y llegamos hasta el restaurant, que estaba atrás. Ingresamos y allí pedimos la orden. Cuando terminamos de comer, Fernanda se separó de mí, de improviso, nos separamos. No recuerdo muy bien; tampoco me interesaba, porque en aquel momento todo se desaparecía de mí. Me había acostumbrado desde hacía rato. Ni sabía bien dónde estaba yo, pero tenía en todo momento aquella exquisita sensación sobre mi lengua de un sueño, o algo, una realidad sublime, que estoy viviendo dichoso y no quiero parar.

En el Kentucky Fried Chicken me perdí por los pasillos. Me fui a un lado y bajé a una planta baja. Allí estaban todos los niños con sus madres jugando. Me divertí corriendo por los suelos y topándome con los globos multicolores esparcidos a lo largo de todo el paso. Me divertí. Me divertí porque sabía que iría a despertar pronto, y no quería despertar. Y quería quedarme allí siempre, viviendo como un niño en su realidad deformada.

DarkDose


















Nuevo relato. Fantasía. 25/07/2013
Comentario: Es un relato algo desvariado. Sólo quise hacer volar mi imaginación mezclándolo con sueños que a veces pueblan mi mente; visiones rápidas que a veces me llegan de recuerdos o quién sabe dónde, imágenes que están instaladas en mi mente y es tan grato recordar cada vez que quiero. Como un placer siempre existente.

lunes, 24 de junio de 2013

El náufrago de Rapel (Terror/Relato)

Su abuela solía contarle muchas historias a ella, pero ninguna habría sido comparable a la que le tocó vivir esa tarde, cuando desde el entrañable lago el cual estaba acostumbrada a contemplar desde su infancia, había surgido algo que nunca habría esperado, algo, un hombre, que habría de traer terror al pueblo de inmediato, y que nadie nunca tuvo la certeza total sobre cómo había salido desde las profundidades del lago, y por qué era que yacía enterrado bajo sus turbias aguas.
Desde muy niña, por la calidad de gitanos de su familia a ella le había tocado habitar en diversas partes, recorriendo varias regiones, hasta definitivamente llegar a asentarse a una que su familia determinó como adecuada, donde irían a establecerse definitivamente. Allí fueron surgiendo económicamente con su dedicación a vender artesanías y muchas más cosas confeccionadas manualmente de sus tradiciones, tales como accesorios, vestuario, adornos y souvenirs del lago, que estaba ubicado inmediatamente al antiguo y pintoresco pueblo donde se habían asentado, que éste era el lugar donde habían asegurado su permanencia de por vida tras haber recorrido páramos y comunidades, haciendo numerosas paradas entre destinos. Ahora, este pueblito de Rapel quedaba justo a la orilla del vasto lago característico de la zona.
Pero no vamos a ser tan redundantes en cuanto al lago, que lo que nos atañe ahora es el pueblo.
El pueblo era tranquilo, hasta que una tarde en que los cielos intrincados se encontraban oscurecidos, y los espesos nubarrones parecían anunciar un vendaval fuerte, algo surgió de las aguas, algo que destiló las gotas entre los dedos de su mano, y asomó un brazo fuerte, lleno de vello, con algas enredadas entre el antebrazo y la muñeca. Enseguida, tras haber asomado la extremidad, apareció una cabeza llena de cabellos mojados y lisos, que cubrían un rostro sombrío. Tras eso, lo último que se alcanzó a contemplar fue un pectoral fuerte que apareció, marcado por músculos, de la silueta de un cuerpo que el lago le tapaba hasta la cintura. La visión del hombre demoniaco se arrastró por las profundidades en que estaba envuelto el resto de su cuerpo, combatiendo a las aguas con las rodillas y enterrándose en la arena, y avanzó, todavía rezumando agua de su cuerpo. Era alguien de una condición corporal sobrenatural. Aferrada a su firme mano, arrastraba algo que parecía partir las aguas. Era el grueso eslabón de una cadena que ni el hombre más fuerte podía levantar. Iba trasladándose hacia la orilla donde se encontraba el pueblo, y los cielos de tempestad parecían hacerle sombra. Era el solitario y vigoroso de una forma desmedida, hombre que había surgido de las entrañas de Rapel. Nadie estuvo ahí para contemplarlo, pero el estruendo que provocó en las aguas como un eco, se extendió hacia todo el pueblo, alborotando a sus habitantes como alertados por un terremoto.
La sombra fornida del hombre avanzaba tras haber alcanzado las orillas, castigando las arenas húmedas bajo sus pies, mientras algo que salía desde la profundidad del mar lo acompañaba: Era un ancla, así es, un ancla de barco que arrastraba consigo con una fuerza que no era de este mundo. En todo momento su rostro iba cubierto por sus grasosos cabellos, pero todo el tiempo también tenía aquella especie de aura sombría que lo envolvía. Sus brazos fuertes parecían capaces de levantar un buque. Iba desnudo, pero su entrepierna se la tapaban las algas, así como la mayoría de su cuerpo. A medida que avanzaba parecía abrir un camino entre las arenas. Cuando fue llegando al pueblo, estando tan cerca, el susurro del vendaval entre los cielos parecía intensificarse, y una fuerte ráfaga de viento rompía a veces el silencio y arrebataba la tranquilidad.
En el pueblo, el susurro del vendaval iba tiñendo el horizonte y acercándose, pero donde estaba la mayor concentración de gente y el centro del pueblo, todavía brillaba el sol, débilmente, como si en cualquier momento fuera a apagarse de un soplido. Allí estaba Maya, la chica gitana sobre quien ha sido expuesta anteriormente una descripción sobre su familia, y lo nómades que eran. Maya era también una tradicional gitana, y vivía aferrada a las costumbres impuestas de sus padres. Previamente había estado cercana a la playa, sobre las rocas, contemplando la grisácea tarde. Pero entonces fue que sintió un ligero temblor en la superficie de las aguas, y unos anillos surgieron sobre la superficie misma como si algún animal extraño fuera a emerger de allí, por eso se asustó y volvió al pueblo. Cuando llegó primero fue a su casa, y le dijo a sus padres: “Al parecer habrá una tempestad”. Sin embargo, el cielo no estaba del todo oscuro, y Maya aprovechó el rato libre que tenía para juntarse con algunas amistades del pueblo.
Maya, como ya ha quedado claro, era una chica gitana de unos doce años de edad. Aceptaba la historia sobre su pueblo y le gustaba, era respetuosa con las tradiciones además que nunca se hubiera atrevido a desobedecer a sus padres, que eran muy rígidos con ellas. Por eso siempre andaba vestida con las ropas tradicionales. Sus cabellos eran del color de una calabaza, tenía algunas pecas adornando la parte baja de los ojos, y siempre se tapaba la cabeza con un paño color naranja. La falda larga, le llegaba hasta los zapatos negros. Maya se juntaba con unos dos niños más del pueblo, con quienes se ponía a conversar un rato. Más tarde era hora de volver a su casa y ponerse a confeccionar artesanías, que solían vender en las ferias que se hacían en la localidad. Maya era feliz en ese pueblo. Sin embargo, cuando les anunció a sus padres esa mañana después de almuerzo que los cielos estaban extraños, no pudo haber estado menos equivocada, y cuando sintió que la incipiente tempestad que podía ocurrir se acercaba de nuevo, tuvo un mal presentimiento que sólo alguien tan clarividente como ella, que en unos años más iría a ser intérprete del tarot, podía tener.
Sus amigos, notando su inquietud, le preguntaron, confusos:
—Maya, ¿qué es lo que te sucede? ¿Has visto algo raro?
—No sé muy bien, creo que algo fuera de lugar pasará. Me gustaría estar en mi casa ahora; prefiero retirarme…
—Bueno, como te ves tan preocupada será mejor que nos veamos al día siguiente. Mañana nos encontramos —dijo uno de sus amigos de forma optimista, y se despidieron. Maya se quedó sola entonces y buscó a través del pueblo el camino a su casa.
Como la que parecía ser una inminente tempestad la desconcertaba, primero decidió ir un rato a la orilla del Lago Rapel a ver qué ocurría. Allí las aguas estaban más intranquilas que nunca, a la vez que los cielos, que también parecían rabiosos. Entonces fue a sentarse sobre unas rocas, como en la mañana, y se quedó allí mirando el estado de las aguas, solitaria, con una nostalgia, viendo el desolado ambiente. Transcurrió un rato allí, meditando entre aquel abandonado sector, cuando unos gritos de horror del pueblo la espantaron, le erizaron los pelos, y volvió apresurada hacia su localidad, cuando todo este estruendo de griteríos la hacían pensar en lo peor, y creer que había sucedido una tragedia.
Cuando llegó al pueblo, desconcertada, allí se encontró entre toda la corriente de gente desordenada escapando, saliendo de sus hogares despavorida. Maya nunca se habría imaginado qué estaba ocurriendo, pero tenía la intuición de que quizá tenía que ver con algo salido del lago, porque por allá se encontraban los rastros mojados de algo que había emergido y caminó por las arenas. En un atisbo fugaz, vio a sus padres escapando aterrorizados, vio a su padre llevando firmemente de la mano a su madre que estallaba en sollozos. Maya, horrorizada, les gritó:
— ¡Qué ocurre!
Pero su padre, totalmente fuera de sí, le respondió:
— ¡Ven con nosotros, vamos a buscar nuestras pertenencias a la casa y larguémonos de aquí! —y le extendió una mano vehementemente para aprisionarla y llevársela consigo. Sin embargo, Maya, que estaba más desconcertada que todo habitante del pueblo, y quien por un sentido de justicia quería realmente averiguar qué era lo que estaba aconteciendo, se negó, esquivó la mano de su padre y se mantuvo fuera de su alcance. Su padre, fuera de sus cabales, le gritó: “¡Qué estás haciendo, ven acá, Maya, te lo ordeno!”, pero Maya se negó rotundamente y escapó de la desesperación de sus padres, con intenciones de abandonarlos momentáneamente, pero como también le preocupaban, tenía también el deber de volver enseguida en cuanto se esclareciera sobre lo que estaba ocurriendo.
Habiendo llegado al centro del pueblo tuvo una visión de pesadilla. Allí, entre la nada que quedaba porque por los alrededores estaba toda la gente revoloteando con pavor, vio como un fornido espectro de hombre, porque parecía de otro mundo, un ser, desarrollado completamente en músculos, con unos pectorales sorprendentes, con su descomunal cuerpo cubierto por algas que caían por todo su ser, y con una maraña de cabellos que todavía no dejaba verle el rostro. Pero en un momento, levantó algo más la cabeza, y los cabellos le descubrieron una mirada siniestra, que evidentemente escondía maldad, con la cual sonrió mostrando unos ojos fulgurantes y rojos. Era un hombre, pero ¿de dónde?, pensaba Maya, y aquel fulgor en sus pupilas parecía de poseído. Además, cuando se lo encontró ahora no estaba completamente solo. Al lado de él venía acompañándolo una criatura al parecer también surgida de otro mundo, o de las profundidades más misteriosas del lago; era una langosta enorme, de un color negro, que se paraba en dos patas y ostentaba con sus grandes pinzas que parecían capaces de cortar a un hombre por la mitad. Esta criatura era una especie de súbdito del primer hombre corpulento, que todavía arrastraba el ancla que había sacado del mar consigo. Maya, totalmente atónita, se quedó paralizada del impacto.
El animal que venía acompañándolo hacía un estruendo con sus pinzas, cerrándolas como un instrumento, y el hombre hizo fuerzas con sus brazos para atraer el ancla hacia sí, que se había quedado atrás, y la tuvo entonces justo tras sus pantorrillas. Entonces, arrastrándola más cerca, comenzó a avanzar otra vez siempre en dirección hacia el pueblo, y hacia Maya misma. Ella, como petrificada, comprendió que su vida podía correr peligro, y sólo entonces se dio a una desesperada carrera hacia el pueblo para huir de allí.
Pero algo llamó la atención del fenomenal y espantoso hombre, y volvió la mirada hacia su izquierda, donde se encontraba una reciente autopista con los autos transitando a velocidad, que no se enteraban de lo que estaba pasando. Lo llamó su apetito de destrucción, y el hombre, para ganar más velocidad, trepó sobre la langosta gigantesca que lo acompañaba, y habiendo montado sobre su lomo la tiró fuertemente por los bigotes y la condujo hacia aquella dirección. La langosta, se levantó en sus dos patas en un ademán de furia, chasqueó fuerte sus pinzas y se lanzó en la carrera. Iba el hombre montado sobre la langosta, llevando el ancla a rastras por los aires, y la visión era inverosímil. Maya todavía no podía cerrar la boca de la impresión, y antes de haberse dirigido hacia el pueblo escapando, comprendió que tenía que seguir a aquel ser monumental por si por algún designio del destino pudiera impedir el desastre que seguramente iría a causar. Entonces su voluntad pudo más que su profundo miedo, y lo siguió, yendo a centímetros de las patas traseras de la gran langosta, en una posición peligrosa, pues parecía inminente que en cualquier momento voltearía y la atacaría.
Surcaban las tierras del pueblo a gran velocidad, hasta que langosta y su amo llegaron a la autopista. Allí, al ver que dos criaturas de tamaño titánico se habían detenido en medio del pavimento, los automóviles y camiones que transitaban frenaron de golpe y se atropellaron entre ellos. Vidrios rotos, motores quemados, ese fue el resultado. Algunos conductores se bajaban furiosos a ver qué ocurría, a proferir palabrotas, pero entonces veían a un hombre mil veces más enorme que ellos montado sobre un monstruo, y horrorizados, salían corriendo simplemente volviéndose locos y perdiéndose por los cerros. El hombre se bajó de la langosta, levantó sus potentes brazos y empezó a hacer giros con el ancla sobre los aires, ante el pavor de quienes se habían bajado de sus autos gritando aterrados. Entonces dejó caer el ancla, con el peso de mil barcos sobre la carretera, y aplastó unos tres autos de un solo golpe. Sus piezas estallaron y la chatarra saltó volando. Pobres de quienes se encontraban aún en esos vehículos, porque seguramente se habían vuelto nada más que un charco de sangre aplastado bajo el parabrisas. Acto seguido, después de destrozar los automóviles, la langosta imitando a su amo se vio libre y empezó a comerse los que quedaban, rompiéndolos como si fueran un frágil cristal con sus desmedidas pinzas. Maya vio todo esto, todo este salvajismo, y se quedó perpleja, como siempre. Ahora no hallaba qué hacer. Los dos monstruosos seres habían hecho añicos los vehículos que en ese momento estaban en la carretera y habían cortado todo el tránsito. Entonces, el hombre, con su determinada mirada de ojos fulgurantes, volteó hacia el pueblo. Dejó a su langosta libre, y continuó sin ella. Pero, para no dejar desperdicios, le dejó caer el ancla encima con gran facilidad y la destrozó por completo, convirtiéndola como en una aplanada masa negra y roja por la sangre, por cuya masa se asomaron sus ojos reventados.
Maya entonces, volvió a irse al pueblo, horrorizada.
Cuando efectivamente la tempestad pareció avecinarse realmente sobre el pueblo, comenzó primero una violenta llovizna, que tras una media hora, ante la profunda sorpresa de Maya, lo había transformado completamente. Cuando llegó, se vio en el centro del pueblo, en medio de casas que ahora parecían de madera podrida, como si estuvieran bajo el agua; se vio entre calles remojadas, tanto, que parecía que iban a llevarse sus pies y a hundirla. El musgo se apegaba a la madera devastada de las casas ladeadas, y la fuente principal del pueblo estaba desbordada. Asimismo, había trozos de algas por doquier, por las calles, por los techos, por donde fuera que se mirase. De pronto Maya creyó encontrarse en un pueblo submarino, y pensó por un momento si es que aquel hombre atroz surgido del lago había convocado toda esta desgracia y decadencia. Ya no había rastro de sus padres; es más, ya no había casi rastro alguno de algún habitante del pueblo. El ambiente como de submarino, la humedad intensa, había arrasado todo. Parecía que el pueblo iba a desmoronarse en cualquier momento, y que el lago llegaría desde el horizonte para devorarlo.
Maya escapaba, por las calles, por entre las estrechuras de las casas, cuando oía el murmullo de los pasos trepidantes del increíble hombre del mar, que producía un fragor que se arrastraba por todo el pueblo cuando traía su ancla consigo, rompiendo los suelos y formando un camino con los trozos de los caminos mismos. Todas las casas parecían abandonadas, y era justificable si es que todo habitante había abandonado sus pertenencias y se había marchado en el acto. Nadie hubiera tenido el valor para quedarse allí y hacerle frente a aquel hombre, a excepción de Maya, que llena de pavor, se negaba a abandonar su pueblo. Como ya sabía ella, sus padres habían desaparecido. Pero como se resistía a creer que la habían abandonado, pronto tuvo la teoría de que quizá habían muerto, y esto le estremeció las entrañas en una especie de escalofrío de tristeza. Lo que ya quedaba del pueblo era la nada. Y ella no tenía nada al alcance de sus manos para hacer algo al respecto, sobre la tragedia producida por el temor que había traído este hombre cubierto de algas y pestilencias marítimas.
De pronto, entre las ruinas que quedaban del pueblo, que pronto iría a ser tragado por la humedad y posiblemente después por el lago, Maya vio a los únicos dos vestigios que parecían quedar del pueblo; eran dos niños, que eran sus conocidos, amigos, con quienes había estado en la mañana. El profundo terror imprimido en sus rostros era lamentable y parecía indeleble. Era atroz ver a aquellos chiquillos, lánguidos, con unas miradas traumadas similares a como si no hubieran dormido en unos diez días, indefensos y perplejos en estado constante. No eran lo que habían sido apenas en la mañana. Maya corrió hacia ellos y les advirtió:
—Está bien, me he decidido; dejaré el pueblo, ¡pero síganme y salgamos de aquí enseguida!
Los tomó por las manos y los tiró, obligándolos a irse con ella, pues, en el estado inerte en que estaban, como una piedra, parecía que ninguna determinación en el mundo iría a moverlos, parecían congelados por un terror que no conocía salvación. Cuando Maya llegó hasta una esquina del centro del pueblo, allí los tres se detuvieron, deteniéndose los dos amigos porque ella era la que se había quedado de pie, atónita, que era quien les controlaba la voluntad en ese momento.
En ese momento entonces observó aparecer desde una esquina del pueblo, a aquel fornido hombre de sus terrores, grasiento, arrastrando los eslabones marcados en su espalda como si fueran de fuego, del ancla que llevaba más atrás haciendo estragos el suelo. Sus músculos eran impresionantes, como la niña gitana continuaba creyendo, salidos de otro mundo, y parecía apretarlos con furia, determinado a destruir. Maya, con su sentido de justicia, protegió a los dos chicos y se quedó delante de ellos, extendiendo sus brazos en forma de cruz. Pero entonces pareció que el endiablado hombre perdió el interés, y dirigió su mirada hacia un lado. Allí había una casa, con la puerta que se había caído, dejando en descubierto la calidez del hogar que podía ser arrasada.
“Qué va a hacer” pensaba Maya horripilada. “¡Detente!” gritó, y sólo pudo observar impotente, cómo el hombre ingresaba a aquel lugar, sin olvidar el ancla tras de sí. Los dos niños, parecieron repentinamente despertar de su enajenamiento brutal, y entonces, tras una sacudida brusca de sus sentidos y de un golpe de realidad, gritaron, con todos sus pulmones:
— ¡¡No; se acerca donde nuestros padres!!
Efectivamente, aquella era la casa de esos dos hermanos unidos por los juegos desde la infancia, íntimos amigos de Maya. Ella, con su sentido de la justicia perjudicado, se quedó observando con pupilas planas como pailas negras, y se acercó al hogar sin importarle nada para evitar como fuera la tragedia. Pero nada pudo evitar, pues por entre la puerta, tras haber escuchado los horrendos gritos, vio las enormes espaldas del hombre como un portón inmenso de una ciudad, laceradas, cubiertas por algas cayendo, y sosteniendo en su mano cerrada los gruesos e imposibles de levantar para cualquier persona normal eslabones de la cadena. Además, en el suelo, había dos cabezas de unos padres con expresiones de profundo horror en sus rostros acompañado de sollozos, que sabían que su hora les había llegado, y estaban allí, tendidos sobre el suelo, esperando la sentencia de su colosal verdugo, un ser, que nunca habían imaginado ver en sus vidas.
¡Esos eran los padres de esos dos niños, sus amigos! Pensó presa del pavor. Llegó en mal momento Maya, pues, sin alcanzar a hacer nada, contempló cómo el hombre surgido de las siniestras profundidades del Lago Rapel levantaba el ancla llena de musgo con ambas manos, y la dejaba caer con una furia sobrenatural sobre los cuerpos de ambos padres ante los gritos angustiosos finales de sus víctimas, y los de sus hijos, impotentes pero deseosos de impedirlo. El resultado: Las cabezas reventadas sobre el suelo y las vísceras derramadas. El suelo crujió y se rompió casi entero, y casi se tragó el ancla para llevársela a las entrañas de la tierra.
Maya salió despavorida de aquel hogar, estallando en lágrimas. Los niños, huérfanos, se echaron a llorar también sobre sus rodillas, pero en cuanto vieron que el hombre mojado no tardaría en salir del hogar para dirigirse hacia ellos, echaron a correr, corroídos por el terror, y no se volvió a saber más de ellos. Pero según la dirección que tomaron, se podía estimar que se fueron para siempre hacia el cerro.
El pueblo entonces estaba más abandonado que nunca, y Maya parecía ser la única habitante restante. Se encontró sin embargo, con otros dos niños que se habían atrasado y corrían a perseguir a sus padres, que ya habían dejado el pueblo. Ellos, sí, no estaban muy enterados de lo que pasaba, y ni siquiera aún habían visto al ser descomunal que estaba provocando la tragedia del pueblo, por lo que se acercaron a Maya rápidamente, y le dijeron, ya que la conocían previamente de la feria del lugar:
— ¡Maya!, ¿qué harás? ¿Dejarás el pueblo también? —y le expresaron que desconocían por qué tan de súbito sus padres y la comunidad había decidido abandonar el pueblo donde siempre habían permanecido, pero sus pueriles personalidades les impedían también hacerse teorías certeras, por lo que pensaban que lo que decidían los adultos siempre tenía algún fundamento digno de seguir sin objetar. Maya, fuera de sí, les respondió que no podía irse, que iba a quedarse, les dijo:
—Tengo que detenerlo. —y entonces sus ojos llenos de brío y determinación se fijaron en aquel ser de otros ojos fulgurantes, llenos de una incomprensible crueldad y dotado de una musculatura difícil de creer. Pero los niños que estaban con ella no alcanzaron a horrorizarse, porque antes de contemplar al ser de otro mundo ya se habían marchado del pueblo fugazmente.
“Debe haber algún modo de hacerlo ceder…” pensaba. El hombre estaba destruyendo todo el pueblo, derrumbando casas con su ancla, hasta que, cuando Maya vio que toda rastro de su vida anterior se había perdido, habiéndose ese hombre encargado de arrasarla; viendo que sus padres la habían abandonado, que nada volvería a ser como antes lo había conocido, y más que todo, con una profunda indignación por ver lo que consideraba tradicional suyo desmoronado, el pueblo, las costumbres, los lugares de su infancia, gritó, sin importarle que el hombre de las profundidades fuera acercándose a ella, gritó, en un estallido de desahogo:
— ¡Detente! ¡Qué es lo que quieres!
El hombre la miró, con sus ojos de un brillo rojo, le sonrió, la maraña de cabellera le volvió a cubrir el rostro, y continuó destruyendo, y avanzando, llevando el ancla a cuestas.
— Por qué surgiste del lago, el Lago Rapel, que tantas emociones y alegrías nos ha traído, por qué viniste por el pueblo, qué es lo que buscas, cómo algo tan maligno como tú ha podido surgir del lago, ¡cuál es tu historia! —balbuceaba con dificultad Maya, en un estado de negación consigo misma, sin poder creer la realidad que la arremetía.
— ¿Por qué viniste del lago? ¿Qué es lo que quieres encontrar? ¿Tienes algo que ver con el lago, es eso? ¿Viniste desde las profundidades? ¡Qué es lo que quieres demostrar! —exclamó fuera de sí la niña. El hombre hasta ahora, no había despegado jamás sus labios más que para sonreír ante los destrozos, y nunca había dejado salir una palabra, pero en ese momento las palabras de Maya parecieron llegarle hasta dentro. “¿Hay algo en el lago?” fue lo que gritó Maya con su única intuición, que eso fue la guinda de la torta.
El hombre, surgido del Lago Rapel, volvió a formar anillos por los aires girando su ancla, luego la dejó caer a tierra, se dio una vuelta, y la arrastró consigo, en retirada, sin olvidarse antes de hacerle un gesto torpe a Maya para que lo siguiera. Maya por nada del mundo pensaba en seguirlo, pero si ahora se iría a retirar, y de esa forma comprobaría de dónde realmente había surgido, quizás sí, accedería a perseguirle el rastro, pero desde bastante lejos. Sin embargo, cambió de opinión, cuando vio que el hombre jamás volteaba, y comenzó a caminar tras él, pero a mucha distancia. El hecho de que no mostrara el mayor interés por dirigirse hacia ella de nuevo, y estuviera dejando el pueblo no quitaba la posibilidad de que todavía pudiera darle un golpe.
Maya lo siguió hasta la orilla del lago. Por muy increíble que pareciera, comprobó en esa instancia que ahora el hombre era inofensivo, pero aquello no quitaba todo el rencor de muerte que le tenía por haber destruido su pueblo. Sin embargo, debía haber una razón oculta hacia su repentino cambio de actitud. Algo soterrado debía haber, quizá un repentino interés, o una viciosa y oculta trampa que esperaría hasta el momento en que Maya se encontrara desprotegida, para matarla, luego de haberla llevado hasta su guarida. Pero efectivamente, algo tenía que ver con el Lago. Y a Maya ya no le importaba nada más, sino que tenía que seguirlo para esclarecer la respuesta de todo, y vio que el hombre se detuvo ante la orilla, y lanzó el ancla, muy hacia lo profundo. Una vez habiéndose desprovisto de ésta, por lo menos el peligro se reducía un poco, pero la suspicacia de la niña no se veía en casi para nada disminuida. El hombre, con su corpulento cuerpo atlético se echó al agua. Maya, con una certeza irrevocable, un sentido de descubrir todo, y abandonándose al propio peligro por el deseo imbatible de encontrar la respuesta, también se lanzó hacia el lago, internándose por las profundidades de su orilla.
Avanzaban, Maya soltaba el oxigeno en forma de burbujas y su vestido flotaba por entre las aguas mientras sus piernas aleteaban, y llevaba la mirada concentrada en el hombre, delante de ella, que se desplazaba con total facilidad, mientras vio a un lado cómo el ancla iba todavía cayendo para enterrarse entre las profundidades. El hombre se estaba retirando. Maya, mientras avanzaba, veía decenas de signos extraños de alguna lengua arcaica o atlántica estampados en las piedras y las arenas submarinas, intensos de un extraño brillo amarillo, signos de una lengua perdida. El hombre iba llegando hasta su guarida, y allí se encontraba la respuesta de todo, entre aquellos signos incomprensibles sobre su origen que Maya no podía esclarecer. Entonces la corpulenta figura del hombre desapareció entre un abismo de aguas negras que llevaba a la nada marítima, a una especie de portal hacia un vacío del lago que conectaba con la perdición del mar. Maya lo vio desaparecer, y entre aquella especie de cripta bajo el agua de signos incomprensibles y respuestas que le aclararían todo, pero que no podía descifrar, entre aquella sensación de misteriosa impotencia, volvió lo más rápido que pudo a la superficie mientras sentía que se le apretaba la garganta y antes de que se le acabara el aire.


Cuando estuvo en tierra otra vez pensó, sobre el náufrago surgido del Lago Rapel, que había emergido desde las aguas, de extraña y desconocida procedencia. Nunca iría a esclarecer su origen, ni de dónde había venido. Pero de lo que sí estaba segura es que volteaba y veía la destrucción de su pueblo atrás de ella, arrasado, sucumbido como si una ola inconmensurable del mar se hubiera alzado y se lo hubiera tragado, y todo su pasado destruido, y el sollozo se le asomaba a los ojos. Pero, su mente se quedaba firme en el tema, en el hombre de Rapel, que había surgido de sus aguas, aquel hombre increíble y malvado, rodeado de algas y de musgo húmedo, ¿de dónde había salido?

DarkDose



sábado, 8 de junio de 2013

Nuevos juegos añadidos al blog

Saludos, potenciales lectores del blog. Esta vez vengo a comunicarles que me he dedicado a añadir tres adictivos y atrapantes juegos al blog, que estoy seguro de que si les dedican un momento se llevarán un agradable rato de diversión. Se trata de los juegos The binding of Isaac, Plantas vs Zombies y Boxhead: 2Play Rooms. Todos estos juegos muy buenos, con una temática atractiva y una forma de jugar bastante entusiasta, por lo que si eres un aficionado por los videojuegos, la sección de juegos de terror está disponible en mi blog a la derecha para poder entrar y tener un buen rato de distracción.

Además de esto están mis relatos de terror, y los nuevos que habré de escribir, y siempre estoy subiendo contenido nuevo al blog, también pertinente a mis proyectos, por lo que siempre hay algo que descubrir.

Mis cordiales saludos a nadie.

DarkDose


viernes, 7 de junio de 2013

Los dragones carnavalescos (Fantasía/Relato)

Esta es una historia inverosímil, llena de fantasía, de esas que aparecen de vez en cuando en el puerto. No recuerdo bien si es que sucedió en el puerto de Valparaíso de Chile, o en otro lugar, pero lo más seguro es que fue en ese. Son de estas historias que te cuenta tu abuelo, un tío, tu primo, quizá algún extraño por ahí, pero en fin. No siempre se puede comprobar la fuente. Pero historias asombrosas con el poder de quedar en la memoria, siempre las hay.
Había un solitario joven, lánguido, de mirada desesperanzada, de cabello corto y desordenado, que gustaba pasearse por afuera de los comedores del puerto y mirar por las ventanas, buscar su inspiración, y luego alejarse. Solía después sentarse a la orilla de la playa, en la tierna y plácida arena. Gustaba de sacar su cuaderno siempre, y de anotar hasta el más mínimo detalle.
Aurelio se llamaba este chico. No había persona en el mundo que le gustara más escribir. Este adolescente escribía de mañana, de tarde y de noche. Era inseparable de su cuaderno que era su sustento, su alimento del espíritu. Cuando se sentía solitario escribía. Cuando quería escuchar las voces que le hablaban escribía. Pero siempre se sentía solitario, se había acostumbrado a retraerse de la comunidad.
Escribir era lo que más le agradaba. Era como un afán porfiado, como un remedio al que estaba viciado. ¿Y de dónde había sacado este gusto? Se podía pensar que quizá este se lo había pasado su abuelo, quien siempre le inculcó la magia de la escritura y las inagotables historias que pueden habitar en ella. Además, una infancia siempre llena de cuentos al dormir, por aquel cálido familiar como el abuelo, puede ser la raíz de una gran imaginación a futuro, y todas estas cosas fueron lo que le inspiraron el amor por su tozuda manía de escribir todo lo que veía en el día.
Pues resulta que, desde pequeño, Aurelio había tenido el presentimiento de que algún día tendría la misión de retratar algo importante en su escritura. Así como un diario de vida, en que habría de llegar un día que un acontecimiento importante anotado en él pasaría a la historia. Una tarde salió de comer de uno de los tantos restaurantes del puerto de Valparaíso, y a la salida se encontró con sus amigos. Un grupo de tres. La chica, Rosalinda, que era una bella muchacha santiaguina –la capital de Chile-, de una personalidad contagiosa, y dos despistados, que habían sido sus amigos desde los tiempos de la niñez. Inseparables y alargados.
Pasó a ser que Rosalinda andaba nuevamente con su afán de beber, cuando se le contempló una lata apretada en la mano, en aras de como siempre, buscar una jarana, o un carrete, como solía decirse en la jerga típica del lugar, que consiste en pasarla bien y tomar tragos. Se lo planteó a Aurelio, diciéndole:
— ¿Tienes ganas de hacer algo? ¿Por qué no nos acompañas a la playa a tomar y pasar un rato?
Aurelio venía con el estómago lleno después de comer, pero igualmente aceptó. Total, sabía que a Rosalinda no le gustaban las negaciones, y que era preferible compartir con ella antes que recibir un regaño sobre lo mal que le parecía que no participara en sus planes.
El grupo solía reunirse todas las tardes a la orilla de la playa. Ésta era una más de esas tardes. El sol entibiaba agradablemente los bordes de las cosas y la arena. Se sentaron los cuatro donde el término del agua mojaba apenas, con sus pequeñas olas haciendo un esfuerzo para llegar adelante, y allí se quedaron. Rosalinda sacó las latas de cervezas y se pusieron a beber un rato.
Por la calle estaban haciendo una fiesta de La Tirana improvisada, pues aunque no se hacía en esta región, sino más bien en Tarapacá, una de las últimas regiones al norte de Chile, igualmente este día era la excepción y había algunos organizadores que estaban llevando a cabo esta festividad. Aurelio miró, algo distraído, dio un sorbo al trago y sacó su cuaderno. Lo tuvo en mano por si tenía algo que anotar. Pronto comenzó a hacerlo. Rosalinda lo miró con una divertida sonrisa de sarcasmo, y le dijo:
—Mira, ya sacó su famoso cuaderno de nuevo.
—Este es un porfiado —dijo uno de sus amigos.
Aurelio no hizo caso y siguió con sus anotaciones. Un rato después, todos ya estaban algo bebidos, y comenzaban a experimentar los primeros síntomas del trago tales como el mareo y la leve fiebre, además de las risas que vinieron enseguida y una explosiva subida del humor. Comenzaban a conversar entonces y a reírse y a echarse para atrás. De pronto un sonido estremeció las aguas, y su cubierta se revolvió como si algo fuera a emerger de ellas. Dos inmensas sombras aparecieron, que se fueron acercando hacia un roquerío pegado a la orilla. La fiesta de La Tirana continuaba, pero ya se habían ido más lejos, y a la distancia, ya parecían escucharse como un susurro.
—Qué diablos fue eso —exclamó Aurelio ante el estrépito del mar y luego un súbito temblor, que remeció la arena sobre la que estaban sentados. Se incorporaron, como si les costara mantener el equilibrio. Entonces de las aguas, surgieron dos cuellos colosales que se alzaron hacia los cielos, y se les quedaron mirándolos, desde arriba. Eran cuellos coloridos, adornados con argollas pintados a ellos. Las cabezas, en las puntas de estos cuellos todavía chorreaban agua fresca, por haber estado sumergidos en lo más profundo de las aguas. Eran como de cuento, eran dos serpientes marinas colosales. Aurelio sintió que se le mojaban los pantalones porque creyó que se había meado, pero realmente le había caído un torrente de agua que habían levantado estas dos serpientes. Los demás del grupo, se quedaron mirando incrédulos, sin saber qué hacer, especialmente Rosalinda, paralizada.
Los otros dos lánguidos alargados jóvenes salieron corriendo asustados. Muy amigos de la infancia podrán haber sido de Aurelio, pero sus temores eran más grandes y sus vergüenzas menores, y preferían escapar que quedarse a contemplar algo que jamás habían visto, y morir. Aurelio, atónito ante algo totalmente imposible, se quedaban observando a las serpientes marinas, sin hacer movimiento alguno, con la boca tan abierta como el vasto mar. Sacó su cuaderno lentamente entonces, en un ademán por escribir lo que estaba viendo, pero un nuevo estrepitoso rugir de las aguas fue como una advertencia de que podía ser peligrosa la cercanía, y un temblor lo echó volando. Y Rosalinda, para protegerlo, lo afirmó y se lo llevó hacia atrás, donde se escondieron por unas rocas.
—Qué estás pensando, haberte quedado parado allí, tonto —le dijo.
—Yo no sé, sólo sé que he visto algo inédito, como si fuera una historia de mi abuelo —dijo Aurelio.
Se quedaron mirando a las serpientes, que golpeaban con sus grandes olas la superficie del mar y causaban un escándalo de ruido y levantaban enormes cantidades de agua por los aires. En vez de luchar, como se hubiera podido creer según lo que se veía, más bien parecían jugar. Eran tan monstruosas, que espantaban a cualquiera, ¿y de dónde rayos habían salido esos dos monstruos marinos?, se preguntaba Aurelio. Llegó a una impresionante deducción después: Por los colores, se parecían a los trajes y máscaras que usaban en La Tirana. Quizá aquellas serpientes eran dos divinidades de las que se representaban en esas máscaras que usaban los bailarines y artistas de aquella celebración. Aurelio, horrorizado, no podía parar de contemplarlas aun con el miedo que le provocaban. Con su cuaderno empezó a describirlas. “Hoy he visto dos monstruos marinos”, anotó.
—Deja ese cuaderno y vámonos —le dijo Rosalinda. Pero las serpientes eran tan vastas, que de un coletazo alcanzaron el lugar donde estaban ellos, y salieron expulsados por los aires. Eran tan alargadas que parecía que irían a salirse de las aguas y perseguirlos en cualquier momento, entonces realmente se atemorizaron, y corrieron. Ya después de un rato no supieron más de las serpientes, y no sabían si habían desaparecido porque no se atrevían a volver para comprobarlo, estaban aterrados de verlas de nuevo.
Después, para olvidar aquella delirante experiencia se sentaron en unos bordes de piedra en la terraza arriba de la playa. Ahí se pusieron a beber, para como dije, olvidar. Creían que bebiendo irían a alejar la experiencia que pensaban que había sido una alocada quimera de la borrachera, pero no sabían que era totalmente real, más de lo que pensaban. Aunque habían visto a dos serpientes que parecían de cuento, pero estaban allí, se habían vuelto a sumergir en las aguas, y habían visto a sus presas, ellos, los humanos, y si no se hubieran alejado los habrían matado de un coletazo.
—Vamos a olvidarnos de esto tomando. Y porqué no me besas, quizá así nos ponemos a pensar en otras cosas.

— ¿Besarte? —preguntó Aurelio extrañado. Entonces Rosalinda acercó su rostro al suyo, y con sus dulces labios de esencia de frutilla le dio un beso, le sostuvo la mejilla con una de sus tiernas manos de santiaguina y ahí estuvieron, dándose un placer rutinario, desentendido, improvisado. Aurelio después pensó en su cuaderno, y supo que había anotado sobre estas dos serpientes en él. Por fin había anotado algo importante, una realidad, una historia fantástica que le había llegado a pasar un día. Después no continuó frecuentando la playa. De él no se supo más, y desapareció.

DarkDose


jueves, 23 de mayo de 2013

Estreno nuevo proyecto - Funebra

Estoy complacido en anunciar, que en estas semanas que me he tomado para ver frutos de una especial concentración en la escritura por mi parte (que además desde ahora comenzaré a hacer mucho más seguido, porque quiero incrementar mi constancia al escribir) he terminado un avaricioso proyecto, el cual ahora está listo para estrenarse y vendré a presentarlo en mi blog.

Se trata de Funebra. Es un proyecto muy preciado para mí, como todos los que emprendo, pero éste es algo singular y que además se me ha hecho muy interesante de escribir por el tema que tiene dentro. Es una de mis primeras novelas cortas concluidas, género al que me dedicaré en el futuro también mientras a la vez esté avanzando proyectos más extensos, como si fueran algo secundario pero no por eso menos valiosos. En adelante podré continuar dedicándome a ellas como algo entretenido para mí.

Pero ahora pasemos a hablar sobre Funebra. Desde el momento en que comencé sus primeras líneas, y me estaba haciendo ideas sobre de qué se trataría, supe que daría un nuevo paso adelante en mi escritura con este proyecto. Supe que sería un cambio, una nueva experiencia que sin duda dejaría sus frutos, y sus consecuencias en mi estilo, sobre todo porque es una narración explícita. La explicación del nombre, seguramente quien se intrigue por leerla la dilucidará dentro de la historia, pero como dato inicial mencionaré que con Funebra me refiero a Fúnebre, como una derivación que le he hecho, por todo el ambiente que esta palabra está encargado de crear y quise imponer en el sentido de la obra. Supe desde el primer momento que su mensaje sería controversial, e incomprendido, lo cual es un presagio que tengo sobre las interpretaciones que se le podrán dar en cuanto a quienes la lean.

¿Se imaginan la historia de una joven que habita en un convento, el cual es el corazón de la maldad y cuyo significado se irá revelando a medida que transcurre la historia? Que un lugar sagrado habría de transformarse en la cuna de pecados y la perversión, depravación, y que la llena de maldad protagonista de la historia irá explicando mediante sus actos, la verdadera naturaleza de todo cuanto la rodea, todo envuelto en un manto de hipocresía, de un bien falso o a veces de un mal sin escrúpulos. Ella vino al mundo solamente a exponer la crudeza de la realidad, pero con esto trae mal en cantidad.

En Funebra toqué temas de religión, tabúes, perversión sexual, abusos carnales, homicidios, distorsiones sobre lo sagrado y sacrilegios entre muchas cosas más, todo tomando parte en un lugar supuestamente "sagrado". Lo admito. Pero todo también metafóricamente. Llegué a tener mis dudas alguna vez sobre si habría de publicar este proyecto, pero ahora tengo deseos de compartirlo abiertamente. No hay nada lo suficientemente traumático para impactar a los lectores hasta el punto que terminen detestando esta historia, estoy seguro. Pero el significado que quise meter en ella, creo que es tan interesante en una forma tan elevada, que seguramente quedará sin entenderse del todo la mayoría de las veces. Quien lo entienda, será alguien detallista capaz de encontrar significados profundos.

Igualmente espero el día en que quizá pueda tener este proyecto en mano y mostrárselo al público. Ciertamente ahora no podría exponerlo tan abiertamente ni tenerlo impreso. No me imagino dándolo a conocer aunque estimo que ha sido uno de mis mejores trabajos quizá desde mis años de escritura, lo digo por las mejoras en mi estilo y mi forma de narración. Pero si lo diera a conocer de esta forma, impreso, creo que tendría que censurarlo. Pero por aquí en mi blog y quizás en otras partes lo mostraré con total libertad, pues tengo la creencia de que en Internet hay libertad de contenido y muchas cosas pueden ser enseñadas sin censura. Pues entonces sin más que decir queda hecho el anuncio sobre el estreno de Funebra, y estaré subiendo la historia por aquí para cualquiera que se interese en leerla, siempre bienvenido. Quizá la incluya como descarga porque es una novela corta, y no un relato.

Quizá me haya alargado un poco en la descripción, pero es porque en este momento tengo algo de sueño y quería dar los detalles precisos en esta información sobre mi obra. Funebra.

DarkDose


















Descargar Funebra
Nota: Quizá el enlace no esté funcionando, por eso, recomiendo que me envíen un mensaje a mi correo (DarkDose@hotmail.cl) solicitando esta novela corta y se la enviaré enseguida a quien desee leerla.

sábado, 11 de mayo de 2013

El aparato (Fantasía/Relato)


Ensimismada iba mirando Nicole a través de la ventana, hacia el oscuro paisaje exterior. El bus en que iba, estaba medianamente cargado de pasajeros, pero poco a poco fue vaciándose hasta que quedaron unas dos o tres personas, a las cuales les llegó el turno de bajar, y ella terminó siendo una de las últimas pasajeras. En un instante se percató de que el conductor estaba mirándola a través del retrovisor. Quizá con su expresión le indicaba que ya estaban por llegar al final del recorrido. Pero Nicole no iba a quedarse eternamente en el bus. Justo entonces, había llegado a su parada.
Era a eso de las once de la noche. El cielo estaba nublado y sin estrellas. Nicole descendió en un sombrío paradero, de una zona rural y el bus partió, con el indiferente chófer, que lo único que le importaba era terminar el recorrido y marcharse a su casa. Parecía que se encontraba en medio de la nada, sin embargo, ella estaba ubicada. Avanzó unos tantos metros por la orilla de la calle, teniendo en mente el destino hasta donde caminaría, sabiendo que el lugar a donde se disponía a ir estaba cercano.
Mientras tanto, Francisco había salido de la casa de una amiga, que era algo extraña y le fascinaban los temas esotéricos, y se creía una bruja. Quedarse hasta avanzadas horas de la noche con ella en su oscura habitación significaba que le entraba el deseo de intentar sus acostumbrados rituales, y profundizar en los temas misteriosos por los cuales ella tenía agrado, y que sinceramente, a Francisco le aburrían en ocasiones, como en otras lo entretenían bastante. Pero ahora estaba un poco cansado, se quería ir a dormir.
-Puedes tomarte un café –le había dicho su amiga, Alejandra.
-No, gracias. Verdaderamente quiero volver a mi hogar –había contestado él y había abandonado la casa de su mística amiga.
Cuando anduvo recorriendo las calles algo húmedas, a causa de la atmósfera nublada, los ánimos parecían haberlo abandonado. Caminaba, sin demasiada chispa de vida, con las manos en los bolsillos como un adolescente derrotado. Observaba hacia el final de la calle sin esperanza. Sólo tenía en mente volver a su hogar, tenderse sobre su cama en su desolada habitación, y esperar llenarse de pensamientos mientras miraba hacia el techo hasta quedarse dormido.
En ese momento cuando iba rodeando la esquina de la manzana, el bullicio de una fiesta nocturna llamó su atención por unos segundos, tan rápido como también lo desinteresó. “Otra celebración más” se dijo. Toda la manzana parecía estar de fiesta, con los adolescentes alocados de aquellos tiempos modernos que no podían quedarse un instante quietos, y buscaban expresarse constantemente mostrando que pertenecían a grupos temáticos o tribus urbanas.  Entre las ventanas de una casa se veían los celestes fulgores de la velada. Unos árboles grandes como sauces llorones tapaban la fachada de la casa. Las rejas que circundaban el lugar estaban cerradas sin recibir a más invitados. Pero a Francisco no le interesaba.
Continuó avanzando, manos en los bolsillos, cuando lo distrajo el sonido de un objeto que accidentalmente pateó sobre la calle. Era una grande curiosidad. La cosa estaba volteada, sobre el concreto, y la tomó, y disponiéndola frente a él, la examinó sobre sus manos. Parecía una especie de consola cuadrada de carcasa púrpura. Tenía un mediano peso como si por dentro estuviera llena de complejos mecanismos. En el centro tenía una ancha y perfecta pantalla, que disponía lo que se mostraba en pixeles, de color como el tetris, un pequeño dispositivo de juego que podía encontrarse en ciertos lugares. Tenía una cruz para seleccionar direcciones, y dos botones a un lado, de negro. Parecía una suerte de videojuego, pero Francisco tuvo el certero presentimiento enseguida de que no se trataba de aquello, sino que era algo más intrincado, más misterioso. Su tamaño era perfecto para tenerlo entre las dos manos, y dedicarle concentración. En el borde inferior tenía unas letras doradas y gruesas, que eran como la presentación del objeto. Decía claramente: "Espectro Adivinador”.
-¿Qué diantres es esto? –se preguntó a sí mismo con un sentimiento de extrañeza, y tras haber encontrado un botón de encendido lo hundió para presenciar alguna función. Nada pasaba, entonces volvió al reverso de la consola, removió una rectangular tapa plástica, y contempló que le faltaban dos pilas.
La curiosidad lo acechaba, y aunque tuvo una tentativa de dejar el objeto tirado, las ganas de contemplar cómo se empleaba resultaron ganándole, y se propuso dirigirse a la tienda más cercana a aquellas horas, esperando que estuviera abierta para comprarle el recurso de energía que le faltaba.
-Espero que pueda encontrar baterías. Ojalá precise de las normales…
Francisco llegó a la tienda. Tras el mostrador se asomó un corpulento hombre sombrío, con los macizos y formados brazos descubiertos. Con cara de pocos amigos, gruñó qué era lo que se le ofrecía, claro, en un ámbito de relación vendedor-cliente. Francisco le señaló la parte trasera del objeto, le indicó “dos baterías”. El dueño de la tienda sacó dos pilas normales, y se las pasó. Encajaron bien en el objeto a la primera vez. Francisco le pagó el dinero, y al salir de la tienda reintentó pulsar el botón de encendido haciendo que la pantalla de la consola se prendiera. Ahora estaba funcionando.
En tanto, Nicole, que había dejado el bus hacía treinta minutos atrás, continuaba caminando cerca de la acera, inmersa en la zona rústica, con los pinos que iban pasando como sombras a sus lados. Luego tornó hacia un camino irregular de tierra, en medio de unos extensos prados de hierba y todavía figuras de árboles a lo lejos, en un horizonte enmarañado en la ceguera de lo desconocido. Tras aquella caminata, fueron apareciendo los primeros vestigios de la manzana poblada más cercana. Condujo sus pasos ahora por una calle conocida, todavía salpicada en humedad como si hubiera llovido y nadie se hubiera dado cuenta. El resonar distante de la sorda música se percibía, muy dificultosamente, pero despertaba la intuición de que ya estaba demasiado cerca. Al final de la manzana se encontró con los deprimidos árboles que cubrían la parte frontal de la casa en fiesta, y vio el brillar de sus luminiscentes ventanas con un reflejo azul. Estaba lleno de desorden adentro, y de invitados inquietos. Por fin había llegado a su destino. Entonces se quedó esperando frente a la reja de entrada, hasta que alguien la fuera a recibir como habían acordado, para conducirla dentro de la casa, a tomar parte en la parranda.
Nicole era una chica observadora y silenciosa. Hacía comentarios de vez en cuando y solamente expresaba sus sentimientos cuando lo ameritaba la situación, pero el resto del tiempo era callada como una piedra. Era extranjera, además. Había venido desde un país lejano por una estadía de algunos días, para culminar asistiendo a la fiesta que se percibía en el bullicioso interior de la casa, que se le hacía prometedora.
Estaba bien arreglada para la ocasión, pero a la vez como acostumbraba vestir también; nada que se saliera de lo sencillo. Sus hombros descubiertos develaban una hermosa piel. Sus cabellos eran de un tinte castaño, y se derramaban salvajes por su cuello. Su altura como contextura eran medias. Tenía una mirada de pesimismo que era atractiva, a pesar de daba la sensación de que siempre estaba enojada. Iba vestida enteramente de negro, como siempre. Llevaba un escote de ese color, y unos apretados pantalones de tela. Calzaba unas zapatillas blancas, y en el comienzo de su mano llevaba muñequeras representando a sus grupos favoritos. Sobre la cintura traía colgado un banano, que solía usarlo a menudo. Toda esta descripción merecida iba para Nicole, que en tiempos de antaño había tenido un intento de romance junto a Francisco, que por desgracia del destino, no había funcionado la unión de ambos. Ahora iba a la fiesta, y ninguno de los dos sospechaba que estaban casi a nula distancia del otro.
Mientras había estado pensando, vio una silueta llegar, que resultó ser un joven dueño de la casa y anfitrión de la fiesta. Cordialmente tiró la reja hacia adelante, y con los brazos extendidos, dejando el umbral descubierto, y dándole una mirada de reconocimiento, la invitó a pasar:
-Te estábamos esperando, entra a la fiesta.
El anfitrión la guió hacia la entrada, mientras rápidamente tornó hacia la reja y recibió una compra que depositaban sobre su mano, que había encargado previamente, en la incipiente parranda. Entonces volvió a la fiesta quitando la bolsa de lo que le habían entregado, sonriendo, y descubriendo unas heladas botellas de cerveza dentro.
En el instante en que aquello ocurría, Francisco, en cambio, permanecía afuera, indiferente ante la jarana, pero a su vez, intrigado, con un vehemente interés por el curioso objeto que había encontrado. Fijaba su mirada en él. Lo sostenía sobre sus manos, lo volteaba, le analizaba cada esquina, al tiempo en que le acudían pensamientos. Todavía no determinaba a simple vista el uso que podía tener.
-No tengo idea de qué es esta cosa –se decía. A la vez que lo revisaba, estaba pensando si es que pertenecía a alguien. Lo había encontrado tirado sobre la calle, y estaba en flamante estado. Sus bordes relucían, y no tenía rasguño alguno. Parecía recién salido de paquete, por esta razón, le extrañaba habérselo topado abandonado. Lo más probable es que hubiera estado allí por el azar, aunque primera vez que se encontraba un artefacto, porque las veces anteriores, y muy pocas, sólo había encontrado monedas de escaso valor que nadie se dignaba a recoger.  Parecía algo novedoso. En cierta forma, era una suerte habérselo encontrado.
Tras que hubiera presionado el botón de encendido hacía unos dos minutos, la pantalla mostraba algo, a lo que ahora le dedicó su atención. Aparecía una extensa lista, que por medio de la cruz de direcciones integrada al mecanismo, podía descender por ella, que parecía interminable. Había caracteres ordenados de color morado, delante de un fondo negro, ordenados por unas líneas verdes que formaban rectángulos. La pantalla mostraba una nómina vistosa la cual se podía desplazar. Los caracteres expuestos eran nombres de personas. Iba recorriendo los nombres, cada vez con más curiosidad. Al parecer pertenecían a gente desconocida. Aunque cuando llegó hasta la inicial de su nombre, porque estaban ordenados según el abecedario, seleccionó el suyo propio, con apellido incluido, y presionó uno de los botones negros al lado de la cruz direccional. Se abrió un apartado dentro de la pantalla, mostrando datos, y se quedó totalmente asombrado.
Eran datos certeros que le proveía la máquina portátil. Parecía como una especie de juego, de alguna forma, didáctico, pero la información que mostraba era tan precisa, que tenía la certeza de que no había persona alguna que conociera todas aquellas cosas suyas. La pantalla le descubría verdades sobre su personalidad, físico, sentimientos, de una forma ordenada. Parecía brujería, o una tecnología muy atrevida, como proveniente de algún futuro inexistente.  Partía mencionando su nombre y todos sus apellidos, entonces le daba la fecha de nacimiento, el lugar, lo describía físicamente de una forma perfectamente certera, daba una detallada síntesis sobre su personalidad, y lo más sorprendente de todo, añadía un extra especial sobre un secreto íntimo del individuo de los datos revelados. Francisco se mantenía incrédulo. Era real pero, ¿cómo era posible? La consola que tenía sobre sus manos era una maravilla; desconocida y deslumbrante. Ahora podía cerciorarse de que era real todo lo que exponía indagando más en sus funciones.
Nicole estaba en plena fiesta. El ambiente era trastocado, sonaba una música soporífera de un ritmo no precisamente ameno para el oído, pero que causaba una sensación de letargo. Había latas de cervezas en cantidad, algunas tiradas, otras manteniéndose paradas sobre la mesa. Los adolescentes vestidos de negro y con su chaqueta de cuero hacían extraños pasos de baile, pegándose chichos con chicas. La fiesta estaba en mitad de su transcurso. La luz azul permanecía allí encerrada. El joven dueño de la casa, de una forma amable le ofreció un cigarrillo a Nicole. Ésta lo aceptó, y tuvo ganas de ir a fumarlo un rato afuera.
Habiendo salido de la casa, estando en el reducido patio con la reja, encendió el cigarrillo y se dispuso a dar una inhalada, mientras miraba hacia la calle, distraída. Luego, sin embargo, antes de hacer entrar el humo en sus pulmones se arrepintió de fumar, botó el cigarrillo y lo apagó con la planta de su pie, pensando en que no tenía realmente deseos de hacerlo ahora. En ese momento Francisco pasaba por la calle siguiente y la vio a lo lejos, como por instinto. Fue una sorpresa enorme, pero también le desilusionó ver a Nicole formando parte de aquel ambiente de fiesta bulliciosa que le parecía patética. Fue acercándose de a poco, con la consola extraña entre las manos. Nicole no se había percatado.
Era tanto tiempo que Francisco no la había visto, que una leve evocación de nostalgia le bajó a su ser, pero se reivindicó pronto y estimó que era el momento preciso de probar si realmente la máquina funcionaba. En la lista de nombres, ordenadamente buscó el de ella. Una vez encontrado, sin demasiado convencimiento de que volvería a funcionar lo de antes, porque llegó a pensar incluso que las ganas anteriores de haberse ido a dormir lo habían dominado, y lo que había leído en la pantalla del objeto había sido alucinado, presionó el botón para que le fueran entregados los datos sobre Nicole. Efectivamente, fue mostrado su nombre y sus apellidos, y después una resumida lista con las características básicas más íntimas de ella, entre las principales:
“Nicole Castro
Fecha de nacimiento: 20 de Agosto de 1995
Físico: Color de cabello castaño, ojos negros, piel medianamente blanca.
Personalidad: Generosa, sociable, callada, terca, observadora.
Tierra de procedencia: Panamá”
Francisco leyó esta información, y se quedó pasmado. Todo era cierto, pero entonces, ¿de dónde provenía esta consola? ¿Cómo le hacía para obtener los datos? Era un misterio que quizá nunca iba a esclarecer. Todo lo que conocía sobre ella le había sido confirmado en la pantalla. Pero aún quedaba una parte; la máquina le dio un secreto de Nicole como si hubiera entrado en el mismo corazón de él, y hubiera sacado una respuesta tan personal que nadie más que ellos dos podían saber, la pantalla mostró uno de sus mayores secretos actuales:
Ella te ama a medias, porque realmente está enamorada de otro chico. Una parte de su corazón guarda un cariño por ti, y otra parte más fuerte, te repudia”.
Al recibir esta información, Francisco apretó los dientes con furia. ¿De quién iba a estar enamorada ahora? ¿Quién había sido digno de que reemplazara su amor por él, que se había esforzado con todas las fuerzas del mundo para volverlo el más puro y honesto? Pero ya no importaba. Ya era pasado. Tuvo la tentación por un segundo, cuando se quedó mirando a Nicole que todavía permanecía de pie tras la reja, contemplando distante hacia algún lugar como extraviada, de decírselo. Pero fueron unas ganas efímeras, pues tras unos momentos, desistió pronto, haciéndose saber que ya no tenía sentido.
Pese a que además la consola tenía incorporado un sistema de rastreo de la persona en cuestión; a pesar de que por medio de una línea y un punto le indicó la localización de Nicole, abandonó desalentado la causa.
Casualmente en ese momento, luego de evocar recuerdos que amargaban su corazón y lo dejaban con la tristeza de una flor marchita, se acordó de una chica especial, la cual había conocido en su escuela, una que siempre veía pasar por los pasillos y de la cual había estado enamorado un tiempo. Era Belinda. Al momento de recordarla, rememoró también todos aquellos gratos momentos en que pensaba en ella, todas las inspiraciones que surgieron en él como motivo a ella también, y todas las poesías y las dulces fantasías que imaginó en un presente idílico e ilusorio de estar con ella. Por eso en ese momento, aprovechó que estaba cargado de remembranzas, y quiso sacarle un uso útil a la consola, por primera vez, y se dedicó a buscar el nombre de ella. Si la curiosa máquina lo ayudaba esta vez, contribuiría a que Francisco volviera a sumergirse en un mar de recuerdos de antaño, dejando de lado el acíbar que había nacido en su corazón en esos segundos.
Primero lo motivó una sensación inquisidora de averiguar cuál era la ubicación de ella, por si de casualidad se encontraba a una distancia que no fuera considerablemente lejana, y luego podría hacer operar a la máquina para que le diera sus datos. Pero le mostró su ubicación, y su sorpresa fue que la línea iba recorriendo calles y manzanas, hasta llegar al lugar donde estaba y detenida apuntar hacia la fiesta. Francisco experimentó una especie de gozo en el alma, cuando movido por la curiosidad acercó la vista a una de las ventanas, y creyó verla. Según la máquina, ella estaba dentro.
Yendo en contra de su estimación de no adentrarse en el ambiente del bullicio y el descontrol, por amor, siguió lo que le indicaba la consola, esperando que ésta fuera a fallar, pero llegó hasta el frente de la casa para descubrirlo. Como seguramente todos los que estaban se reconocían dentro, se dirigió hasta la puerta del patio trasero y por allí entró. Pasó perfectamente desapercibido cuando recorrió el interior, entre los adolescentes con un soporífero éxtasis en sus rostros, agobiados de tanto fiestear. Iba por un pasillo estrecho, siguiendo la flecha indicadora, y resultó chocar con Belinda, repentinamente. Fue un golpe de recuerdos, una alegría de verla, y a la vez un momento de no saber cómo reaccionar.
-Francisco, tanto tiempo… -dijo ella tiernamente sorprendida.
-Bastante… -respondió, congelado por el momento y atolondradamente le preguntó cómo estaba. Pasaron por las formalidades, luego la sinceridad que les provocaba un reencuentro imprevisto. Tras un rato en tentativas de hablar y reconstruir sentimientos y una amistad del pasado, Francisco quiso decirle algo. Quiso revelarle lo que en los tiempos en que la miraba silenciosamente nunca pudo. Pero en un segundo de distracción, tuvieron que interrumpir la charla por unos segundos.
-Me disculpas, necesito ir al baño. ¿Te parece si a la vuelta hacemos unos bailes? –le propuso Belinda, aprovechando el pausado ritmo reciente de la música. Francisco asintió, dispuesto a aguardar, y ella se retiró por el pasillo de dirección al lavabo.
Se quedó esperando, y mientras, se le ocurrió la brillante de obtener en ese momento información de ella, por parte de la consola. Quizá podía enterarse de algo realmente útil, que podía utilizar en la conversa aplazada. Aunque, no estimaba sacar la máquina allí y usarla al descubierto, pues, aunque todos estaban distraídos, enajenados por el ambiente, a más de alguno podía llamarle la atención la esencia de novedad del dispositivo. Por eso, determinó mejor usarla en un lugar apartado. Serían sólo unos segundos, por lo que llegó a la ventana más próxima y por allí salió al patio. Mientras hacía funcionar la pantalla y se centraba en su pantalla, sus pasos iban llevándolo hacia la calle.
Continuaba la humedad sobre los suelos y en las brisas, como de costumbre. Buscó silenciosamente el nombre de Belinda en la nómina de la consola. Una vez encontrado, presionó sobre él y se abrió la sección aparte, con toda la información que podía proporcionar el sistema del dispositivo sobre cualquier persona en la lista, y no había persona alguna que no estuviera contenida allí. Francisco quería averiguar cosas de índole sentimental. Quería saber de alguna forma si su sentimiento era correspondido. La pantalla mostraba los datos básicos: Nombre: Belinda Scarlett, fecha de nacimiento: 12 de Abril de 1994, físico: Cabello color cobre, ojos cafés, piel medianamente morena, personalidad, su tierra de procedencia que era Chile, etcétera.
El secreto íntimo de Belinda que la consola tenía disponible para revelar, era de sentido sentimental, y esto a Francisco le venía como anillo al dedo, porque justamente quería saber cuáles eran los afectos de ella, y qué era lo que actualmente estaba sintiendo su corazón. Presionó el botón, para que la máquina le develara este secreto, y en cuanto apareció la línea, leyó concentradamente algo que no esperaba: “A ella le gustas, pero es tarde para saberlo porque pronto partirá en un viaje a Europa”.
¿Y si era demasiado tarde? Se preguntó Francisco. Pero el éxtasis, la complacencia de tan sólo saber que a ella le gustaba, eso se lo llevó a las apagadas nubes del firmamento por unos segundos. Caminó, sonriéndole a todas las cosas, como alelado por el encanto de haberse enterado de ello. Cargaba la consola sobre su pecho. Pero luego, repentinamente, como un relámpago dentro de su mente, lo hizo reaccionar el recordar lo que había dicho la consola, y que ella partiría pronto, aunque fuera mañana, aunque fuera en tres días. Además, les había quedado una conversación pendiente, por lo que impulsivamente volvió hacia la fiesta sin perder tiempo.
Sentía que había olvidado algo, pero no importaba.
Sólo iba ahora concentrado en una cosa, y eso era, alcanzar a Belinda. ¿Con que se iba a Europa? Antes de que aquello aconteciera, Francisco pensaba que nada sería capaz de detener sus irreflexivos deseos de llegar hasta ella y revelarle sus sentimientos, sin escatimar en ningún detalle, por fin, haciéndoselo saber todo. No importaba si un avión habría de separarlos, él tendría que decirle. Toda la noche se había hecho curiosa, casi como un sueño, y que había comenzado desde haber obtenido aquella misteriosa consola.
Pasó por encima de la baja reja de la casa fiestera ya sin importarle, cruzó el patio y llegó hasta la puerta delantera. Hizo su entrada, ya sin preocuparse de que las miradas escrutiñadoras se dirigieran hacia él, pero en realidad nadie tuvo el tiempo de percatarse de su presencia. Todos, con el transcurso de la fiesta, habían quedado tirados, extasiados, con un aire de estupidez en los rostros y todavía sosteniendo los vasos vacíos.
Cruzó por la sala principal e incluso Nicole estaba allí, echada sobre un sofá, observándolo con un rostro algo ido, como si el sueño comenzara a dominarla. Con el rostro de adormecida lo miraba insistentemente, sabiendo que él estaba ahí, pero con una especie de parálisis voluntaria de no hacer ademán de hablarle, porque parecía suspendida en un estado de resignación con su cuerpo, con sus ojos, con su mente. Estaba en el lugar, y a la vez distante en sus pensamientos. Francisco tampoco se detuvo ante ella. Sólo tenía un rumbo fijado, y ese era proseguir por el pasillo para comprobar si podía encontrarse con Belinda, como en un retroceso del tiempo hacia aproximadamente una media hora atrás, cuando se habían cruzado allí y habían hablado. Esta vez veía acercándose el estrecho pasillo vacío, blanco, con una pálida luz sobre su techo, y se iba viendo más desolado. Un mal presentimiento surgió en sus entrañas por un instante. El pasillo ya no parecía tener aquella sensación de antaño, de un grato encuentro inesperado. Sino que ahora, era algo hueco, sin emoción alguna, simplemente un espacio lleno de la nada. El augurio se fue intensificando transformándose en una nefasta sensación.
-Eso está tan vacío como mi mismo corazón –se dijo, cuando ya le faltaban unos milisegundos para llegar. Se adentró en el pasillo, y efectivamente, allí sólo estaba la pequeña mesita de antes, con un florero, y no había rastro de persona alguna. Belinda ya no estaba ahí más. Con la mirada interrogó a un joven alelado que iba pasando, y éste le contestó, adivinando lo que se esperaba escuchar: “Ella no está, ya se fue a Europa”. Esta respuesta fue lo que acrecentó el vacío en Francisco. Supuso que había partido al aeropuerto. Quizá ya tenía los boletos y en lapso de tiempo más ya estaría partiendo a tierras extrañas de donde nunca volvería a verla. Se quedó con el desazón, de no poderse haber declarado.
Cuando volvió por el salón de entrada, Nicole ya no estaba allí. El sofá ahora estaba vacío, y la mayoría de los adolescentes se habían retirado. Sólo quedaban algunos, filtrando lo último que quedaba de trago trasparente sobre las jarras, todavía sedientos. Salió afuera, cruzó el patio, abrió pacientemente la reja. Se dedicó a caminar por las calles con las manos en los bolsillos, como en el principio, y sólo entonces se percató, que sus manos estaban vacías. Lo que había tenido antes ahora no lo tenía. Se le había perdido la consola, el “Espectro adivinador”, y ni cuenta se había dado.
-Seguramente se me perdió luego de la impresión, cuando me reveló que yo le gustaba a Belinda… En ese momento me volví atontado. Allí en el descuido, se me debe haber caído.
Tras caminar un rato, sin nada que poder hacer, la resignación se marcó en su rostro, y añadió:
-Es una lástima, porque es un objeto que nunca más volveré a encontrar, y su utilidad era fuera de límites. Tan sólo imaginarme, que poseía cada dato íntimo sobre cualquier persona que seleccionara de la lista… -se dijo, concluyendo con su sentimiento de extrañar algo que era verdaderamente novedoso, y que le había durado apenas unos momentos, que tras perderlo, incluso empezaba a imaginar la efímera experiencia como irreal. Demasiado sorprendente para verdaderamente haber pasado, era lo que comenzaba a pensar.
-Quizá estoy soñando a estas horas, durmiendo imperturbablemente en mi cama –dijo por última vez, con las manos enterradas, inamovibles de los bolsillos, y dirigiéndose a su hogar, que quedaba en algún lugar al final de la calle, mientras pensaba en lo curioso que había sido el dispositivo, y la mala suerte y lo descuidado que había sido al perderlo, creyendo que sólo había podido comprobar si era real, si todavía lo hubiera conservado hasta ese momento…

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