viernes, 9 de noviembre de 2012

Una bruja llamada Rina (Inspirado/Relato)

Transcurrían y transcurrían las tardes, que se instalaban eternas sobre el cielo, y eran lo único que transcurrían. Luego, cedían paso a la noche. Eran cielos de un eterno decaimiento de los colores, donde se conformaba una opacidad; los cielos se desteñían y siempre sus matices se apagaban, y para colmo de males, era algo habitual, y las nubes como niebla, llenaban los cielos donde no habitaban estrellas.

La esperanza no se dibujaba en las pupilas de los ojos que contemplaban tras la ventana. Allí se encontraba Rina. Siempre era lo mismo. El desgano era habitual. Podía estar toda la noche frente a la ventana empañada, que se había convertido en la única forma de derrochar su tiempo, y aun estando así, nada fuera de lo acostumbrado sucedía.
-Nada extraño, nada fuera de lo vulgar… como es acostumbrado –observaba sosteniéndose el rostro con la palma.
Ella era una bruja joven. Toda su vida la había aprovechado practicando la hechicería, y aquellas artes esotéricas. Era de contextura delgada, parecida a la vara de una escoba, y sus cabellos, castaños y añejos, parecían también los cabellos del artículo empleado para el aseo. No así, Rina no era desaseada ni desaliñada. Entre las puntas de sus cabellos castaño secos, se contemplaba su terso rostro, cuán bruñido, impecable. Y en su rostro nunca habitaba la esperanza. Sin embargo, de vez en cuando se formaba una traviesa sonrisa, agradada por las maldades que disfrutaba haciendo.
Pero no, las tardes se habían vuelto muy aburridas. Llegando hasta una eternidad frente a la empapada ventana, nada iría a salirse de lo normal. Por un lado, estaba la calle sombría, y solitaria. Por la ventana también crecía un grueso y alto árbol, frondoso. Por el otro lado, a la distancia contemplaba la escuela vespertina a la que asistía. La escuela de brujas. Había asistido allí desde que era una infante. Ahora, podía ser perfectamente una de las brujas más destacadas como estudiante. Pero no asistía muy seguido. No pensaba demasiado en eso.
Una noche, Rina estaba tendida sobre su cama, reposando. Tenía un libro cubriéndole la cabeza; era su diario de hechicería. Allí anotaba toda clase de pociones, conjuros y hechizos. Se asustó cuando de improviso ingresó alguien. Tras el sobresalto, el libro se le desprendió del rostro, y cayó por un lado de la cama. Apresurada, se inclinó hacia el suelo, y lo escondió rápidamente con el brazo, bajo su dormitorio.
-Rina, ¡Es imperativo que ordenes tu habitación!
-Pero si está ordenada tía… -contestó Rina. Una mirada rastreó el lugar.
-¿Y los hechizos?
-Todo siguiendo su rumbo... He estado encerrada practicando –confesó Rina, pero desvió la mirada con desconfianza. Realmente, se había dedicado a dormir. Por aquella razón tenía el libro sobre el rostro cuando su pariente había entrado, en vez de haberlo tenido sobre sus manos.
Rina se dedicó a observar a su tía. Era una mujer horrenda. Una bruja con varios cientos de años encima, tenía el rostro verdoso, y unos ojos de pupilas blancas. Una gran verruga sobre su respingada nariz, y una expresión bastante poco agradable. Para cualquier persona ordinaria, para cualquier ser humano, haber visto a aquella mujer de espanto por tan sólo un momento, hubiese causado un inmediato infarto, pesadillas reiteradas, o por lo menos hacer sentirse pasmado.
Rina con el rato, se quedó dormida. No había sentido a su tía retirarse. Momentos después, sin embargo, despertó. Y recogió su diario de hechizos de debajo de su cama, y lo ojeó. Se le había olvidado repasarlo aquella noche, por lo tanto, su tía sí había tenido razones para estar fastidiada. Pero qué más daba, su tía siempre estaba molesta, pensaba.
Mientras había estado dentro del sueño, antes de entrecerrar sus ojos, después de que su tía se hubiera retirado de su cuarto, la había sentido dar portazos y escandalosas pisadas. Era una mujer de mal temple. Siempre estaba furiosa. Por suerte Rina no había heredado aquello, pero en cambio, a su tía le molestaba la aparente desidia que siempre solía tener. Aquella dejación, que rezumaba Rina. Pero no era así… Era más bien desmotivación. Rina siempre era lenta en sus cosas, tardaba en percatarse. Siempre tenía aquel aire de distraída, y sin embargo, siempre estaba muy consciente, atenta, y observadora ante los detalles.
Cuando Rina despertó se había levantado, y caminó por los pasillos aledaños a la torre. Porque vivía en la torre de la bruma, una torre, donde sólo estaba su habitación. Y desde allí, desde sus ventanas, siempre observaba sólo oscuridad, debido a la altura en que yacía la torre, y una neblina amarillenta, que siempre estaba instalada allí. Además, siempre habían grandes heladas, hacía inmenso frío. Pero mientras Rina estaba dentro de su dormitorio, no se le hacía sentir, porque había puesto un hechizo, para no dejar entrar a las gélidas brisas.
Además, su tía pasaba movilizándose constantemente por los diversos pasillos conectados a la torre de la bruma. Que surgía un pasillo único, y luego, en ese se enredaban todos los demás. Toda la noche se escuchaban los pasos de su tía, recorriéndolos. Y tenía su habitación ubicada muy lejos, en algún pasillo perdido. Rina había ido hasta su habitación tan sólo unas escasas veces. Apenas sí tenía un recuerdo de cómo era el lugar de su tía.
Pero como Rina aún se sentía algo adormecida, y debía cumplir sus labores, como estudiar y dedicarse a sus hechizos, recorrió el pasillo principal que llegaba a los otros, y su intención era sólo caminar, para desprenderse del sueño.
Caminaba entre dormida, casi como una sombra desplazándose por los pasillos. Se restregaba los ojos, estaba cansada. Se preguntaba por qué tenía tanto cansancio últimamente, pero no hallaba respuesta. Sólo recordaba con frustración, que en unas horas más, debía partir, a la escuela de brujas, a asistir a clases. Y no había repasado su diario de hechizos. Si en aquellas horas la sorprendían en una prueba, se metería en problemas.
Al final de un pasillo, Rina llegó hasta un dormitorio oscuro. No había luz alguna. Avanzó, y entre la oscuridad, vio el pálido reflejo del cristal de un espejo, que recibía la luz de la luna exterior. Avanzó, soñolienta, y se dispuso frente al espejo. Justo en aquel preciso instante, oyó un escandaloso grito de su tía:
-¡Rina, repasa tu diario! -. Su tía era muy insistente.
-Vaya, ¡estoy aburrida de esta forma de vida! –protestó Rina, pero sin que su tía la oyese. Entonces pensó, como muchas otras veces había meditado, sobre la idea de usar los hechizos propios, para hacer las cosas más interesantes. No estaba prohibido, pero la mala práctica de un hechizo, podía causar estragos. Y de causar alguna inconveniencia, su tía enseguida la sorprendería, y terminaría echándola de la torre de la bruma. Aquello, sí que sería una desgracia para Rina. Sin embargo, comprobó que bajo su brazo estaba el libro de hechizos. No recordaba, desde cuándo lo tenía. Seguramente lo había tomado de su cama, y desde allí que lo llevaba bajo el brazo. Pero como estaba media dormida, perfectamente podía no recordar todo con la claridad debida.
Sostuvo el diario de hechizos, frente al reflejo del espejo empañado. Estaba bastante opaco, apenas podía contemplar su imagen reflejada. Sólo contemplaba una borrosa sombra, de ella, sosteniendo su diario. Entonces, comenzó a hojear con tranquilidad, pasando hechizo por hechizo. Uno en particular, le llamó la atención. Comenzó a leerlo en voz baja, con la bastante discreción, para que su tía no la oyera. Era el hechizo perfecto. Podría haberlo convocado aquella misma noche, pero el problema era, que necesitaba de los materiales, y tenía que reunirlos. Aquel hechizo ciertamente, haría mucho más interesante su vida. Cuando ya faltaban apenas unas horas, para partir a clase a la escuela de brujas, se había decidido. Convocaría el hechizo. Pero a la noche siguiente, porque todavía le faltaban los materiales, y había determinado reunirlos por la mañana. Parecía un hechizo interesante. Se trataba, de convocar a un humano, a su mismo mundo, traerlo al de ella.
Al rato se preguntaba, ¿qué tan diferente serían los humanos y sus formas de vida, a lo que ella solía acostumbrar? ¿Qué tan diferente sería un humano, a una bruja, como ella misma? ¿Cuáles serían sus costumbres, serían todas muy diferentes? ¿Un humano sería bastante fácil de sorprender? Seguramente ambos no se irían a entender, si es que cruzara palabras con algún humano, y se traspasaran conocimientos sobre sus mundos. “La vida de los humanos debe ser agobiante” pensaba, mientras llevaba su mirada al techo, reflexiva. “Ellos no tienen la facultad, el control de los hechizos a su disposición, para alivianarse las cosas cotidianas, para hacer los procesos más fáciles”. Quizás la vida de los humanos eran vidas de esfuerzos impuestos, de obligaciones, llenas de tareas, y hasta aburridas. No conocían magia alguna. Si algo se les hacía demasiado complejo, buscaban hasta el final la manera más ardua de cómo resolverlo. Pero en cambio, no podían convocar alguna hechicería que solventara desde un principio el problema. Sí, sin duda los humanos no parecían tener conocimiento alguno. Su realidad debía ser algo parecido a una lástima. Aunque Rina no sabía demasiado de los humanos, como para tener la bastante certeza. Porque sólo unas cuantas veces, se había escurrido en el cuarto de su tía (muchas veces atrás, hace tanto tiempo que ya borrosamente recordaba), y allí ella tenía una bola de cristal inmensa, que reflejaba distintas realidades. Una vez, reflejaba al mundo humano. Los ojos de Rina brillaban de interés. Pero entonces había vuelto su tía, y ella había debido salir rápidamente, antes de dormirse con el regaño.
Rina se sentía disgustada. Porque ya hacía una hora que debía estar durmiendo, y su cabeza daba vueltas y vueltas en pensamientos. Divagaba continuamente sobre las curiosidades del mundo humano, sobre los más diminutos detalles. Entonces le causaba un interés enorme, y se impacientaba más por realizar el hechizo. Pero debía cerrar sus ojos ya, o al día siguiente tendría marcadas ojeras y evidente sensación soñolienta. Entonces, se dispuso a dormir. En unas cuantas horas más que llegarían, debía partir a su adorada escuela de brujas. Pero a pesar de la gran estimación que le tenía, no podía evitar aborrecer las mañanas. Porque detestaba levantarse temprano. Sus cabellos finos se acomodaron sobre la almohada, y se durmió.
Temprano por la mañana, Rina estaba levantada. Como había podido esperar, tenía igualmente la sensación soñolienta marcada en la mirada. Llevaba unas ojeras amargas. Su rostro parecía estar tenso, pero era sólo producto de la falta de sueño. Estaba de pie, y recibía las brisas, que le levantaban los bordes de su traje de bruja. Frente a ella había una calle nublada, a la derecha, unas matas de hierba y otras cosas naturales donde podía reunir materiales. Entonces comenzó a meditar, y recordó algo: Se había olvidado de su vara, con lo olvidadiza que estaba… ¿Cómo había podido dejar atrás su varilla? Se preguntaba. El sueño realmente la afectaba. Parecía como si se hubiera amargado, porque su rostro verdaderamente no parecía mostrar buenos ánimos. Pero en realidad, estaba calmada como siempre. Y sin más preocuparse, recurrió a otra táctica. Se pasó una mano por sus cabellos castaños relucientes en una suave caricia, cuidados esmeradamente como con magia, y de entre su cabello, un pelo que se había arrancado, entre sus dedos se hizo firme y se convirtió en una nueva varilla, del mismo color que su cabellera, reluciente y lista para ser usada. Sonrío, ante esta simpleza para ella, pero que no terminaba de sorprenderla, y empuñó su varilla entonces. Y a medida que apuntaba, de entre la niebla y de entre la hierba, los materiales que ella requería iban revelándose solos, cubiertos por un brillo especial que recorría sus bordes: Los más diversos materiales; Rina observó una seta brillar, y supo que aquello debería ocupar. También sacó algunas hierbas. Luego, mientras más caminó, encontró otros materiales que también necesitaba, hasta abastecerse de todo lo necesario.
Al final, terminó anotando en su diario todo lo que había necesitado, y había ya reunido. Eran los siguientes materiales (los anotó con su letra desordenada y cursiva):
-Una seta silvestre, de diversos colores y manchas, de gruesa forma.
-Hierbas naturales, húmedas, de color verdes frescas.
-Una pluma de cuervo. (Ésta la había encontrado al adentrarse más, llegando hasta un cementerio desolado).
-Dos huevos. (Podían ser de cualquier especie o animal, simplemente debían ser dos huevos, aunque los de araña se dice, daban más resultado).
-Una tela de araña bien conservada y recién arrancada, además de cuatro patas de arañas, cortadas perfectamente desde el nacimiento de la extremidad.
-Veneno de araña, de un tono amarillento. Si no se encuentra, puede ser remplazado por miel dulce y fresca.
Todas estas cosas había anotado Rina. Contempló su diario, satisfecha. Se había determinado a reunir los materiales, y ya los había conseguido. Una bruja siempre debía disponer de las especies más extrañas; no era algo raro en ellas. Por eso siempre debía hacer pequeñas travesías, para conseguir las provisiones. Había materiales en particular, que eran más difíciles de encontrar, pero que afortunadamente, había hallado al instante. Como en el caso de la seta de diversos colores y manchas, de contextura gruesa. Que esta seta silvestre, solía aparecer y desaparecer en ciertos lugares. Y se decía que a veces, cuando encontrada, acostumbraba escaparse dando saltos con su firme tallo.
También el caso era la pluma de cuervo. Aunque en el cementerio abundaban de ellas, en general era muy difícil conseguirla por otros lugares. Porque los cuervos volaban en bandadas, pero jamás dejaban caer sus plumas, y para conseguir una, se debía abatir a uno de ellos, y atraparlo en pleno vuelo; buscar alguna forma de hacerlo bajar a tierra. Pero como Rina era instruida, sabía que en el cementerio encontraría más de alguna al instante, y por ello no había tenido mayores problemas en encontrarla.
En el mundo en el que habitaba, la oscuridad era eterna. Sin embargo, por las mañanas, surgía aquella especie de niebla blanquecina, que llenaba los aires. Y Rina detestaba esto, porque además, crecía la helada, y aquella niebla, lo rodeaba todo, como si los cielos se volvieran blancos por unos segundos. Como si realmente, fuera una mañana. Pero ya a las horas en que las labores comenzaban, en que por lo general todos ya estaban más despiertos, aquella niebla comenzaba a disiparse. Y la oscuridad, voraz, como un inmenso manto, llegaba a cubrir los cielos devorándolos, cegándolos enteros. Entonces, nada volvía a tener luz, y todo horizonte era negro.
Para llegar a la escuela de brujas, se debía recorrer un largo camino, que fastidiaba y cansaba a Rina. Por esta razón, porque muchas brujas sentían lo mismo, preferían irse en sus escobas, y cruzar los cielos nocturnos hasta llegar a aquel establecimiento. A cierta distancia de las puertas, había instalada una caseta, donde había un asistente, que estaba encargado de guardar las escobas. Y las jóvenes brujas pasaban, pedían sus escobas, y alzaban el vuelo, para recorrer lo que restaba hasta la escuela. Otras, simplemente, podían decidir recorrer en una caminata todo aquel sendero oscuro, como un lago de gasolina, hasta la escuela, donde surgían árboles tenebrosos y hierba fresca y natural. Rina jamás montaba en escoba. Simplemente, no estaba acostumbrada. Pero esta vez, iba a ser la excepción. Llegó hasta la caseta, y pidió su escoba.
-Necesito una escoba; no suelo acostumbrar a usarlas, pero esta vez me iré volando.
-Muy bien, señorita –sonrió amablemente el empleado, y de una hilera de unas cinco, le alcanzó una escoba. Rina la tomó entonces, y partió a cierta distancia, para levantar vuelo. Hizo aparecer de entre sus trapos negros, un sombrero puntiagudo, tradicional de brujas, y se lo ajustó al cabello, para que éste no se le moviera cuando emprendiera el vuelo, y también para cuidarse de las brisas, que helaban tremendamente.
Cuando llegó a la escuela, se paseó por entre los pasillos, esperando a la hora de su clase, recorriéndolos con libros sobre sus brazos. Por el largo corredor, había gran cantidad de casilleros verdes distribuidos, que pertenecían a las brujas. Al final, había un pasillo en oscuridad, alumbrado ligeramente por una blanca luz. Las brujas iban y venían, pasaban por el pasillo. Todas estaban pendientes de sus clases. Rina aguardaba. De pronto, se encontró con cuatro de sus mejores amigas, que eran las brujas con quienes compartía en clase, y en general, en la escuela. Faltaba una, sin embargo, que hace un tiempo no había venido a la escuela. Estaban allí Escafandra, María Luz, Mágica y Aneleta. Habían sido sus compañeras desde infantes, desde hace varios años atrás. Eran muy curiosas, y amistosas. Una de ellas se le acercó, con acostumbrado entusiasmo.
-Rina –se advirtió de su presencia María Luz, sonriente-. Pensábamos que no ibas a venir.
-Te hemos visto muy aburrida estos días, pensábamos que ya no tenías ganas de estar en la escuela –añadió Escafandra también sonriendo. Todas eran bastante alegres y traviesas.
-No, no abandonaría la escuela… -respondió Rina paulatinamente. Todas sus compañeras le comenzaron a meter charla. Mágica le preguntó:
-¿Sabes a qué hora comienza la siguiente clase?
-No lo sé –le contestó Rina. Aneleta le contestó a ésta, que al parecer ya estaban cerca de comenzar, y entonces sonó el timbre. Y sus cuatro amigas desaparecieron, porque todas tenían una clase juntas, pero a Rina le tocaba una clase diferente. Como detalle, Rina había notado que todas gustaban de llevar siempre sus sombreros puntiagudos de bruja. No era obligación en la escuela, pero casi todas acostumbraban llevarlo constantemente. Rina se lo había sacado antes de entrar. Prefería andar con sus cabellos sueltos, y pensaba que tener un gorro tan ajustado a la cabeza, le era una molestia.
Rina entonces se acercó a un casillero. Buscaba el suyo, para guardar unos cuantos libros, pero entonces abrió otro por accidente, uno que no le pertenecía. Y se apresuró a cerrarlo, pero antes, contempló que sí conocía a la bruja a quien pertenecía aquel casillero. Porque dentro había unos cuantos muñecos de trapo, con agujas atravesadas en los brazos. Y en el casillero también, había unos trapos y unos velos negros, y un retrato, como una foto, algo borrosa, de una chica de cabellos rubios y opacos, rizados, y unos ojos marrones, que llamaban altamente la atención. Su rostro parecía siniestro. Pero Rina la conocía, y eran buenas amigas, y ambas se llevaban bien. Ella era la que faltaba. Pero Rina ya sabía, que ella había estado pasando sus días en el mundo humano, y por eso no venía a la escuela.
Rina cerró el casillero entonces, y cesó los recuerdos. Se dirigió a abrir su casillero, guardó sus libros, y se quedó con los que habría de usar, y caminó con ellos sobre sus brazos por el pasillo, cuando el timbre sonaba, indicando que las clases ya estaban cercanas a comenzar. Rina se había dirigido, a asistir, y entonces recordó que en su casillero también había guardado su bolso, donde ya había reunido todos los materiales por la mañana. Esto la alegraba, porque indicaba, que en las próximas horas, ya podría invocar el hechizo, para hacer más entretenida la noche.
Rina caminaba por el pasillo, dirigiéndose a la sala de clases, sin estar demasiado entusiasmada. Más bien pensaba, en su cabeza, “Ya tengo todos los materiales”. Y meditaba, sobre qué habría de hacer, y se mantenía pensativa. Cuando ya estaba cerca de la sala de clases, algo le llamó la atención. Una sombra se asomó por el pasillo. Era una especie de fantasma oscuro.
-Rina, pasa por aquí.
Rina extrañada, acudió. Aquel era un fantasma, que siempre merodeaba por la escuela. Tenía el aspecto de un niño, pero era más astuto. Su forma era transparente, y como un velo negro. Tenía cabello liso y corto, y un collar de perlas algo peculiar, que seguramente tenía alguna maldición. Rina con curiosidad, se puso frente a él. El fantasma se asomaba entre la pequeña abertura, que había en el muro, casi al final del pasillo, cerca de donde comenzaba el otro.
-¿Qué sucede? –Preguntó Rina-; voy atrasada a clases.
-Nada, ¿quieres que te sostenga los libros, o quieres encontrar un pasadizo más rápido a la sala de clases?
Rina comenzó a retirarse. No tenía tiempo para perder con aquel fantasma que le hacía propuestas que no necesitaba. Además si le entregaba los libros, seguramente se los robaría. El fantasma puso su transparente mano sobre su hombro, y la detuvo. Le rogó “por favor, no te vayas”.
-¿Qué sucede? –volvió a preguntar Rina, perdiendo más la paciencia.
-Mi nombre es Ivel, soy tu admirador-. Rina casi cayó de espaldas. ¿Un admirador?
-¿Qué tengo de admirable? –le preguntó.
-Me atraes, y tu forma de ser. Además eres una de las brujas más destacadas de esta escuela.
-Qué bueno saberlo… -contestó Rina perdiendo el interés- Pero eres un fantasma, ¡eres transparente! No podrías ni rozarme.
-No… -contestó Ivel con lástima- Pero te puedo ayudar. ¿Sabes? Han tocado el timbre hace un rato. Las clases ya habrán comenzado, no querrás atrasarte, seguro.
-Claro que no –respondió Rina sorprendida. Jamás llegaba atrasada, pero esta vez, no se había percatado del timbre. ¿En qué momento había sonado? Nunca lo escuchó. Quizás lo habían embrujado. A veces, hacían bromas de muy mal gusto, de hacerle un hechizo al timbre, para que no hiciera su característico sonido.
-Sin embargo Rina, como tu admirador, me encantaría ayudarte… Y quiero mostrarte algo.
-¿De qué se trata? –respondió Rina, llevándose una mano a la cintura, y observando al techo, agobiada por tener que perder aquel tiempo. A veces, debía armarse de una gran paciencia.
-De esto. Es sólo un pasadizo, para que llegues enseguida a tu sala de clases –respondió Ivel, y enseguida le mostró la abertura. Por allí podía entrar ella. Desconocía si había un hechizo, o sólo oscuridad allí, pero parecía llevar a la nada misma, y adentrar a otro lugar. Rina avanzó, comprobando si caería en la abertura.
-Gracias –le dijo al fantasma. Ivel sonrió. “Es un placer serte de ayuda, Rina”. Entonces Rina se adentró por la abertura, quitándose sus cabellos del medio que le cubrían la vista. Tiempo después, había funcionado. Había aparecido justo frente al pasillo que terminaba en la entrada a su sala de clases, frente a la puerta. Caminó apresurada. Entonces pensó en el fortuito encuentro. Estaba agradecida porque aquel extraño fantasma, que le había parecido fastidioso, la hubiera ayudado. También le había dicho, “Gracias por tu interés, nos veremos alguna otra vez”. Y no quiso agregar cosas como “fue agradable hablar contigo” porque no pensaba que hubiera sido así. Y la verdad, no tenía intención alguna de volverlo a ver. Pero por lo menos, el fantasma le había sido de ayuda.
Cuando ya iba camino a la sala de clases, recorriendo el estrecho y no muy largo pasillo, recordó de pronto el rostro horrible de su tía. Esperaba que cuando ella llegara, su tía no estuviera en la torre de la bruma. Así podría realizar el hechizo, sin mayores complicaciones. Rina entonces cruzó la puerta, e ingresó a la sala de clases. Allí ya estaban las brujas en sus lugares, y la joven profesora aguardaba.
La clase había transcurrido brevemente. En cuanto Rina había ingresado, la profesora se había bajado ligeramente los lentes, para observarla a través de sus frescas pupilas verdes, y al percatarse, le dijo enseguida:
-Rina, ponte tu gorro.
Rina algo fastidiada, sacó su gorro puntiagudo bastante arrugado, lo desenvolvió y se lo puso. Era inmenso, y dejaba caer sus cabellos como delgados hilos castaños. Avanzó entonces, fastidiada. Buscó su puesto; uno a un lado de la ventana, cerca de un extremo de la clase, donde a través del cristal entraba la espesa oscuridad, que era habitual como la luz del sol en el mundo de las personas. Era como sentarse a un lado de la abrigadora calidez de la luz, del día, pero aquí era todo lo contrario; era sentarse a un lado de las tinieblas, entre la fría indiferencia.
Por suerte, la clase no se hizo eterna. La profesora se mantenía sentada sobre su escritorio. Era una bruja joven, de delgado cuerpo, adulta, vestía enteramente de negro, llevaba su sombrero puntiagudo, unas gafas negras tras las cuales estaban sus llamativos ojos, más abajo tenía sus gruesos labios pintados de rojo, y al lado de ellos un sutil lunar de adorno, que se veía muy bien. Su mirada era amena, y a la vez hasta seductora. Era una mirada con una mezcla de actitudes. Era muy alta. Sus piernas caían por el escritorio. Su mirada se perdía en un cuadernillo que tenía en sus manos, con el que pasaba lista en la clase, y ahora comprobaba los nombres de las alumnas. La primera parte de la clase consistió en una pequeña tarea. Dejó el documento de lado, y acomodada todavía encima del escritorio, dijo:
-Saquen sus materiales, por favor alumnas.
Rina reaccionó, cuando comprobó que no había traído sus materiales. “Profesora Elena, me he descuidado y he olvidado mis materiales” pensó decirle a la profesora, pero luego se retractó rápidamente. Entonces de debajo de su túnica, extrajo su delgada varita. La contempló unos segundos, pensando hacer trampa, pensando en usar algún hechizo que le trajera los materiales desde la torre. Eran materiales simples. Las otras brujas no eran tan aplicadas como ella, y no conocían tal hechizo que les resultara útil, por lo que Rina podía convocarlo ahora. Quizá nadie se daría cuenta. O quizá la infalible vista de la profesora, la descubriera en el hecho.
Vio a las demás brujas sacar sus materiales y trabajar. La profesora les indicaba. Debían traer sus varitas por supuesto, unos cuatro botones de coser, y unos hilos. Algunas habían traído unos muñecos no usados, con los que comenzaron a trabajar, y les crearon una especie de ropaje. Algunas se volvían costureras por unos segundos. Pero la profesora les dio las instrucciones, y otras se dedicaron realmente a la tarea. La sala de clases de pronto se llenó de hechizos. Los botones flotaban, apuntando hacia el techo azul oscuro, y las brujas se encargaban de, por medio de sus varitas, desenvolver los hilos y guiarlos, a penetrar los orificios en los botones, pasándolos cuidadosamente. Algunas con éxito, otras después de varios fallidos intentos. Siempre ante la mirada atenta de la profesora. Era un ejercicio para estabilizar el pulso, para aumentar el control con las varitas. La profesora recorría la sala de clases con su mirada vigilante. Sus pupilas verdes se reflejaban entre los claros cristales de sus anteojos. Con su mano, cerró la lista a un lado, donde había estado viendo los nombres. Entonces, una recorrida con su mirada se dirigió a un extremo de la sala de clases. Allí estaba Rina, entre las sombras. Parecía estar trabajando. La profesora se subió los anteojos, levantó la vista, y se levantó del escritorio, desenvolvió sus piernas, y se dirigió al lugar de Rina a inspeccionar.
Rina efectivamente trabajaba. Pero nada engañaba la vista de la profesora, que no podía fallar. Rina parecía muy aplicada. Sin esfuerzo alguno, levantaba varios botones a la vez, y les atravesaba varios delgados hilos, con éxito, y lo hacía con naturalidad, sin preocupación alguna. Estaba a la vista que era la alumna más destacada, como siempre. Hasta soberbia. Todo lo hacía con notable desplante. Pero la profesora percibió que algo andaba mal, algo extraño. Se acercó, disimuladamente hasta Rina, y llegó frente a su banco. Rina no se distraía. Seguía mostrando su habilidad, y terminando la tarea sólo en segundos.
-Señorita Rina… -dijo la profesora, y carraspeó- Me imagino que habrá traído sus materiales…
Rina no era una mentirosa. Aunque a veces el silencio resultaba delator. Pero en vez de proferir mentiras, falsas aseveraciones, prefirió callar, y que el silencio le deparara las cosas.
-Si usted ha traído los materiales, muy bien. Pero si no ha cumplido, no lo haga pasar por engaño… -le advirtió la profesora en tono de suave reprimenda, como una amonestación. Como un consejo, para desviarla de malas prácticas o costumbres.
Rina había contado con Escafandra, que estaba a su lado. Una de sus cuatro amigas brujas, con las que se había encontrado en el pasillo hace rato. Había tenido un repentino cambio de clase, a último momento, y había debido venir corriendo a esta otra clase. Escafandra ya sabía, que a Rina la habían descubierto, que aquellos materiales no eran de ella. A la profesora nada se le escapaba, era muy astuta. Si se le llegaba a escapar algo, eran muy pocas cosas. Ahora solamente había cumplido Escafandra, con prestarle los materiales a Rina. Sólo para disimular. Pero como un olfato a lo que nada se le escapaba, o algún hechizo que la mantenía siempre en vela, la profesora había terminado descubriendo el préstamo por parte de Escafandra. Resultaba que Rina no había traído nada.
Rina se quejaba interiormente. Había desistido además de invocar el hechizo que le traería los materiales desde la torre. Quizás habría podido hacerlo pasar disimuladamente ante la profesora. Aunque, como a ésta no se le escapaba ningún detalle, seguramente también la habría encontrado, también se habría dado cuenta de la falta. No había caso. Con seguridad, siempre la iría a descubrir. Rina observó lateralmente a Escafandra, sentada a su lado. Era una suerte que a último momento de hubiera cambiado de clase. Era una suerte porque le había prestado los materiales, aunque no le habían funcionado para mostrar que había cumplido. Pero era un alivio pensar que Escafandra siempre estaría para la ayuda que necesitara.
La profesora le dirigió una disimulada mirada escrutiñadora a Rina. Estaba al lado de su banco. Entonces, le dijo, dirigiendo la mirada hacia la salida:
-Señorita Rina, acompáñeme por favor.
Rina hizo un gesto de pesimismo. Su compañera Escafandra, pensó que estaba en problemas. Rina pensó que le aguardaba un regaño, como aquellos tediosos regaños que le daba su tía. Se dirigieron fuera de la sala. Rina tuvo que acompañar a la profesora. A través de los pasillos, se escuchaba el andar de los tacones de la profesora. Sus largas piernas se desplazaban, cubierta por una corta minifalda. Llevaba medias transparentes. Era una mujer bastante alta. Rina caminaba detrás, como una sombra compañera. Cruzaron varios pasillos. La escasa iluminación en la escuela se fue acabando, hasta que llegaron a un último pasillo. Allí había una entrada, algo abandonada.
-Ven conmigo –le dijo la profesora. Rina bastante pesimista, asintió y la siguió. Entraron a una especie de cuarto de aseo, o almacén. Había varios útiles de aseo, escobas, instrumentos de clase y cosas por el estilo. La profesora condujo a Rina hasta una estantería vieja. Por allí había algunas almohadas. Se acercaron y le dijo:
-Busca tus materiales por allí-. En realidad no pensaba dejarla sin hacer nada en la clase. Rina se tomó su tiempo. Revolvió los cojines, buscando en la estantería un lugar donde estaban los botones y los hilos, y muchas cosas prácticas para los trabajos y hechizos. Tras casi una media hora, encontró todo. La profesora estaba fastidiada y perdía la paciencia. Luego volvieron a la sala de clases. Allí Rina volvió finalmente a dirigirse a su rincón oscuro, y en sólo segundos, en diferencia a todo el tiempo que les había llevado a las otras alumnas, ella realizó su hechizo, muy rápidamente como acostumbraba. Los hilos atravesaron perfectamente los agujeros de los botones, y flotaban sobre el banco de Rina, alegres, como si danzaran. Ella contempló su trabajo satisfecha, y lo dio por terminado.
-Te demoraste bastante en buscar los materiales… -le susurró la profesora luego. Había una especie de antipatía. Pero a Rina no le importaba. Ella no buscaba problemas con nadie. Simplemente, se mostraba indiferente. El timbré sonó luego. Por fin estaba fuera de clases. Por fin podía ya planear su vuelta a la torre de la bruma. Escafandra se había ido. Se había despedido y había ido a juntarse con las demás amigas brujas, a dejarle sus saludos y recorrer en conjunto los sombríos exteriores de la escuela.
Rina también recorrió los tenebrosos exteriores. La noche había llegado rápido. Llegaba aquella espesa oscuridad, que cubría más en suma cantidad, que la oscuridad anterior, aquella que era vespertina. Ahora todo era cegador. Dificultosamente Rina podía contemplarse las palmas de sus manos. Sus cabellos finos castaños, se dejaban llevar al viento, como casi invisibles hilos. Salió de los interiores de la escuela, cruzó el último pasillo, y se encontró fuera. Entonces comenzó a caminar, por aquella tierra fértil, de un tono casi café al negro, aquella tierra húmeda, que parecía iría a hundirse en cuanto se caminaba sobre ella. Algunos extraños chillidos se percibían a la distancia. El suave sonido del viento como brisas, se dejaba escuchar. Estaba algo helado. A Rina la envolvía la más completa oscuridad. Dejaba la escuela atrás, y observaba a sus lados, y a lo largo del paisaje falto de vida, diversos árboles muertos, con sus ramas siniestras, apuntando como si quisieran asir a alguien entre sus garras. Había también malezas y algunos arbustos a lo lejos. Las criaturas de la noche poblaban los cielos a veces. La mayoría del tiempo el cielo estaba inmensamente negro y dormido. Rina avanzó rápidamente. Quería llegar a la torre de la bruma ya, y no helar sus huesos en el intento.
Mientras caminaba, a sus pies contempló una bruñida pluma de cuervo. Aquella le hubiera servido antes, en los materiales que reunía. La tomó, y sintió su aroma. Se acarició el rostro con ella. Estaba reluciente, muy bien aseada. Se le debía haber caído a algunos de los cuervos, que volaban en bandada por allí. Luego aparecieron. Eran conocidos por el lugar, y por algunas brujas de la escuela; Rina por supuesto los conocía. Se trataba de los Clamadores. Eran cuervos que revoloteaban por allí. Algunos eran deformes, y tenían manos y piernas. Otros tenían forma humana, pero conservaban las características del cuervo, tales como cabeza y alas. Otros eran simplemente cuervos. Pero todos tenían diversas formas. Volaban en bandadas a veces. Los que tenían un cuerpo con extremidades, se escondían entre las sombras. Rina sabía de ellos, que podían organizarse, tramar cosas, pensar, meditar. Que ellos sabían de la presencia ajena, y por eso se ocultaban. Que se escondían de las brujas que pasaban por el lugar, o a veces las raptaban. Siempre generaba un escalofrío, verlos, a los Clamadores, con forma humana, en unos grupos de a cinco, observando a quien pasaba, directamente desde la oscuridad, concentrados. A Rina le pareció ver a un grupo observándola. Pero no le importaba. Ante cualquier cosa, siempre estaba con su vara y sus hechizos, y se sentía protegida. Además era lo bastante instruida, para hacerle frente a cualquier problema o adversidad.
Los inmensos terrenos se extendían como un campo sin fin. La oscuridad era eterna, abrumadora y cegadora. De pronto Rina, comenzó a llegar a una especie de campo, que parecía de cosecha, muy extenso. Había algunas plantaciones. También había algunas varas. Cuando llegó, y atravesó las varas, algunos cuervos revolotearon al verla, y clamaron, alertando a quien quiera que hubiera estado allí. Pero al parecer no había nadie. Muy a lo lejos, a la distancia en el horizonte, entre las sombras de unos altos árboles, se observaba la larga torre de la bruma. Ya no faltaba demasiado para llegar, sólo debía atravesar el grande campo.
Rina sabía de un personaje célebre allí. Todos los que solían pasar por allí lo conocían, era conocido en el lugar. Su fama era por hablador, por astuto, por tender trampas… Era un personaje muy curioso. Rina ya se había topado varias veces atrás con él. Le desagradaban aquellos encuentros, pero pretendía mantenerse indiferente. Aunque era inevitable, el cruce. Porque como era acostumbrado, debía atravesar aquellos terrenos para llegar a su hogar.
Estaba allí, el espantapájaros Mabro. Se le quedó observando, entre sus ojos rasgados, las aberturas siniestras que tenía de ojos, que daban a un profundo vacío, una oscuridad. Y su sonrisa siempre marcada en su cabeza de calabaza, que parecía hecha artesanalmente. Llevaba trapos, sus ropas estaban desgastadas. Estaba en su eterna posición de cruz. Tenía un propio de él, sombrero de paja pequeño. Sus ropas estaban abiertas, a modo de chaqueta. Pasaba todo el día plantado sobre la tierra. Cuando se percató de Rina que iría a pasar, se quedó contemplándola. Y aquella sonrisa que tenía marcada, lo hacía parecer ver, como si sonriera con malicia, con picardía. Y realmente lo hacía.
-¿Dónde va la señorita bruja, la más célebre de la escuela de brujas, la más destacada? ¿Dónde va su señoría? –le preguntó burlonamente, con mofa disimulada. Rina apenas volteó. Le sostuvo una mirada de intensa indiferencia, como si deseara que hubiera estado muerto. Mabro suspiró.
-Tanto que me odia su señoría… -se lamentó. “Señorita” pensó, y se corrigió, para hacer más creíble su papel.
-Mabro, no me amargues el camino. Tengo que atravesar este terreno como siempre, para llegar a mi lugar –le contestó Rina, como si fuera habitual esquivarlo. Pasó por su lado sin prestarle mayor atención. Mabro hizo mohín de que se deprimía, y puso la cabeza gacha.
-Perdóneme –dijo con voz arrepentida, sobreactuada.
Dirigió su mirada hacia el suelo, avergonzado. A lo lejos en el horizonte unos cuervos revolotearon. Después, llegaron dos cuervos más que se posaron sobre sus hombros, a acompañarlo en su lamento. Se había puesto muy triste. Pensaba que realmente estaba haciendo muy creíble su papel. Pero Rina seguía su camino, y se mostraba indiferente. No le prestaba mayor atención al espantapájaros actor y embustero. Mabro sintió que la perdía, y la vio alejarse. Pero entonces, a medida que la perdía, entretejió una traviesa y disimulada sonrisa en su rostro, ahora que ya sabía que podía retenerla.
Rina avanzó. Sentía que sus pies la llevaban por impulso. Sólo quería llegar a su hogar ya, y estar a solas, en la oscuridad de su habitación, reunir los materiales, y convocar el hechizo. Luego disfrutar lo que restaba del tiempo de noche. Porque era un tiempo establecido, como habitualmente en aquel lugar era noche… Era una noche estable, eterna. Continuaba desplazándose, hasta que llegó a las verjas abiertas, que conformaban la salida del ancho campo. Allí estaban, ambas verjas blancas, con una separación entre ellas, que era la abertura de salida. Sin embargo, algo se interponía entre ellas. Algo se enredaba. Rina al llegar, se detuvo, y agachó la mirada para observar. Había abundante maleza, que surgía del suelo como hiedra, y se enredaba, espesamente, como un muro verde de tupidos tallos que se volvía un embrollo. A Rina le causó un inmenso fastidio contemplar todo aquel enredo obstruirle el paso. Se llevó las manos a la cintura, y volteó entonces, dirigiendo su mirada hacia el espantapájaros Mabro. La hierba continuaba tras ella. Se había expandido abundantemente. Estaba fresca, y parecía firme, fuertemente adherida, y vasta, para cortar toda la salida.
-¿Qué significa esto? –le preguntó Rina desde la distancia. Mabro había cambiado los lamentos y sollozos, por una complacida sonrisa. Se percató de que Rina parecía estar enojada.
-No se altere, señorita Rina. Sólo es la maleza que ha crecido copiosamente, como por arte de algún hechizo. Algún bromista debe andar por los campos…
Rina puso un rostro de incredulidad y de decepción.
-A mí no me puedes engañar –le dijo-. Vamos al grano. ¿Qué es lo que quieres?
Mabro vaciló unos segundos. Meditaba las ideas en su cabeza. Pareció decidirse, y extendiendo su boca hecha artesanalmente, le dijo:
-Bueno ya que lo veo, señorita Rina… Me harían falta unos cuantos recursos, y ya que yo no puedo moverme de aquí, comprenderá…
-No me hagas sentirme vieja –le dijo Rina-, háblame bien. Y dime qué es lo que quieres.
-Me gustaría que me trajeras unas cuantas cosas, por aquí distribuidas en el campo. Seguramente si me ayudas, yo podré invocar un maleficio desde aquí, con mi delgado brazo de rama, para hacer desaparecer aquella molestosa maleza.
-¿Qué cosas son? –preguntó Rina.
Más tarde, se dirigía ya a buscar los recursos. El espantapájaros se los había dejado claro. Rina se sentía chantajeada. Habría podido intentar por ella misma, arrasar aquella hierba que crecía a la salida del campo, pero por lo tenaz que parecía, por lo firmemente arraigada que estaba, parecía que dificultosamente alguien la podría mover. “Necesito unas cinco calabazas, que dentro tienen unas monedas de oro” le había dicho el espantapájaros Mabro. Se dedicaba a coleccionar monedas de oro, porque era lo que le servía como dinero, y con esto lograba mantenerse. Aunque a Rina le parecía lo mas extraño del mundo. ¿Qué iba a hacer un espantapájaros con dinero, alguien que no se movía? Pero a veces pasaban por allí sujetos extraños, que vendían mercancías o sabiduría; enseñaban artes. Mabro era aficionado a comprar a extraños. Por aquella razón conocía hechizos. Además, en su longeva vida de espantapájaros, había aprendido todo, de todo cierta parte. Estos sujetos en sí, no eran entidades definidas, sino que eran especies de sombras, que merodeaban a veces por los alrededores de la escuela de brujas. Otras veces solían desaparecer. Sólo aparecían cada cierta cantidad de bastante tiempo. Entonces ofrecían sus mercancías o enseñanzas. Mabro era un comprador dedicado. Volviendo al asunto de las calabazas, éstas estaban rellenas de dinero; eran una curiosa plantación, de unas semillas que él había comprado tiempo atrás, a uno de estos seres inusitados. Había sembrado sólo unas pocas en su campo, porque las vendían muy caras. Cada ciertos días, brotaban monedas de oro de ellas. A Rina le había encomendado recolectar cinco.
Rina estaba fastidiada, desganada, se sentía molesta. Avanzaba con lentitud, como arrastrándose. Con su varita hacía relucir los objetos a su alrededor, y buscaba las calabazas, entre la maleza. Recorrió algunos trechos de tierra del campo. La oscuridad era total. A veces había altos pinos, que formaban los bosques que rodeaban el lugar. Eran tan espesos que parecía que no se podían atravesar. Encerraban el campo. Rina varias veces estuvo a la orilla de estos pinos. Luego se adentraba más en el campo, mientras caminaba. No tardó mucho en encontrar las calabazas, no tardó mucho dentro del tiempo normal, pero a ella le pareció una eternidad, un hastío.
-Aquí tienes –le dijo entonces a Mabro con desprecio, entregándole las cinco calabazas con monedas de oro que había llevado sobre sus brazos. El espantapájaros sonrió complacido, divertido, y las recibió, dejándolas a sus pies.
-Muchas gracias señorita Rina –le dijo-. Ahora vamos a ver qué podemos hacer con aquella perturbadora maleza –y levantó su brazo, y a lo lejos invocó un hechizo, que la hizo ser tragada por la tierra, volver a la tierra, y desaparecer. La maleza había desaparecido entonces y el camino estaba libre de nuevo.
-Gracias –repitió el espantapájaros fingiendo cortesía, insistentemente. Pero Rina sentía que ya la había hecho perder su tiempo, y por eso se sentía pasada a llevar, y le guardaba desprecio. Sin decirle nada, se retiró, dejándole su indiferencia, y pretendiendo olvidar pronto el indeseado encuentro. Se alejó, y salió por la abertura, ahora libre. Entonces alcanzó a suspirar por el alivio. Ya había atravesado las dificultades, y ahora en el horizonte, la torre de la bruma se contemplaba más cercana. Por fin, ya iría a llegar, y haría el último procedimiento de la noche, luego de tanto fastidio…
Rina ya había salido del largo campo. Se sentía algo cansada.
-Aquel espantapájaros era un idiota… -murmuraba mientras caminaba. Siempre se mantenía indiferente ante los demás, y no solía guardarles rencor. Pronto se le olvidaría esto. Pero en este rato, el espantapájaros le había dejado un mal sabor. Pero quizá ella estaba más propensa al disgusto, porque tenía algo de sueño. Seguramente cuando llegara a su lugar, dormiría algún tiempo. Por ahora continuaba caminando, y disfrutaba de vez en cuando los paisajes del oscuro mundo que la rodeaba. Se sentía un poco soñolienta.
Más tarde llegó. La lluvia caía afuera. Las rejas de entrada a la torre de la bruma estaban cerradas, pero no era necesario atravesarlas. Entre toda aquella oscuridad, y el rocío de la lluvia que caía suave, invocó un hechizo. La oscuridad pareció rodearla y tragársela. Había algunos árboles alrededor de la torre. Hubo un pequeño destello entre la humedad, y Rina desapareció. Después volvió a aparecer, y estaba dentro de su habitación. Así con el hechizo, se ahorraba todo el tedioso y extenuante ascenso por las miles de escaleras de la antigua torre.
Cuando estuvo en su habitación, dispuso un caldero vacío en el centro de ésta. Entonces, sacó todos los materiales que había reunido, todos los que había anotado en su diario. Los fue echando entonces, uno a uno, en una disolución que había preparado, muy espesa. Entonces echó, la seta silvestre, un montón de hierbas naturales y frescas, una reluciente y de buena fibra pluma de cuervo, dos huevos (de araña se había conseguido, para mejores resultados), la tela de araña enredada y delicada, y por último, otro material más del arácnido, el veneno, de un tono muy amarillento y agrio. Rina había reunido todo, de lo más bueno que había encontrado, se había esmerado en buscar bien, y había conseguido lo mejor posible. Ahora el hechizo debía tener buen resultado, y cuando echó los materiales al líquido del caldero, de él surgió un vapor, que significaba que los materiales se disolvían, y que además, eran de una buena calidad. Mientras más rápido se fundían y se vaporizaban, significaba que mejores resultados iría a dar, que los productos eran realmente buenos. Rina sonrió complacida, a un lado del caldero, contemplando. Después de todo, había reunido los materiales correctos, quedaba satisfecha, luego de aquella ajetreada noche.
El caldero hervía. Producía el característico sonido de las cosas mezclándose, y burbujeaba. A Rina le gustaba este sonido. Se quedaba allí al lado, escuchando, relajándose. Estaba a un lado de la ventana también, y de vez en cuando daba unas miradas a las calles oscuras. Estaba todo desolado. El caldero estaba preparando la mezcla. Incesantemente se mantenía trémulo.  
-Por fin todo está en orden –se dijo Rina. Ya estaba más soñolienta que antes, y necesitaba descansar. Invocó un hechizo sobre el caldero, éste se iluminó y destelló, y entonces Rina, sabiendo que ahora sólo debía esperar los efectos, se fue hasta su cama. Se acostó encima, recogió su diario, y para pasar el rato se puso a leerlo. Después de unos minutos, el cansancio la venció, y se quedó dormida con el diario de hechizos sobre el rostro, como antes. Tenía un pesado sueño. Había estado muy cansada.
Luego de unas cuantas horas tal vez, recordaba que había abierto los ojos por un par de segundos. Entre borrosamente, contempló el caldero. Aún hervía, y se mantenía temblando. Entonces una sombra oscura surgió desde la profundidad del recipiente, sacó una pierna hacia afuera, y cuando la silueta estuvo totalmente salida, cruzó la habitación, abrió la ventana y desapareció por allí. Rina pensaba que estaba soñando. Estaba demasiado abstraída en el deseo de dormir, que primero había pensado que estaba imaginando lo que había visto.
En aquellas horas de la noche, en los momentos siguientes, la misma silueta había llegado hasta las calles, se había deslizado por la ventana y se paseaba tambaleándose. Aún chorreaba el brillante líquido del caldero, pues había salido de allí, producto de la mezcla de materiales, que habían formado una especie de portal. Era un antiguo hechizo del diario que Rina tenía. Uno de los primeros que había aprendido, pero nunca había usado. Cuando lo invocó, tuvo que recitar un largo discurso de palabras. La silueta seguía caminando, como si no encontrara su rumbo. Se perdía por las calles oscuras, y sólo avanzaba, como si estuviera aturdida.
Rina después de haber dormido un rato, ya se sentía más repuesta. Despertó después. Todavía relajada, observó calmadamente su habitación, comprendiendo las cosas. Recorría con su mirada, en una sensación apacible. Bostezaba suavemente. Estaba alegre, meditando sobre el placer que era dormir y soñar.
Hasta que vio el caldero, que había dejado de hervir. Se levantó agitadamente, y se dirigió hasta él: Estaba vacío. El líquido ya se había consumido. De golpe entonces, recordó la imagen, de cuando había despertado efímeramente, y había visto una silueta salir de allí. Entonces cayó en la cuenta, de que el hechizo ya había resultado, hacía un tiempo. Se puso ansiosa. Se dirigió hacia la ventana, y se apoyó con el pecho, para mirar hacia afuera, en un intento por percibir a lo que sea que hubiera salido del caldero. No había nada en las calles. Eso creía, hasta que distraídamente vio un bulto negro pasearse. Invocó un hechizo entonces, e intrigada, se dirigió a averiguar qué era, aunque ya sabía que era lo resultante del hechizo. Podían ya comenzar las travesuras.
Rina se exaltó. Llegó hasta la ventana, y se asomó de pecho. Entonces pensó, “se debió de haber matado”. Desde el cristal se observaban las calles oscuras, pero aun así la torre de la bruma estaba bastante alta. Aunque se tranquilizó, cuando recordó haber invocado un hechizo allí, que la transportaba y la dejaba directamente sobre la calle. Suspiró aliviada. Entonces lentamente, se trepó por la ventana. Y se fue deslizando, hasta que cruzó la barrera invisible del hechizo, que la hizo desaparecer. Ya después estaba de pie en las calles, sacudiéndose las ropas y la falda.
“Por lo menos había funcionado” se consolaba, recordando el hechizo para el cual había reunido los materiales. Y el propósito principal, que era, traer un humano a su mundo. “Qué curioso”, pensaba. Le generaba un interés enorme. Otra vez volvía a pensar en cuántas diferencias podrían tener los humanos con alguien como ella. Se mantenía constantemente pensando en ello, en las muchas cosas que podía descubrir. Estaba algo entusiasmada. Era un largo trecho el que los separaba; dos mundos. El de ella era de una oscuridad cegadora. ¿Qué iría a pensar el humano, al entreabrir sus ojos? ¿Pensaría que se habría quedado atrapado en el sueño, o que simplemente no podría despertar, por más que lo intentara? ¿Porque ahora sólo lo rodeaba densa oscuridad?
Eran muchos planteamientos. Pero mejor Rina iba a comprobarlo. Comprobar por ella misma, qué podía descubrir. Por eso continuaba avanzando. Lo que había visto moverse por las calles, desde su ventana, ahora había desaparecido. Pero aquello cambió, cuando frente a ella, a un lado de la orilla de la calle, había una forma recostada. Una sombra, que parecía haber quedado abatida contra el rincón, donde nacía la vereda, y estaba el límite horizontal de la calle. Rina se acercó, con un interés disimulado, y comprobó la piel de una persona, envuelta en un grueso abrigo negro contra la lluvia, aunque aquella noche no llovía.
La luna estaba sobre el cielo. Apacible, tranquila, pálida. Rina se llevó los brazos a la cintura, como lo hacía cuando comprobaba algo, cuando razonaba. Por fin entonces, había encontrado a la persona, al humano, que por obrar de ella, había traído a este mundo. “Por fin nos encontramos” dijo. Pero sus palabras parecían no ser escuchadas, porque se daba cuenta de que la persona, parecía inconsciente. Tomó un poco más de cercanía. Era un joven. Tomó su brazo para examinarle la mano. Su piel aún estaba cálida. Si hubiera llovido en aquel entonces, el frío habría azotado su piel, la habría entumecido. Quizás habría muerto a la intemperie. Aunque ahora no parecía muerto, sólo parecía dormir, aunque con un rostro de disgusto. El frío no parecía ser una causa de su inconsciencia, pensó Rina. Tenía el rostro algo sucio, como por pequeños rasguños o rastros de heridas. Rina se imaginó, que aquello le había sido causado, en el transcurso del hechizo. Cuando forzadamente se habría visto transportado a esta otra realidad, este otro mundo. El portal seguramente, que yacía en las profundidades del agrio y opaco líquido que había formado el caldero, producto de la mezcla de materiales, lo había trasladado bruscamente. Los portales absorbían. Atraían con impulsiva fuerza.
Más tarde Rina lo llevó hasta la torre de la bruma, para resguardarlo del frío. Allí estuvo lejos de despertar de su inconsciencia, en los primeros ratos. Rina registró su abrigo, y le encontró algo parecido a un carné de identificación. Le quitó la humedad, y contempló su foto. Leyó el nombre entonces. “Luisel” pronunció con sus labios. “Así que éste es el nombre del humano”. Luego, cuando aquella persona despertaría, le iría a relatar cosas, que le harían a Rina comprobar, que aquel joven procedía de buena familia.
Estuvo un largo momento sin despertar, hasta que despertó. Con los ojos entreabiertos, medio aturdido. Rina no se había percatado. Estaba pensando, en ojalá, no contraer problemas, en cuanto su tía se percatara de que había traído un humano a la torre. Porque había realizado el hechizo a escondidas. ¿Pero qué más iba a hacer Rina, si estaba aburrida de su vida, tan monótona, tan acostumbrada? No estaba mal usar un hechizo una vez cada mil veces. Además, era una bruja instruida, destacada. Alguna vez, merecía poder aprovechar sus propias cualidades, merecía tener sus propios privilegios.
El humano estaba débil. Algo le sucedía. Parecía adolorido. Se precipitó contra la cama. Rina, en vez de enfadarse, le causó una especie de ternura. El quejumbroso joven, se llevó una mano a la frente. Al parecer le ardía la cabeza. Rina se fue acercando, con curiosidad, para averiguar qué le pasaba.
-Anoche fue una noche muy rara, no recuerdo nada… ¿Estaré muy lejos de mi casa? –se decía. Rina se imaginó, si acaso aquel humano, se había ido de borrachera, con aquellos tragos mágicos, desconocidos para el mundo de ella. Alcohol. Pero Rina no lo conocía por aquel nombre. Aunque sabía, que podía causar aturdimiento en los humanos, lentitud en sus acciones, y algo de desorientación en los sentidos. Sabía bastante de los humanos. Lo había averiguado en la bola de cristal de su tía. Pero no, el chico no había bebido.
-Me duele el cuerpo… ¿Dónde estoy ahora? –se decía, y observaba a los techos azul oscuro, y toda la habitación. Como veía por doquier artefactos extraños, esotéricos, más se confundía. Pensaba que de pronto, había despertado en la tienda de alguna adivina, de alguna gitana de aquellas que instalaban sus carpas y ofrecían sus servicios. Pero ahora era plena noche. Y estaba todo muy oscuro. Vio la luna apenas, entre el cristal de la ventana, reflejada como mezclada con aquella humedad en el vidrio.
-¿Estoy en la casa de alguna amiga? –se preguntaba. La noche anterior sólo recordaba que había salido. No recordaba dónde, sólo lo había hecho, y recordaba que caminaba por las calles. Rina le preguntó, si efectivamente su nombre era, el que había leído en aquella identificación en su abrigo. “Sí” respondió. “Mi nombre es Luisel”.
-¿Y quién eres tú? –preguntó. Rina lo miró vacilante, sin saber muy bien qué contestarle. Pensó que tener a un humano sería una tarea fácil, que no habría demasiado que hacer. Pero ahora se daba cuenta, que le pasaba algo la raya, que no sabía muy bien cómo reaccionar. No sabía por dónde empezar, qué demostrarle.
-Soy… una bruja –respondió Rina. Luisel el humano, la miró con ojos incrédulos. Con aquella incredulidad de la juventud. Se fastidió, se sobó la frente con el brazo, y se levantó ligeramente de la cama. Entonces, rastreó la habitación con la mirada. Era un chico alto y pálido, peso normal, con cabellos negros. A Rina le causaba cada vez más, curiosidad contemplarlo.
De pronto el humano cuando volvió a sentarse sobre la cama, vio el diario de hechizos. “¿Y esto qué es?” preguntó, y se acostó a leerlo. Rina observaba divertida, cómo él pretendía entender. Tras un rato, le fue explicando los hechizos uno a uno. Luisel sostenía su incredulidad. “Sí, claro” respondía cada vez, y ojeaba el diario sin demasiada intención, desinteresado.
Rina aquella noche, lo tuvo un rato más en su habitación. Luego le fue despertando el interés al chico. Se levantaba, y observaba las estanterías, y analizaba toda clase de objetos que usaba Rina, y los libros que ella leía, gruesos libros distribuidos en hilera, con las clásicas telarañas adheridas a sus bordes. Luisel extraía los libros y los ojeaba, pero estaban en un lenguaje ininteligible para él. Rina después sintió que estaban algo encerrados dentro de su habitación, por lo que decidió que lo mejor sería, sacarlo afuera, ir a recorrer, que él mismo viera con sus propios ojos, el mundo en el que estaba ahora. Además así tomaban un poco de aire fresco. Y la noche estaba apacible, como siempre solía estar. Rina lo invitó a acompañarla. Luisel asintió. Salieron por los pasillos de la torre de la bruma, y recorrieron algunos de ellos, pero Rina pronto se cansó, y decidió mejor invocar un hechizo que los llevó a la salida. Luisel incrédulo, pensó que otra vez se había transportado. “¿Qué está sucediendo?” Se dijo. Entonces añadió: “Seguro me quedé dormido. Sí, ahora estoy durmiendo como una piedra…”.
Salieron a las calles. Rina lideraba el camino. Luisel iba tras ella, levantando la mirada muy curioso. Veía los cielos oscuros. Había una pizca de estrellas en ellos, a pesar de que en aquellos cielos, la oscuridad espesa siempre abundaba, como si hubiesen estado eternamente dentro de una habitación oscura, como generando una leve sensación de encierro y desesperación. Pero a Rina no le causaba nada. Es más; le era grato. Como la mayoría de los seres de allí, había desarrollado un gusto por la oscuridad. Dentro de aquel rato que caminaron, Rina se encargó de mostrarle su mundo a Luisel. Él estaba como un niño, curioso, pero a la vez manteniéndose firme en su incredulidad: “Esto no puede ser real” se decía, a pesar de que la hierba que pisaba bajo sus pies, estaba tan fresca y real, y todavía parecía húmeda y tenía gotas de rocío. A pesar, de que escuchaba cuervos crascitar a la distancia, a pesar de que veía sombras desplazándose más lejos, entre las siluetas de árboles oscuros y altos que estaban apegados, y a pesar de que volteaba unos segundos, y veía la torre de la bruma tras él, alta, como un gran pilar asomado hacia el cielo. A pesar de que veía todo esto, quería todavía mantenerse insistentemente en su incredulidad. Era demasiado, como para creer de la noche a la mañana, todo era demasiado cercano a un sueño más que a algo real. Además, tenía a Rina caminando frente a él. La observaba de espaldas, y ella sin duda era real. Era una chica extraña, de cabellos castaños y forma delgada. Sus ropas oscuras lo hacían dudar, porque realmente parecía una bruja a la vista. También parecía formada con finura. Pero ella sin duda, era real. ¿Alguien se había infiltrado en su sueño, quizás? Todo lo demás, le parecía, era falso. Pero todo también tenía un muy certero sabor a realidad.
Después volvieron a la torre, al interior de la habitación de Rina. Luisel no encontraba demasiado que hacer, pero Rina le hizo preguntas bastante curiosas sobre su mundo. “¿Qué hábitos tienen las personas?” “¿Sienten demasiado diferentes a nosotros?”
-¿Ustedes? –Le recalcó Luisel- ¿Por qué te refieres así? ¿Qué son exactamente, “ustedes”?
-Te lo he dicho, yo soy una bruja –respondió Rina-. Una verdadera bruja joven. Y aquí sólo hay seres oscuros, que habitan en este mundo.
-Claro –respondió Luisel todavía incrédulo-; la más oscura pesadilla que he podido tener…
Olvidaron luego el asunto. Luisel debía responder hasta los detalles más mínimos en las inquisidoras preguntas de Rina. Luego se precipitó hacia las estanterías, nuevamente. Le causaban gran curiosidad. Sacaba los libros, y los volvía a hojear, los revisaba enteros. Aunque Luisel no entendía una sola palabra. Pero se guiaba por los bocetos. Rina lo observaba con curiosidad, algo divertida. Ella observó un rato, la tarjeta que le había encontrado a él de identidad. Aparecía el nombre de su ciudad, su nombre completo, y sus apellidos. Pero a Rina nunca le gustaba aprenderse los apellidos. Aunque identificaban la familia de la cual se procedía, a veces pensaba que estaban de más, que eran un poco de sobra.
Luisel se sentó. Tomó el diario de hechizos, con total libertad, y se puso a hojearlo, con tanta soltura, que Rina ni siquiera le mencionó que era algo privado. Tanta naturalidad, que terminó dejándolo. Y sólo lo observó, sonriendo compasivamente. Ojeaba, como rastreando. Pasaba las hojas rápido. No acababa de entender, cómo funcionaba todo, si es que aquellos eran hechizos reales.
-Cuéntame de tu familia –le dijo Rina, en una parte de la noche. Luisel sentado sobre la cama, meditó, y se tomó su tiempo en responder. La observó, y le dijo, como si fuera a entrar en un tema en profundidad:
-La verdad, provengo de una buena familia. Mi casa es grande. Siempre me quedo en ella por las noches. El jardín es inmenso, por lo que suelo perderme. Me gusta estar solo, y ponerme a pensar, sobre muchas cosas. Quizás soy tan pensador, que en una de aquellas habituales noches solitarias y oscuras, me he quedado dormido y vine a parar aquí. Quizás estaba pensando y ahora estoy teniendo un sueño como este… -Rina lo observaba- Pero bueno, qué otra cosa te puedo decir… Mi familia tiene buen apellido. Son adinerados. Siempre me he criado en la buena clase. No tengo demasiadas amistades ni conocidos. Soy un chico de casa. Me gusta leer mucho. Soy algo curioso, pero indago sólo en lo que debo indagar. No creo en muchas cosas, como verás, soy incrédulo. ¿Qué hago aquí en primer lugar? No lo sé. Jamás imaginé que me iba a transportar de un lugar a otro, en una noche. No sé qué anduve haciendo. Ni recuerdo cómo llegué aquí –expresó sinceramente. Rina sintió que debía contener la risa, después de toda aquella explicación. Pero también entendió. Asentía, en señal de que retenía lo que él le hablaba, que comprendía.
-Entonces tu casa es muy grande –le dijo Rina.
-Algo así. Como una pequeña mansión, ubicada entre jardines inmensos. Hay mucha hierba, por doquier. Sólo hay una salida de la casa, lo demás está todo tapado por la hierba. Me gusta internarme entre ella, mirar los cielos, y ponerme a pensar. Sentarme sobre una silla. Algunas noches mirar la luna. Llevar un cuaderno, ya sabes…
-No, no sé –respondió Rina. Porque ella no tenía esas costumbres. Aun así, se sostenía la mejilla con la palma, se había inclinado un tanto, y lo escuchaba con mucha atención. Se adentraba en su charla. En la profundidad de sus pupilas negras, había un leve brillo de interés.
Rina de pronto, cayó en recuerdos. Se sumergió en su mente, volviendo a reconstruir aquellas tardes, en que lograba filtrarse en el cuarto de su tía, cuando ella no estaba. Que por cierto, acostumbraba a salir muy seguido. Cuando la ventana estaba abierta y entraban las brisas, por lo general era señal de su ausencia. Por lo general, era señal de que ella había tomado su escoba y había desaparecido.
Y esas tardes enteras, Rina se pasaba apreciando la bola de cristal. Lo pequeño que sabía en cuanto a los humanos, lo había sacado de allí. Se le hacía interesantísimo. Era un tema que se llevaba toda su curiosidad. La bola de cristal le mostraba los detalles, de la forma de vida de los humanos, y su cotidianidad. Lo demás, lo adicional que sabía, lo había obtenido de las largas noches, también enteras, en que se pasaba cubierta bajo su cama, con gruesos libros estudiando a las personas. Entre su estantería y la hilera de libros, por supuesto había unos cuantos, que trataban sobre este tema. La mente de Rina llevaba toda su atención ahora a esto, y se había alejado del momento por unos segundos.
-¿Estás ahí? –le chispeó los dedos Luisel frente a la mirada. Rina reaccionó, como cayendo bruscamente a tierra.
-Sí, estaba divagando dentro de mi cabeza… Me preguntaba cómo será de interesante convivir con otro ser humano. ¿Tendrán costumbres muy diferentes, a lo que yo acostumbro? ¿Modos de pensar totalmente distintos? Me intriga qué pensarán de este mundo… Y si yo estuviera en el mundo de las personas, creo que besaría la tierra. Daría todo por un momento allí.
-Seguramente algún día… -respondió Luisel. Aunque le causó una ligera gracia lo de besar la tierra. Y Rina le leyó la mirada, y luego de pensarlo, también le causó un poco. Pero Luisel parecía poco a poco, voluntariamente, ir dejando la incredulidad; sólo para profundizar más en los temas- Quizás algún día visites mi soleado mundo –le añadió-. Por ahora, aún me cuesta creer lo que veo. Pero ve tomando nota, porque yo estoy aquí en tu mundo, y te puedo asegurar, que todo me parece diferente a lo que he visto, a lo que estoy acostumbrado a ver… Todo aquí es como una noche particular, con nuevas cosas, en la que nunca he estado, nunca he vivido.
Una sonrisa satisfecha se formó en los labios de Rina. Porque ciertamente, aquel era el propósito, con el que había convocado el hechizo, con el que había traído al humano. Tomar nota, de alguna forma, de sus conductas. Saber cómo se comportaba; satisfacer su curiosidad. Rina se sentía curiosa. Y es que debía averiguar, cómo sentía un humano. Sólo para comprobar, si sus sentimientos eran demasiado diferentes a los de ella. Al final de todo, todo era por un sentimiento. Porque un sentimiento, había movido a Rina a llevar a cabo aquel hechizo. El sentimiento, de la curiosidad, de la intriga, de la decisión de hacer su realidad más interesante, y sus días menos vanos. Ahora estaba la oportunidad.
Y después de todo, pensaba, ¿qué era lo que marcaba el contraste entre ambos mundos? Esto lo pensaba Luisel también. Ambos lo pensaban. Suponían que la gracia era, encontrar las diferencias. La piel de Luisel se sentía helada, porque estaba acostumbrada al sol. La piel de Rina ya estaba helada, casi sin vida. Y hasta parecía que había perdido un poco de tacto. Pero siempre estaba helada, como si la sangre no bombeara por ella. Sólo a veces recuperaba su color natural, cuando la calidez recorría su piel, cuando el ambiente estaba agradable.
Pero las heladas incluso para las pieles heladas como la de Rina, y para la sensible piel de Luisel, se hicieron abundantes y punzantes. Muy intensas, y entraban por la ventana abierta de la torre, que Rina se precipitó a cerrar. Entonces ambos se encontraron en el cuarto, indecisos. Rina apuntó con su varita a la chimenea. Estaba encendida. Y ambos se acercaron, tanto, que terminaron al lado, y se sentaron. Y recibieron todas las agradables llamas de la chimenea, sintiendo el calor penetrar en ellos
-Bueno para ser sincero, esta especie de torre parece agradable, con la chimenea –expresó Luisel de pronto, que ya había comprobado que se encontraba en un lugar de altura, en una torre. Y en sus ojos brillaban las chispas del fuego. Se sentía relajado, por aquella calmante sensación del calor. Rina lo miró unos segundos y asintió.
-Sí… Mi lugar siempre es agradable –dijo ella, y se apoyó el rostro en la palma, y se acomodó, frente a la chimenea. También inmersa, vio el fuego arder, como con una expresión de ternura.
Estuvieron un rato entre esa oscuridad, viendo la chimenea arder, como un proceso que los entretenía y los abstraía. Apenas se percataron, cuando unas pequeñas criaturas como duendes luminosos, comenzaron a hacer un baile, y tomados de los brazos, pasaron así danzando, acercándose al fuego, mientras miraban a ambos. Rina se percató de pronto, casi boquiabierta, y Luisel también se sorprendió. Pero Rina estaba atenta a la impresión de Luisel, aunque los dos no alcanzaron a decir palabra, y los duendecillos, todavía tomados de los brazos, muy alegres, saltaron hacia el fuego, sacrificándose todos ellos, y comenzaron a arder. Y el fuego se avivó aún más. Entonces, se volvió muy cálido, y Rina junto a Luisel se sintieron muy abrigados.
-¿Qué fue eso, aquellos seres eran una especie de combustible? ¿Lo hiciste tú? –preguntó Luisel con sorpresa, observando el fuego todavía, por si veía aparecer a alguno de esos duendecillos.
-No –respondió Rina-, no los hice yo. Viven aquí. Les gusta mucho el fuego, les da placer. Ahora se han lanzado a él, pero a nosotros nos sirve, porque así el fuego se vuelve más fuerte, y por lo menos, no tuvimos que haber ido a buscar madera.
-Fue chistoso –admitió Luisel, con algo de gracia. Y Rina, también se rió. Aunque Rina pensaba que aparte de ellos, la torre de la bruma había estado desolada. Y ahora, con aquellos duendecillos extintos, que habían andado merodeando por la habitación, bajo la oscura cama de Rina, la torre de la bruma volvía a estar desolada y tenebrosa, tal como a Rina le gustaba, aunque causando una pequeña sensación de tristeza. Pero pronto se pasaría, sólo era algo momentáneo.
Luisel apenas sonreía, de pronto. Se le había ido el entusiasmo. Entonces le preguntó, qué harían a Rina, para que no se aburriesen. Rina pensó un momento. No se irían a aburrir, había demasiadas cosas que hacer.
-¿Conoces alguna playa? Tengo ganas de visitar el mar –dijo de pronto el humano. El mar sería lo único que le iría a recordar su mundo, apenas lo viese. Rina se puso a pensar, y lentamente recordó. Asintió, y le dijo que sí conocía un mar.
-Pero te puede resultar algo diferente… -le hizo saber- Pero vamos para allá. Pasaremos un rato agradable.
Ambos salieron por la ventana. Esta vez, Rina más que todo, no quería salir con hechizos, ni cruzar tediosos pasillos. A Luisel en el fondo le daba igual. Pero Rina quiso buscar un camino diferente. Treparon por el marco de la ventana helada, y por allí se deslizaron. Entonces se les abrió una nueva vista, y entre la noche, vieron un montón de quejumbrosos y polvorientos tejados, de muchas casas distribuidas en hilera, que parecían interminables. Eran las casas de los seres, vecinos de Rina. Los tejados eran quejumbrosos, porque en cuanto ponían pie sobre ellos, las tablillas crujían. Rina junto a Luisel, con mucho cuidado, recorrieron por los tejados, bajo el firmamento negro, y el horizonte estaba lleno de detalles, y tenían una vista bonita. Avanzaban, manteniendo el equilibrio, para ir directo por los tejados, mientras se daban cuenta de lo intensa que era la noche. Unos grillos metían ruido a la distancia. Ambas siluetas avanzaban por los tejados. Las ventanas de los hogares, mostraban las luces encendidas, habitadas por criaturas desconocidas, extrañas, que podían variar. Rina sabía que en su mundo, siempre se podía encontrar lo inesperado.
Rina avanzaba por el borde de un tejado, cuando volteó la cabeza, para observar hacia las calles. Por allí, por entre el borde de un bajo muro de piedra, paseaba la sombra de un gato. Vio a Rina, y le maulló desde la distancia. Luisel continuaba caminando, adelante ahora, manteniendo el equilibrio, pero a la vez también volteó, con curiosidad por meterse en el asunto, y le preguntó:
-¿Es tuyo ese gato?
-Es una gata –respondió Rina. Y dirigió la mirada hacia la mascota, y le gritó: “¡Purpúrea, ven aquí!”-. Es bastante malcriada, por lo demás –añadió. La gata solamente la miró, y se quedó inmóvil, sin hacer nada. Tenía el pelaje de un color rozando el púrpura, pero un poco más oscuro; a eso se debía su nombre. Pero daba más al púrpura en todo caso. Rina la había recibido una noche de navidad. Su tía se la había regalado, envuelta la pobre animal, luchando por destrozar el envoltorio de regalo, que cuando llegó, vino hecho trizas.
Purpúrea se retiró. A Rina nunca le había gustado demasiado pronunciar este nombre, pero a la hora de compararlo con la gata, iba muy bien. Su pelaje relucía por las noches. La gata se había ido, y continuaba vagabundeando. Rina le aclaró a Luisel, que aquella podía ser su gata. Pero casi todas las noches se escapaba, y no volvía dentro de varias horas. A veces se alimentaba en otros lugares. Purpúrea podía sobrevivir sola. Y sólo cuando se dignaba a volver, volvía a ser la gata de Rina. Por eso Rina le decía, que quizás, podía ser su gata, sólo cuando ella se acordaba, que tenía dueña.
Rina presentía, que se iba aproximando un término, alguna clase de final. Pero no sabía de qué tipo, no sabía qué esperar. Pero de lo que sí tenía certeza, es que tenía un presentimiento. Algún tipo de presentimiento, que por ahora, no podía descifrar.
Se toparon con ramajes de algunos árboles oscuros frente a sus rostros, que fueron desenmarañando, a medida que avanzaban. Y comenzaron a llegar hasta un nuevo lugar. Como si de alguna forma hubiera amanecido, apareció la luna llena, contemplándose más intensamente, más despejada de los cielos cegados en oscuridad. Era lo equivalente, a que hubiera salido el sol, en cualquier parte del normal mundo humano. Pero aquí, lo más que llegaba a iluminar, era la clara e intensa luna llena. Por eso, era lo equivalente, a que la luz más iluminadora, apareciera. Entonces los cielos se aclararon, ligeramente, con una pizca apenas de luz. Pero al fin y al cabo, se aclararon un poco.
Ambos recorrían el nuevo lugar, atravesando un sendero, que los llevaría a una parte diferente, cuando ya la hilera de casas se había terminado, y ya se estaban alejando de los lugares habitados. Como siempre, por entre la frondosidad de algunos árboles, se podía observar la torre de la bruma lejana, alzada al cielo, con la niebla cubriéndole la punta. Y las luces de las partes pobladas, de las ventanas iluminadas, creaban un cálido resplandor un poco a la lejanía. Ahora debían atravesar una parte en oscuridad, entre varios árboles. Ambos iban medio cansados. Luisel se había detenido a respirar, llevándose la mano al pecho, y entonces le dijo a Rina, que iba adelante:
-Oye, Rina… Y tú, ¿vas a la escuela?
Rina lo miró con curiosidad, por dos cosas. Primero, porque Luisel estaba pronunciado su nombre, Rina. Pensaba que se le había olvidado decírselo, pero luego recordó, que mientras estaban en la torre de la bruma, se lo había dicho. Tenía que mencionárselo, porque aunque ya se le hubiera presentado como una bruja, debía decirle el nombre, que era una de las cosas más importantes. Ahora Luisel la reconocía. Aunque los nombres en las memorias permanecieran sólo por un instante, era algo necesario saberlos. Lo segundo que le causó curiosidad, fue la pregunta de Luisel. Era algo inesperado. Rina esperaba, que el humano fuese a estar tan impresionado, que por poco se le rompiera el orden en que tenía a las cosas en su mente, en cuanto se encontrara en un mundo tan diferente al suyo. Pero como a Rina le causó sorpresa, él esperaba que incluso en aquel mundo de ella, hubiera alguna clase de escuela. Donde como debió de haber supuesto, ella debía instruirse. Una ágil mente. Rina lo advirtió enseguida.
-Sí, pues quizás como pensaste antes, incluso en este mundo pueden haber escuelas. Sí, efectivamente sí asisto a una. Pensaba mostrarte este mundo, y la escuela es parte de ello. ¿Quieres que la vayamos a visitar?
 -Bueno –respondió Luisel, satisfecho ante su perspicaz mente, su rápido pensamiento. Además ya estaba más intrigado, más interesado que antes. Poco a poco, se iba sumergiendo más en este mundo tenebroso, este mundo en el que habitaba Rina.
Más tarde, entre la selva de ramajes y lianas de frondosos árboles asomándose, con la intensa oscuridad de fondo y el cielo descubierto, Rina junto a Luisel continuaban avanzando. De repente, ciertas arañas pequeñas aparecían desde los troncos de los árboles. Algunas, con el tamaño de una tarántula, amenazando con saltarles a los brazos. Otras veces había cuervos, o pájaros extraños de diversos colores, reposando en delgadas ramas.
De pronto por tanto avanzar, Luisel se comenzó a cansar. Además que tenía que estar constantemente atento, por las arañas saltadoras.
-Ah, Rina, ya hemos avanzado mucho. ¿Falta mucho para detenernos?
Rina que iba a la delantera, volteó. “No”, le respondió, y lo invitó a asomarse a mirar hacia adelante. Entre la cobertura de árboles, abriéndose en un camino, estaba la institución, la escuela de brujas. Y allí había un prado con algunas flores nocturnas, donde fueron adentrándose. Llegaron y Rina entonces recordó.
-Pero hay un problema –le dijo-. La escuela está llena de brujas instruidas y astutas. Detectar la presencia de un humano no les sería difícil. No podremos entrar a la escuela juntos. ¿Te parece si nos quedamos aquí?
Luisel estaba algo maravillado, observando la estructura de la institución. Blancos pilares, y toda aquella oscuridad, y profundos pasillos que se perdían a la distancia. Rina añadió:
-Por lo menos hay un vestíbulo, donde sí podemos estar.
-No hay problema –respondió Luisel algo entusiasmado-. No me importa demasiado aunque sea, quedarme aquí.
Llegaron hasta aquel vestíbulo. Era un espacio largo, pero algo angosto. Casi como un pasillo, pero había espacio suficiente para que estuvieran ambos, y en medio de la muralla, reposaba una ventana. Rina invitó a Luisel a adentrarse más, y quedaron frente al cristal de dicha ventana. Entonces Luisel se perdió un momento observando. Se adentraba con la mirada.
-¿Qué habrá atrás de todo aquello? –se preguntaba, ante la barrera de profunda oscuridad que había más allá, donde alcanzaba a llegar la vista. Rina pasó adelante, ocupó el puesto en la ventana, y mientras observaba le respondía.
-Más allá, hay mucha más oscuridad, por supuesto. Pero son horizontes tenebrosos, algo diferentes. Más allá, hay más escuelas. Por allá donde te llega la vista, está la frontera con el mundo de tinieblas. Allá está la Escuela de Vampiros, que es conocida por este lugar. Hace muchos años estuve allí ya. No recuerdo demasiado bien, pero nadie puede ir. No es bien vista la presencia de brujas por allá…
-¿Y no hacen intercambio de alumnos? ¿Vampiros, dijiste? –Luisel pensó un momento- Sí, intercambios, ¿enviar una bruja y que algún vampiro venga de allá?
Rina se intrigó ante aquella pregunta. Caviló un momento, y le respondió:
-No, claro que no. Sería una muerte segura. Los vampiros son agresivos, y las brujas son mañosas, y les gusta hacer maldades. Ninguno de los dos sobreviviría en la escuela diferente.
-Ya veo… -asintió comprendiendo Luisel. Luego, abandonaron aquel vestíbulo. Volvieron al prado, donde estaba el pequeño jardín de entrada a la institución. Le había intrigado a Luisel, mirar más allá de la ventana. Deseó por un momento, haber visitado el mundo de tinieblas. Aunque, ¿cuál era la diferencia, entre aquel mundo y éste? Ambos le eran ya bastante tenebrosos, aunque no conocía el de tinieblas, pero se le hacía semejante. Seguro la oscuridad era cegadora, igual que aquí. Quizá la única diferencia, es que aquí había seres fantásticos, extraños y brujas. Y quizá en el otro mundo, había vampiros, y algo más por allí, siniestro.
Este mundo le parecía más peculiar. Hasta le agradaba. Pero todo aquí era lo inesperado. Con cada paso se encontraban con cada criatura extraña, y tenía a cada momento una sensación de ir descubriendo cosas nuevas. Estaba seguro de que si hubiera llevado su cuaderno, a este mundo, habría pasado inspirado cada segundo. Pero era sólo un pensamiento. Cayó de vuelta a la realidad, y allí estaba Rina frente a él, esperándolo.
-Y ahora, ¿quieres que vayamos a la playa?
-Sí, claro –respondió Luisel. Aún continuaba interesado. Entonces se marcharon de aquel pequeño jardín. Por el camino, se iba charlando con Rina. Le preguntaba cosas tales como, si ella disfrutaba de hacer maldades, como las otras brujas. Rina era muy sincera con sus respuestas, pero a veces omitía información, tal como que el propósito de haberlo traído a su mundo, era una de sus maldades.
-Claro, todas las brujas disfrutan divirtiéndose, para eso están los hechizos –le decía.
La noche transcurría rápidamente, pero a la vez a ellos parecía hacérseles eternas. Llegaron hasta la playa. Rina se instaló en la suave, blanda y helada arena, de un color blanco, sin vida. Luisel apenas llegó, sintió que la mirada se le iba hacia el mar. Como un niño a quien le llaman la atención, se dirigió, como hipnotizado, hacia las aguas. Rina sólo lo miró, satisfecha por verlo tan interesado.
Luisel llegó, hasta la orilla, donde comenzaba el agua. Podría haber jurado, que aquella era gasolina, un mar de gasolina. Las aguas eran negras, y espesas. Tanto, que parecían un abismo. Eran tan espesas, que pensaba que si se hubiera llegado a sumergir en el agua, ésta lo habría tragado, dejándolo sin retorno, y lo habría arrastrado a la profundidad. Por eso tuvo algo de miedo, y tuvo mucho cuidado, de no asomar ni la punta de sus pies siquiera, a aquel mar, que se extendía lentamente, con sus sutiles olas.
Cuando ya tuvo satisfecha su curiosidad, volvió algo cansado hacia donde Rina, que esperaba en las arenas. Rina estaba cuidando sus cabellos castaños. De pronto, se había puesto su sombrero de bruja. Esto causó que Luisel, la viera muy diferente a como estaba antes. El sombrero la hacía ver muy diferente. Le preguntó por qué se lo había puesto, y qué era lo que tenía entre sus brazos. Rina estaba tendida, y había dejado a su lado su escoba, después de haberle estado quitando el polvo.
-Es mi escoba. Seguramente ya te parecerá consabido, que las brujas pueden volar.
A Luisel le chispearon los ojos con interés.
-No me digas, ¿puedes volar?
-¿Quieres que lo intentemos? –le preguntó Rina, y preparó su escoba. Ella se montó adelante, y Luisel en la punta, atrás, apenas se afirmó a su cintura. Rina entonces comenzó a tomar altura, sosteniéndose su sombrero de bruja y ajustándoselo para que no se le cayera. En un segundo después, ya estaban sobrevolando toda la playa. Luisel se sentía dichoso, y se sentía feliz, de poder creer que tenía la capacidad, de estirar su mano, y que podía tocar cada estrella en el cielo. Rina también sonreía, por lo motivado que lo veía. Y ella acostumbrada, disfrutaba el vuelo, pero se le hacía tan divertido, como la primera vez que había volado en escoba.
Luego descendieron. Rina dejó su escoba de lado, y exhaló, cansada. Y Luisel también, estaba jadeante. Rina ya estuvo bien después, y se escondió la escoba entre sus ropas, haciéndola desaparecer bajo ellas con un hechizo. Luisel hizo un gesto de sorpresa, pensando que a ella nunca se le acababa la magia. Siempre lo sorprendía. Descansaron un rato sobre las arenas luego, un rato en que miraron los cielos, y se quedaron dormidos por unos minutos, casi una media hora.
Luego, cuando Luisel despertó, se percató de que Rina ya había despertado, y continuaba mirando a los cielos, callada y sonriente. Entonces le preguntó, qué irían a hacer ahora.
-La noche es larga, como ya sabrás –le dijo Rina-. Quizás aquí en este mundo, se te puede hacer todavía más larga. Verás, ahora que recuerdo, pronto habrá una festividad de brujas. Un Halloween, en este mundo. Y me gustaría concluir la festividad con broche de oro. Por lo que me gustaría adornar mi torre de la bruma.
-Suena interesante –le respondió Luisel-. En mi casa siempre celebran Halloween, y la adornan toda. Con lo grande que es, se hace todavía más inmensa, entre tantas decoraciones, y luce deslumbrante. La mayoría de los invitados quedan maravillados.
-Qué perfecto –apreció Rina-. Pero ahora, ¿quieres ayudarme a mí a decorar mi lugar?
-Bueno, ¿qué quieres que hagamos?
-Espérame –le dijo Rina-, mientras busco el dinero. Conozco una feria cercana. Dame un momento, que rebuscaré por aquí… -y se alejó entre la blanda arena, hasta un rincón oscuro, donde sacó un bolso que traía, de cuero. Allí, entre la profundidad que parecía interminable del bolso, comenzó a buscar su dinero, que consistía en unas cuantas monedas de oro. Mientras lo hacía, e iban pasando los segundos, Luisel se decidió a esperar. Se llevó las manos a los bolsillos de la chaqueta, y se puso a contemplar el cielo, haciendo intentos por silbar una ligera melodía. Entonces, sus manos se toparon con algo. Extrañado, se dio cuenta que había dado con algo en su bolsillo. Pero volteó ligeramente, y Rina todavía continuaba inmersa en su bolso. Entonces Luisel, comenzó a ver de qué se trataba, una carta, que había sacado de su bolsillo, y la desenvolvió.
-Vaya, quizás desde cuándo esto estaba aquí… -se dijo. Se dispuso a leerla:
“Mi estimado sobrino:
Peligras, has de saberlo. Tu suerte peligra, porque estás ahora mismo frente a la desgracia. Yo ya sabía de todos estos sucesos. No te fíes nunca de Rina. Sé que ella es una bruja; sé que ha estado espiándonos, a través de una bola de cristal, desde su mundo, hasta el mundo humano, el nuestro. Sé lo que trama. Así como ella nos ha vigilado, yo también la he vigilado. He logrado imitar una bola de cristal parecida a la de ella, a través de estos años. Confía en mí. Rina es peligrosa. Te seducirá, con sus aparentes encantos, y cualidades atractivas, y toda su gama de hechizos, y te irá conduciendo lentamente hasta un destino nefasto. De verdad, no es sólo un capricho mío el que te diga esto, sino que es una desconfianza. ¿No te has preguntado, por qué de la noche a la mañana, has tenido este sueño? Porque a ti te puede parecer un sueño. Aunque ahora debes estar seguro que es real. Apareciste en otro mundo. Lo sé, es difícil de creer. Pero sólo te has dejado llevar, como un niño ilusionado. Has creído casi todo lo que te han metido. Sólo te has ocupado de sorprenderte, deslumbrarte con cada cosa, y estás despierto a cada detalle que se te presenta. Pero este sortilegio, ¿no se te hace tan repentino e hipnotizador? ¿Por qué has caído tan fácil en sus mañas, sobrino? El capricho es de ella, de haberte traído hasta su mundo. E irá consumiéndote lentamente, hasta verse ya satisfecha, hasta haber tenido su entretenimiento. La verdad puede doler. Sólo te has transformado en una entretención. Sal de allí lo más pronto que puedas sobrino, las intenciones de aquella bruja no son para nada buenas.
No te fíes nunca de Rina.
Leandro”
Claro. La primera sensación para el lector de la carta, quizás para Luisel, aunque le sonaba bastante convincente, era que la carta primeramente estaba llena de rencor. Un odio ciego, una aversión hacia Rina. ¿Pero con qué motivo, toda aquella repulsión? La carta era de su tío Leandro. Su tío era de confiar. Era un hombre muy inteligente, que se había marchado años atrás a las montañas, a aprender de la hechicería. En la familia lo habían calificado como un loco, como un ermitaño. Luisel hablaba con él, una vez cada dos meses, por lo menos. No le hacía ningún daño el contacto con él, las charlas que tenían. Es más, siempre consideraba que aprendía muchas cosas. Había ido forjando una confianza con su tío. Y ahora, esta carta preventiva, realmente lo hacía pensar, lo hacía alertarse ante algún peligro.
-Ya encontré las monedas –dijo Rina de pronto, sosteniendo entre sus manos unas relucientes monedas de oro, que brillaban a la distancia, encerradas en su palma. Luisel le había dado una mirada disimulada. Con mucho cuidado, había envuelto la carta, y se la había vuelto a esconder en el bolsillo de la chaqueta. De allí en adelante entonces, pretendió naturalidad.
-Qué bueno, me alegro. Ahora podremos ir a aquella feria que mencionaste –le dijo a Rina, pero mientras tanto en su interior, la desconfianza comenzaba a crecerle, y sus pupilas, ya no se fiaban tanto. Veía a Rina ahora, como una secreta enemiga.
Leandro, su tío, había habitado en la casa de Luisel, aquella como una pequeña mansión, por varios años atrás en el tiempo. Pasaba en los jardines también, llevaba un cuaderno, reflexionaba. Le gustaba demasiado la soledad. No le agradaba mucho la gente, prefería retraerse a un lugar tranquilo, y comenzaba a pensar, a la vez que se relajaba, con lo que le gustaba estar en contacto con la naturaleza, y las plantas que había, muchas de ellas, sembradas por él mismo. Cuando llegaba alguien más de la familia, él alejaba a aquella persona. Al único que desde siempre había aceptado, era a Luisel. Quien por cierto, quizá había heredado las costumbres, o quizá le eran innatas, de también tener sus momentos de reflexiones, él y sus pensamientos, en tranquilidad. Sólo que él gustaba de las noches más que todo, porque se le había vuelto un hábito, complementar sus pensamientos con los cielos estrellados. Su tío lo hacía por las mañanas, y gran parte del día. Había tomado tanto cariño por la naturaleza, y su acogedora soledad que llenaba de pensamientos, que había tomado la decisión luego, de que se hubo ganado la ojeriza de los habitantes de la casa, de marcharse, a las montañas. A llevar la vida de un ermitaño. Nadie se opuso; sólo Luisel se vio mediamente afectado. Lo comenzó a ir a ver con el tiempo. Allí empezaban a surgir sus charlas, interminables conversas mientras la tarde caía, en lo profundo del cerro.
Pero ahora Luisel se preguntaba, ¿cuáles eran los propósitos de su tío? Realmente, parecía, se había transformado en un vidente, escondido en la montaña. Quizá cuánta magia tenía a su disposición y escondía. Pero lo que era cierto, es que su carta contenía varios indicios sobre Rina, cosas que eran verdaderas, casi como presagios. Por lo que la carta le pareció una advertencia, una mala señal de lo que iría a ocurrir. No podía evitar percibir un cierto odio por parte de su tío hacia Rina en la carta, pero igualmente Luisel, iba a mantenerse a la defensiva. No perdía nada, con prevenir ante Rina, aunque todavía no decidía lo que iría a hacer, y ahora la tenía que acompañar, a la feria a la que habían quedado de acuerdo en ir. Y la noche continuaba transcurriendo…
Su tío había sido un hombre joven, bien parecido. Con los años que se había ido a la montaña, le había surgido una tupida barba, que acogía pelusas y canas. Su mirada se había vuelto más seria, más amargada. Ya tenía un rostro más sombrío, y parecía un viejo escuálido, aunque esos eran sus tiempos más críticos. Había otras temporadas, en que se alimentaba suficientemente bien de los frutos de la montaña, y ya lucía más grueso de carnes. Sabía cuidarse. Pero Luisel se preguntaba con horror, si él también iría a terminar así, con aquella apariencia. No quería esperar eso.
-¿Queda demasiado para llegar a la feria? –le preguntó de pronto Luisel a Rina por el camino, ya agotado por la extensa noche. Iban por un terreno escabroso, sumido en tinieblas. Cansaba los pies, andar por suelos tan irregulares, topándose con piedras y tierra dura. A veces había una que otra maleza por allí.
-No, no falta demasiado, para llegar a la Feria Macabra, así es como le llaman. Venden toda clase de decoraciones extravagantes, oscuras, decoraciones hermosas para mi gusto, todas ambientadas en la celebración de Halloween, y muchas otras cosas por el estilo. Siempre que voy, siento deseos tremendos de gastarme mi dinero y comprarme todo allí. Es una feria atractiva, encantadora a los sentidos.
-Vaya… -respondió Luisel, dio un respiro, y siguió caminando. Ya tenía las piernas cansadas. Pero continuaba pensando, con las esperanzas, de que realmente faltase poco para llegar, y contemplaba a Rina, avanzando delante de él, cada cierto tiempo.
Ya a lo lejos, entre la oscuridad nacían unas intensas luces, que surgían donde comenzaba el horizonte, hasta donde llegaba la vista. Como la oscuridad abundaba en todo lo que rodeaba, aquellas luces que se veían al final eran lo único que destacaban, y llamaban intensamente la atención. Rina sonrió, satisfecha, con una pizca de misterio, sabiendo de qué se trataban. Luisel miraba alucinado, aquellas luces que cada vez crecían más, y se volvían más altos que ellos. Eran unas luces entre varias tonalidades, pero en las cuales, tomaban más parte el amarillo, y un intenso naranja, dulce. Entonces iban llegando. Rina le decía:
-Es sólo la luminosidad de la Feria Macabra. Ya verás, es muy atractiva.
Luisel asintió, comprendió. Iba muy callado. Demasiado silencioso, por la sensación que le había dejado la carta, que pretendía guardar en secreto, o callar, hasta que se diera el momento, de manifestar su descontento, su sentir contenido. Entonces la oscuridad pareció apagarse, cuando cruzaron un umbral. Sobre sus cabezas, se asomaban unos gruesos mantos marrones. Luisel observaba todo cuanto había sobre su cabeza, y a sus lados. Ya se iban adentrando, en la feria macabra.
Aquellos mantos marrones sobre sus cabezas, y cubriendo las tiendas, servían de toldos. Tras los mostradores, habían unos brujos, con los rostros cubiertos por sus capuchas, con las mangas una dentro de otras, y jamás saliendo de sus puestos. Permanecían muy en silencio. Sólo ofrecían sus palabras, si es que se acercaba algún cliente. Luisel de pronto miró a los cielos. Estaban helados, y algunas nubes se asomaban. Ya su presentimiento se iba haciendo más fuerte, y entonces sólo miraba a Rina, esperando. Esperando, que sucediera algo, cuando él decidiera ya decirle sus palabras, respecto a lo que había leído.
Pero mientras, no era el momento. Observó a Rina, que avanzó, algo fascinada. Y llegó hasta el primer puesto, donde sobre un altar, había nada menos que calabazas, que eran uno de los productos favoritos de Rina para la decoración, y por supuesto, quizá el más simbólico para el motivo de Halloween. Había distintas calabazas, todas brillosas y de variados tamaños. Rina tomaba las que le parecían más espeluznantes. El vendedor encapuchado tras el mostrador, con una voz grave le dijo “toma la que quieras…” y Rina, sacó tres, que echó en su bolso. Había hechizado su bolso, de manera que ahora tenía una profundidad inacabable. Entonces, podía echar cuanto quisiera, que hubiera comprado. Tres calabazas llevó, depositó las monedas de oro en las manos del brujo, y continuó adelante.
Había varios puestos, todos con distintas decoraciones y artículos. Le llamó enseguida la atención entonces, otro puesto, donde aguardaba un encapuchado más alto, y mucho más siniestro que los otros, con unas manos esqueléticas, y que a su lado sostenía una inmensa hoz. Era la representación de la muerte en su forma. Pero quizá no era la muerte verdadera, quizá sólo era un mensajero. Rina fue hasta donde él, y con la personalidad que tenía, le preguntó dónde estaba la muerte. El encapuchado la miró, con su rostro que era sólo sombras, y le respondió:
-La muerte, que es mi señora, está en el más allá, en su respectivo lugar –y entonces guardó silencio. Rina comenzó a observar la mercancía. En la mesa, cubierta por un mantel gris, había más copias de la hoz que tenía él, pero de tamaños más pequeños, simples ejemplares. Había por lo menos unas cinco. Rina, como quería estar preparada con la decoración, y contar con lo que sea que pudiera necesitar, llevó por lo menos una. Y algunos observaron impresionados, cómo metía la hoz al bolso que llevaba, introduciéndola, y hundiéndose en la profundidad hasta que no quedó ya nada de ella.
Luisel iba muy silencioso. Hasta que por último, Rina llegó al puesto postrero. Allí no se esperaba lo que iría a encontrar, pero se lo encontró: En el puesto había una larga mesa, cubierta por un mantel negro, con unas curiosas flores encima, que le llamaron la atención, pero aquello pudo esperar, porque otra cosa también le llamó la atención: En el interior del puesto, nadie parecía estar atendiendo. Pero a la salida, había un espigado espantapájaros, con un rostro siniestro y burlesco. Era Mabro. Y apenas vio a Rina, la reconoció. Rina reaccionó con fastidio. No era algo esperadamente grato.
-¿Qué hace la señorita Rina por estos lares? –le preguntó, con aquella disimulada burla que tenía en su hablar- ¿Ha venido a gastarse su dinero, en las diversas mercancías que hay por aquí?
-Mabro no me fastidies. ¿Qué vendes? –le preguntó Rina.
Mabro con uno de sus brazos, cuyas mangas acababan en cientos de dedos de paja, le mostró la mesa tras él, en las cuales reposaban unas abiertas, anchas flores amarillas, de alargados pétalos y un ondulado tallo estirado. Era flores que estaban demasiado marchitas, aunque al grado en que lo estaban, aún parecían ser flores vivas, que respiraban. A Rina le habían llamado ligeramente la atención.  Mabro le estiró su mano con aquellos hilos de paja, en la que sostenía unas semillas con la forma de las mismas flores, pero en más reducido tamaño, como una marca para identificar aquellas semillas. Eran flores que él mismo cultivaba. Y afirmaba, que eran su propia creación. Aunque bien podía haberlas comprado a uno de los muchos extraños que pasaban por su extenso campo.
-Este es mi cultivo favorito. ¿Recuerdas cuando anduviste en mi campo? Seguro viste mis calabazas hechizadas de cuyo interior salen monedas de oro. Estas flores harán exactamente lo mismo. Sólo que lucen más bien, y adornarán cualquier jardín. Se verán muy lindas. Con estas te podrás hacer muy rica. Si deseas, te puedo hacer un precio, mi estimada Rina.
Hablaba con una voz de suavidad, con una finura tan pretendida, que a Rina realmente la enervaba. Pero Rina debía sólo soportarlo, no mostrar una impulsiva rabia. Ya se tranquilizó más, cuando Mabro le hizo una oferta.
-No tendría problema, en hacerle un precio a mi estimada señorita Rina… –rió, con una especie de insidia escondida-. Tómelas, y no se preocupe por el dinero, que esta noche te las entrego baratas.
-¿Puedes dejar de hablarme ya como si fuera una persona mayor? –le dijo Rina fastidiada, y le arrebató las semillas de sus hilachas de paja que tenía como dedos. Mabro se rió disimuladamente con malicia.
Rina había tomado cinco semillas, y le pagó las correspondientes monedas de oro. Luego, pensaba, las iría a plantar en su jardín, atrás de la torre de la bruma. Se verían muy bien, cuando aquellas semillas ya produjeran esas crecidas flores de aspecto marchitas, y con el tiempo, irían entregándole las monedas de oro, que se habrían de hacer más habituales cada vez. Y nada mejor, que tener una especie de flores, que fueran entregándole dinero temporalmente.
Rina suspiró. Después de haber concluido aquella transacción, ya estaba aliviada, y dejó a Mabro atrás, dándole gracias al cielo por no tener que encontrarse ya más con ese aborrecible espantapájaros, con quien ya había tenido la desgracia de encontrarse. Por lo menos una vez en la feria macabra, como era el destino a veces –pensaba Rina con pesimismo-, tenía que encontrarse con aquel cargante.
Luisel ya estaba cansado, y ya no estaba aguantando más, la incomodidad de la secreta tensión que tenía por dentro. Miraba cada tanto a la luna sobre el cielo, preguntándose cuánto faltaría ya para que la noche acabara, porque se estaba ya quedando sin fuerzas. Miraba, y buscaba esperanzas. De pronto, viendo a Rina que iba caminando delante de él, llevando las mercancías que había comprado, sin aguantar ya mucho la fatiga, le dijo:
-Rina, ya hemos estado mucho tiempo aquí… Dime, ¿cuándo piensas ya volver a la torre de la bruma? Para decorarla, digo.
Rina lo miró, como si se hubiera vuelto a percatar de que efectivamente él estaba allí, como si por un segundo, se hubiese olvidado de su presencia. Lo miró, con extrañeza, todavía distraída por el encanto que le producía la feria.
-Oh sí, creo que ya no me queda demasiado por comprar. Con estos adornos será suficiente…  Debes estar cansado, Luisel… -y lo miró con una especie de compasión.
Luisel asintió, pero no dijo más palabra. No le gustaba dar lástima, o parecer que la daba. Tuvo que esperar un momento más, intentando tranquilizar sus ansias con el silencio. Rina mientras tanto, se sentía a gusta en cierta parte, porque no tenía que cargar con las cosas que había comprado, sino que las echaba a la incalculable profundidad de su bolso hechizado. Entonces sonreía, e iba satisfecha, por todas las cosas que había adquirido, de su agrado. Llevaba muchos adornos temáticos para Halloween, entre otras cosas, habiendo aprovechado también, de comprar materiales y artefactos que siempre necesitaba para sus hechizos. Y luego ambos se percataron que ya iban llegando al final de la feria. Luisel entonces se detuvo. No quería lidiar más con el combate que se estaba llevando dentro de él, en sus entrañas. Ya tenía que revelar la verdad, porque la presión intrínseca que llevaba se acrecentaba. Se sintió remecido por un malestar. Pero ya estaba allí, ya se había detenido, y Rina, con su aguda intuición de bruja, ya había percibido que llevaba una evidente molestia, que algo estaba disimuladamente mal.
-Ya basta –dijo, y se mantuvo desafiante, quieto en la posición en que estaba, observando a Rina, y negándose a dar un paso más. Aguardando, con seriedad. Rina volteó, conservando todavía su eterna calma.
-¿Cuál es el problema? –preguntó normalmente. Pero algo que observó en los ojos de Luisel, una especie de fiereza intensa, la hizo comprender enseguida, que su gesto era en serio, que algo estaba descolocado, que algo lo turbaba. Y aquellos ojos, hicieron crecer el recelo en Rina. Ya su mirada comenzó a reflejar extrañeza. Rina instintivamente, hizo un ademán casi de retroceder un paso, pero decidió quedarse allí mismo. Y Luisel parecía resoplar de la furia, estaba agitado. Rina podía percibir el odio en su mirada. Podía percibir, que él ahora, quizá la odiaba.
-¿Qué es lo que anda mal, Luisel? –le preguntó Rina, con un ligerísimo rastro de temor quizá en su voz, que quería disimular; con una ligera sensación trémula en su garganta. Pero entonces se dio cuenta que su propio nerviosismo estaba dominándola, y se irguió, por un momento, se decidió, como una bruja que era, y el carácter que ello exigía, y también le correspondió a Luisel, con una mirada intensa. “Ahora tiene que explicarme, qué sucede” pensó resueltamente.
-Esto… es lo que sucede –expresó Luisel con un claro tono de aversión, de hasta asco. Era tan repentino aquel resentimiento. Y entonces con una de sus manos, recorrió los bolsillos interiores de la chaqueta que llevaba. Sacó un sobre blanco, y lo arrojó con violencia, lo tiró a los pies de Rina. Rina se mantuvo allí, contempló el sobre, pero supo que no era lo más conveniente recogerlo en aquel momento. Entonces Luisel sin deseos de verse interrumpido, ni apaciguado por el silencio, le dijo:
-¿Sabes lo dañina que puede ser una mentira? Ha llegado la verdad hasta mí, por medio de aquella carta –dijo, señalándola con la mirada-. ¿Con que buscabas sólo un rato de diversión? ¿Qué hubieras hecho conmigo luego, abandonarme en este mundo, o luego quizás me desterrarías de vuelta al mío, sumido en un olvido? Quizá me habrías hechizado para que lo olvide todo. O quizá el tiempo se hubiera encargado de eso, cuando me hubieras tenido transformado en una especie de muerto a tu lado, sin consciencia ya, y hubiese estado ante tus designios, hubiera sido un sujeto de prueba para tus hechizos, y siempre estuviera bajo tu control… Ya sé que me has manipulado, tuviste que sacarme de mi mundo, porque simplemente querías distraerte. Tuviste que sacarme de mi paz, y ahora harás estragos en mi mente. Me han dicho tus intenciones… Las líneas de la carta me lo han revelado; un pariente de confianza mío, me lo ha revelado. Conoces nuestras vidas, a través de la bola de cristal, y quizá lo estás disimulando. Lo que sé, es que con el tiempo, yo no me iría a convertir en tu muñeco de práctica, con quien siempre pudieras jugar. Ahora yo me marcharé de aquí. Aquí sólo pasaré desgracias. Y si fuera por ti, quizá tú me dejarías atrapado en este mundo. Si fuera por ti, quizás en unos días yo ya estuviera deshaciéndome en tu caldero. Eres una bruja. Después de todo, quizá me habrías hecho un hechizo terrible. ¿Pero sabes qué, Rina? –Luisel estaba bastante enardecido en sus palabras, estaba concentrado, violento, arrebatado, pero a la vez sintiéndose seguro, manteniendo aquellos fuertes deseos de descargarse- Yo te abandonaré feliz. No me gusta la insidia que llevas. Intentas esconder tu naturaleza maligna. Ya me iré de aquí. Ha sido nefasto pisar este mundo, y casi quedar atrapado, en esta especie de pesadilla, donde por suerte, se han desenmarañado tus malas intenciones, o si no, quizá qué destino me hubiera esperado. Ya, no pretendo alargar más mis palabras, este es el asunto. Puedes buscar más muñecos de prueba, puedes buscar más si quieres en mi mundo humano. Pero ojalá te vayas consumiendo lentamente en la agonía, y aprendiendo de tus errores. ¡Te desprecio Rina! Ha sido realmente una mala experiencia conocerte, y ahora tengo este desprecio grande en mí-. Luisel se detuvo, a tomar aliento. Se llevó la mano al pecho, exhaló, y cerró sus ojos. Entonces, le volvió a plantar aquella mirada desafiante, cuando estaba por decirle sus últimas palabras, y entonces, muy decidido, con aversión, le dijo:
-Rina, ¡me das asco! Esta es la verdad de mis palabras...
Y se marchó, dejando contemplar cómo su figura se iba retirando, dando fuertes pisadas, furioso, lleno de energía de una ira que había tenido guardada, de un odio que ahora se manifestaba por su silueta, por su expresión, tan arrepentido, tan amargado, y que pareció sólo vacilar un momento, en que tuvo sus sentimientos confundidos. Pero entonces la ira volvió a enfurecerlo, y continuó en su sendero de odio. Rina sólo lo contempló, y aunque al principio tuvo deseos de decirle alguna palabra, no quiso hacerlo, y se quedó allí. No quiso detenerlo, porque después de todo, aunque todo fuera una injusticia, por cuenta de él mismo se iba yendo, por su cuenta propia. Y aunque ella se hubiera tomado el tiempo de explicarle, no, no había caso. Era su decisión irse. Y ya nada quizás, lo iría a convencer. Rina no iba a gastar sus palabras explicándole. Era mejor guardarse todo sentimiento que tuviera ahora, y sólo contemplarlo irse, y verlo, como se perdía a la distancia.
Rina entonces observó ante sus pies, la carta tirada, con desprecio sobre el piso. La recogió, y se tomó la molestia de desenvolverla y leer apenas las líneas del principio. “Con que a esto se debe todo…” pensó, observando con disgusto la carta entre sus manos. Y no quiso ni siquiera guardarla, volvió a dejarla en el suelo, donde estaba, y se retiró. Ya no tenía nada más que hacer en aquel lugar, y pensaba que aquella carta, era un desperdicio.
Aquella noche se había hecho eterna. Rina volvió en un momento de la noche, a su escuela, la escuela de brujas. Quería simplemente, estar un momento a solas, y ordenar las cosas que dejaba allí siempre, en esa escuela, que estaba mayormente vacía a aquellas horas, se convertía en un lugar ideal para el propósito de estar a solas. En una agradable soledad y silencio, una desolación. Llegó hasta su casillero. Estaba pensativa, pero a la vez no quería pensar nada. Lo abrió, y contempló sus libros. Todo estaba en orden, para las clases de mañana, que comenzarían en unas horas. Por mientras, quedaba todavía una larga noche. Rina continuaba contemplando sus cosas, inmersa, como mostrando algún tipo de tristeza, algo que se reflejaba en su interior. Pero ella no quería reflejar tal sentimiento. Casi al cabo de una media hora después, en que ella estuvo reflexionando todo el rato, llegaron algunas de sus amigas. Escafandra, la más curiosa, le había preguntado qué le sucedía. Pero los pocos ánimos de Rina, su dejación, y sus respuestas sin vida, les hicieron entender que no tenía demasiados deseos de responder, y que era mejor que se retiraran; se los pedía de una forma suave, con la mirada. Entonces sus amigas se retiraron luego, y continuó allí, aguardando por algo indefinido, apreciando aquel solitario momento en el que podía pensar totalmente concentrada. También desde un espacio entre dos pasillos, en la oscuridad, estaba Ivel, el fantasma que había conocido en las tempranas horas en la escuela, que se había declarado su admirador, para su sorpresa. La observaba, con atención, extrañado ante aquella tristeza. Y por más que se preguntara qué le sucedía, no podía entender la razón, de por qué Rina parecía llevar pesadumbre en su mirada, y continuaba observando, curioso. Ahora nada podía motivar a Rina. Por el momento por lo menos, nada. Estaba ligeramente afligida, pero se resistía a aceptarlo, porque no quería sentirse así, ni mostrar debilidad.
Más tarde, cuando las horas continuaban transcurriendo y la noche todavía se extendía, Rina llegó hasta su torre de la bruma. Allí, entre la oscuridad, estuvo decorando, colgando los ornamentos, preparando las trampas que se activarían cuando llegaran sus invitadas brujas, fantasmas, muertos vivientes, vampiros, aquel día de la celebración de la festividad de Halloween, y de vez en cuando se paraba en medio del vestíbulo superior de la torre en que se encontraba, ubicado cerca de su habitación, simplemente a pensar. Pensaba, entre aquella oscuridad. Luego saldría, iría a los jardines, a plantar las semillas que había comprado en la feria, para que nacieran aquellas marchitas flores, de un color agrio. Pero ahora, se había ido junto a la ventana. Allí había estado reposando su gata, Purpúrea, que su figura se dejó ver fugaz, cuando escapó instantáneamente al percibir a su dueña, escapó traidoramente. Desde la ventana Rina observó las calles, y luego que se cansó de meditar, volvió nuevamente al centro de aquella habitación. Estuvo entre las tinieblas, pensando. Pensó un momento en Luisel. ¿Por qué aquella carta lo había movido tanto, a actuar, como lo había hecho? Debía confiar bastante en su tío. “Leandro” pensó Rina, con un sarcasmo, sonriendo. “La culpa es de aquel tipo, ¿por qué confiará tanto en él?” y sólo Rina sabía, cuáles eran sus verdaderas intenciones, las de ella, y lo que sucedía en su interior. Nadie más podía predecirlo. Estaba claro que, nunca habría usado a Luisel como un muñeco de prueba. Jamás habría sido ella un alma tan deshonesta, independientemente de que fuera una bruja. Sus intenciones solamente, eran mostrarle su mundo, y que ambos se distrajeran, aunque al principio, sólo había deseado distraerse ella. También quería aprender de las costumbres humanas. Más que todo, con Luisel, se había propuesto intercambiar experiencias.
Pero ahora se había ido. La noche estaba desolada. Rina después que terminó de decorar, volvió a su habitación. Allí estaba el caldero. Todavía parecía estar caliente, y echaba algo de humo. Rina se preguntaba, si es que Luisel podía haber vuelto a la torre, y haber usado el caldero para volver a su mundo. Sí, aquello podía ser posible. Pero no lo había hecho. De haberlo hecho, el caldero habría estado mucho más caliente, y humeando mucho más, después de haber funcionado recién. Pero estaba normal, casi como ella lo había dejado.
Seguro se había perdido por allí, en los exteriores, en la oscuridad, en lo desconocido, en infinitas calles que llevaban a lugares que lo desorientarían, de este mundo que habitaba Rina, buscando él  un rumbo hacia su mundo. A Rina ya no le interesaba. Era mejor que él decidiera por sí mismo. La noche continuaría transcurriendo, y Rina continuaría sola y aburrida. Esta había sido sólo una experiencia, que iría a desaparecer con el tiempo, aunque el recuerdo perduraría quizá por algunas noches. Los recuerdos siempre perduraban algún tiempo. Y se aliviaba un poco al pensar que luego de haber buscado la mayoría de las horas anteriores materiales, y en general, haber tenido aquella noche bastante ajetreada,  ya podía descansar. Eso la hacía poder respirar más sosegada. En unas horas volvería a la rutina. Así era su vida de bruja. Constantes quehaceres, hechizos y experiencias. Ya le llegarían nuevas ocurrencias y momentos por disfrutar. Por ahora, tan sólo pasaría la noche, y en unas horas quizás, el aburrimiento amenazaría nuevamente con entrar por su ventana. Así era su vida, y constantemente debía estar encontrando una forma, de combatir dicho aburrimiento.
Sonrío un poco más optimista, y volvió a su diario de hechizos. Luego de leer un rato, se durmió, tapándose el rostro con él de nuevo, como siempre terminaba con el diario así, sin poder evitarlo, porque le entraba un gran sueño. Bostezó y durmió, con una ligera sonrisa que luego desapareció, y ahora lo que quedaba era solamente aguardar hasta las horas siguientes en que despertaría, para partir a la escuela de brujas, a comenzar nuevamente la costumbre. La entretenida a veces, costumbre.

DarkDose

 

lunes, 22 de octubre de 2012

Mi vecina Any (Reflexión/Relato)


Aquella mañana, y la noche anterior, los aires habían estado en los comienzos de una ligera neblina. También había llovido. Una llana llovizna, delicada, suave, como tan sólo un débil rocío.
Supe desde allí, que algo extraño había en el clima, algo fantasmal. Esa mañana, me había sentado en una banca, sobre la reducida extensión de hierba a la salida de mi casa. Como todas las mañanas, estaban frías. Yo estaba muy despierto, aun así. Había descansado bien la noche anterior, pesar del constante ruido de la lluvia. Esta mañana, sobre la banca y los comienzos de la niebla, sólo tenía ganas de meditar un rato. Me puse a reflexionar en aquel extraño, misterioso clima.
La madera tocando mis carnes estaba fría. Recordaba que, hacía poco tiempo nos habíamos venido a este barrio. Sólo unas pocas casas poblaban las calles. Era una especie de vecindario, pero me hacía gracia, que por las mañanas, nadie se paseaba despierto. Sólo yo solía salir a estas horas, a recibir el fresco aire. Estaba acostumbrado. Eran las ocho de la mañana en punto.
Vivía con mis dos padres. Ahora ambos habían salido, ciertamente. Como tenía la casa abandonada para mí, decidía mejor salir. Y entonces, había terminado en la banca.
Estaba solo en aquella tranquilidad, falta de vida, meditando la mañana. Pensaba que pasaría unas dos horas allí, hasta que la ciudad comenzara a dar indicios de despertar. Entonces, con los sentidos todavía algo dormidos, levanté la mirada, casi sin voluntad. Contemplé una ventana.
Una ventana, tapada en niebla, opacada por la humedad del ambiente. Unos ojos me miraban, con atención, de un pálido y terso rostro. Pálido, como el de una difunta. Era una joven. Vestía de negro, como si estuviera de luto. Sus pupilas, apreciables, eran de un color pardo. Su cabello castaño, estaba amarrado en una cola, cayendo por su espalda. Era delgada. Sin embargo, debido a lo manchada que estaba la ventana, no podía apreciarla enteramente. Pero me sostenía la mirada siempre, insistentemente.
Era una ventana, de una casa directamente ubicada frente a mí. No la había visto antes, aquella casa. Quizá sí, pero no lo recordaba. Ahora estaba cubierta por una casi invisible niebla. En cada uno de sus bordes.
Esa ventana, pensé, tenía algo de tétrico. Me estremecí ligeramente, en un helado escalofrío. El fondo tras la joven estaba oscuro. Se contemplaba, sin mucha claridad, un antiguo mueble a un lado de ella. Sus ojos pardos, firmes, se fueron desvaneciendo. Luego de mucho rato, que nos miramos, lentamente desapareció, fundiéndose con la oscuridad tras ella. Pronto, había desaparecido por completo. Yo me quedé desconcertado, me sentí vacío y extrañado.
No tenía idea de qué había sido aquel efímero encuentro, pero no le quise dar más importancia por el momento, aunque claramente había dejado un misterio en el ambiente. Ahora por la ventana, sólo se contemplaba el interior vacío, adornado de polvo y telas de araña, y una gruesa alfombra roja que se dejaba ver. La mañana continuaba helada. Miré mi reloj de muñeca; eran las ocho de la mañana, algo temprano. La fatiga comenzaba a dejarse sentir en mí, por lo que me levanté de la banca. Caminé algunas solitarias calles, y al final me compré algo liviano de comer, en un kiosco cercano. No quería enredarme la cabeza con muchos pensamientos.
A la mañana siguiente, había faltado a la escuela, por ir a la casa de una amiga, a hacer un trabajo. Estuvimos frente a la reja, muy temprano, y cruzamos el umbral de plantas, hiedra y vides asomándose por mi cabeza, y pasábamos por un suelo de cerámica rosada, con bastante polvo adherido. Sin embargo, aquel ambiente me hacía sentirme como si aún estuviera dormido o soñando. Mi amiga, de nombre Macarena, caminaba frente a mí, y cada tanto volteaba. Y me sonreía, con amigable gesto y sus generosos ojos, bajo sus firmes gafas negras.
-¿Tienes sueño? -recuerdo que me preguntó pasado el umbral, cuando ya entrábamos a la cocina.
-Sí –le contesté, y me sentía medio confuso. Quizá levantarme siempre temprano sí me afectaba, y me dejaba soñoliento. “Al que madruga, Dios le da sueño” decía yo, muy convencido.
Más rato, estando ya dentro, me fui a la cocina. Me paré frente a una ventana, y me serví un vaso de agua, que estaba algo helada. Y bebí, mientras observaba la tonalidad de colores, pasar por la ventana. Sentía el agua, pasar por mi estómago, y calmar lentamente una tenaz hambre.
Mi amiga Macarena andaba dando vueltas por allí. La fui a buscar, y nos fuimos a realizar el trabajo de la escuela, donde ambos éramos compañeros, y el trabajo era para el día de mañana. Subimos hasta el segundo piso de su casa, y buscamos su habitación. Entramos, y encendimos la computadora, cuya pantalla, era la única luz disipando la oscuridad de la habitación, que era bastante espesa, y habíamos entrado a tientas. Esto era, porque en la mañana, en aquellas horas, la luz no llegaba a todas partes.
Yo contemplaba borrosa, la pantalla del ordenador, y estaba con un rostro de absurda, sensación soñolienta. Macarena me remeció varias veces, para hacerme despertar. Pero yo estaba en un sueño, me sentía feliz a su lado, yo la quería.
Macarena era una chica bonita, yo pensaba. Eso nadie lo ponía en duda. Pero era mejor no insistir. Aquella mañana, no parecía una mañana adecuada para declaraciones. Además, se me caía el rostro del sueño.
Como estuvimos todas esas primeras horas haciendo el trabajo, una vez terminado, ambos ya estábamos hartos. Y ella me dijo que podía quedarme hasta la tarde, y como ambos estábamos hambrientos, me convidó a comer. Era un alivio.
Yo mientras me ubicaba a la solitaria mesa. Y ella se perdía en la cocina, para hacer honor a unas buenas costumbres, y servirnos a ambos. Mientras oía el sonido de platos que tomaba por sorpresa al silencio, la escuchaba también a ella, que me decía, con aire de distraída:
-Y, ¿crees que nos irá bien con el trabajo?
Era un trabajo de investigación, y de reunir conocimientos. Típico de la escuela. Me fastidiaban, pero era una excusa por lo menos, para venir a su casa.
-Espero que sí –le contesté-. No en vano, perderíamos toda la mañana…
Entonces, ella llegaba a la mesa. Yo veía afuera, hacia aquellas plantas trepadoras, que daban la uva. Calladamente, le pregunté si es que podía convidarme de ellas, como merienda. El reloj estaba por rozar el mediodía.
 -Por supuesto que sí –me dijo, y luego me recalcó que a la otra, podía sacar yo mismo, sin problema alguno. Depositó una vasija llena de uvas, entre otras cosas para comer, y nos pusimos a alimentarnos, hasta que terminamos. Yo me relamía los dedos luego, por la jugosa uva.
Cuando permanecimos sentados a la mesa, ya sin nada que quedara por comer, y nos adentramos en una charla con falta de entusiasmo por ambos lados (quizá por lo cansados), tuve de pronto un recuerdo: Me vi sentado en una plaza, a oscuras, sólo alumbrado por un farol a mi lado, que también alumbraba la calle.
Entonces, por aquella calle, pasaba una figura casi arrastrándose, que a la vez, parecía no tocar el suelo, que parecía flotar. Era algo fantasmagórica. Era una mujer, y vestía ropas tan negras y finas, que parecía venir de un velorio. No sabía si mi mirada estaba perturbada, o yo estaba aturdido por el sueño. Pero a aquella figura que pasaba mirándome, que me generaba un ligero escalofrío, yo le veía unos ojos emblanquecidos, que no tenían pupila. Pensé que estaba viendo a una muerta.
Y en este recuerdo, que se me hacía tan claro ahora, yo me levanté. Y vi a la chica, algo desvanecida y con niebla recorriendo sus bordes, venir a mí. Aquellos ojos blancos, se clavaban en mí. En mi mirada. Pero entonces no recordaba más. Desperté, y me había quedado dormido sobre la mesa. Allí estaba mi amiga, decepcionada, esperándome.
“Era la chica de la ventana” me dije, en un atisbo. Apenas era una suposición; no estaba demasiado seguro. Macarena se quedó mirándome un largo rato. El comedor ante el cual estábamos sentados, estaba oscuro, y nosotros éramos dos contornos, dos sombras. Finalmente, se levantó y la vi subir por las escaleras. Yo me quedé un rato allí pensando.
Más tarde, unos minutos después, oí que llamaba mi nombre. Subí las escaleras, y acudí a acompañarla. Iba acercándome a su habitación por el pasillo, cuando la escuché hablarme:
-Qué mal, pensábamos que teníamos el trabajo terminado, pero nos falta el papelógrafo para escribirlo… ¿Podrías ir a comprar los materiales que faltan? Además unos plumones… -me dijo. Yo asentí sin que ella me viera. Pero en realidad era un hastío. “Está bien…” le contesté, desganado. Salí a recorrer la calle. Mi reloj me avisó que faltaban cinco minutos para el mediodía, pero la niebla, que había quedado como un rastro de la mañana, seguía allí, y las nubes, todavía estaban tristes.
Llegué hasta el kiosco, como el día anterior. Pedí los materiales, y el vendedor me los vendió de muy buena gana. Entonces, volví atravesando una pequeña plaza. Divisé la misma banca de ayer, y me senté, a comprobar que había comprado los materiales correctos, que Macarena me había pedido.
-Está todo… -comprobé algo dudoso. Me quedé sentado cinco minutos, y observé. Se había largado a llover. Primero, como una fina lluvia, y luego ya se volvía más intensa. Me veía ridículo seguramente, sobre la banca, y empapándome, llevándome el papelógrafo sobre la cabeza, en un intento por protegerme. A lo lejos vi a dos personas, con paraguas, caminar por la vereda. Me agobié, deseé fuertemente un para mí.
Frente a mí vi un vestido que pasaba. Era una chica, que me resultaba conocida. Ella tampoco llevaba paraguas. Y a pesar de que yo estaba todo mojado y abandonado, a ella la lluvia parecía resbalarle. Es más, sus colores estaban intensos, como si ella hubiese estado mojada, pero estaba seca. Caminaba hacia mí, entonces la reconocí: Era la chica que había divisado en la ventana. Otra vez se volvía a aparecer.
“Oye, creo que ya es la tercera vez que nos encontramos. ¿Por qué no me dices tu nombre?” le dije. Ella pareció vacilar con la mirada, y se arrastró con desesperante lentitud hacia mí, hasta el punto de estar a mi oído.
Entonces yo esperé, muy quieto. Ella me susurró, “me llamo Any, y soy tu vecina” y yo me quedé desconcertado, otra vez. ¿Vivíamos en el mismo vecindario? Aunque parecía ser obvio, por los seguidos encuentros, pero yo no podía recordar…
Any. Su nombre me causó una sensación, de que la conociera de toda la vida. Entonces ella se desvaneció, junto a mi conciencia, junto a mis recuerdos. Quedé a la deriva, y mi mirada estaba turbia, en oscuridad.
No podía recordar, no podía hacer nada. La lluvia se había ido por un instante, en medio de una exquisita oscuridad. Entonces, a medida que abría los ojos lentamente, poco a poco iba volviendo aquel ruido en tranquilidad, y la lluvia volvía a su suave estrépito. Recobré la conciencia. Pensé que había ido a otro lugar, pero continuaba allí, en la banca. Se había hecho tarde. Me había quedado dormido. De los materiales comprados, sólo tenía los plumones. El papelógrafo se me había ido volando con las ventiscas. Me dispuse a volver, a entregarle los materiales a mi amiga. Me levanté de la banca, y avancé abstraído, en medio de las tinieblas del parque, cuando la tarde ya se había arrebatado al sol. Llovía, haciendo pequeñas interrupciones en el silencio.
En medio de la lluvia, en un momento, quise dormir, desvanecer todo. Pero no podía, continuaba allí, y no sé cómo llegué a la calle de la casa de mi amiga. Sentía que había atravesado el parque casi a tientas, como un ciego entre esa oscuridad. Y esto, no distaba mucho de la realidad. Me sentía dormido en pie. Y la tarde continuaba transcurriendo. Y antes de que todos los colores se apagaran, antes de que cayera dormido, todavía me quedaba algo de conciencia. Todavía tenía tiempo. Para pensar, para andar… Quería terminar con aquel día.
Llegué, a su casa, a la de Macarena, mi amiga. Soñé que ella me recibía, pero ella no estaba. Me quedé de pie sobre la puerta, dudando si entrar. Vacilando, como si me fuera a caer desmayado, aún medio atolondrado. La casa estaba abandonada. Finalmente entré, y dejé los materiales sobre una mesa cercana.
Parecía que hubiera despertado, como parecía que justo me hubiese quedado dormido, en la oscuridad. Me pareció vislumbrar un trueno, que estalló a la distancia y en un segundo, iluminó un pasillo en sombras. Como pensaba que estaba soñando, que me había quedado dormido de pronto, nada me extrañaba, nada me sorprendía, como el hecho de que contemplé a Any, mi supuesta vecina, aparecerse una vez más. Y ya por aquel punto, iba entendiendo lo que era todo.
Seguro se me había olvidado encender las luces. Pero simplemente, todo estaba envuelto en una abundante oscuridad. Como esa, que nos espera después de la muerte. Avancé, como una sombra, como una silueta, como un velo de mis contornos. Avancé como arrastrándome, temiendo que estuviera muerto, pero no, estaba más vivo que siempre. Y sobre un sillón ahora estaban los materiales, y sobre una mesa, la vasija de uvas que Macarena me había servido, mucho tiempo atrás.
Observé a Any, que desaparecía ante mi mirada. A diferencia de yo, que no podía desaparecer. Creí que estuve cerca de la verdad, cuando llegué a un rincón medio iluminado, de la casa de mi amiga abandonada. Allí estaba ella, Any, que vestía sus ropas negras, fúnebres como siempre. Y su terso, y pálido rostro sin vida, mostraba una fría indiferencia, alumbrada por cientos de velas, ordenadas en una lúgubre estantería tras ella.
Su rostro también era lúgubre. Su tez era blanca, como cuando una persona se sentía indispuesta del estómago, y tiene ganas de vomitar. Me sentí ligeramente mareado. Entonces, escuché su discurso, que me lo dio sosteniendo una vela en sus manos:
-La vida es sólo un paso por el umbral de estos ambos mundos, la realidad de este mundo ha muerto, hace mucho. Una indiferencia impulsiva te priva del agobio. La realidad es muerte en vida, la vida, es sólo un largo transcurso, para la postrera muerte, el verdadero, eterno descanso, que merecemos. Tanto tú, como yo, ahora a ti te espera. Tú verás la verdad en mí; yo ya he cruzado este quejoso umbral.
Me sentí algo enardecido, ante aquel discurso, pero luego una pletórica y repentina tristeza me invadió, ante el anhelo y una cobarde desesperación, de no perder la vida de un momento a otro. Pero ella me lo aclaraba, y yo ya comenzaba a entender la verdad. Ella ya había pasado por la muerte, ella no era uno de los vivos; ella ya estaba muerta. Secas, como sonaban estas palabras. Estaba muerta.
Entonces en la vida no habían esperanzas, sólo tenía que esperar este largo, que se hacía eterno, paso a la muerte…
Ella me miró. Me perdí en su mirada un momento más. Entre todas aquellas velas que la alumbraban, y sus ropas negras, parecía una especie de santa tétrica, oscura. Según la claridad de mis recuerdos, en que a momentos pensaba que estaba dormido, creo que me murmuró: “Vamos al parque de allí afuera” y yo asentí, y salimos. Abandonamos más, aquella casa ya abandonada.
Luego llegaron unos amigos, a llamar a la casa de mi amiga Macarena, a buscarla. No los vimos, no los encontramos. Quizá los dos andábamos dormidos, y yo a ella la podía sentir viva, aunque verdaderamente era, una fantasma.
El parque, llegamos al parque. Siempre como dos sombras, con un atisbo apenas naciente, de las perdidas esperanzas. En una banca estuvimos hablando un rato, a oscuras, como si la realidad se hubiese ido. “¿Así que la vida, mi vida, es sólo un transcurso?” “Sí”, me respondió, muy convencida. Sus ojos no mostraban luz, eran ya sólo un abismo de pupilas, sólo oscuridad. La vida era, sólo un largo transcurso…
Esos momentos de estar con ella, se sintieron como mis últimos momentos, pero luego me convencí, que la muerte no llegaría. Ella era mi garantía. Any me hacía sentir seguro. Sí, sentía como si conociera de toda la vida, a aquella especial vecina mía.
Esta parte la escribí con mucha tristeza luego, recuerdo. Cuando llegué a transcribir estas experiencias en mis notas. Se me instalaba una melancolía.
-Es casi el momento de la despedida –me dijo ella. Sólo entonces, me fijé en los llamativos, delicados detalles que había en sus ojos. Y aquella exagerada profundidad de sus pupilas.
Me llevó hasta un borde del parque. Hacía mucho tiempo, no habíamos visto a ninguna persona. Y mi reloj de muñeca, me avisó que eran la una de la mañana. Demasiado tarde, pero no importaba, yo me quedaba. Nos recibieron algunas frescas flores, coloridas, aún con el rocío de la humedad. Ella se puso de espaldas a mí, y contempló aquella grande lápida de dura y fría piedra. Había una inscripción, que era su epitafio. Allí Any me relató, cuando había muerto.
Ella había vivido un tiempo en el vecindario. Ahora su cuerpo era sólo polvo, y su conciencia con algo que le quedó por hacer, se manifestaba con la forma en que ahora era, una fantasma.
Lo inconcluso que le había quedado por hacer, era darme aquella revelación, sobre la vida, y mostrarme esta experiencia de muerte. Me dijo que ella sólo me había conocido, cuando terminó convenciéndose unos días después de su muerte, que verdaderamente era una fantasma. Entonces la realidad para ella había muerto.
-La realidad siempre muere –dijo de espaldas mirando su tumba, siempre convencida-. La muerte siempre llega…
Por un segundo me dio lástima. Ella parecía ya no tener esperanzas. Yo me ponía en su lugar, aunque yo también, había perdido mis esperanzas hace rato.
Nos quedamos en silencio. Se me hizo una eternidad. Ella permanecía así, observando su tumba, y yo, contemplando sus espaldas fantasmagóricas. De pronto volteó, en un instante, y me dijo:
-Bésame.
Sus brazos al abrazarme, se sentían tan reales… Ella se hizo real por unos segundos. Y sus labios, me comprobaron que todo era cierto. Sentí que la conocía de toda la vida, y quizás era así. Quizás ella siempre me había vigilado a solas. En una dulce caricia de mi beso, la despedí. Entonces se alejó lentamente, y vi sus ojos por última vez. Se esfumó entonces, ante su tumba, dejándome parado frente a ella.
En ese momento, me prometí nunca olvidar lo que Any me había enseñado. La vida era sólo un transcurso. Me quedé allí solo, ante las brisas, acompañado sólo por el parque. Y cuando ella se había ido, realmente la extrañé. Sentí que había perdido, una parte muy importante de mí. Y este era mi desconsuelo.

DarkDose

 

Una mañana de muertos (Terror/Relato)


Había dos hombres en una choza. Vestían trapos largos, estaban cubiertos hasta la mirada, y una tela les rodeaba la cabeza. Afuera hacía frío. Bebían tragos de agua. Se refrescaban, y reposaban, aguardando, abstraídos, concentrados en sus vidas.
Era plena mañana. Ambos hombres estaban tranquilos, pero sabían que en un rato debían trabajar. Afuera se estacionó una carreta. Ya tenían que salir. Estaban desganados. Pero tenían que realizar, sus labores.
La carreta partió. Ambos, iban montados, llevaban barriles atrás. A la tarde volverían. Por el transcurso del camino, la carreta pasó frente a un viejo cementerio. Había pinos muy altos y frescos, que se mecían con el viento. No le prestaban mayor atención.
-¿Quieres? –le dijo el hombre, y le ofreció un pedazo de galleta envuelta a su compañero.
En la entrada del cementerio estaban los tupidos árboles. La entrada estaba abierta. Entraban brisas refrescantes. Había un camino de piedra que adentraba al cementerio. Dentro, había unas cuantas tumbas abiertas, a un lado de la cripta. Estaban destapadas. Los muertos no estaban dentro.
La noche anterior, aquellos muertos se habían salido de sus tumbas. Ahora deambulaban. Uno de ellos se había comido a una persona, que hace rato había venido a ver a un familiar fallecido. Ahora el muerto que lo había interceptado, lo devoraba.
El ramo de flores estaba desparramado. Aquella mañana, los muertos se reunieron. “Quién sabe dónde queda el pueblo” preguntó uno.
-¿Queda muy lejos de aquí?
-No demasiado –gruñó uno de los muertos más robusto, más vigoroso. Uno se inmiscuyó en la conversación:
-Vamos al pueblo, a devorar personas, a asaltar –dijo entusiasmado.
El pueblo estaba frente al cementerio, el reducido pueblo. Una sola carretera comunicaba ambos trechos.
El más fuerte de los muertos, el más autoritario, el que llevaba la batuta era inmenso. Tenía el rostro deformado con largos clavos. Era grueso. Su piel era blanquecina, como todos los otros muertos; cuerpos despojados de su sangre, cadáveres sin vida. Ahora con vida, de ultratumba.
Él, el más fuerte levantó un tremendo garrote. Reunió a todos los muertos. Estaban ansiosos, hambrientos.
-Nos dirigiremos al pueblo –ordenó, con demoníaca voz.
Algunos, entre navajas y trozos de cristales, se formaron unas garras. Otros, se arrancaban una pierna o un brazo y usaban el duro hueso como arma. Había unos diez muertos. La horda entonces se preparó. Iban a dejar el cementerio. El muerto más fuerte dirigió, y salieron en hilera tras él. Sus esposas aguardaban dentro de sus féretros, y ellos las despedían. Entonces, el cementerio volvía a quedar desierto.
Cerca del mediodía la carreta iba volviendo. Los hombres descendían, daban sus tragos de agua y bajaban los barriles. Habían terminado las labores de hoy.
Uno de los hombres entró a su choza y se fue a descansar. En la tarde, llegaron los muertos. Sus sombras se contemplaban, marcados sus bordes ante el enrojecido sol de fondo. Avanzaron, y llegaron hasta el pueblo. Allí se dispersaron, frenéticos.
Se formó un griterío, y los humildes habitantes salían de sus hogares desesperados. Las amas de casa tropezaban con sus bebés en vueltos en chales. Fue un atardecer sangriento. Los muertos desollaron, desgarraron, devoraron y decapitaron. La gente caía arrasada, torturada, atormentada. Los deseos de provocar muerte, de saciar el hambre se sobreponían ante cualquier rastro de esperanza, lástima o compasión.
Las calles se poblaban de cabezas, de derrames de sangre. Manos cercenadas y ojos fuera de sus cavidades. La más inimaginable tortura. El dolor llenaba. La muerte arrebataba vidas desmedida. La tarde se hacía eterna. Poco a poco iban terminándose las vidas de los agobiados habitantes. El sol era inclemente. Se mantenía sobre el cielo. No cesaba de contemplar la ensañada matanza.
De vuelta en el viejo cementerio, las esposas destapaban ligeramente sus féretros. El cielo estaba en ocaso, ya estaba por anochecer y la tarde se iba esfumando. El reloj del pueblo marcaba las ocho de la tarde.
Una de las esposas, asomó su torso por la tumba. Extrajo su mano. Tenía una sortija de compromiso de ultratumba. Sus cabellos aún se conservaban bien, exceptuando su horrible y deformada cara.
-¿Crees que les estará yendo bien a nuestros hombres?-le preguntó a una esposa cercana, que también se había sentado en el borde de su féretro.
-Seguramente. Cuando vuelvan, le prepararé al mío una rica cena del más allá; algunas lombrices, cerebros, manos cortadas y córneas. Podríamos prepararle en conjunto a todos nuestros esposos cuando vuelvan –contestó entusiasmada con la idea la otra muerta.
-Formidable –contestó la primera esposa que había salido de su féretro. Estaban contentas y había quedado decidido. En las sabrosas noches de Halloween principalmente, solían darse un festín.
En el pueblo, los muertos continuaban en su honrosa tarea –para ellos-, y continuaban descuartizando humanos. El que dirigía, el muerto robusto se detuvo y luego meditó:
-Hay un ligero olor a sangre en el ambiente… -percibió. Sus compañeros le contestaron que así era. Cómo no, si las calles del pueblo ya se habían transformado en ríos de sangre.
-Mmm… Sabroso –expresó. Entonces ordenó que siguieran movilizándose.
-Vamos a descubrir las casas a las que no hemos entrado –ordenó-. Que no quede nadie vivo.
Los muertos se volvieron a dispersar. El que dirigía, se movió por su cuenta, y más tarde, llegó hasta la choza de los dos hombres que trabajaban con la carreta. Un muerto a lo lejos, se subió a la colina, y después de haber matado al sacristán, hizo sonar la campana fuertemente, como un augurio a la distancia, como un eco.
El muerto más fuerte, contempló a través de la abertura de la puerta. Dentro estaba el hombre, observándolo con los ojos hinchados por la desesperación, y ya le habían dado muerte a su compañero.
El vaso de agua estaba derramado.
-¡Aléjate criatura demoníaca, vuelve a tu tumba! –le gritó el hombre al muerto, que reaccionó como ofendido y se precipitó a derribar la puerta.
-Te voy a devorar humano –gruñó el muerto escalofriantemente, y derribó la puerta, que se destrozó sobre el suelo. Entonces, entró el muerto a la pequeña choza, ante el horror del hombre, sintiéndose encerrado. Pero aun así juntó valor. Debía hacerlo. El muerto le dio un feroz ataque con el garrote, para dejárselo caer encima, y aplastarle la cabeza. El hombre esquivó fácilmente, y se fue a un rincón, donde tuvo aquel sabor amargo, cuando se sabe que la muerte está cerca.
Los infames, despiadados muertos habían devorado a su esposa, y a su compañero tiempo atrás. Ahora la furia ardía en sus venas, pero también el miedo. “Estoy perdido” se dijo el hombre. Tenía a la muerte frente a él. Un voraz, cruel, ensañado putrefacto cadáver, afrontándolo, convulsionándole la piel en estremecimientos.
En un momento, se sintió arrebatado por los deseos de llorar. Pero sus llamados interiores a la violencia y la venganza, aquella fuerza sobrenatural que surgía de sus entrañas, alimentada por la angustia de haber visto lo más querido arrasado, despertó y lo impulsó a ir a un rincón de la reducida morada, a sostener firmemente un hacha larga que reposaba en la oscuridad. Aquella hacha había partido infinidad de troncos. Ahora iría a desgarrar carnes con su afilado, inclemente borde. El filo que poseía se habría de encargar, de imponer justicia.
El hombre, fuera de sí levantó el hacha, y dejó caer su brazo pesadamente, lleno de furia. El hacha se incrustó en la demacrada cabeza del muerto, adornada con agudos clavos, y le partió el cráneo. Los ojos llenos de pus, y fluidos viscosos estallaron desde las concavidades en el rostro deformado del muerto. Lleno de dolor, se dejó caer, con el hacha adherida. Su sangre quedó derramada en los suelos. El hogar del hombre había quedado manchado, pero no importaba ya; todo el pueblo estaba marcado de muerte. Un último rugido de intenso dolor, anunció la inconsciencia temporal, de aquel que no estaba muerto ni vivo, aun así caminaba hambriento, por un alma encendida por lo sobrenatural, desde más allá de la vida.
El hombre entre su desesperación, lo tenía sabido: No podía masacrar, ni terminar con lo que ya había pasado por la muerte. Era un cadáver, alguien ya fallecido con quien no podía terminar. Así que finalmente, se decidió por quemarlo. Extinguir su infundada, descontrolada crueldad en las llamas.
Recordaba las últimas palabras de su compañero, ahora que iba a montar al muerto ensañado, inconsciente ahora, a su carreta. “Defiende el pueblo, con tus últimas fuerzas, no lo dejes morir” le había dicho, y el hombre angustiado, derramando lágrimas recordó esto.
Furtivamente, disimulado, subió el ensangrentado cadáver con la cabeza abierta por el hachazo, a la carreta. La tarde estaba roja. Alcanzó a oír una murmuración de los últimos muertos que quedaban en el pueblo, sobre vengar con sangre a quien los dirigía, ahora caído. Se aproximó una turba hacia el hombre y su carreta. Allí se dispusieron a atacarlo. Sin embargo, alcanzó a zafarse de aquella muerte que parecía inevitable. Las desgarradoras amenazas de los muertos por quitarle la vida, allí quedaron. Sin poder olvidar sin embargo, ante su vista el estigma de su mente, del pueblo arrasado, convertido en un infierno, vertido de sangre.
Encendió los barriles, la carreta y el cadáver. Todo pronto ardió en intensas llamas. Como vio a los muertos aproximándose, se trepó en la carreta y se lanzó por el camino abajo. Las llamas llenaron el camino. El hombre, trepado en un borde, no era tocado por ellas.
Llevaba amargura y miraba los cielos caóticos, sangrientos. La carreta estalló frente al viejo cementerio, de donde los muertos habían procedido. Descendió, tocó tierra. El carro estaba arrasado. Bajó el cadáver del muerto, que resoplaba, como intentando volver a despertar. Estaba chamuscado. Lo cargó sobre sus brazos, y contempló el gran letrero del viejo cementerio frente a él. Ingresó entonces, con sus últimas esperanzas.
Lo que sucedió después fue catastrófico. Llegó hasta el fondo del cementerio, y se encontró con la guarida de los muertos. Había infinidad de sarcófagos abiertos, y cadáveres en los huesos de mujeres, que eran las esposas de los muertos que no se atrevían a despertar.
Depositó al más fuerte de los muertos, que comenzaba a recobrar la conciencia sobre las húmedas y fértiles tierras del gran cementerio. Entonces, un tanto más tarde los demás muertos retornaron a su hogar, ardiendo en furia y arrebatados deseos de despedazar al hombre, y cometer toda clase de crueldades con él.
Se vio perdido.
Entonces, en los últimos segundos de aquella venidera agonía, llegaron todos los sobrevivientes del pueblo (unos pocos), hombres destruidos emocionalmente, con intenciones de hacerles pagar a los muertos. Se armó entonces la más reñida trifulca, la más sanguinaria contienda. Huesos para allá, brazos cercenados, cabezas decapitadas, muertos devorando a aquellas personas, furiosos alaridos de dolor…
Los sobrevivientes del arrasado pueblo todos habían traído garrotes. Luego de varias muertes, terminaron finalmente partiendo a los muertos, literalmente. Ya les iba a ser imposible rearmarse, pues sus cuerpos estaban destrozados.
Ya al atardecer del día siguiente, un rojo atardecer en honor a la matanza del día anterior, las personas del pueblo que habían quedado, volvieron a enterrar a los muertos en los sarcófagos, y a sus restos. Eso sí, para que nunca se repitiera lo que sucedió, los sellaron con gruesas capas metálicas, asegurados con resistentes tornillos.
En las noches siguientes, se decía que todavía se podía escuchar a los muertos, golpeando las selladuras desesperados por salir.
El pueblo mucho tiempo más tarde volvió a ser próspero y apacible. Una de aquellas tardes se habían reunidos los pocos del pueblo que habían resistido al ataque y masacre, incluyendo al hombre de la carreta, que había abatido al muerto más robusto. Entre ellos, uno de los ancianos, líder del pueblo había dicho:
-Esperemos que esto no suceda nunca más. Por alguna cosa del destino, algún hechicero debió haber maldecido el cementerio entero, para que aquellos muertos hubieran despertado, e hicieron lo que hicieron…
Pero por lo menos las placas metálicas con las que habían tapado los sarcófagos, les aseguraban un futuro protegidos. El pueblo volvió a llenarse de tranquilidad, y los habitantes a resurgir. Estaba para el recuerdo sin embargo, lo que había sucedido. Si los muertos volvieran a despertar, los habitantes del soleado pueblo no estarían esta vez, para contarlo dos veces.

 DarkDose


Marchitado (Poesía)


Me voy pudriendo aquí, poco a poco
En esta tierna desolación
Marchitado, como cual rosa femenina que ha perdido sus colores
Así me marchité, descolorido yació mi corazón
Aquí estoy, en esta deriva
La embarcación con la que quise surcar, los tormentosos mares de tu corazón,
Fracasó
Y se hundió
Aquí estoy, ante la borrasca, como un náufrago
Siendo flagelado por las olas, que me llevan de rincón a rincón
Mis ojos, vacíos de esperanza, apenas en un atisbo, contemplan un muelle lejano
Llego, y descubro un nuevo pueblo, un puerto, acostumbrado al mar
Donde todas las luces brillan, y aparece una nueva esperanza, para a mi vida arribar
Es una dama, que todas mis mañanas ha de iluminar
En este pueblo vuelvo a encontrar la esperanza
En este pueblo, sueño con encontrar el amor…
El tiempo pasaba, pasa…
Me voy marchitando poco a poco, pero este pueblo aparece, frente a mí
Sólo quiero encontrar tu luz, para llegar allí, y que la marea no me derribe,
Por el camino.

DarkDose